En su columna de hoy, Mario Vargas Llosa comenta (y recomienda) la estupenda serie de HBO The Wire, a la que llegué hace un tiempo por la insistente recomendación de un amigo adicto a la adrenalina y la intriga. No defraudó, por cierto. Si no la han visto aún y quieren pasar un domingo entero pegados a emociones intensas, corran a comprar las cinco temporadas que ya están en dvd hace rato. La historia se desarrolla en Baltimore, Maryland. La serie fue ideada, escrita y producida por el periodista y escritor de novela policiaca David Simon. Se estrenó en 2002 y finalizó en marzo de 2008, periodo en el que se emitieron sesenta capítulos repartidos en cinco temporadas. A pesar de no ser muy vista, ha sido alabada por la crítica como la mejor serie televisiva de todos los tiempos. Los dejo con parte del texto de Mario, pueden seguir la lectura en el enlace al final. Buen domingo.
Los Dioses indiferentes
Mario Vargas Llosa
Desde que la serie televisiva The wire se transmitió he leído tantos elogios sobre ella que no exagero si digo que he vivido varios años esperando robar un tiempo al tiempo para verla. Lo he hecho, por fin, y he gozado con los episodios de las cinco temporadas como leyendo una de esas grandes novelas decimonónicas –las de Dickens o de Dumas– que aparecían por capítulos en los diarios a lo largo de muchas semanas.
Lo primero que sorprende es que la televisión de Estados Unidos –la HBO en este caso– haya producido una serial que critica a la sociedad y a las instituciones de ese país de una manera tan feroz. Probablemente en ningún otro hubiera sido posible; pero, esto no es novedad, pues tanto en el cine como en la televisión norteamericanos es frecuente esa visión destemplada y beligerante de sus políticos, empresarios, jueces, carceleros, banqueros, militares, policías, sindicalistas, profesores, etcétera. La diferencia es que aquellas críticas suelen ser individualizadas: son sujetos concretos los que se corrompen y delinquen, excepciones negativas que no afectan la esencia benigna del sistema. En The wire ocurre al revés; es el sistema mismo el que parece condenado sin remedio, pese a que algunos de quienes trabajan en él sean gentes de buena entraña y hasta heroicos idealistas como Howard Colvin.
Aunque tiene el clásico esquema de una confrontación entre policías y delincuentes, The wire rompe a cada paso ese maniqueísmo mostrando que, en el mundo en que transcurre la historia –los barrios negros y miserables de Baltimore, los colegios públicos de la periferia, las comisarías marginales, los almacenes y muelles del puerto, la redacción del principal periódico de la ciudad, The Sun, y las oficinas de la municipalidad– hay buenos y malos entreverados y que en muchos casos la bondad y la maldad coexisten en una misma persona por momentos y según las situaciones. Lo único que queda claro, al final, es que, en aquella sociedad, casi todos fracasan, y los pocos que tienen éxito lo alcanzan porque son unos pícaros redomados o por obra del azar.
Una obra semejante debería dejar una sensación profundamente pesimista en el espectador y, sin embargo, sucede todo lo contrario. Pese al fatalismo que preside la vida de esas gentes, hay entre los policías, los camellos vendedores de drogas, los ladrones, los matones, los periodistas, los profesores, gentes tan entrañables como el detective borrachín y parrandero Jimmy McNulty, o el policía convertido en maestro de escuela Roland “Prez” Pryzbylewski, el tierno adicto y confidente Bubbles, o los estibadores que ven, impotentes pero risueños, la desaparición de los astilleros que les han dado de comer y ahora los dejarán en el paro y el hambre. Gracias a ellos, uno sale reconciliado con la fauna humana, esa sensación de que, a pesar de que todo anda mal, la vida vale la pena de ser vivida aunque solo sea por aquellos momentos de alegría que se viven disfrutando un trago en el bar de la esquina con los compañeros, o recordando aquella noche de amor, o la emboscada que tuvo éxito y –¡por una vez!– mandó al asesino entre rejas.
Los dos autores de The wire, el ex periodista David Simon y el ex policía Ed Burns, trabajaron muchos años en el mundo que describe la serie. El primero de ellos dice que la concibieron como una novela filmada y, también, que la mayor influencia que ambos reconocen es la de la tragedia griega, pues, en su historia, también la suerte de los individuos está fijada desde antes de nacer, por “unos dioses indiferentes” contra los que es inútil rebelarse. Algo de cierto hay en ambas afirmaciones. The wire tiene la densidad, la diversidad, la ambición totalizadora y las sorpresas e imponderables que en las buenas novelas parecen reproducir la vida misma (en verdad no es así, pues la vida que muestran es la que inventan), algo que no he visto nunca en una serie televisiva, a las que suelen caracterizar la superficialidad y el esquematismo. También es verdad que un destino fatídico parece regir la vida de toda la fauna humana que la habita, algo que, justamente, da a sus esfuerzos por escapar a ese cepo invisible que la atenaza un carácter dramático, patético y a veces hasta cómico.
Los dos autores de The wire, el ex periodista David Simon y el ex policía Ed Burns, trabajaron muchos años en el mundo que describe la serie. El primero de ellos dice que la concibieron como una novela filmada y, también, que la mayor influencia que ambos reconocen es la de la tragedia griega, pues, en su historia, también la suerte de los individuos está fijada desde antes de nacer, por “unos dioses indiferentes” contra los que es inútil rebelarse. Algo de cierto hay en ambas afirmaciones. The wire tiene la densidad, la diversidad, la ambición totalizadora y las sorpresas e imponderables que en las buenas novelas parecen reproducir la vida misma (en verdad no es así, pues la vida que muestran es la que inventan), algo que no he visto nunca en una serie televisiva, a las que suelen caracterizar la superficialidad y el esquematismo. También es verdad que un destino fatídico parece regir la vida de toda la fauna humana que la habita, algo que, justamente, da a sus esfuerzos por escapar a ese cepo invisible que la atenaza un carácter dramático, patético y a veces hasta cómico.
