domingo, diciembre 16, 2007

¡¡¡Y LOS GANADORES SON... !!!!

Edgard Norabuena / Juan Cristóbal / Orlando Mazeyra

La cuarta edición de la Cuentatón de Lima trajo sorpresas. Tanto el nivel de los cuentos presentados como la variedad de las temáticas fueron el plato de la noche, donde los asistentes disfrutaron de una maratón que cada vez convoca más participantes. 10 cuentos fueron los seleccionados entre 285 textos, y de ellos, tres alcanzaron los primeros lugares. Aquí la relación de ganadores y las menciones honrosas de la IV Cuentatón de Lima.

PRIMER PUESTO Edgar Norabuena Figueroa
Cuento: MAGNOLIA
Edgar Norabuena es docente de Lengua y Literatura. Publicó el poemario “El Grito del Silencio” en 1997, “Itinerario de la Gaviota Cansada” en el 2000 y el libro de cuentos “El Huayco que te ha de llevar” en el 2007.
SEGUNDO PUESTO José Pardo del Arco (Juan Cristóbal)
Cuento: UNA SITUACION INCÓMODA
Juan Cristóbal es Poeta y se desempeña como profesor de periodismo y literatura. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía 1971.
TERCER PUESTO Orlando Mazeyra Guillén
Cuento: GANAS DE TI
Orlando nació en Arequipa, en 1980. Es autor del libro de relatos “Urgente: necesito un retazo de felicidad”.

Menciones honrosas

4 María Fernanda Castro Rivas
Cuento: CARNE
5 Martha Isarra Córdova
Cuento: DE REGRESO AL HOGAR
6 Jesús Jara Godoy
Cuento: REUNIÓN
7 Paul Asto Valdez
Cuento: CORAZÓN DE TIZA
8 David Adolfo Panayfo Cóndor
Cuento: EL DESGUACE
9 Ricardo Calderón Inca
Cuento: LOS INQUILINOS DE PAPÁ
10 César Augusto Huaraz Aquino
Cuento: EL REFLEJO DE LAS SIERPES
Esta cuarta edición de la Cuentatón de Lima agradece a todos los participantes al certámen, a Bussines Book por apoyar la promoción de la creación escrita, a la Municipalidad de Jesús María, a Maritza Suazo, Gonzalo Málaga, Julio Cabrejos, Víctor Llerena, Eloy Jáuregui, Iván Loyola, Augusto Carhuayo, y a todos los que pusieron el hombro para hacer realidad esta nueva edición. El próximo año lanzamos la V Cuentatón de Lima para el mes de Abril, y esperamos ir mejorando con cada convocatoria para poder llegar a más personas dedicadas a la escritura y ofrecer a la vez, mayores y mejores estímulos para los participantes. Cerramos entonces este 2008 con la CUENTATON DE LIMA, y solo nos queda decirles: ¡¡¡A seguir escribiendo!!!

viernes, noviembre 16, 2007

Contactos con la muerte

He tenido bastante abandonado este asunto de los blogs y los post, más por flojera y cansancio laboral que por desinterés, pero eso tenía que acabar en algún momento. Debe ser, imagino, que llega un momento en el que nuestro disco duro necesita resetearse, liberar espacio y dejar que entre algo de aire, novedades, qué sé yo. Hace poco estuve acompañando a un amigo en la investigación sobre un asesino en serie que ha matado a seis prostitutas hasta el momento. El caso es macabro: una vez que las lleva a un hotel, las estrangula y luego les arranca el útero. La primera vez que vi las fotografías de los cuerpos me quedé paralizado: nunca había visto algo así, salvo en las películas. Tal vez sea eso lo que me ha animado, como un detonador, a regresar y actualizar el blog. Uno nunca termina de comprender cómo el mundo puede ser a veces tan violento, cómo una persona puede desquiciarse en algún momento y atentar con saña contra alguien en franca desventaja. Enfermo de tantas muertes con tanta sangre, salí aquella tarde a caminar un poco para respirar y ordenar algunas ideas revueltas por tanta muerte. Al llegar al parque recordé una tarde en que, encerrado con unos amigos en un hostal en Aguaytía y bebiendo cervezas heladas en pleno calor selvático, el escritor Julio Vega me contó una versión alucinada de Saló, los 101 días de Sodoma y Gomorra, de Passolini. El hecho es que la versión de Julio fue mucho mejor que la película. En ella, luego de que los personajes se degradaran al punto de comer niños luego de sodomizarlos, un esclavo alcanzaba a huir de aquella escena sórdida para subir hasta lo alto de una torre, entrar a su habitación y abrazar a su mujer. Cuando ella intenta hacerle una pregunta sobre el motivo, él le coloca los dedos sobre los labios, empieza a tararear una canción de amor, y se pone a bailar con ella. Tal vez yo necesitaba entonces un escape de esos, regresar al amor después de tanta sangre, recuperar la porción de alma perdida en cada necropsia leída, buscarme en el laberinto de mis soledades. Entonces pensé en la historia de Julio, el final con la música y coloqué a una de mis cantantes favoritas a medio volumen. Como para ponerme a soñar. Espero lo disfruten.

viernes, agosto 31, 2007

Nacimos para perder


SOBRE NACIMOS PARA PERDER

La propuesta ha sido abordar el tema de la derrota desde la perspectiva particular de cada uno de los 20 narradores convocados. Nacimos para perder. Simplemente cuentos es un libro para leer con atención, pues tiene páginas estupendas.
Diario Correo
Este libro nos entrega 20 cuentos donde la realidad tal cual y el absurdo más hilarante se entrelazan para conmovernos y dejarnos una sonrisa en el rostro o una lágrima en el alma. Corra a comprarla.
Revista Economía & Mercado / ESAN
Todos los cuentos tienen un estilo... y ante la diversidad de temas de la narrativa breve actual, Nacimos para perder reúne 20 narradores que, irónicamente, saborean el gusto del fracaso.
Diario La República
Veinte lados de una misma moneda, esta colección de relatos mantendrá en vilo al lector, por lo cercano de sus situaciones y planteamientos, llegando a rozar –con seguridad– parte de su historia personal. Si no lo lee, pierde.
Revista Dionisos, el placer de la buena vida
“Nacimos para perder. Simplemente cuentos” es el cuarto título de la serie “En el camino” de esta joven editorial. Ironía y humor alrededor del tema de la derrota. Vale.
Revista Caretas
Uno de los 10 libros peruanos más vendidos del mes.
El Dominical / Edición especial: revista mensual de librosSuplemento cultural del diario El Comercio
Esta esperada antología nos entrega veinte autores, veinte formas de contar y veinte maneras de abordar con ópticas distintas un mismo tema. El resultado: un abanico de estilos narrativos que dejarán en el lector, una mezcla de emociones encontradas.
Revista Oveja negra
Un niño enamorado de su maestra, el escritor acosado, un sicario peruano y uno mexicano, el hijo que viaja a recoger a su padre de la cárcel... son sólo algunas de las 20 historias que llevan al lector por las rutas menos esperadas. Cada cuento es una muestra de los diferentes ángulos de la derrota, esa ambigua situación en la que todos, de alguna manera, hemos estado. Muy recomendable.
Diario La Primera

martes, mayo 22, 2007

Un avance...



- Entonces, jefe, ¿le meto cuchillo?
El sujeto con sombrero de quákero, sonrió ladinamente, bajo el gabán la respiración excitada, se frotaba los dedos maniáticamente.
- No, nada de muertes amarillistas. Métele un plomo en la cabeza, y listo el pollo.
- ¿Y el dinero? Preguntó el sicario, algo nervioso. No era la primera vez que hacía esta pregunta, quizá después del trabajo no vería un dólar, siempre era bueno cubrirse las espaldas. Su compinche, desde la azotea del edificio contiguo, tenía en la mira telescópica el negro sombrero del quákero.
- Acá tienes dos mil dólares -dijo entregándole un sobre amarillo, mientras observaba el entorno por el rabillo del ojo- el resto apenas levanten el cadáver. Cuéntalo.
- Faltaba más, jefe, en dos días paso por su oficina para recoger el saldo.
- El dinero es para contarlo -encendió un cigarrillo- pero no vayas a mi oficina. Yo te llamo.
- Está bien, jefe, como usted mande pero... ya sabe, si tiene algún otro trabajito... sabe dónde encontrarme.
- Ahora lárgate. Tengo que hacer algunas llamadas. Y dile al imbécil que me está apuntando que si lo vuelvo a percibir en alguna azotea lo desollarán con un soplete.
El sicario sonrió estúpidamente, quiso alegar algo pero mejor sería no hacerlo. Nunca comprendió cómo se había dado cuenta. Quizás era cierto lo que decían, que el gobierno tenía ojos en todos lados, incluso en la mente de los demás. Se puso de pie y avanzó por la calzada, hasta perderse tras una esquina.
Al subir al apartamento del dirigente, renegó de la música del ascensor, sacó el arma y la rastrilló, tenía que ser rápido. Bajo los números iluminados que lo acercaban a su destino, pudo leer la placa que habían colocado en cada lugar de la ciudad: LA GUERRA ES LA PAZ. LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD. LA IGNORANCIA ES LA FUERZA. Como en el maldito libro, pensó, cuando lo elegimos nada hacía suponer que las cosas serían así, tanto estudiar para terminar de asesino, tanto querer el ideal de la democracia para acabar así. ¡Tlin!, sonó el ascensor, las hojas metálicas se abrieron. Se colocó los guantes de cuero. Por las ventanas del pasillo pudo ver a la Policía del Pensamiento pasar rauda, seguro iba a desaparecer a alguien más. Otro lúcido que no pudo mantener ni su boca ni el pensamiento callado. Tocó el timbre cuatro veces. Por el ojo de buey un iris asomó a ver quién llamaba con tanta insistencia. Al reconocer la figura del sicario, una gota de sudor apareció en sus sienes, pero la bala que éste descargó le destapó el cráneo. La puerta cedió luego con demasiada facilidad. Terminó el trabajo. Se acercó al minibar y bebió un largo sorbo de whisky. Sabía que el ruido del silenciador podía ser detectado por los sensores de la policía, así que salió apretando el paso.
Ya en la calle miró la gran pantalla que anunciaba por enésima vez, los logros del gobierno. Estoy harto de esto, pensó, quitándose los guantes y arrojándolos en un incinerador al paso. Vio un libro en la vitrina miserable de una establecimiento al cual no podía ingresar. Los miembros del Partido no podían entrar en tiendas corrientes, pues a esto se llamaba "Traficar en el Mercado Libre". Maldita democracia, pensó, maldita la hora en que nos equivocamos. Y en ese preciso instante, la Policía del Pensamiento lo tomó de los hombros y lo llevaron hasta el acantilado más cercano.

viernes, abril 27, 2007

José Watanabe no ha muerto



En el verano del 2000, se celebró el Lima un encuentro internacional de escritores en el hotel Pardo de Miraflores, organizado por el Pen Club. Yo, aspirante a escritor, conseguí gracias a algunos favores familiares que me otorgaran una credencial para poder asistir toda la semana a las charlas y conferencias magistrales.
El primer día del encuentro, tras cruzar el umbral de la doble hoja de vidrio que separaba ese paraíso de letras del mundo común, vi a todos los escritores que había leído en el colegio, conversando entre ellos y revisando algunos libros que los colegas ofrecían a la entrada del auditorio. Entre ellos destacaba uno, alto, solitario y sereno, con un impecable terno blanco y bufanda crema, larga hasta por debajo del cinturón, examinándolo todo (o tal vez solo pensando), de pie al lado de la entrada al auditorio. Me acerqué a presentarme, soy fulano de tal, quiero ser escritor; cómo le va, mucho gusto, soy José Watanabe, también quiero ser escritor.
Esa imagen es la que más recuerdo de aquel encuentro donde desfilaron grandes narradores y poetas (Washington Delgado dio una conferencia estupenda sobre Madame Bovary), y de sus conversaciones reposadas, siempre interrumpidas por algún lector que se acercaba -como yo- a saludar, pedir una firma o simplemente escuchar. Y es que Watanabe tenía ese don de hacer que su voz captara siempre la atención del resto. Sus historias, sus lecturas, el ritmo de su poesía, todo aquello era como él: una reposada forma de sabiduría. Con los años no llegamos a ser amigos, pero sí conversamos algunas veces.
Yo, que ya había publicado mis primeros libros, buscaba en los suyos aquella sabiduría que hasta ahora intento transmitir. En el homenaje que le organizaron en el Centro Cultural Británico, me tocó dar una ponencia sobre su obra.
Sentado en primera fila, rió mucho cuando leí el título de mi trabajo: "Influencia de la filosofía Zen entre un poema del Tao Te Ching y El Lenguado, de José Watanabe". El horroroso y rimbombante título de mi disertación, buscaba, más allá de la pretención académica -sospechosa siempre- aquellas palabras que dijo al acabar, luego de un efusivo y sincero abrazo: "Gabriel, nunca me había reído tanto". Suficiente. Lo conseguí. Por eso mismo, querido amigo, José, sé que no has muerto, y que a pesar de la frase de rigor "siempre vivirá en nuestros corazones" se aplica en estos casos, prefiero escribir: José Watanabe no ha muerto, porque desde anoche, es como toda la arena... como todo el vasto fondo marino...


El lenguado

Soy
lo gris contra lo gris, mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil
que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado. He perdido la simetría
de los animales bellos, mis ojos
y mis narices
han virado hacia un mismo lado del rostro. Soy
un pequeño monstruo invisible
tendido siempre sobre el lecho del mar.
Las breves anchovetas que pasan a mi lado
creen que las devora
una agitación de arena
y los grandes depredadores me rozan sin percibir
mi miedo. El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho. Soy
una palada de órganos enterrados en la arena
y los bordes imperceptibles de mi carne
no están muy lejos.
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces
toda la arena, todo el vasto fondo marino.

martes, abril 17, 2007

Desequilibrado

Al llegar a casa lo único que quería era meterme a la ducha, estar una hora o más debajo del agua, beber directamente de esa lluvia helada que tranquilizaría no mis nervios sino mi vida completa, y luego dormir. Si pues, pero tuviste que recordar que era nuestro aniversario, que ya hacía tanto tiempo no te celebraba nada y que encima te habías tomado la molestia de alquilar esa mierda de caballo mecánico y que (lo sabías bien) no me iba a resistir. Para colmo buscaste la excusa perfecta: aquella blusa transparente que hacía tanto tiempo no te ponías. Es verdad, ambos nos habíamos olvidado un poco el uno del otro, pero caíste en mal momento, pues, nos perdimos los dos, y aquella noche, que debió ser una de las mejores y más memorables del año, fue una de las peores en mi vida. No pensaste jamás que todos los problemas del trabajo hubiera mermado mi voluntad y mis ganas, en verdad, sólo quería dormir, despues de la ducha helada, meterme en la cama y dormir... aún olvidando que tú estabas al lado. En fin, han pasado varias semanas desde que te fuiste y aún recuerdo la canción que sonó apenas cruzaste la puerta. Acá te la dejo para que te revientes los oídos. Yo sonrío cada vez que la escucho en el MP3 que olvidaste en tu velador. Cuando quieras pasa por acá, mujer, y recoje lo que gustes... pero ven y sal antes de que yo regrese del trabajo. No pretendas sorprenderme con alguna cosa loca, que por aquí todo sigue igual... desequilibrado y antinatural.

martes, abril 03, 2007

Un post para compartir...

Hace algunos días un amigo me envió este video. La verdad, no falló, creo que de alguna manera todos necesitamos, en algún momento, de unas palabras que nos hagan sentir (no pensar, que complica mucho más las cosas). Y bueno, tal vez a ustedes les sirva de algo, caso contrario, lean el siguiente post.


miércoles, febrero 21, 2007

Sin mirar atrás (Bonus Track)



No sé cuándo empezó todo esto. Hace dos años que no consigo trabajo y mi vida se ha ido deteriorando poco a poco, lentamente, sutilmente, hasta convertirme en esto que ahora soy: un triste y pobre remedo de mí mismo.

Silvana sonrió tras el teléfono: te veo en media hora en el McDonald´s, y después... ya sabes.
Ahora tendré que ir a toda prisa por la avenida, atravesar corriendo el Central Park, cruzar rápido a la vista de todos los que mendigan un poco de afecto. Jhonny me mira y sonríe con displicencia (quizá con envidia), corro como un demente entre los árboles, sabe que veré a Silvana y que de ella dependen los dólares para seguir viviendo. La señora Carlson me saluda a duras penas levantando el brazo (¿o pedirá ayuda?); desde ayer sigue tirada entre los arbustos. Los negros de la octava creen que acabo de robar algo, mi velocidad es espeluznante, como el pavor al hambre. Todos están tranquilos. Saben que tengo novia y que además me mantiene porque lo ha gritado en medio de la avenida cuando le pedí unos dólares para cerveza. Saben además que le gusta el sexo que tenemos porque se los he contado con detalles. Les mostré algunas fotos, para qué mentir. Sexo fuerte. Rico. Sin ascos. Sólo sensaciones límite. Polos opuestos, dicen. A veces me pide que la abrace muy fuerte, pero no puedo. La ternura la olvidé en alguna parte y no me interesa recuperarla. El tiempo corre y yo también. Llego a la pileta. Roy y los italianos me hacen señas, pero hoy no quiero ir de putas. Sólo quiero llegar al maldito McDonald´s y devorar una de sus asquerosas ofertas.
Hace cuatro días que no veo a Silvana y hace cuatro días que no como. Bebo cualquier cosa y observo las formas de las nubes. Ayer descubrí un cocodrilo en el cielo. Quisiera ser un cocodrilo para matarla a dentelladas por envilecerme tanto. Pero estoy tan débil que seguro se haría un par de botas y una cartera con mi pellejo. Por eso sigo corriendo, sólo unos metros más.
Frankie me saluda desde el hidrante donde mean los perros, me hace señas con una botella sellada de vodka, hoy tampoco beberé contigo, hermano, sólo quiero comer.
Cruzo la avenida, el parque es enorme. Estoy sudando, me demoré cuatro minutos. El tráfico es endemoniado a esta hora, dos cuadras más y ya, ya la vi. Ahora tendré que oírla gritar por media hora más antes de hincar los dientes.

Grita, grita y grita. Ya sé, ya sé que soy un mantenido, que estás cansada de darme de comer y que te da vergüenza que no tenga ni unos centavos para el pan, pero todo esto va a cambiar, ya te lo he dicho, sabes que cuando me indemnicen del army, todo cambiará, entonces te compraré la maldita cadena McDonald´s para que te la metas por el culo, con todas sus salsas, pero ahora sólo cómprame la oferta, por favor, que tengo hambre.

Pide lo que quieras –dice sonriendo- hoy vendí tres... Ya no la oigo, el hambre es un zumbido que quiebra mis oídos, me siento mareado, veo las pizarras multicolores con comida en letras. Ya sé: quiero... Pero ya pidió por los dos y, como siempre, me toca la peor de todas: llena de pickles, salsa de tomate y tamaño junior. Sabe que odio esa oferta, que me irrita el estómago y me produce gases. Pero ella paga. Igual me la comeré. Comería lo que sea, incluso esa mierda de hamburguesa. Ella comerá un plato especial que de sólo verlo me hará odiarla más. Esta noche te golpearé tan fuerte las nalgas que no podrás sentarte en días, ya verás... y como...

Ella habla y habla. Si el cartón no hiciera daño me comería la caja, y el sorbete y el vaso de tecknopor. Me quedo de hambre. Salimos. Me mira y sonríe. ¿Estás lleno? Sí. Pero sabe que no es cierto. Detiene un taxi y viajamos al hotel. Lo paga con un Roosevelt. Da propina. Entramos al edificio justo cuando el ascensor abre sus hojas y me empuja dentro. Ya me tiene. Me besa con la lengua fuera de control. No quiero ni tocarla. Me vuelve a besar, baja por el cuello, huelo a sudor pero parece no importarle: levanta mis brazos y aspira mis axilas. Muerde una tetilla, aprieto los labios. Sigue besando y lamiendo. Se arrodilla y juega con mi bragueta. La abre mirándome fijamente y cedo. El deseo crece con violencia. Siento su boca y cierro los ojos. El placer inunda mi cuerpo y el ascensor se abre. Ella sale corriendo tomada de mi mano. Estoy en el pasadizo con la pieza fuera. Quiero guardarla pero ella se divierte viendo cómo, poco a poco, con el aire ajeno del corredor, mi moderada vanidad se sonroja y empequeñece, tímida, derrotada.

Busco las llaves y entramos. Me tira al suelo de espaldas, ahora ella tiene el control. ¿Alguna vez lo perdió? (¿Dónde lo perdí?) Nos arrastramos por el suelo sucio, el polvo se adhiere a mi espalda húmeda, se levanta la falda y retirando apenas su trusa con el dedo índice, se sienta sobre mi resucitada virilidad. Comienza a moverse en círculos, me araña el pecho, gime como una loca, cierra los ojos, se estira los pezones con fuerza y tira la cabeza hacia atrás, quiero ponerla boca abajo pero me gana, me ganan las ganas de sentirla y viene, ya viene, no pienso, ya viene, falta poco. De pronto ella se pone de pie. No estuvo mal –dice agotada- ¿Te veo mañana? Se peina frente al espejo. Busca su bolso mientras sigo tirado en el suelo con la pieza al aire y el orgullo frustrado. ¿A la misma hora? pregunta. Me abrocho los pantalones y salimos juntos.
El ascensor baja lentamente, enciende un Lucky, salimos del edificio. Me besa y se va. Corro tras ella. La alcanzo a unos pasos ¿Me regalas cinco dólares? Tuerce la boca y mirándome con desprecio abre su cartera. Busca entre el fajo de billetes. No tengo cambio –dice y se va. No importa, ya le saqué veinte mientras se peinaba. Veo a Frankie que en la acera de enfrente, me hace señas con la botella sellada de vodka. La observo alejarse y detener un taxi. Frankie insiste desde lejos. Cruzo la pista en dirección opuesta a Silvana y avanzo, sin mirar atrás.

El Color del Camaleon (2005)


LA MUERTE NO TIENE PERMISO


-Van a despedir a alguien más.
-¿Cómo sabes?
-Mira la ventana del jefe. Van a despedir a alguien más.
El murmullo se extendió como una ola por sobre nuestras cabezas. Pensé de inmediato en los pagos atrasados al seguro, la cuota de la casa, la luz, el teléfono, los colegios de los chicos, los anticonceptivos de Chaz (tan rica, tan tetona). ¿Qué haría en la calle? ¿Volver a vender tapetes y plumeros casa por casa? ¿Soportar otra vez el sol en la nuca, en los hombros, en los testículos que se sancochan al mediodía en el asfalto? ¿Volver a la angustia de los cincuenta centavos para el pan de todos los días?
Julio se acercó y me pasó la voz, tenía los ojos vidriosos y los párpados hinchados, la boca reseca.
-Vengo de la diálisis –murmuró – si me despiden me muero ¿Ya sabes quiénes se van?
-No. Respondí. En un rato seguro los llamarán pero no te preocupes, no nos botan por la antigüedad. Además las cosas están cada vez peor. Chaz ya no sabe que inventar para el almuerzo, este trabajo es todo lo que tenemos y las ventas de Oriflame, nada más… y digamos que las amigas de Chaz no son de gastar mucho en cremas… ¿Tu estás mejor?
-Algo. Dijo tocándose el bajo vientre. Se palpó. ¿Tú qué crees? Creo que lo mejor sería irme a los Estados Unidos, hacer plata y volver para poner un negocio, una bodeguita, qué-sé-yo. Al menos si un día me muero…
-No digas eso, aun te falta hacer un millón de cosas. Ven a casa el domingo, Chaz preparará estofado, trae a Ximena contigo.
-¿Qué llevo para tomar?
-Nada. Ya debes tener muchos gastos con la diálisis.
-Muchos… suspiró Julio. A veces pienso que debería morir de una vez, al menos así Ximena podría cobrar el dinero del seguro y viviría mejor y los chicos…
-Ya cállate o te golpeo los riñones con la llave inglesa, ok?
-Ok, creo que te llaman.
Era cierto. Desde la ventana del jefe una mano se agitaba invitándome a subir. El mundo se me vino encima. Todos detuvieron sus labores por unos segundos, algunas veces era así: te llamaban para que leyeras una lista con despedidos o para que hagas el trabajo sucio de hacerlo tu mismo e invitar a que pase por caja el desdichado. El pabellón estaba lleno. Algunos fumaban despacio. Una señora vendía café y sánguches de pollo y luego anotaba los nombres del cliente en su libreta. A fin de mes nos esperaba a todos en la puerta con sus hijos. Al que no le pagaba ellos lo acompañaban hasta la esquina. Entre nosotros sabíamos que esos tres habían sido policías. En fin, cada quien se gana la vida como puede.

Las señas continuaban y ya algunos mostraban una incomodidad por mi demora. Pero es que realmente no quería ir. Tenía miedo de perder el trabajo. Quién no le teme a eso. Giré y caminé entre mis compañeros. Hace menos de dos años éramos ochocientos. Hoy apenas quedamos doscientos cincuenta. Las computadoras hacen el mismo trabajo y sin errores, no les pagan sueldo, ni seguro médico ni nada de nada. Tengo ocho años en esta fábrica. Ocho largos años que se han pasado volando… mientras me hago más y más viejo y siento que el calor de las calderas ya me afecta los intestinos.

Al llegar a la oficina del jefe me persigne, ya todo está en tus manos, Señor.
-Señor Becerra, vengo como mandó usté.
-Siéntese por favor, tenemos que conversar.
Tomé asiento
-Mire señor, para mi esta situación es espantosa, cada vez que vengo a trabajar encuentro un memo con alguna orden que un cojudo dicta a su secretaria para que me joda todas las mañanas –destapó un antiácido y lo echó en su vaso con el estampado de una vaca, lo bebió de un sorbo- hoy es un día de esos, ¿me entiende? Acá ustedes me mientan la madre como si yo fuera el responsable de los despidos y no es así. Yo también soy una víctima en este asunto –se llevó un dedo a la nariz y empezó a buscar algo en ella- por eso es que lo llamé. ¿Ve ese sobre?
-Si, señor… El sobre estaba algo grueso, a lo mejor ya tenían lista mi liquidación, un frío de muerte se apoderó de mi nuca.
-Bueno pues, en ese sobre está una carta de despido con la orden de cobro de los días adeudados y del trámite que haga el contador para sus beneficios de ley.
-Entonces… -dije mecánicamente- estoy… despedido?
El jefe me miró directamente a los ojos. Habíamos ingresado al mismo tiempo y éramos parte del grupo de antiguos de la fábrica. Creo que alguna vez almorzamos juntos y mi record de asistencia era impecable. No era justo salir así.
-Por el tiempo que nos conocemos seré franco con usted. Hemos revisado la producción de nuestra fuerza de trabajo y vemos que algunos han reducido terriblemente su record. Como sabe, no podemos hacernos de esos costos que pueden dañar aún más la fábrica. Usted ha bajado mucho su producción… igual que su amigo Julio.
-Puedo esforzarme señor Becerra, le prometo que… sólo no me bote… este trabajo es todo lo que tengo
-Solo entienda que Yo no lo estoy botando… la producción se mide, usted sabe, pero mire: sólo hay una solución. La orden dice “O usted o el señor Julio”.
-…
-Usted decide.
Pensé por un rato que esto era una broma. No podía ser así. Julio era amigo mío desde hacía 23 años, su familia era como mi familia y pasábamos las navidades juntos. Y se estaba muriendo. No podía hacerle eso. ¿Cómo quedarían sus hijos? ¿Y los míos? ¿Qué me diría Chaz cuando llegara a contarle que escogí entre Julio y yo? ¿Acaso entendería?
-Señor Becerra, usté me pone en una situación muy complicada… Julio es mi amigo desde hace muchos años y usté sabe que se está muriendo… no podría decidir algo así, yo también necesito trabajar…
-Lo lamento amigo… pero esas son las órdenes. Tome el sobre y piénselo. Si decide por Julio, dele el sobre a él. Y si no, solo llene sus datos. Tiene hasta la salida para decidir. En verdad lo lamento mucho pero así son las cosas. No depende de mi.

Yo tomé el sobre pero sentía que jamás podría hacerle algo así a Julio. ¿Y mis hijos? ¿Y mi mujer? ¿Y mi vida? Al menos estaba sano pero… y los colegios y las píldoras y si alguien se enferma y si algo sucede y… Por otro lado Julio se estaba muriendo, gastaba más de lo que ganaba en medicinas y esa maldita diálisis, los exámenes… tanto trabajar para no tener nada, carajo, qué decidir… a veces la vida no es ni siquiera como en las películas…

Julio se acercó rápido, estaba preocupado.
-¿Y? ¿Qué te dijo?
-Nada. Respondí. Parece que hoy no hay despidos ni nada, sólo era para entregar estos papeles en una agencia, un mandado.
-Ah… bueno, me voy a trabajar. Ya nos vemos el domingo, no? Hoy salgo temprano porque tengo chequeo.
-Ya. Está bien. El domingo entonces. Temprano. Nos vemos.
-Nos vemos. Gracias por el estofado, me gusta mucho el estofado.
Julio se alejó caminando como en un bailecito de cantinflas. No podía hacerle eso, decidir entre él o yo. Pedirle a la muerte permiso para ejecutar su labor y no tener remordimientos.
En uno de sus bailecitos, Julio se llevó las manos al ombligo, exageró en un movimiento, creo. Sonrió, me hizo una seña y se alejó. No me atreví a decirle nada. Sería demasiado cruel. Pero las computadoras no entienden de emociones, ni los fejes, ni los jefes de los jefes. Quise levantar el brazo para despedirme pero al ver que se iba no pude hacerlo. Nadie se despide de un cadáver que se aleja.

Orquídeas Marchitas (2004)

Orquídeas Marchitas

Lima, invierno del 2002
No importaba nada más. ¿Sabes? Ayer estuve pensando en todas las tardes que pasamos juntos, en los árboles donde grabaste mi nombre, pero de nada valió. La música que no quiero oír, las calles por donde no quiero andar, son cosas de todos los días. Una de estas tardes te llamaré. No deberías estar preocupado. Muchas veces he pensado en que las cosas siempre suceden por algo. Tal vez por eso es que hoy te escribo estas líneas. Desde tu oficina, con ese ventanal que da aquellos enormes jardines, sentirás que la vida es más bonita, solo y lejano. El brillo del sol a veces engaña.
Mientras tanto estoy aquí, sintiendo que te pierdo definitivamente, y que nada de lo que haga puede hacer que regreses. Creo que es lo mejor. No volvería contigo después de lo de ayer. No. Aún no comprendo cómo después de tantos años juntos, de haber vivido tantas cosas, pudiste haberme dejado de la manera en que lo hiciste, sin que nada te importara. Nada, excepto tu libertad y el haberte dado cuenta –según tú- de que lo nuestro no daba para más.
He llorado todos estos días sin que nadie se dé cuenta. Mis amigas creen que estoy resfriada, tengo los ojos hinchados y la nariz roja. Me veo fea, lo sé, pero eso no importa, en realidad me veo triste. Mi mamá me lo dijo esta mañana. Me preguntó si habíamos peleado y le conté que sí, que me dejaste porque estabas cansado de mí y mis tonterías, de que te celaba mucho, pero eso no es cierto, siempre hiciste lo que querías y yo te perdoné muchas cosas feas. Las veces que te fuiste sin decirme nada, las tardes que te esperé como una idiota sentada en el parque, mientras todas las parejas entraban al cine o caminaban despacito y tú, tú nunca llegabas. Mucho trabajo ¿no?, si pues, mucho trabajo. Ahora tienes todo el tiempo libre para trabajar, pero seguro que lo pasarás con tus amigos, lo sé porque ayer en la mañana me contaron que te vieron en el bar del centro bebiendo como un loco, gritando que celebrabas tu libertad. Nunca me quise drogar contigo ¿Es eso malo? ¿Acaso me dejaste de querer por eso? No me gustan esas cosas, pero jamás te pedí que no lo hicieras. Pensé que si no te decía nada dejarías de hacerlo por no hacerme sentir mal. No soy una cucufata, lo sabes, siempre hemos hecho el amor como unos locos, y siempre te he deseado con la misma intensidad de la primera vez, cuando, burro tu, creíste que no dolía nada. Pero si dolió. Y no sé por qué te escribo esto. Tal vez sea un descargo de mi conciencia o de mis sentimientos. Un desahogo que me haga sentir mejor, que me permita gozar del sol como lo haces tú ahora, pero es difícil. Muy difícil. Te extraño muchísimo y estoy confundida. No sé si es la costumbre o el amor, pero cuando llega la tarde espero que aparezcas por esa maldita puerta y me abraces fuerte, y tomemos lonche. Pero ya no es posible. ¿Cuándo fue la última vez que viajaste? Ya recordé: hace dos meses. Mensajitos en el mail que no decían nada. ¿Cómo crees que me siento? Luego llegas, nos vemos cada semana menos y después desapareces. Ya no te quiero, dijiste. Ya no te quiero. Y yo, ¿qué hago con esto que tengo dentro? Se te pasará. ¿Fácil, no? Y los días vuelan, pero tu no das noticias. Ayer te llamé a la oficina en la mañana. Dijiste ¡Aló! ¡Aló!, varias veces. Te habrás dado cuenta que era yo, luego colgaste. Quise contarte muchas cosas, pero no me atreví. Me trataste tan mal la última vez que aún siento aquí dentro cómo se retuerce algo que sé ya no existe. No sé dónde quedó mi amor por ti, mis ganas de sentirte; no sé si odiarte o cómo olvidarte. Apareces en mis sueños como un fantasma que pasa riendo, burlándose de esta tonta sentada en una banca. Como la canción ¿recuerdas? Ya no quiero saber más de ti. Es más, ya ni siquiera deseo escribirte, pero estas líneas tienes que leerlas, serán las últimas, lo sé. Y sabes que no miento. No te buscaré más. Ayer mamá me vio tan desolada que no tuve más remedio que contarle. Tampoco quiere volverte a ver. Mi papá mucho menos. Ya no serás mi pareja de prom. iré sola, o tal vez no vaya (no te molestes). Ya no necesitarás gastar en la orquídea que vimos en la tienda. Ya no me importa. Me dolió mucho, sabes, como nunca antes. Un dolor distinto, más grave.
Las clases acabarán en dos semanas. Espero viajar donde mi abuela, allí no estuvimos nunca (menos mal, no soportaría aceptar que llenaste todos mis espacios). En verano las cosas se ven mejor, iré más seguido a la playa, tendré muchos amigos y nadaré bastante, hasta cansarme y dormir. Dormir mucho oyendo al mar. Nunca te gustó la playa. Eres alérgico al sol.

¿Por qué te quise tanto? Cuatro años. Cuatro años de mi vida los pasé contigo y me dejaste como a una perra. Creo que sí te odio. ¿Por qué lo hiciste? ¿Acaso te enamoraste de alguna de tu oficina? ¿De tu secretaria? ¿De tu jefa? Ya no me importa. Inventaré tu respuesta. No será difícil. Mientras tanto caminaré más, hasta borrar tu último beso de mis labios, tu último calor. Desde ayer no soy la misma. Caminaré a dejarte esta carta en la recepción de tu trabajo. Y volveré a casa. Con mi dolor a cuestas. Y el vientre vacío.

El Cazador de Dinosaurios (Fragmento Nouvelle, 2003)




CAP. 1

La primera vez que fue a comprar un libro –oficialmente- lo buscó con cuidado entre los estantes, leyendo la contratapa de cada uno. Ya sabía de antemano cuál quería, pero de todas formas aquello era parte del rito librero. Encontró la edición que buscaba: por fin un original. Su biblioteca estaba llena de libros piratas, algunos se leían a duras penas, pero era lo que el bolsillo le permitía. No se quedaría burro por culpa del gobierno. Acarició el papel, lo olió. Buscó el precio y casi le da un infarto: la quinta parte de su sueldo de redactor. Qué importaba, caminaría treinta y siete cuadras diarias hasta la próxima quincena con tal de tenerlo.
Llegando a casa se encerró en su habitación y pidió que no lo molesten, sacó su copia pirata y leyó en paralelo. Era otra cosa, cada renglón era distinto, como más lúcido. Las oraciones eran perfectas y si alguna le gustaba, cogía su lapicero rojo y subrayaba sin piedad la edición barata.
No almorzó, tampoco cenó, mucho menos desayunó. Aquel pesado volumen era todo lo que necesitaba para alimentarse. Cuando llegó al final de las quinientas sesenta y dos páginas, leyó en voz alta: “Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo había otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿no, niño?”. Maestro. Susurró. Este tipo es un maestro...

Encendió su computadora y empezó a escribir el último cuento de su segunda publicación. Totalmente influenciado, no dudó en copiar textualmente algunos párrafos, cambiando algunas palabras para que no se notara el plagio. Meses después lo presentó en una reunión que lo satisfizo. Ya para entonces tenía ocho originales. Todos habían sido devorados por enésima vez con la misma emoción que le produjo aquel primer ejemplar. Su biblioteca seguía llenándose de piratas, pero los de su paradigmático autor ocupaban un lugar especial. Recortaba los periódicos donde aparecía y celebraba sus comentarios sobre la situación del país y de la literatura en el mundo. Tenía su fotografía pegada en la pared (mensaje subliminal, pensaba). El método perfecto para escribir así era copiarlo y luego intentar vivir como él. Obviamente sólo intentarlo, porque para hacerlo de verdad necesitaría sacarse la lotería o ganar el Rómulo Gallegos o el Premio Planeta, pero éste último lo había ganado Bryce, así que dejó de interesarle la idea. Enviaba cuentos y más cuentos a todos los concursos de los cuales tenía noticia. En algunos obtenía menciones honrosas, en otros ni siquiera lo leían. En fin, pensaba, gajes del oficio. Con sus dos libros de cuentos a cuestas, era invitado a conversatorios y conferencias, a contar cuentos en centros culturales y a beber algunos tragos con otros colegas.
Ya para entonces la influencia era total. Opinaba como él y tenía la misma visión del mundo y de la creación literaria. Dedicaba horas enteras al análisis de párrafos y oraciones, remarcando, interpretando, leyendo entre líneas.
Paseando por librerías le llamó la atención un afiche bastante elegante. Conferencia Magistral, decía. Mario Vargas Llosa y su Literatura. La emoción le puso la piel de gallina. ¡Mario en Lima! Era su oportunidad. Llamó a un amigo que conducía un programa sobre libros en la televisión y le pidió estar presente en la grabación. Pero era demasiado tarde: el afiche estaba pegado desde hacía una semana, y la locación para la entrevista estaba repleta. Sólo le quedaba el consuelo de verlo por tele y pedirle a su amigo pelucón que le hiciera firmar un libro a su nombre luego de grabar. Una parte de su espíritu quedó satisfecho. Tendría un ejemplar autografiado por el ídolo máximo, el Maradona de la Literatura, el Darth Vader de las letras, (“yo soy... tu padre...”) cierto, era EL hombre, EL escritor. Para qué más. Ya podría colocar aquel ejemplar en una urna de vidrio, pues para cristal no tenía, y verlo cada vez que quisiera y mostrarlo a todo el mundo. Cuando cayó la noche aún seguía de pie frente al afiche, con los ojos abiertos, y un par de efectivos policiales en las proximidades que dudaban de su estado mental.

Dos días después recibió la invitación: Estimado Rimatti, es muy grato para el comité organizador de este magno evento, hacerle extensiva la invitación a la Conferencia Magistral: “Mario Vargas Llosa y su Literatura” que se realizará... Detrás de la invitación, escrito con lapicero azul, decía: Feliz cumpleaños, con afecto, Iván. P.D.: tu libro ya está firmado. ¡Mi cumpleaños!, pensó, es justo el día de mi cumpleaños, qué mejor regalo. Aquella noche no durmió. Y tampoco la siguiente.

Al abrir los ojos toda la familia le cantaba en coro, rodeando su cama: “...porque es un gran escritoor, porque es un gran escritoor, porque es un gran escritoóóóór, y siempre compramos sus libros”. Claro que los tienen que comprar, les dijo, ¿cuándo han visto a una familia que no compre los libros que su hijo escribe? Yo también compré tu libro, dijo la abuela, dos veces, aunque ya sabes que me parecen un adefesio. ¡Feliz cumpleaños! Gritaron los demás, interrumpiendo a la vieja. Todos lo abrazaron. Incómodo por estar en calzoncillo bajo una delgada frazada antialérgica (la única que le permitió adquirir su sueldo de redactor), sonrió complaciente. Estaba feliz. Iba a ser, realmente, un día especial. Mientras salían todos de la pequeña habitación, su abuela observó la pared con curiosidad. Pósters de cuadros famosos, afiches de libros de los colegas, uno que otro poema escrito a lápiz –con el trazo que da la borrachera -, una calata tetona... la foto de un hombre sonriente. Ahí detuvo la mirada. Abrió los ojos en cámara lenta, y comenzó: ¿de cuándo acá tienes pegada en la pared la foto de un maricón? ¡¿Qué?! ¿Acaso no sabes que por su culpa tuvimos fujishock? Es el mejor escrit... Si al menos fuera Rod Hudson, ese sí era alguien, actor, famoso y guapo, Es que no has leído sus libros ¿Libros, escritor? Mamama, el es Mario... ¡Vagos es lo que son, ociosos improductivos como tú, que sueñan, sueñan, sueñan! Mamama, ¿Mamama? ¡Qué Mamama ni qué ocho cuartos, anda busca trabajo! ¡Siete de la mañana, apestando en la cama! Si tu abuelo estuviera vivo... Dios lo tenga en su santa gloria... si estuviera vivo... ¡Lo volvería a matar! Él sonrió. Poeta quería ser, que mira, que estas flores, que te escribí un poemita, que volverán las oscuras golondrinas, menos mal que se casó conmigo y no con otra, porque yo lo puse en orden, ¡A trabajar, carajo, que de amor no comieron sus seis hijos! Allí está tu madre, que te diga. No sé cómo le permites que tenga esta vida, hija. Su madre sonrió. Poetas, escritores, ¡una mujer es lo que te falta! Una mujer PERO DE ESAS, que te ponga en orden, que te obligue a trabajar, Mamama me voy a cambiar, tengo que tomar desayuno, seguro que se ha vuelto hippie, segurito, y tú –dijo señalando a su madre- deberías preocuparte por dónde está este muchacho, ojalá y no se vuelva comunista, porque el hijo de Regina era poeta también, ¡Y se le escapó a los treinta y cinco años! Se le escapó y se volvió comunista y lo mataron o lo desaparecieron, no sé... La vieja tomó un respiro y él bajó la cabeza, estaba cansado de oír la misma perorata cada vez que venía la abuela, siempre era lo mismo. Sintió ganas de llorar y los ojos se le humedecieron. Cuando levantó la mirada, su abuela observó sus ojos tristes, de decepción, de derrota, rojos... ¡Oye! Le gritó a su madre, ¡mira sus ojos rojos! Revísale los bolsillos, seguro que también fuma esa co-chi-na-da, porque estos adefesios se creen diferentes de nosotros –ahora lo miró- como te vea fumando cojo un palo y donde estés, ¡te rompo el hocico, carajo! Ya sabes. Vamos mamá, la tomó del brazo, mira que tu presión... La vieja salió maldiciendo a Dante, Goethe, Navokov, Kawabata, Salinger, Cortázar y un largo etcétera que se perdía en el aire mientras se la llevaban a la sala. Los había leído a todos.

Canto en el Infierno (2001)


2010, de Este a Oeste

Año 2,010 – New York. USA,17:48 pm.


Después de la luz que la cegó por varios minutos, ella acercó una silla y se sentó en medio de la sala. Estaba sola en la Estación. A través de las ventanas sin cristales, las cortinas de un color cenizo se agitaban ondulantes por el viento que ingresaba con indiferencia a los ambientes derruidos. Se frotó los ojos y lanzó un suspiro que se oyó como un gemido lastimero. Sabía que no había nadie más en el mundo: tenía la certeza de que todos los otros seres habían muerto. Vio a su alrededor y descubrió que todo el material de transmisión estaba en ruinas, su cámara fotográfica estaba destrozada, las paredes derruidas, todo. Sin quererlo, quedó atrapada en el silencio, sin tomar en cuenta el tiempo, el avance de las nubes, ni el descenso del sol en el horizonte.
De pronto, algo golpeó la puerta. ¿Quién es? – Preguntó con un repentino brillo en sus ojos cafés.
Se repitió entonces dos veces el temblor de la puerta, no como un golpe físico sino como un sonido retardado que golpea en ondas hasta desaparecer. Abrió la puerta y el sonido la golpeó en todo el cuerpo, penetrando sus poros y haciéndola estremecer.
Al principio no se extrañó y tuvo la sensación de que sus plegarias habían sido oídas; recordó entonces la última vez que había disparado su revólver hacia el horizonte del Este, viendo cómo las dos últimas balas del tambor se perdían en el infinito. Éstas habían dado la vuelta al mundo pues no hallaron a nadie en quien cobijar su mortal calor y, ahora, la puerta se habría para dar paso a su sonido de nacimiento como un parto estruendoso y seco. La mujer vio dos puntos milimétricos creciendo en el horizonte del Oeste, acercándose entre ruinas de edificios y cimientos de casas. Un silbido que se hacía más fuerte le hizo comprender que aquellos puntos de plomo se hallaban cada vez más cerca.
Con el rostro bañado por el sol del atardecer, abrió su blusa y sintió el calor ansiado, ya dentro de sus pechos blancos. Al caer al piso uno de sus brazos chocó contra el tocadiscos, subiendo al máximo el volumen del long play que escuchaba antes de que la luz apareciera.
Cuando sintió que el calor de su pecho le absorbía la vida, cerró los ojos y sonrió.

En el infinito, la voz de Bob Dylan se alzaba como una bandera arrastrada por el viento de la derrota; en la casa, la mujer sólo alcanzó a oír un fragmento de la canción: “...no hemos hecho / más que construir / para destruir...”
Y las cortinas continuaron ondulando al ritmo del viento...



Despertares Nocturnos (2000)


El Espejo


"Me verás volar por la ciudad de la furia,
donde nadie sabe de mí,
y yo soy parte de todos..."
(G. Ceratti)


Podía presenciar en sueños, aún entonces, visiones que no comprendía, que no lograba asimilar a pesar del paso de los años, pero que inevitablemente lo obligaban a seguirlas y a cumplir al pie de la letra con sus mensajes larvados. Tarde se percató de que tenía el don de ver a la Muerte. La vio pasar muchas veces, muchas. Sabía a quien acompañaba en la hora fatal, conocía a quienes iban a partir y la forma en que lo harían. Sus sueños eran entonces terribles asaltos a su carácter, su conciencia y su corazón que, poco a poco, se habían ido minando por el dolor de la desaparición de sus seres queridos primero y de los demás seres después. Y él nada. Él seguía inmune a la Muerte y eso lo entristecía y lo desesperaba. Le aterraba el dolor que sentía cada vez que alguien partía al otro lado del túnel y esa gente pasaba a formar parte de sus murrias y nostalgias. Sólo entonces, una tarde, se dio cuenta de que no eran sólo entelequias. Fue cuando vio a la Muerte acompañar a una mujer a la que confundió con su ya lejana y desaparecida madre. La siguió inquiridor y pronto estuvo tan cerca que quiso tocarla; la señora sonrió mientras leía un aviso pegado en una tienda, se dio vuelta y avanzó por la avenida. Él se sintió nuevamente motivado y alcanzó a estirar su mano para poder tocar a la Muerte. Los dedos de ambos se alcanzaron entre sí por las yemas y se miraron frente a frente por vez primera. Sorpresivamente volteó a mirar a la señora que ya se encontraba muy lejos de aquel lugar. Miró nuevamente a la Muerte, como queriendo escudriñar entre sus pupilas y, en un momento de gran confusión de emociones, le acertó un soberbio puñete en el rostro. Los cristales del gran espejo volaron en mil pedazos, igual que lo que quedaba de su corazón. Supo entonces que el dolor y la nostalgia lo abrumarían para siempre. Pues la Muerte, era él.

lunes, enero 29, 2007

Sonrisas Perdidas


1.
Fue cuando ella murió que se cayó mi sonrisa. El regreso a casa después de la guerra fue tan penoso como la hora en que me despedí de todos en el puerto. Nadie daba entonces un cobre por nuestros sueños, por nuestras sonrisas bobas que parecían pintadas de acuarela, en tonos muertos. Muertos estábamos desde que pusimos un pie en el barco, pero nadie hablaba de ello para no tener que verse la cara de velorio, el alma perdida en la ausencia de la nada, demasiados colores cálidos para unos corazones muertos. Los primeros mareos nos pusieron a vomitar por la borda, mientras los demás reían de nuestros tonos verdes o morados, o morados y verdes, eso dependía del ángulo de su visión. No recuerdo mucho de aquel viaje, o es que quizá mi memoria ha sepultado esos recuerdos para no tener que despertar llorando nuevamente por la madrugada, con ese sudor que descalabraba las sienes por el frío, ni por el dolor que provocaba el sentirse vivo en un mundo de cadáveres. Es cierto que tuvimos buenos momentos, pero cada acto que se dio en aquel viaje, cada voz, cada, aliento, cada grito, cada desgarro lanzado al viento, nos arrancó una porción del alma, un trocito de sonrisa, una mueca de alegría. Hace un mes recibí la carta. Escueta como siempre, tinta azul en papel aéreo. “Mamá murió hace una semana, no queríamos decírtelo porque estabas convaleciente, pero ahora que estás recuperado, Andrea sugirió que era la mejor idea. Todos acá te necesitamos, sabemos que debes estar en algún lugar del mundo, en medio de aquella maldita guerra que por fin acabó. A ella le hubiera gustado verte, lo dijo antes de expirar, siempre fuiste su engreído, siempre esperó más de ti (creo que alguna vez lo conseguiste, imbécil), pero ahora que ya todo pasó y que no hay vuelta atrás, debes regresar y poner las cosas en orden. Santiago, acá todo ha cambiado. Nosotros también.”
Eso fue todo, siete líneas para decirme que el mundo se había terminado, que aquella historia del hijo héroe fue tan solo una farsa, una burla del destino, un pedazo de nada. ¿Volver entonces? ¿Para qué? Es una buena pregunta, sobre todo si pienso en que nadie de los que fue conmigo al frente regresará a casa. Pienso en eso y mi nariz es invadida por el olor a sangre, a pólvora, a venganza, a rencor. Un olor como de fierro podrido, de metal corrompido, de cuerpo sin alma. Volver ¿Para qué? Mientras miro por la ventana cómo me alejo de todo aquel desastre, de toda aquella cruel puesta en escena, pienso en las noches frente al fuego, fumando un cigarrillo mientras la vibración de las explosiones sacudían nuestros pensamientos. Reíamos mucho entonces. Bromeábamos sobre nuestros planes al regresar y sobre lo que haríamos con nuestro futuro, con nuestros sueños. Le escribía muchas cartas a la semana, siempre le contaba algo nuevo pero nunca mencionaba alguna mala noticia o un hecho aterrador, por ejemplo, la primera vez que maté a un hombre. Estábamos en medio de un operativo cuando de pronto un ruido me sacó del miedo: un hombre estaba agazapado con los pantalones abajo. La polaca que tenía era de un color distinto al nuestro, entonces actué. Me acerqué por la espalda y con el cuchillo le abrí la garganta. Recuerdo que me bañé en sangre la ropa, tanto, que pensé que por error me había cortado yo mismo la mano o el brazo, pero no. El hombre convertido ahora en un pedazo de carne sin alma cayó al suelo, sobre sus heces. No pude evitar las arcadas y luego el vómito incontenible. Miraba mis manos como si no me pertenecieran, como si en algún momento hubieran actuado por cuenta propia pero no, mi ser era el que había ordenado asesinar, y aquella sensación jamás se borró de mi mente, aún ahora y después de tanto tiempo, en que despierto por las noches aterrado por los sueños que me atacan. Vi por la ventana del avión que el aeropuerto estaba a pocos minutos. Vi una nueva realidad, una nueva vida y sonreí. Recordé entonces la carta y el hecho de que al leerla se me cayó la sonrisa. Y nunca más la recuperé.

miércoles, enero 10, 2007

Al colegio no voy más




Hace tan solo uno par de días se realizó la evaluación a docentes en todo el Perú. A decir verdad, fue el segundo intento solo que esta vez, hubo respuesta de parte de los profesores que asistieron a los centros de evaluación, no todos, es cierto, pero si el 58% según cifras lanzadas por le ministro de Educación. Pues bien, como curioso que soy, participé como evaluador, primero en diciembre, a los alumnos de segundo grado de primaria, cuyo exámen resolvieron en menos de veinte minutos, y en el de los profes, cuyo exámen duró tres horas completitas. El SUTEP, liderado por Patria Roja, hizo de todo para evitar esta evaluación: desde prohibir bajo amenazas a los docentes que asistieran al exámen, hasta la formación de piquetes en las puertas de los colegios para evitar el ingreso de sus colegas. Si al menos tuvieran un dedo de frente (pedir dos ya es demasiado), y vieran alguna filmación del proceso en sí (si es que lo hubiera), sentirían vergüenza ajena y se dedicarían a estudiar y capacitarse en lugar de andar por el mundo jodiendo a cuanto estudiante caiga en sus manos. Pregunta de cajón en medio de un plagio por demás escandaloso pero permitido: “¿Compadre, Ancash se escribe con S o con Z?” Respuesta peor que la pregunta: “No sé, hermano, pero pon mejor Huaráz”. Punto final, así es como se solucionan las cosas: yendo por las tangentes que no avizoran mejoría alguna. Otra perla: “Señores, si se les ha entregado EXCLUSIVAMENTE un lápiz, un borrador y un tajador para que resuelvan el exámen, ¿Por qué marcan las respuestas con lapicero?”. Y una final ya para campeonato Guinnes en taradez: “¡Señor, por qué rompe la prueba! ¡Si no quiere dar el exámen pues mejor salga y váyase a su casa!” Respuesta ipso facto: ¡Está loco, y después no me pagan mis 30 soles! ¿Quiere que se los regale al gobierno?”. Amén, como diría mi abuela, que mejor es hacerse el ciego, sordo y mudo en el momento para no cegarse y atacar con un día de furia al mejor estilo de Michael Douglas con bate de béisbol en mano. Y luego se quejan de por qué los evalúan, ¡Pues por esto mismo, señores! Porque es inconcebible que gente “profesional” que forma a nuestros hijos no sepa ni siquiera conjugar verbalmente palabras tan sencillas como “recuperar”. Y luego sale Caridad Montes a decir que el exámen ha sido un fracaso... un fracaso, “señora”, es el haber permitido que una persona como usted asuma un cargo de representatividad del profesorado. Un fracaso es seguirle permitiendo ejercer el cargo que ocupa, un fracaso es, además, haber dejado que el sindicato se convierta en esa cueva de mafiosos y delincuentes que al menor indicio de progreso intelectual, sale a la calle a quemar llantas, amenazar profesores y arengar discursos extremistas. Pero siempre hay espacio para la redención, claro que no vendrá de su parte, pues la ignorancia, madre de los extremismos, no conoce de superación. A ver si esto se acaba de una vez.