CUENTO INÉDITO: “Elogio de la sirvienta” de Gabriel Rimachi Sialer
![]() |
| Escritor peruano Gabriel Rimachi Sialer (Foto: Sengo Pérez, 2019) |
Elogio de la
sirvienta
Gabriel Rimachi
Sialer
«Limpiar el vientre es mucho
menos
incierto que limpiar el alma.»
Mario Vargas Llosa, “Elogio de la madrastra”.
En el momento en que escribo estas líneas, Alfonso tiene la misma edad
que tenía Lucrecia -su madrastra- cuando le escribió la primera carta. Cómo
olvidar aquella noche, su promesa de altas notas, de sacar el primer puesto en
el colegio, su misteriosa alegría al saber que había alguien nuevo en aquella
casa vieja y de que no existiera en él un resquicio de tristeza por la ausencia
de doña Eloísa. Ni siquiera la mencionaba en la mesa o antes de dormirse, era
como si no hubiera existido nunca, como si no hubiera nacido de ella. A don
Rigoberto se le podía entender e incluso perdonar: Lucrecia era la sangre que a
su cuerpo seco hacía falta. Sangre roja, furiosa y caliente. Doña Lucrecia vino
a llenar de vida la partida de doña Eloísa. Ay, Alfonso, mi Fonchito ¿de qué
parte había brotado tanta maldad en tu pequeño cuerpo? ¿Realmente no sabías lo
que hacías? Había algo en esa mirada azul que ahogaba en deseo a quien se
sumergiera escuchando sus cantos de sirena. Doña Lucrecia lo sabía bien y yo lo
sé ahora que cuido tus sueños a mi lado, aunque tu frialdad me duela, tu
silencio, tu forma de tratarme así. Justita, me dijiste aquella noche, lo hice
por ti, Justita… Y yo te creí aunque salí de aquella habitación con el corazón
en la boca y las piernas como gelatina. Eras un niño entonces, un niño lindo de
cabellos rubios que enmarcaban esa mirada de mar. Eras una tentación para
robarte y llevarte lejos, lejos, hasta mi tierra de donde nunca debí haber
salido, secuestrarte y criarte como al hijo que nunca tuvimos, enseñarte todo,
pero eso era imposible. Tú habías nacido con el diablo adentro y por eso cuando
espiabas a doña Lucrecia desnuda en el baño subido al techo yo sólo callaba,
hasta que no pude más y se lo conté, porque si te caías de ahí arriba te
matabas; pero no debí haberlo hecho jamás. ¿Cuántas veces soporté que la
miraras a ella mientras se bañaba en esa tina enorme y llena de espuma?
¿Cuántas veces quise bajarte de ahí para que me acompañaras a la tienda o a
donde fuera sólo para quitarte de esa cabecita la imagen de Doña Lucrecia
desnuda? La noche en que don Rigoberto leyó la composición que escribiste para
el colegio se le endureció el alma para siempre y empezó a ahogarse en whisky
mientras yo me ahogaba en mi propio corazón. Leí esas páginas arrugadas
después, cuando las saqué de la basura luego de que don Rigoberto bajó de los
pelos a doña Lucrecia desde el segundo piso, por las escaleras, para lanzarla a
la calle gritándole que era una Mesalina, que la esposa del rey de Lidia jamás
habría sido una pervertida, que ella nunca había sido como Venus, la italiana,
la hija de Júpiter, la hermana de Afrodita la griega, no, ella era como la
esposa de Claudio, el idiota, que esperaba a que su marido se fuera a las
guerras para fornicar con mil hombres por noche y que eso hubiera preferido él
entonces antes de enterarse de que ella se había acostado con su hijo, con un
niño, contigo, Fonchito, mi Fonchito, que apenas estabas terminando la primaria
pero ya tenías en la sangre el veneno caliente de la lujuria, que ya sabías que
apenas cogiendo delicadamente un seno turgente y duro, una parte de tu cuerpo se
endurecería para apuntar hacia su víctima como un pequeño cuerno que busca la
calidez húmeda que ya te había mostrado doña Lucrecia. Qué locura aquella
noche, Fonchito, mientras leía en tu composición escolar cada línea, cada
palabra, estirando las hojas con mis manos mientras un temblor caliente se
apoderaba de mi cuerpo. No, no quería creer que todo aquello que escribiste era
verdad, pero era verdad porque don Rigoberto se ahogaba en whisky cada noche
desde entonces mientras que para ti no había pasado nada, aquella desgracia no
había sido nada más que un juego, un experimento, una forma de demostrar que
podías conseguir lo que quisieras con esa carita de ángel enmarcada en rizos
dorados. Y luego el silencio se apoderó de la casa con violencia y tú seguiste
creciendo y yo preparando tus comidas, vistiéndote por las mañanas y
arropándote por las noches, dándote un beso para que duermas y tú aprovechando
para meter tu lengua rosadita en mi boca, con miedo al principio, sin miedo
después. Y ya entonces lo que seguía era natural, el salto de mi habitación a
tu cama y de tu cama al fuego que nos consumía cada noche hasta que terminaste
el colegio y de pronto en la universidad me cerraste tu puerta para no volver a
abrirla hasta ahora, que acabas de regresar de Estados Unidos lleno de títulos,
una esposa y tres niños que no son tan hermosos como lo eras tú cuando
escribiste esas páginas que terminaron por matar a tu padre. ¿Qué podía hacer
yo ahora a esta edad con un hombre tan hermoso y lleno de fuerza como tú? ¿Qué
placer podía brindarte mi piel marchita y mis labios mezquinos, cansados ya de
nombrarte cada noche mientras te pensaba con otras mujeres? ¿Cómo imaginar
siquiera que iba a reaccionar yo cuando llegó la noticia de tu arribo a Lima
para el entierro de don Rigoberto? Buenas tardes, Justiniana, me dijiste, te
presento a Nicole, mi esposa, y ellos son mis hijos. Justiniana, me llamaste
Justiniana y no Justita como aquella noche ni como las demás noches en que me
devoraste el alma por la vagina, Fonchito, lentamente pero con fuego, con ese
fuego de mar que lanzaban tus ojos cada vez más hermosos y tus rizos cada vez
más dorados y largos. Durante todos estos años no he hecho más que adorar tu
recuerdo y oler cada cierto tiempo la ropa sucia que dejaste al irte mientras
me consumía mi propio deseo entre mis dedos, apenas una llama comparada con el
incendio que eran tus manos. Mis manos ahora huelen a verduras, a aderezo, a
una vejez encerrada en la cocina cocinando para mí y el alma en pena que era tu
padre. Ahora entonces, mientras abajo gritan tu nombre, buscándote, yo te
abrazo la piel cada vez más fría bajo esta frazada que ya no abriga. Dentro de
poco, cuando me abandonen las fuerzas abrazada a ti, estaremos juntos abrasados
en otros fuegos mientras dure nuestro amor. Es decir, para siempre.
***
Este cuento apareció hoy en el portal "La conjura de los libros". Click aquí para que lo visiten y no se pierdan su contenido.



Comentarios