domingo, diciembre 08, 2013

"CONTARLO TODO" / Jeremías Gamboa: el héroe indiscreto

Jeremías Gamboa. Foto: El comercio

Contarlo todo/Novela
Jeremías Gamboa
Literatura Mondadori, 2013. 507 pp.

Precedida de un aparato publicitario impresionante, esta primera novela de Jeremías Gamboa empezó a generar comentarios mucho antes de su publicación (cosa curiosa: cómo comentar lo que no existe, para bien o para mal), y ha logrado su objetivo: generar lectores, y, como no, muchos detractores.
Presentada como una de las publicaciones más esperadas del año en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara por los directores editoriales de Mondadori de varios países de habla hispana, y de la mano de la agencia literaria de la mítica Carmen Balcells, Jeremías Gamboa es parte de su novela personal y ha conseguido lo que muchos solo en sueños (y algunos ni en ellos) anhelan alcanzar: la internacionalización de su obra y el respaldo literario de un Premio Nobel de Literatura. Pero esto es lo externo, es decir, lo que no tiene que ver con la obra en sí, porque la novela es una historia aparte.

“Contarlo todo” inicia desde el final, es decir, desde ese lugar de “realización” (entendido como la meta alcanzada) que ha conseguido el personaje narrador, Gabriel Lisboa, álter ego del autor. Novela de aprendizaje que ha puesto todo el talento en la narración de la historia antes que en la estructura de la misma (es una historia lineal), nos presenta a un Lisboa cuyo destino está trazado, en apariencia, por un azar luminoso que lo va poniendo a prueba constantemente y que lo enfrenta consigo mismo y sus temores y resentimientos más íntimos. Hijo de padres separados y entregado por su madre quechua hablante a unos tíos que lo tratan y aman como si fuera hijo suyo, la vida de Gabriel Lisboa transcurre en el popular distrito de Santa Anita, y es desde esa realidad emergente y marginal que logra ingresar a una de las universidades más elitistas y caras de Lima en condición de becario, y que para mantener dicha condición, debe sacrificar la vida “normal” que desarrollan sus compañeros universitarios, buscando trabajos que le aseguren no solo la subsistencia sino también la posibilidad de devolver el crédito que le ha sido concedido por su educación. Y este nuevo escenario se torna más agresivo toda vez que, inicialmente, Lisboa tiene como primera casa de estudios a la Universidad de San Marcos de 1992: “Apenas llegué al campus de mi flamante universidad sentí una sensación de frío en el espinazo. Distribuidas en una serie de tristes edificios que representaban las carreras a las que habíamos ingresado, separadas por campos de tierra apenas puntuados por hierbajos, las paredes de la Ciudad Universitaria, que era como la llamaban, lucían todas inscripciones violentas en las que un pulso agresivo llamaba a todos a emprender la lucha popular y la guerra de guerrillas contra el Estado peruano”. Es sencillo entonces comprender el shock que en Lisboa significó el cambiar tan radicalmente de escenario.
He aquí su primera batalla personal: luchar contra un medio universitario al que, en definitiva, no pertenece, y que además se lo enrostra en silencio en cada acto, en cada gesto y en cada lugar donde sus carencias económicas duelen. Y sin embargo es la vida misma la que se encarga de ir forjando su carácter, huraño al principio, ajeno a la realidad económica y de gollerías de los demás, refugiado en un taller de narrativa donde comparte carpeta con varios personajes que van madurando y transformándose a lo largo de la novela, estableciendo sus primeros lazos amicales basados en un gusto en común: la creación literaria.



Pero “Contarlo todo” es también una historia de la educación sentimental, la de Lisboa, por supuesto, y en este aspecto Gamboa ha conseguido algo que el lector agradece: ha perfilado situaciones en las que la ternura y el amor sobrepasan a sus propios personajes logrando algunas escenas memorables, por ejemplo, la relación con Emilio, su tío, a quien considera (más bien, a quien quisiera que fuera) su padre (padre a quien quisiera golpear capítulos más adelante para demostrarle que no lo necesita, que nunca lo necesitó: pero no es así. Ese vacío es, secretamente, uno de los motores que lo va estimulando). Y esta ternura también se ve representada en la forma en que va estableciendo lazos con los personajes que van apareciendo en su vida profesional y amical: Montero, Francisco De Rivera, Saúl Vegas, Ramírez Zavala, Spanton, Cecilia, Claudia, Fernanda… Todos los personajes llegan a la vida de Lisboa, lo enriquecen, lo “maduran” (en el dolor y la alegría) y lo convierten en el escritor que, desde el saque, ya sabemos que logrará ser.

Cada capítulo cuenta una parte de todo el proceso que conlleva al resultado final, y así vamos acompañando a Lisboa desde la universidad a la redacción de un diario (El Comercio) y los suplementos por los que transita, hasta llegar a formar parte del equipo de redacción de “la revista más leída de país”, y es aquí, durante esta parte de su aprendizaje que descubre una Lima oscura y sórdida, de putas, drogadictos, asaltantes, criminales, políticos, y también el otro lado, el frívolo, que se preocupa de las tendencias en la moda, por ejemplo, y el mundo fashion. Todo este mundo es, a todas luces, parte de la vida misma del autor, que se transforma junto a su personaje en un héroe indiscreto, que va urdiendo su trama con elementos fácilmente reconocibles. Y el punto de quiebre de toda la novela es la renuncia de Lisboa al periodismo para dedicarse a escribir la gran novela que no puede volcar, finalmente, en la página en blanco, y es este precisamente el eje sobre el que gira toda esta búsqueda personal: ¿para qué renunciar a una estabilidad asegurada y lanzarse al abismo de lo desconocido sin más herramientas que una voluntad de la cual se duda en todo instante? ¿Es acaso que la renuncia (que funciona también como una alegoría de la lucha que significa el avatar de la creación) es un requisito para poder encontrar el detonante tan esperado? No, no lo es: la respuesta aparece donde Lisboa menos lo esperaba.


Escrita con un lenguaje claro y directo, sin preciosismos ni adornos innecesarios, “Contarlo todo” es una buena primera novela, qué duda cabe, pero dista mucho de la exagerada comparación con el nacimiento de un “nuevo boom”, que, a todas luces, responde más a una estrategia de marketing publicitario y a la consolidación de un nuevo mercado en tiempos de crisis, pero esto último, como señalé al inicio, es otra historia.

viernes, agosto 09, 2013

Antonin Artaud: Carta al Señor Legislador de la Ley sobre Estupefacientes


Señor legislador de la ley 1916 aprobada por el decreto de Julio de 1917 sobre estupefacientes, eres un castrado.
Tu ley no sirve más que para fastidiar la farmacia mundial sin provecho alguno para el nivel toxicómano de la nación porque:
1º El número de los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias es ínfimo.
2º Los verdaderos toxicómanos no se aprovisionan en las farmacias.
3º Los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias son todos enfermos.
4º El número de de los toxicómanos enfermos es ínfimo en relación a los toxicómanos voluptuosos.
5º Las restricciones farmacéuticas de la droga no reprimirán jamás a los toxicómanos voluptuosos y organizados.
6º Habrá siempre traficantes.
7º Habrá siempre toxicómanos por vicio de forma, por pasión.
8º Los toxicómanos enfermos tienen sobre la sociedad un derecho imprescriptible que es el que se los deje en paz.
Es por sobre todo una cuestión de conciencia.
La ley sobre estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; en una pretensión singular de la medicina moderna querer imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales de la ley no tienen poder de acción frente a este hecho de conciencia; a saber, que más aún que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor físico, o también de la vacuidad mental que pueda honestamente soportar.
Lucidez o no lucidez, hay una lucidez que ninguna enfermedad me arrebatará jamás, es aquella que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina no tiene otra cosa que hacer sino darme las sustancias que me permitan recobrar el uso de esta lucidez.
Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia ustedes son unos pedantes roñosos: hay una cosa que debieran considerar mejor; el opio es esta imprescriptible e imperiosa sustancia que permite retornar a la vida de su alma a aquellos que han tenido la desgracia de haberla perdido.
Hay un mal contra el cual el opio es soberano y este mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica o farmacéutica, o como Uds. quieran.
La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no entiende
La Angustia que quita la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical de la vida.
Por vuestra ley inicua ustedes ponen en manos de personas en las que no tengo confianza alguna, castrados en medicina, farmacéuticos de porquería, jueces fraudulentos, doctores, parteras, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia que es en mí tan aguda como las agujas de todas las brújulas del infierno.
Temblores del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire, llegar a una evaluación de mi dolor más precisa, que aquella, fulminante, de mi espíritu..
Toda la azarosa ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que está en mí.
Vuelvan a sus buhardillas, médicos parásitos, y tú también Legislador Moutonier, que no es por amor a los hombres que deliras; es por tradición de imbecilidad.
Tu ignorancia de aquello que es un hombre sólo es comparable a tu estupidez pretendiendo limitarlo. Deseo que tu ley recaiga sobre tu padre, sobre tu madre, sobre tu mujer y tus hijos, y toda tu posteridad. 
Y mientras tanto, soporto tu ley.