lunes, enero 29, 2007

Sonrisas Perdidas


1.
Fue cuando ella murió que se cayó mi sonrisa. El regreso a casa después de la guerra fue tan penoso como la hora en que me despedí de todos en el puerto. Nadie daba entonces un cobre por nuestros sueños, por nuestras sonrisas bobas que parecían pintadas de acuarela, en tonos muertos. Muertos estábamos desde que pusimos un pie en el barco, pero nadie hablaba de ello para no tener que verse la cara de velorio, el alma perdida en la ausencia de la nada, demasiados colores cálidos para unos corazones muertos. Los primeros mareos nos pusieron a vomitar por la borda, mientras los demás reían de nuestros tonos verdes o morados, o morados y verdes, eso dependía del ángulo de su visión. No recuerdo mucho de aquel viaje, o es que quizá mi memoria ha sepultado esos recuerdos para no tener que despertar llorando nuevamente por la madrugada, con ese sudor que descalabraba las sienes por el frío, ni por el dolor que provocaba el sentirse vivo en un mundo de cadáveres. Es cierto que tuvimos buenos momentos, pero cada acto que se dio en aquel viaje, cada voz, cada, aliento, cada grito, cada desgarro lanzado al viento, nos arrancó una porción del alma, un trocito de sonrisa, una mueca de alegría. Hace un mes recibí la carta. Escueta como siempre, tinta azul en papel aéreo. “Mamá murió hace una semana, no queríamos decírtelo porque estabas convaleciente, pero ahora que estás recuperado, Andrea sugirió que era la mejor idea. Todos acá te necesitamos, sabemos que debes estar en algún lugar del mundo, en medio de aquella maldita guerra que por fin acabó. A ella le hubiera gustado verte, lo dijo antes de expirar, siempre fuiste su engreído, siempre esperó más de ti (creo que alguna vez lo conseguiste, imbécil), pero ahora que ya todo pasó y que no hay vuelta atrás, debes regresar y poner las cosas en orden. Santiago, acá todo ha cambiado. Nosotros también.”
Eso fue todo, siete líneas para decirme que el mundo se había terminado, que aquella historia del hijo héroe fue tan solo una farsa, una burla del destino, un pedazo de nada. ¿Volver entonces? ¿Para qué? Es una buena pregunta, sobre todo si pienso en que nadie de los que fue conmigo al frente regresará a casa. Pienso en eso y mi nariz es invadida por el olor a sangre, a pólvora, a venganza, a rencor. Un olor como de fierro podrido, de metal corrompido, de cuerpo sin alma. Volver ¿Para qué? Mientras miro por la ventana cómo me alejo de todo aquel desastre, de toda aquella cruel puesta en escena, pienso en las noches frente al fuego, fumando un cigarrillo mientras la vibración de las explosiones sacudían nuestros pensamientos. Reíamos mucho entonces. Bromeábamos sobre nuestros planes al regresar y sobre lo que haríamos con nuestro futuro, con nuestros sueños. Le escribía muchas cartas a la semana, siempre le contaba algo nuevo pero nunca mencionaba alguna mala noticia o un hecho aterrador, por ejemplo, la primera vez que maté a un hombre. Estábamos en medio de un operativo cuando de pronto un ruido me sacó del miedo: un hombre estaba agazapado con los pantalones abajo. La polaca que tenía era de un color distinto al nuestro, entonces actué. Me acerqué por la espalda y con el cuchillo le abrí la garganta. Recuerdo que me bañé en sangre la ropa, tanto, que pensé que por error me había cortado yo mismo la mano o el brazo, pero no. El hombre convertido ahora en un pedazo de carne sin alma cayó al suelo, sobre sus heces. No pude evitar las arcadas y luego el vómito incontenible. Miraba mis manos como si no me pertenecieran, como si en algún momento hubieran actuado por cuenta propia pero no, mi ser era el que había ordenado asesinar, y aquella sensación jamás se borró de mi mente, aún ahora y después de tanto tiempo, en que despierto por las noches aterrado por los sueños que me atacan. Vi por la ventana del avión que el aeropuerto estaba a pocos minutos. Vi una nueva realidad, una nueva vida y sonreí. Recordé entonces la carta y el hecho de que al leerla se me cayó la sonrisa. Y nunca más la recuperé.

miércoles, enero 10, 2007

Al colegio no voy más




Hace tan solo uno par de días se realizó la evaluación a docentes en todo el Perú. A decir verdad, fue el segundo intento solo que esta vez, hubo respuesta de parte de los profesores que asistieron a los centros de evaluación, no todos, es cierto, pero si el 58% según cifras lanzadas por le ministro de Educación. Pues bien, como curioso que soy, participé como evaluador, primero en diciembre, a los alumnos de segundo grado de primaria, cuyo exámen resolvieron en menos de veinte minutos, y en el de los profes, cuyo exámen duró tres horas completitas. El SUTEP, liderado por Patria Roja, hizo de todo para evitar esta evaluación: desde prohibir bajo amenazas a los docentes que asistieran al exámen, hasta la formación de piquetes en las puertas de los colegios para evitar el ingreso de sus colegas. Si al menos tuvieran un dedo de frente (pedir dos ya es demasiado), y vieran alguna filmación del proceso en sí (si es que lo hubiera), sentirían vergüenza ajena y se dedicarían a estudiar y capacitarse en lugar de andar por el mundo jodiendo a cuanto estudiante caiga en sus manos. Pregunta de cajón en medio de un plagio por demás escandaloso pero permitido: “¿Compadre, Ancash se escribe con S o con Z?” Respuesta peor que la pregunta: “No sé, hermano, pero pon mejor Huaráz”. Punto final, así es como se solucionan las cosas: yendo por las tangentes que no avizoran mejoría alguna. Otra perla: “Señores, si se les ha entregado EXCLUSIVAMENTE un lápiz, un borrador y un tajador para que resuelvan el exámen, ¿Por qué marcan las respuestas con lapicero?”. Y una final ya para campeonato Guinnes en taradez: “¡Señor, por qué rompe la prueba! ¡Si no quiere dar el exámen pues mejor salga y váyase a su casa!” Respuesta ipso facto: ¡Está loco, y después no me pagan mis 30 soles! ¿Quiere que se los regale al gobierno?”. Amén, como diría mi abuela, que mejor es hacerse el ciego, sordo y mudo en el momento para no cegarse y atacar con un día de furia al mejor estilo de Michael Douglas con bate de béisbol en mano. Y luego se quejan de por qué los evalúan, ¡Pues por esto mismo, señores! Porque es inconcebible que gente “profesional” que forma a nuestros hijos no sepa ni siquiera conjugar verbalmente palabras tan sencillas como “recuperar”. Y luego sale Caridad Montes a decir que el exámen ha sido un fracaso... un fracaso, “señora”, es el haber permitido que una persona como usted asuma un cargo de representatividad del profesorado. Un fracaso es seguirle permitiendo ejercer el cargo que ocupa, un fracaso es, además, haber dejado que el sindicato se convierta en esa cueva de mafiosos y delincuentes que al menor indicio de progreso intelectual, sale a la calle a quemar llantas, amenazar profesores y arengar discursos extremistas. Pero siempre hay espacio para la redención, claro que no vendrá de su parte, pues la ignorancia, madre de los extremismos, no conoce de superación. A ver si esto se acaba de una vez.