viernes, abril 25, 2008

Soundtrack del post anterior

Esta es una de las canciones de Blades que más me gusta cantar y bailar, cuando escucho salsa.
La comparto con ustedes. ¡Sube el volumen!

Bailar o no bailar. He ahí el dilema...


Revisando los correos abro con mucha alegría uno de María Grant, editora ejecutiva de la prestigiosa revista cubana Opus Habana. En su correo me pregunta cómo se baila salsa en Lima, y le respondo bastante preocupado que “desconozco mayormente” pues no es un género que me guste tanto como el rock, a pesar de que tengo mis orquestas y cantantes favoritos. Y es que para ser salsero hay que vivir salsa, esto es, sentir que por tus venas corre la música y esas ganas de bailar estés donde estés y con quien estés. Vivir la música, como diría Andrés Caicedo. Cuando era adolescente siempre tuve ese problema con la música: en las fiestas a las que iba siempre ponían más salsa que rock, lo cual significaba enfrentarte al ridículo de no saber más que un par de pasitos básicos mientras todos estaban con la fiebre del Dirty Dancing, Salsa, está que arde, o el genial Frankie Ruiz, que son los que se me vienen en este momento a la mente. Así que entre ahuesarse toda la noche sin hacer más que tomar ponche y comer algo por ahí, y enfrentarte al ridículo, muchas veces prefería lo segundo y me lanzaba al ruedo (mis amigas de entonces luego de verme bailar tan penosamente se pusieron de acuerdo para enseñarme algunos pasos interdiariamente). Han pasado 17 años desde entonces. He viajado por varios lugares y he bailado otros ritmos, pero algo muy curioso ocurre cuando personas de diferentes países encuentran en una canción de Rubén Blades la excusa perfecta para bailar. Y entonces nos damos de sopetón con que cada uno tiene su estilo particular y pareciera que entre un peruano, una cubana y una mexicana la cosa es imposible. Sin embargo, después de muchos intentos (aún lo recuerdo con una sonrisa), conseguimos sincronizar y ahí no nos paró nadie. Mientras Oscar Osorio y su esposa daban clases de salsa al estilo caleño, y Hernán Darío y Marisela Gonzalo Febres danzaban perfectamente, Carmen Boullosa y yo conseguíamos por fin que nuestras culturas milenarias no se dieran pisotones. Risas, intentos, baile, más intentos, más pisotones, más risas. Y es que así nos guste el rock, la buena salsa (no esa basura del regaettón y demás aberraciones) lleva implícita una carga especial que despierta esas ganas de compartir y de querer moverse y cantar. Que cantar alegra el corazón, que bailar alegra el alma, y que bailando se nos vaya la vida.
En la foto: El autor de esta nota ensayando un baile con María Grant, mientras Carmen Boullosa trata de captar algunos pasos. (Armenia, Colombia).

jueves, abril 24, 2008

Nuevo libro de Carlos Rengifo


Mi buen amigo Carlos Rengifo me escribe para comentarme del lanzamiento de su nuevo libro de cuentos, titulado "Uñas". Conociendo la literatura de Carlos no dudo en que este nuevo material traerá más de una grata sorpresa. Están todos invitados este martes 29 de abril a las 7 de la noche en el Club Social Miraflores (Salón 27 de Setiembre) / Malecón de la Reserva 535 – Miraflores (frente a Larcomar).
¡No falten!

viernes, abril 18, 2008

Entrevista a Enrique Vila-Matas

Para quienes no lo saben aún, Enrique Vila Matas es un escritor de esos que ha nacido bajo el signo del talento, la conchudez para decir las cosas que piensa (lo cual lo hace admirable siempre) y esa fuerza de saber que su único norte, sangre, respiro y vida, es la literatura. Disfruten esta entrevista.

martes, abril 15, 2008

Hombre del sur (un cuentito)

Eran cerca de las seis. Fui al bar a pedir una cerveza y me tendí en una hamaca a tomar un poco el sol de la tarde. Cuando me trajeron la cerveza, me dirigí a la piscina pasando por el jardín. Era muy bonito, lleno de césped, flores y grandes palmeras repletas de cocos. El viento soplaba fuerte en la copa de las palmeras, y las palmas, al moverse, hacían un ruido parecido al fuego. Grandes racimos de cocos colgaban de las ramas. Había muchas hamacas alrededor de la piscina, así como mesitas y toldos multicolores; hombres y mujeres bronceados por el sol estaban sentados aquí y allá en traje de baño. Dentro de la piscina multitud de chicos y chicas chapoteaban, gritando y jugando al waterpolo, un poco en serio y un poco en broma. Me quedé mirándolos. Las chicas eran unas inglesas del hotel en que me hospedaba. A los chicos no los conocía, pero parecían americanos, seguramente cadetes navales llegados en un barco militar que había anclado en el puerto aquella mañana.
Llegué hasta allí y me metí bajo un toldo amarillo donde había cuatro asientos vacíos, me serví la cerveza y me arrellané cómodamente con un cigarrillo entre los dedos. Los marinos americanos congeniaban bien con las inglesas. Buceaban juntos bajo el agua y las hacían subir a la superficie tomándolas por las piernas. En aquel momento distinguí a un hombrecito de edad, que caminaba rápidamente por el mismo borde de la piscina. Llevaba un traje blanco, inmaculado, y caminaba muy aprisa, dando un saltito a cada paso. Llevaba en la cabeza un gran sombrero de paja e iba a lo largo de la piscina mirando a la gente y a las hamacas. Se paró frente a mí y me sonrió, enseñándome dos hileras de dientes pequeños y desiguales, ligeramente deslustrados.
Yo también le sonreí.
—Perdón. ¿Me puedo sentar aquí?
—Claro —dije yo—, tome asiento.
Dio la vuelta a la silla y la inspeccionó para su seguridad. Luego se sentó y cruzó las piernas. Llevaba sandalias de cuero, abiertas, para evitar el calor.
—Una tarde magnífica —dijo—; las tardes son maravillosas aquí, en Jamaica.
No estaba yo seguro de si su acento era italiano o español, pero lo que sí sabía de cierto era que procedía de Sudamérica, y además se le veía viejo, sobre todo cuando se lo miraba de cerca. Tendría unos sesenta y ocho o setenta años.
—Sí —dije yo—, esto es estupendo.
—¿Y quiénes son ésos?, pregunto yo. No son del hotel, ¿verdad?
Señalaba a los bañistas de la piscina.
—Creo que son marinos americanos —le expliqué—, mejor dicho, cadetes.
—¡Claro que son americanos! ¿Quiénes si no iban a hacer tanto ruido? Usted no es americano, ¿verdad?
—No —dije yo—, no lo soy.
De repente uno de los cadetes americanos se detuvo frente a nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de salir de la piscina. Una de las inglesas le acompañaba.
—¿Están ocupadas estas sillas? —preguntó.
—No —contesté yo.
—¿Les importa que nos sentemos?
—No.
—Gracias —dijo.
Llevaba una toalla en la mano, y al sentarse sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Le ofreció a la chica, pero ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El hombrecito, por su parte, dijo:
—Gracias, pero creo que tengo un cigarro puro.
Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó la punta del cigarro puro.
—Yo le daré fuego —dijo el muchacho americano, tendiéndole el encendedor.
—No se encenderá con este viento.
—Claro que se encenderá. Siempre ha ido bien. El hombrecito sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado, mirando al muchacho con atención.
—¿Siempre? —dijo casi deletreándolo.
—¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado.
El hombrecito continuó mirando al muchacho.
—Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco?
—Eso es —dijo el muchacho.
Tendría unos diecinueve o veinte años y su rostro, al igual que su nariz, era alargado. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar.
—Nunca falla —dijo sonriendo porque ahora exageraba su anterior jactancia intencionadamente—, le prometo que nunca falla.
—Un momento, por favor.
La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico. Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia.
—¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? —le dijo sonriendo—. ¿Apostamos sobre si enciende o no su mechero?
—Apuesto —dijo el chico—. ¿Por qué no?
—¿Le gusta apostar?
—Sí, siempre lo hago.
El hombre hizo una pausa y examinó su puro y debo confesar que a mí no me gustaba su manera de comportarse. Parecía querer sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, me pareció que se guardaba algún secreto para sí mismo.
Miró de nuevo al americano y dijo despacio:
—A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta —repitió recalcándolo.
—Oiga, espere un momento —dijo el cadete—. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo.
El hombrecillo movió su mano de nuevo.
—Óigame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar.
—Le apuesto a que puedo —dijo el muchacho americano.
—De acuerdo, entonces..., ¿hacemos la apuesta?
—Bien, le apuesto cinco dólares.
—No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac...
—¡Oiga, oiga, espere un momento! —el chico se recostó en la hamaca y sonrió—. No puedo consentir que apueste eso, es una locura.
—No es una locura. Usted enciende su mechero y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad?
—Claro que me gustaría tener un Cadillac —el cadete seguía sonriendo.
—De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.
—¿Y qué apuesto yo? —preguntó el americano.
El hombrecito quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.
—Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende?
—Entonces, ¿qué puedo apostar?
—Se lo voy a poner fácil. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, póngamelo fácil.
—Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien?
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.
—¿Mi qué? —dejó de reír el muchacho.
—Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, me quedo con su dedo.
—No le comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo?
—Se lo corto.
—¡Qué! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar. El hombrecito se reclinó en su asiento y se encogió de hombros.
—Bien, bien, bien —dijo—. No lo entiendo. Usted dice que su mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo olvidamos?
El muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo entre sus dedos. Lo acercó a sus labios, puso las manos alrededor del encendedor y lo encendió. Al momento, apareció una pequeña llama amarillenta. El americano ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera apagar la llama.
—¿Me lo deja un momento? —le dije.
—¡Oh, perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo sin encender.
Alargué la mano para coger el encendedor, pero se incorporó y se acercó para encendérmelo él mismo.
—Gracias —le dije. El volvió a su sitio.
—¿Se divierte? ¿Lo pasa bien? —le pregunté.
—Estupendo —me contestó—, esto es precioso.
Hubo un silencio. Me di cuenta de que el hombrecito había logrado perturbar al chico con su absurda proposición. Estaba sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo y nervioso.
—Bueno, veamos en qué consiste esta apuesta —dijo al fin—, usted dice que vamos a su cuarto y si mi mechero se enciende diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda. ¿Es eso?
—Exactamente, ésa es la apuesta.
—¿Qué hacemos si pierdo? ¿Deberé sostener mi dedo mientras usted lo corta?
—¡Oh, no! Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera darme su dedo. Lo que haríamos es atar una de sus manos a la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con una navaja, dispuesto a cortar en el momento en que su encendedor fallase.
—¿De qué año es el Cadillac? —preguntó el chico.
—Perdón, no le entiendo.
—¿De qué año..., cuánto tiempo hace que tiene usted ese Cadillac?
—¡Oh! ¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente nuevo, pero veo que no es un jugador. Ningún americano lo es.
Hubo una pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí.
—Sí —dijo de pronto—. Apuesto.
—¡Magnífico! —el hombrecito juntó las manos por un momento—. ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor —se volvió hacia mí—, será tan amable de hacer de... ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿Árbitro? ¿Juez?
Tenía los ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran pequeñas y negras.
—Bueno —titubeé yo—, esto me parece una tontería. No me gusta nada.
—A mí tampoco —dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba—. Considero esta apuesta estúpida y ridícula.
—¿Le cortará de veras el dedo a este chico si pierde? —pregunté yo.
—¡Claro que sí! Yo le daré el Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi habitación. Se levantó.
—¿Quiere vestirse antes? —le preguntó.
—No —contestó el chico—. Iré tal como voy.
—Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y actuara como árbitro. Se volvió hacia mí.
—Muy bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta.
—Venga usted también —dijo a la chica—. Venga y mirará.
El hombrecito se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le veía animado y excitado y al andar daba más saltitos que nunca.
—Vivo en el anexo —dijo—. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí.
Nos llevó hasta el aparcamiento del hotel y nos señaló un elegante Cadillac verde claro, aparcado en el fondo.
—Es aquel verde. ¿Le gusta?
—Es un coche precioso —contestó el cadete.
—Muy bien, vamos arriba y veamos si lo gana.
Le seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable. Había una bata de mujer a los pies de una de las camas.
—Primero tomaremos un martini —dijo tranquilamente.
Las bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser mezcladas. Había una coctelera, hielo y muchos vasos. Empezó a preparar el martini.
Mientras tanto había hecho sonar la campanilla; se oyeron unos golpecitos en la puerta y apareció una doncella negra.
—¡Ah! —exclamó é! dejando la botella de ginebra.
Sacó del bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella.
—Me va a hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño juego aquí. Quiero que me consiga dos..., no, tres cosas. Quiero algunos clavos; un martillo y un cuchillo de los que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina. ¿Podrá conseguirlo?
—¡Un cuchillo de carnicero! —la doncella abrió mucho los ojos y dio una palmada con las manos—. ¿Quiere decir un cuchillo de carnicero de verdad?
—Sí, exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme esas cosas.
—Sí, señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo que pide.
Después de estas palabras salió de la habitación.
El hombrecito fue repartiendo los martinis. Los bebimos con ansiedad, el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta, que vestía un bañador azul claro y no dejaba de mirar al muchacho por encima de su vaso; el hombrecito de ojos claros, con su traje blanco, inmaculado, que miraba a la chica del traje de baño azul claro. Yo no sabía qué hacer. La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero, ¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo urgentemente al hospital en el Cadillac que no había podido ganar. Tendría gracia, ¿no es cierto?
En mi opinión, no habría por qué llegar a ese extremo.
—¿No les parece una apuesta muy tonta? —dije yo.
—Yo creo que es una buena apuesta —contestó el chico. Ya se había tomado un martini doble.
—Me parece una apuesta estúpida y ridícula —dijo la chica—. ¿Qué pasará si pierdes?
—No importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está —el chico se cogió el dedo—. Y todavía no ha hecho nada por mí. ¿Por qué no voy a apostármelo? Yo creo que es una apuesta estupenda.
El hombrecito sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar los vasos.
—Antes de empezar —dijo— le entregaré al árbitro la llave del coche.
Sacó la llave de su bolsillo y me la dio.
—Los papeles de propiedad y del seguro están en el coche —añadió.
La doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo de los que usan los carniceros para cortar los huesos de la carne, y en la otra un martillo y una bolsita con clavos.
—¡Magnífico! ¿Lo ha conseguido todo? ¡Gracias, gracias! Ahora puede marcharse.
Esperó a que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los objetos en una de las camas y dijo:
—Ahora nos prepararemos nosotros. Luego se dirigió al muchacho:
—Ayúdeme, por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un poco.
Era una mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente, rectangular, de metro veinte por noventa, con papel secante, plumas y papel. La pusieron en el centro de la habitación y retiraron las cosas de escribir.
—Ahora —dijo— lo que necesitamos es un cordel, una silla y los clavos.
Cogió la silla y la puso junto a la mesa. Estaba tan animado como la persona que organiza juegos en una fiesta infantil.
—Ahora hay que colocar los clavos.
Los clavó en la mesa con el martillo.
Ni el muchacho ni la chica ni yo nos movimos de donde estábamos. Con nuestros martinis en la mano, observábamos el trabajo del hombrecito. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a quince centímetros de distancia.
No los clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte. Luego comprobó su firmeza con los dedos.
“Cualquiera diría que este hijo de puta ya lo ha hecho antes —pensé yo—. No duda un momento. La mesa, los clavos, el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo que necesita y cómo arreglarlo.”
—Ahora el cordel —dijo alargando la mano para tomarlo—, muy bien, ya estamos listos. Por favor, ¿quiere sentarse? —le dijo al chico.
El muchacho dejó su vaso y se sentó.
—Ahora ponga la mano izquierda entre esos dos clavos para que pueda atársela donde corresponda. Así, muy bien. Bueno, ahora le ataré la mano a la mesa.
Puso el cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente a los clavos. Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado, al muchacho le era imposible despegar la mano de la mesa, pero podía mover los dedos.
—Por favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que dejar ese dedo alargado sobre la mesa. ¡Excelente! ¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el encendedor con su mano derecha..., pero ¡espere un momento, por favor!
Fue hacia la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso junto a la mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.
—¿Preparados? —dijo—. Señor arbitro, puede dar la orden de comenzar.
La inglesa estaba de pie, justo detrás del muchacho, sin decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse, con el encendedor en la mano derecha mirando el cuchillo. El hombrecito me miraba.
—¿Está preparado? —le pregunté al muchacho.
—Preparado.
—¿Y usted? —al hombrecito.
—Preparado también.
Levantó el cuchillo al aire y lo colocó a cierta distancia del dedo del chico, dispuesto a cortar. El muchacho le observaba sin mover un miembro de su cuerpo. Simplemente frunció las cejas y le miró ceñudamente.
—Muy bien —dije yo—, empiecen.
El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:
—¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.
—Sí, lo haré.
Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.
—¡Uno! —dije yo.
No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.
Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.
—¡Dos!
El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecito tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.
—¡Tres!
—¡Cuatro!
—¡Cinco!
—¡Seis!
—¡Siete!
Desde luego era un mechero de los que funcionan a la perfección. La piedra chisporroteó y la mecha se encendió. Observé el pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa. El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de pulgar, este dedo lo hacía todo.
Respiré, dispuesto a decir ocho. El pulgar accionó la rueda, la piedra chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.
—¡Ocho! —dije yo al tiempo que se abría la puerta. Nos volvimos todos a la vez y vimos a una mujer en la puerta, una mujer pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que se precipitó gritando:
—¡Carlos, Carlos!
Le agarró la muñeca y le cogió el cuchillo, lo arrojó a la cama, aferró al hombrecito por las solapas de su traje blanco y lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo aprisa y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan fuerte que no se le podía ver. Se convirtió en una línea difusa y móvil como el radio de una rueda.
Cuando paró y volvimos a ver al pequeño hombrecito, ella le dio un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara de un muñeco. Él se sentó en el borde y cerró los ojos, moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el cuello.
—Lo siento —dijo la mujer—, siento mucho que haya pasado esto.
Hablaba un inglés bastante correcto.
—Es horrible —continuó ella—. Supongo que todo ha ocurrido por mi culpa. Le he dejado solo durante diez minutos para lavarme el cabello y ha vuelto a hacer de las suyas.
Se la veía disgustada y preocupada.
El muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La inglesa y yo no decíamos ni una palabra.
—Es una seria amenaza —dijo la mujer—. Donde nosotros vivimos ha cortado ya cuarenta y siete dedos a diferentes personas y ha perdido once coches. Últimamente le amenazaron con quitarle de en medio. Por eso lo traje aquí.
—Sólo habíamos hecho una pequeña apuesta —murmuró el hombrecito desde la cama.
—Supongo que habrá apostado un coche —dijo la mujer.
—Sí —contestó el cadete—, un Cadillac.
—No tiene coche. Ése es el mío, y esto agrava las cosas —dijo ella—, porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo siento muchísimo.
Parecía una mujer muy simpática.
—Bueno —dije yo—, aquí tiene la llave de su coche. La puse sobre la mesa.
—Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta —murmuró el hombrecito.
—No le queda nada que apostar —dijo la mujer—, no tiene nada en este mundo, nada. En realidad, yo se lo gané todo hace ya muchos años. Me llevó mucho, mucho tiempo, y fue un trabajo muy duro, pero al final se lo gané todo.
Miró al muchacho y sonrió tristemente. Luego alargó la mano para coger la llave que estaba encima de la mesa.
Todavía ahora recuerdo aquella mano: sólo le quedaba un dedo y el pulgar.


Roald Dahl, 1955

viernes, abril 11, 2008

Entrevista a Mario Bellatin

La nueva y estupenda página virtual dedicada a las letras acaba de presentar una más que interesante entrevista al escritor Mario Bellatín. Sin más que decir (porque lo que importa en serio es Mario) los dejo con la entrevista. Hagan click! en el enlace y disfruten.

"Cualquier reconocimiento conseguido hasta ahora por Mario Bellatin (el Premio Xavier Villaurrutia, ser finalista del Médicis, traducciones a varios idiomas y un prestigio y difusión cada vez mayor) es insuficiente para este escritor extraordinario.
Es un honor para Porta9, y en especial para quien escribe estas hacellíneas, abrir la sección de entrevistas con un autor que, libro a libro, no sólo construye una de las obras más importantes y singulares de la literatura en nuestra lengua, sino que también va abriendo caminos por donde circulará la producción de las nuevas generaciones." Entrevista

jueves, abril 03, 2008

Destino (Un cuentito)

Dentro de las cosas que planeó para sí no figuraba en absoluto dedicarse a la escritura. Era una cuestión de principios heredados de generación en generación, desde que el tío Felipe se suicidó al cumplir veintiocho, perdido entre la bohemia callejera, un amor, la poesía y demasiados papeles nuevos. Tal vez por esto, aquellos violentos impulsos por traducir las ideas que atormentaban su alma, lo obligaban a realizar penosos paseos en busca de un tema sobre el cual desarrollar sus ideas. Así, sin quererlo y casi siendo su propio cómplice, olvidó los cuadernos contables en el ómnibus que lo llevaba a la oficina del banco y como por obra del destino, terminó expectorado del sistema del orden, la puntualidad y la eficiencia para engrosar la inmensa lista de hombres que vagan con sus papeles bajo el brazo buscando alguna cosa que hacer. Quizás así, conseguían olvidar que nacieron negados para los quehaceres mundanos.
Con el paso de las semanas y la cabeza caliente de tanto pensar, asumió que definitivamente las cosas no iban a ser tan sencillas: sin dinero y con la reprobación genealógica por su descabellada decisión de dedicarse a escribir —aunque fuera sólo para espantar las ganas mismas de hacerlo— resultaba poco alentador enfrentarse a una hoja en blanco con las ideas revueltas por el hambre, la desazón, los cuestionamientos de su conducta y la certeza de estar nadando contra la corriente del destino. Pero "¿qué es el destino?", se preguntaba constantemente, esperando hallar una respuesta inteligente, artificiosa y antologable que pudiera ser perennizada "como las frases célebres que aparecían en los diarios". Necesitaba una respuesta de artista, una frase contundente. Investigó en libros de arte, observó pinturas en todas las galerías, descubrió la belleza extraña de las rodillas de Neptuno atrapado en una roca sobre la fuente de la Plaza Central; apreció —a fuerza de intentos continuos— la delicada comezón que produce el aroma de las hortensias en la nariz, sintiéndose un artista realizado y —mientras los transeúntes lo observaban con extrañeza cuando él acariciaba las hojas de algún arbusto— algo incomprendido, "last but not least".
Consideró también morir a los veintiocho años habiendo publicado antes un libro que lo inscribiera en la Historia, e hiciera de él un "maudit", dado que su muerte sería un escándalo y su obra, un relámpago perpetuo en el tiempo. Luego de tres cafés surgió la duda: ¿realmente tenía que morir para ser famoso? Analizó sesudamente la cuestión y llegó a la conclusión de que tal vez, sólo tal vez, existiese la posibilidad, remota aún, de continuar escribiendo textos aún más geniales que los anteriores, superándose constantemente y logrando limar todas las aristas de su diamantino talento para conseguir así, después de haber vivido muchas vidas en una sola, alcanzar el nivel de joya literaria. Entonces, sólo entonces, sentiríase satisfecho de su obra.
Pero para esto tenía que llegar a viejo. Y desde ese momento desterró la idea de morir joven y hermoso, pues ahora creía que sólo era verdaderamente digno de estima el artista a quien el Destino ha concedido el privilegio de crear sus obras en todas las etapas de la vida humana.
Pasadas unas semanas de reflexión, se percató de la necesidad de una base sólida: Disciplina.
En un pliego de cartón dibujó un rectángulo y dividió su interior en días y horas. Una vez logrado esto —lo hizo con témperas y pincel— caviló la forma de crear un horario perfecto para lograr la inspiración, sin perder nada de aquello ni por un segundo, pues requería de toda la vibración interna del impulso creador, de aquel "motus animis continuus" en que consiste, según Cicerón, la raíz de la elocuencia. Los primeros días no tuvo problemas. Se despertaba a las cinco en punto de la mañana y salía a pasear por el parque para despejar el sueño y respirar aire puro. Luego de cuarenta minutos volvía a casa y preparaba el desayuno. Nada pesado como huevos fritos con tocino; tal vez, sí, un poco de pan integral tostado y queso con una taza de café negro.
Luego de seis horas frente a su ruma de papeles, revisaba concienzudamente los textos, haciendo anotaciones y consultando diccionarios de sinónimos y antónimos, hasta encontrar la palabra perfecta, la musicalidad de la oración. Convencido de que la obra iba por buen camino, decidió prescindir de los paseos matutinos, pues la humedad podía, con el tiempo, causarle algún tipo de reuma o artritis que le deformaría —estéticamente— la vida. Luego cambió el desayuno dietético por un desayuno normal y, más tarde, se le dio por almorzar de madrugada, cenar a mediodía y volver a almorzar en las noches.
Mientras tanto, el mundo exterior cambiaba, las flores crecían y morían, la lluvia llegaba y se iba; el sol, como ha hecho desde el principio de los tiempos, salía y se ocultaba. El verano llegó cuatro veces y al llegar el quinto invierno —con la barba espesa, el cabello crecido y los nervios alterados por las exigencias de tamaña creación— decidió ponerle fin a su obra con una frase maestra. Luego vino el problema del título, mas, embebido como estaba de tantos datos reflexivos y analíticos, optó por llamarla La humanidad y un día, pues eso era su obra, el resumen novelado del conocimiento humano, puesto al servicio de su especie.
Cuando hubo puesto el punto final, acarició el grosor de las tres mil setecientas veinticinco páginas escritas, con una devoción tan grande por ver finalmente vencido al demonio de la creación, que las lágrimas surcaron lentamente sus mejillas para luego estallar en carcajadas que solo se apagaron para dejaron exhausto y profundamente dormido sobre la mesa.
Una semana después salió a la calle en busca de una editorial, convencido de que la monumental obra que llevaba bajo el brazo revolucionaría el concepto filosófico del arte en el mundo, pues su contenido no estaba destinado a críticos ni a lectores promedio, sino a la "humanidad". Su obra pasaría a formar parte de los cimientos culturales sobre los cuales descansaba el saber humano, la civilización entera le rendiría culto y él contaría la historia del oficinista que sintió el llamado del arte y del destino para abrazar la literatura como único y verdadero medio de expresión del pensamiento. Contaría también cómo abandonó todo en favor de la especie humana, luchando como un titán contra el desgano inicial de escribir, venciéndolo con cada palabra escrita sobre el papel y coronándose como creador del infinito al ponerle punto final a su Obra; enalteciéndose aun más al saber que había sido capaz de vencer las tentaciones mundanas y carnales, sufriendo como un santo prisionero de la creación suprema, cuestionando a cada momento incluso su propia existencia, su razón de ser; alcanzando el clímax de la creación al perderse entre el tiempo y la abstracción del espacio, siendo uno con la palabra, formando parte del verbo, siendo Dios en su universo. Porque, finalmente ¿qué era escribir? Pues un constante tejer y destejer de vagas sombras sin más sentido que la belleza.
Caminó sin rumbo luego de ser rechazado treinta y tres veces en la misma cantidad de editoriales. Cuando ya asomaba el sentimiento de la derrota, una lo aceptó y le pidieron cortésmente que volviera en quince días para ver los resultados.
Mientras se cumplía el plazo se dedicó a preparar el discurso que daría en la presentación. Estaba seguro que asistiría el Presidente de la República o, tal vez, alguna autoridad eclesiástica que, junto a la pléyade filosófica del mundo, se asombrase ante las profundas reflexiones lógicas y analíticas desplegadas durante tantas estaciones de aislamiento y concentración. Se imaginó rodeado de jóvenes ávidos de oír su voz; de sabios que le consultaban sobre algún problema irresoluto; de científicos que le pedían en ruegos resolver el enigma de las pirámides; de astrónomos que lo llevaban tomado delicadamente del brazo hacia algún lugar descampado donde poder interpretar los misterios del cosmos infinito. Se imaginaba rodeado de mujeres desnudas y lascivas que le suplicaban ser poseídas por su ser sobrenatural; siendo invitado por reyes y reinas; nombrado caballero o noble en ceremonias ancestrales y secretas; elevado a la categoría de profeta en un mundo donde los libros de autoayuda son best-sellers; incluso pensó en cambiar de nombre y barajó la posibilidad de llamarse en griego, para que su busto —esculpido por el más importante artista del planeta y escogido por él— descansara entre Platón y Aristóteles.
Llegó el día tan esperado y marchó con taquicardias rumbo a la editorial. Una señorita lo atendió amablemente y le pidió que pasara a la oficina principal, donde una docena de personas murmuraban sobre el contenido de su monumental obra.
Luego de seis horas y media de discusión le convencieron de que el corrector de estilo le había cercenado mil cuatrocientas quince páginas porque eran completamente innecesarias, a lo que él, viendo desvanecerse lentamente su almuerzo con Estefanía de Mónaco, aceptó a regañadientes para no perder la oportunidad de ver su obra realizada, impresa y distribuida, en todas las librerías del mundo. Le dijeron que la presentación sería en seis semanas más y, pasados unos días, tendría que asistir a una serie de entrevistas en la radio, la televisión, los periódicos y el Internet. Esto último fue lo que le animó —secretamente— a perseverar en la idea de publicar: poco a poco sería conocido, los almuerzos y las ceremonias vendrían después. Nadie se hace famoso de la noche a la mañana y su fama perdura, pensaba. Es parte de un proceso de aprendizaje, como la escritura; de sembrar para cosechar; de crecer para madurar. El libro salió publicado nueve meses más tarde, mientras la campaña publicitaria se desplegaba como una telaraña por los medios.
Durante los meses siguientes, su madre —en estricto secreto— gastó hasta el último centavo del dinero obtenido con la venta de muebles y propiedades por ver a su hijo feliz, pagando el íntegro de la edición y paseándose por cuanta librería existiese, comprando y comprando libros; convenciendo a hermanos, parientes y amigos para que invirtieran en una empresa tan insensata como humanitaria, por realizar el sueño del que abandonó la cordura por dedicarse a escritor.
Totalmente ajeno a esto, él paseaba por las librerías con el mentón en alto, preguntando si vendían La humanidad y un día. Al ser positiva la respuesta, sonreía satisfecho y decía: "yo soy el autor". A lo que la dependienta sonreía complaciente y comentaba: "mucho gusto, señor", y continuaba trabajando. Nada de preguntas metafísicas, ni insinuaciones sexuales, ni coqueteos descarados. Nada. Él murmuraba algo ininteligible y se apartaba del mostrador compadeciéndose de aquella pobre bruta que no era capaz de comprender tanto genio. En la editorial le habían obsequiado cierta cantidad de libros para que los regalara entre sus amistades o a quien quisiera, pero descansaban sobre su repisa esperando ser escogidos por alguna persona notable que entendiera su significado.
Y la barba le creció aun más. La familia entera acumulaba miles y miles de ejemplares abandonados en el desván, los garajes y otras habitaciones, y ante la demanda ficticia de su obra, la editorial vendió los derechos a otra empresa mucho más grande, incluida la traducción a veintitrés idiomas pagada por su madre. Entonces él sintió que el momento había llegado. La tan esperada hora de reyes y sabios, de coronaciones y entrega de medallas, se hallaba a la vuelta de la esquina.
Hace dieciocho años de eso. Hoy lo vi de nuevo leyendo el cartel del cine club. Su barba es impresionante y aún pasea bajo el brazo su primer ejemplar impreso. Descolorida la carátula y doblada hacia fuera la solapa donde con mucho esfuerzo se distingue su fotografía en blanco y negro, todavía espera a que alguien lo reconozca en la calle o que, al menos, le pasen la voz.