lunes, agosto 18, 2008

Calicalenturas de un angelito empantanado

La lápida de su tumba ha sido robada dos veces, los jóvenes y los adolescentes lo leen con una devoción cercana al fanatismo, han fundado un grupo con su nombre y el más pequeño de sus lectores tiene doce años, sus libros son hurtados de las bibliotecas públicas, su casa natal recibe constantemente el peregrinaje de admiradores que desean conversar unos minutos con su padre o su hermana, sus libros se imprimen por millares para toda Latinoamérica, y es que Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977) antes de morir, fundó un cine club en Cali, filmó dos películas, escribió una treintena de cuentos y tres novelas sobre la juventud de la clase alta caleña, pasó por clínicas psiquiátricas, se obsesionó con Vargas Llosa y rechazó a García Márquez con una energía visceral, viajó a Estados Unidos a venderle sus guiones al cineasta Roger Corman, entrevistó al legendario Sergio Leone, se introdujo en cuerpo y alma en el mundo de las drogas, escribió y dirigió la mítica revista cinematográfica Ojo al Cine y escribió para diarios y revistas de Colombia y Perú. Tenía sólo 25 años. (Continuar leyendo aquí)

martes, agosto 12, 2008

Yasunari Kawabata: Delicados pequeños mundos

"-Yo misma creo que las mujeres somos de temer. Estoy tan arrepentida de lo sucedido que me moriría. Fui yo quien se separó de él. Pero una vez que se ha cometido ese pecado es como si otro yo surgiera dentro de uno mismo, y entonces uno se enamora con más pasión que antes de la otra persona. Da miedo, ¿verdad?
Chiba volvió a mirar sorprendido a Takako. Sus ojos negros parpadearon dos o tres veces.
-Soy realmente una mujer mala. Sólo soy dócil en apariencia -dijo Takako. Por una rato caminó mirando la punta de sus zapatos y los de Chiba, que iban pisando las hojas empapadas de lluvia."


Traducidos por primera vez al español, los relatos de Primera nieve en el monte Fuji fueron seleccionados por el propio Kawabata y publicados en 1958. Dos de ellos, Yumiura y El crisantemo de la roca, fueron incluidos posteriormente en una colección de sus cuentos favoritos que se publicaron poco después de que recibiera el Premio Nobel. Los relatos que conforman este libro son a la vez una ventana al muy específico mundo doméstico de la postguerra japonesa y una reflexión, destilada al máximo, sobre los sentimientos y las contrariedades humanas, sobre el ser y la memoria, sobre las incógnitas de la belleza y del silencio.

domingo, agosto 10, 2008

Desencuentros EMO tivos

La chica iba por la oscura calle hablando sola. La lumbre del cigarrillo iluminaba mi nariz cada quince segundos (estimo que cada cigarrillo equivale a cuatro cuadras, en promedio y sin apuros), y para cuando estuvo a pocos metros, pude descifrar lo que decía para sí: nor-mal. Pasó por mi lado como quien anda en pena, repitiendo alguna oración que me sonó a pregunta y respondiéndose siempre: nor-mal… giré la cabeza le vi la ropa le vi las botas le vi las piernas le vi su polo le vi los brazos le vi la espalda le vi los cabellos, le vi el peinado, maldita emo. De pronto pareció desdoblarse, y de su pobre cuerpo seguramente lacerado por la falta de un mínimo libro de autoayuda, salió otro de esos seres pero esta vez en versión masculina (es una ironía, claro está, uno nunca sabe en medio de tanta adrogenia por dónde va la cosa), se detuvieron en mitad de la acera, se miraron un momento a los ojos y murmuraron algo. Demás está decir que ver este espectáculo había despertado mi curiosidad, y retomando mis pasos los seguí hasta un parque, donde tras una pared se hallaban decenas de emos, como Grenlims en inundación, esperando de seguro a que la muerte se los lleve mientras se cortaban los brazos unos a otros, y cuando se preguntaban qué les parecía todo, sólo atinaban a responder: nor-mal, moviendo la cabeza de izquierda a derecha y en dos golpes, mientras sus peinaditos de rockeros japoneses les tapaban un lado de la cara, y mientras sus cerebros se embrutecían aún más. Una pena no tener un arma a la mano, para evitarles tanto dolor producto de su emo-tividad, pero a ver quién los entiende en su estupidez gregaria de auto lacerarse como forma de protesta (¿contra qué? ¿contra quién?), formando una suerte de dolorosa comunidad que ha copiado el peinadito de Ñoño. En fin, mejor no seguir mirando que de pronto empezó a invadirme la tristeza, de pronto me empezó a crecer el cabello, de pronto me tapé un ojo con el pelo, de pronto estoy escribiendo esto poseído por la estupidez, de pronto tal vez para hacerme daño, de pronto y no sé por qué.

miércoles, agosto 06, 2008

Vargas Llosa y yo

Uno tiene sus ídolos: cantantes, bandas de rock, pintores favoritos, escritores… y esta feria que acaba de terminar traía a uno de ellos: Vargas Llosa. Por lo tanto sólo tenía como meta prioritaria el que Mario me firmara un libro, su mejor libro: Conversación en la catedral. Salí volando de casa para estar entre los primeros de la cola que, para las cinco y media de la tarde ya sobrepasaba el medio millar de personas. Es curioso estar en una cola para firma de libros, uno escucha comentarios de lo más disonantes, aquellos que admiran las letras del autor, aquellas que van porque es guapo (¡!) o de aquellos que tienen una pregunta “importante” que hacerle y aprovechan la ocasión. La cola empezó a las 2 de la tarde, y llegué a estar entre los 20 primeros. Con mi ejemplar bajo el brazo, miraba y oía y tomaba nota de cómo, poco a poco, la emoción de los lectores iba creciendo. Las conversaciones en la cola, las comparaciones de las obras, los personajes favoritos, los momentos memorables, las experiencias de cada uno con su lectura personal, con su encuentro íntimo con su libro favorito. Cuando se acercaba la hora, un encargado de la editorial pasó avisando que “sólo los que tienen libros de Santillana podrán obtener una firma de Vargas Llosa, señores, nos cuesta caro traer al escritor a Lima, se les dará un ticket para la firma sólo después de mostrar sus ejemplares”. Entonces empezó el bolondrón, pues el que menos había traído un ejemplar de su casa, de esos que uno quiere tanto que lo subraya con lápiz, hace anotaciones en los bordes, resalta las mejores frases, esos que lo acompañan a uno en los viajes, en fin: esos que son parte de la vida de uno. Así que completamente jodidos muchos tuvieron que dejar encargada la cola y volar a comprar uno de la maldita editorial. Felizmente no estaban caros, pero jamás pensé que la edición económica de Conversación en la catedral fuera tan fea. Y ni hablar de haber esperado tanto para tener una firma en ese libro. No me quedó otra que comprar otro libro que me gusta mucho: La fiesta del chivo. Pero aún tenía mi ejemplar de Conversación en edición de Peisa (la primera que leí y la que más me gusta). A la hora de la hora, ya frente a Mario, le entregué mi ejemplar de la Fiesta…, y saqué Conversación también, lo puse sobre la mesa, me miró, es mi mejor obra, lo sé, Mario, por eso la traje, estiró la mano para dedicármela mientras los vigilantes me miraban con odio y yo reía por dentro, fuera, huevones, seguro que ni siquiera la han ojeado. Una chica me tomaba un par de fotos, alguien reclamaba por la demora, la cola se impacientaba, y yo estaba ahí, feliz, con mi segundo libro autografiado por mi autor favorito. Un apretón de manos y salí a leer la dedicatoria. Afuera un fotógrafo de La república fotografió mi dedicatoria junto a la de dos chicas más, abogadas ellas y fanáticas de Mario, y nos entrevistaron para un programa de canal N. Un mar de gente esperaba su turno, pero como suele ocurrir cuando alcanzamos algo que tanto hemos esperado, todo el entorno dejó de existir. Desde la esquina del stand, Gabriel miraba a los que se quedaron sin firma, con desamor…
(Foto efe)

Delito por bailar el cha cha chá - Guillermo Cabrera Infante

No hay arte sin etiqueta y la etiqueta ahora es minimalista. Pero no se trata del minimalismo musical: esa música repetitiva a la que da sentido (pero no dirección) su infinita repetición que es una fascinación. Este minimalismo es musicalmente un ostinato.o sea, la repetición de una serie aparentemente inconclusa de sonidos idénticos que parecen diversos porque la memoria musical olvida. Son sonoridades encantatorias.
La literatura repetitiva trata de resolver la contradicción entre progresión y regresión al repetir la narración más de una vez. Se trata de un juego de narraciones que quiere superar la contradicción entre realidad y ficción. Los fragmentos son autónomos y de igual valor, pero el autor se reserva el derecho de ejercer un cierto determinismo narrativo. Las cosas no son, suceden, pero en literatura autoridad viene de autor. Debo mencionar aquí a Frank Domínguez, tal vez el músico popular cubano más sofisticado de los años cincuenta. Pero en el bolero profundo la soledad es sólo una dudosa compañía. Así, el sentimiento mayor que producen los boleros no es el amor sino el amor al recuerdo del amor, a la nostalgia.
Y este libro los tres cuentos que lo componen están hechos de recuerdos, teniendo al bolero como hilo conductor. Una misma historia contada desde tres ópticas distintas, y aunque no logra alcanzar los picos narrativos que Cabrera llega a tener en Tres Tristes Tigres, es un planteamiento interesante sobre las posibilidades que nos puede ofrecer la narrativa exploratoria.