miércoles, noviembre 10, 2010

Los avatares de la Marihuana

Imagen: Holanda, a 34 años de tolerancia con las drogas.


Leo en el diario El País, un artículo más que interesante sobre el último referéndum en California para legalizar o no la marihuana, el texto cobra mayor valor pues quien lo escribe es el premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa. Voto a favor.

Los avatares de la marihuana
(click AQUI para leer la edición de El País)


Los electores del Estado de California rechazaron el martes 2 de noviembre legalizar el cultivo y el consumo de marihuana por 53% de los votos contra 47%, una decisión a mi juicio equivocada. La legalización hubiera constituido un paso importante en la búsqueda de una solución eficaz del problema de la delincuencia vinculada al narcotráfico que, según se acaba de anunciar oficialmente, ha causado ya en lo que va del año en México la escalofriante suma de 10.035 muertos.
Esta solución pasa por la descrimi-nalización de las drogas, idea que hasta hace relativamente poco tiempo era inaceptable para el grueso de una opinión pública convencida de que la represión policial de productores, vendedores y usuarios de estupefacientes era el único método legítimo para acabar con semejante plaga. La realidad ha ido revelando lo ilusorio de esta idea, a medida que todos los estudios señalaban que, pese a las astronómicas sumas invertidas y la gigantesca movilización de efectivos para combatirla, el mercado de la droga ha seguido creciendo, extendiéndose por el mundo y creando unos carteles mafiosos de inmenso poder económico y militar que, como se está viendo en México desde que el presidente Calderón decidió enfrentarse, con el Ejército como punta de lanza, a los jefes narcos y sus pandillas de mercenarios, pueden combatir de igual a igual, gracias a su poderío, con Estados a los que tienen infiltrados mediante la corrupción y el terror.
Los millones de electores californianos que votaron por la legalización de la marihuana son un indicio auspicioso de que cada vez somos más numerosos quienes pensamos que ha llegado la hora de cambiar de política frente a la droga y reorientar el esfuerzo, de la represión a la prevención, cura e información, a fin de acabar con la criminalidad desaforada que genera la prohibición y los estragos que los carteles del narcotráfico están infligiendo a las instituciones democráticas, sobre todo en los países del Tercer Mundo. Los carteles pueden pagar mejores salarios que el Estado y de este modo neutralizar o poner a su servicio a parlamentarios, policías, ministros, funcionarios, financiar campañas políticas y adquirir medios de comunicación que defiendan sus intereses. De este modo dan trabajo y sustento a innumerables profesionales contratados en las industrias, comercios y empresas legales en las que lavan sus cuantiosas ganancias. Esa dependencia de tanta gente de la industria de la droga crea un estado de ánimo tolerante o indiferente frente a lo que ella implica, es decir, la degradación y desplome de la legalidad. Ése es un camino que conduce, tarde o temprano, al suicidio de la democracia.
La legalización de las drogas no será fácil, desde luego, y, en un primer momento, como señalan sus detractores, traerá sin duda un aumento del consumo, sobre todo, en sectores juveniles. Por eso, la descriminalización sólo tiene razón de ser si viene acompañada de intensas campañas informativas sobre los riesgos y perjuicios que implica su consumo, semejantes a las que han servido para reducir el consumo del tabaco en casi todo el mundo, y de esfuerzos paralelos para desintoxicar y curar a las víctimas de la drogadicción.
Pero el efecto más positivo e inmediato será la eliminación de la criminalidad que prospera exclusivamente gracias a la prohibición. Como ocurrió con las pandillas de gánsteres que se volvieron todopoderosas y llenaron de sangre y de muertos a Chicago, Nueva York y otras ciudades norteamericanas en los años de la prohibición del alcohol, un mercado legal acabará con los grandes carteles, privándolos de su cuantioso negocio y arruinándolos. Como el problema de la droga es fundamentalmente económico, económica tiene también que ser su solución.
La legalización traerá a los Estados unos enormes recursos, en forma de tributos, que si se emplean en la educación de los jóvenes y la información del público en general sobre los efectos dañinos para la salud que tiene el consumo de estupefacientes puede tener un resultado infinitamente más beneficioso y de más largo alcance que una política represiva, la que, aparte de causar violencias vertiginosas y llenar de inseguridad la vida cotidiana, no ha hecho retroceder un ápice la drogadicción en ninguna sociedad. En un artículo publicado en The New York Times el 28 de octubre, el columnista Nicholas D. Kristof cita una investigación presidida por el profesor de Harvard Jeffrey A. Miron en la que se calcula que sólo la legalización de la marihuana en todo Estados Unidos haría ingresar anualmente unos 8.000 millones de dólares en impuestos a las arcas del Estado, a la vez que le ahorraría a éste una suma equivalente invertida en la represión. Esa gigantesca inyección de recursos volcada en la educación, principalmente en los colegios de barrios pobres y marginales de donde sale la inmensa mayoría de drogadictos, reduciría en pocos años de manera drástica el tráfico de drogas en ese sector social que es el responsable del mayor número de hechos de sangre, de la delincuencia juvenil y el desquiciamiento familiar.
Nicholas D. Kristof cita también la conclusión de un estudio realizado por ex policías, jueces y fiscales de Estados Unidos, donde se afirma que la prohibición de la marihuana es la principal responsable de la multiplicación de pandillas violentas y carteles que controlan la distribución y venta de la droga en el mercado negro obteniendo con ello "inmenso provecho". Para muchos jóvenes pobladores de los guetos negros y latinos, ya muy golpeados por el desempleo que ha provocado la crisis financiera, esa posibilidad de ganar dinero rápido delinquiendo resulta un atractivo irresistible.
A estos argumentos pragmáticos a favor de la descriminalización de las drogas sus adversarios suelen responder con un argumento moral. ¿Debemos, pues, rendirnos, alegan, al delito en todos los casos en que la policía se muestre incapaz de atajar al delincuente, y legitimarlo? ¿Esa debería ser la respuesta, por ejemplo, ante la pedofilia, la brutalidad doméstica, la violencia de género, fenómenos que, en vez de disminuir, aumentan por doquier? ¿Bajar los brazos y rendirnos, autorizándolas, ya que no ha sido posible eliminarlas?
No se debe confundir el agua y el aceite. Un Estado de derecho no puede legitimar los crímenes ni los delitos sin negarse a sí mismo y convertirse en un Estado bárbaro. Y un Estado tiene la obligación de informar a sus ciudadanos sobre los riesgos que corren fumando, bebiendo alcohol o drogándose, por supuesto. Y de sancionar y penalizar con severidad a quien, por fumar, emborracharse o drogarse causa daños a los demás. Pero no parece muy lógico ni coherente que si ésta es la política que siguen todos los gobiernos en lo que concierne al tabaco y al alcohol, no la sigan también en el caso de las drogas, incluidas las drogas blandas, como la marihuana y el hachís, pese a estar más que probado que el efecto pernicioso de estas últimas para la salud no es mayor, y acaso sea menor, que el que producen en el organismo los excesos de tabaco y de alcohol.
No tengo la menor simpatía por las drogas, blandas o duras, y la persona del drogado, como la del borracho, me resulta bastante desagradable, la verdad, además de cargosa y aburrida. Pero también me disgusta profundamente la gente que en mi delante se escarba la nariz con los dedos o usa mondadientes o come frutas con pepitas y hollejos y no se me ocurriría pedir una ley que les prohíba hacerlo y los castigue con la cárcel si lo hacen. Por eso, no veo por qué tendría el Estado que prohibir que una persona adulta y dueña de su razón decida hacerse daño a sí misma, por ejemplo, fumando porros, jalando coca, o embutiéndose pastillas de éxtasis si eso le gusta o alivia su frustración o su desidia. La libertad del individuo no puede significar el derecho de poder hacer solo cosas buenas y saludables, sino, también, cosas que no lo sean, a condición, claro está, de que esas cosas no dañen o perjudiquen a los demás. Esa política, que se aplica al consumo de tabaco y alcohol, debería también regir el consumo de drogas. Es peligrosísimo que el Estado empiece a decidir lo que es bueno y saludable y malo y dañino, porque esas decisiones significan una intromisión en la libertad individual, principio fundamental de una sociedad democrática. Por ese camino se puede llegar insensiblemente a la desaparición de la soberanía individual y a una forma encubierta de dictadura. Y las dictaduras, ya lo sabemos, son infinitamente más mortíferas para los ciudadanos que los peores estupefacientes.

viernes, noviembre 05, 2010

Sí, lo admito: yo aborté.


Quienes me conocen, saben que quiero mucho a mis amigos, que son además personas muy talentosas que admiro y respeto, con quienes comparto locuras y textos, calle y vida, mundo y recuerdos. Por eso el día de hoy no pude contener ese ahogo que de pronto me invadió, ese temblor en los ojos al leer en la columna del periodista César Hildebrandt, un texto de mi querida amiga, la poeta Cecilia Podestá, donde confiesa que alguna vez abortó en un consultorio clandestino. Una confesión valiente, sentida, sincera y desgarradora de lo que tuvo que pasar alguna vez (como muchos de nosotros cuando jóvenes). Por eso la posteo hoy, pues si admiraba a Cecilia como poeta, amiga y mujer (es increíble que una persona tan chiquita tenga tanta energía, talento y creatividad para hacer miles de cosas al mismo tiempo), pues ahora la admiro también por la valentía de asumirse ella misma como persona y ser la dueña de su destino, de su vida, y de compartir sin hipocresías ni melodramas mexicanos (lo criaré yo solita, será mi hijito, trabajaré toda mi vida triple turno, dejaré los estudios, te juro que seremos felices contigo o sin ti, viviremos en una chozita de una pieza pero juntitos, no me importa lo que diga el mundo) que tomó una decisión sabia pero dolorosa. Una decisión personal, que ahora comparte con todo el mundo: y estoy seguro que mucho le ha costado hacerlo. Acá el texto:

"Tenía diecinueve años y miedo a morir por sobre todas las cosas. Una aguja me penetró y me inyectaron un sedante a través del mismo cuello uterino, después el doctor comenzaría la operación. Las piernas abiertas, frías. La bata. La mano de Juan cogiendo la mía, diciéndome además que todo estaría bien después. Lo prometía y yo asentía con la cabeza. Tendríamos otros hijos, prometía. Estaba aterrada. En casa nada estaba bien y por lo mismo no quería que lo supieran. Mi madre me tuvo sólo un poco más joven que yo. Por eso mismo, entre otras cosas, no tenía más opciones.

Después de saberlo Juan y yo fuimos a buscar al médico una tarde en la avenida Venezuela, dentro de un edificio antiguo que parecía caerse a pedazos. Nos cobraría cien dólares y debía operarme lo antes posible. Era martes y me hizo una cita para el viernes. Pasamos esos días casi sin vernos a la cara. Cuando él me tocaba la panza, que aun no crecía, yo le retiraba la mano y con la otra me secaba la cara porque lloraba y después secaba la suya. ¿Y si lo intentamos? No, respondía seca y hasta brusca. No lo quería. Estábamos en la universidad, en segundo año, y todo debía seguir de la misma manera. Eso era muy claro para mí. Pero después otra cosa empezó a asustarme aun más. ¿Y si muero? ¿Si las cosas salen mal y muero? ¿Juan iría preso? ¿Mi familia lo sabría? Por qué debía ocurrir de esa manera? ¿Por qué optar por mí debía ser ilegal? Cometí un error y necesitaba solucionarlo. En mi cuerpo estaba gestándose algo que cambiaría mi vida y me negaba a eso. Tenía derecho. ¿Por qué entonces, maldición, mi gobierno -elegido también por mí-, podía decidir sobre mí, anulándome? Después de pelear, le gritaba con rabia a Juan que todos eran una sarta de hipócritas y me iba tirando la puerta, buscando caminar por horas, habiendo perdido el rumbo y dándome cuenta que dentro de mí había algo que podría convertirse en una persona y que me aterraba no ser suficiente para ambos. Tenía tanto miedo como rabia. Finalmente, estaba decidiendo por mí. Me sentía atrapada por la legalidad y sus laberintos, por la culpa puesta como una semilla o maldición por la religión. Empecé a ver a los curas como farsantes, viviendo de millonarias donaciones, mal informando a mujeres cuyos hijos son consecuencia de sus palabras e ignorancia y que, a su vez, sirven para recibir más donaciones en un ciclo eterno que tiene de cómplice al Estado, que los apoya contradiciendo sus planes del control de la natalidad.

¿Dónde está dios cuando usan su nombre para producir niños en masa que lloran en la miseria y el abuso y son, además, consecuencia de las palabras de un religioso distante que convenció a su madre de cuidarse naturalmente o de tenerlo? La iglesia en este país ya no tiene nada que ver con la fe, es ahora un sistema político y corrupto con demasiada influencia y sin moral, dirigido por alguien que se mofa de los derechos humanos.
El Estado me quitaba una decisión que tenía que ser absolutamente mía, a pesar de que naciera de un error, incluso a pesar de que atentara contra mí. Yo sabía que en los siguientes años mi memoria quedaría detenida en un solo acto y ese acto era la operación. No me equivoqué. Me sentía presa en medio de mi propio país. Invadían mi cuerpo y me decían qué hacer y qué no hacer con él. Lo ordenaban. La coacción: la moral, la cárcel, el dolor. ¿Cómo se atreven? Era mi decisión. Me la quitaban y solo me quedaba acudir a un consultorio clandestino, con miedo a morir por una mala práctica mientras el gobierno y la iglesia seguían aprovechándose de mí al convertir una decisión dolorosa e íntima en algo ilegal y corrupto. Mi cuerpo es legal, mi aborto debe serlo también, mi dolor será algo que yo deba resolver. Y me preguntaba: qué pudieron sentir las mujeres violadas, antes, cuando no había pastilla del día siguiente. La ley condena la violación pero los gobiernos de turno condenaron a muchas mujeres también y las encerraron dentro de sus cuerpos a amar la consecuencia de un acto violento y desgraciado. Yo aborté. Yo aborté y durante años me lo repetí todos los días y a cada segundo.

Juan y yo nos dejamos un año después, al darnos cuenta de que nuestra decisión fue irreversible. Han pasado diez años y ahora quiero decirlo: yo aborté. No sé cómo hubiera sido mi vida de tener a ese niño, pero sé que tomé la mejor decisión y debió ser legal y no debí tener miedo a morir dentro de un consultorio clandestino cerca de otras mujeres asustadas. Creo en el derecho a la vida como cualquier persona, pero no en el fanatismo de conceder la facultad de ser vivo a lo que aun no llega a serlo. Abortar es algo emocionalmente muy doloroso, lo sabemos las mujeres que pasamos por eso, pero es un sacrificio que no debe ser juzgado ni por la hipocresía ni por una legalidad invasiva y tiránica. Si fue mi decisión, me juzgo yo. Lo que el médico sacó de mí, pedí verlo y cometí un error. Esa mancha –lo supe- regresaría por mi cada noche en la que apagara las luces, me haría perder muchísimas cosas, destruir también otras y pagar consecuencias terribles. Sin embargo, lo repito y lo haré a cualquier persona que me lo pregunte: Sí, yo aborté, fue mi decisión y debió ser legal."