martes, febrero 24, 2009

Noche de perros (avance de un cuento en proceso)

La madrugada del 11 de diciembre de 1974, desde el sur de Singapur hasta el extremo norte de Irak, millones de perros aullaron a la luna. El rumor atravesó el atlántico y los vientos del estío trajeron aquel llanto macabro entre olas encrespadas hasta Sudamérica, donde miles de personas se despertaron sobresaltadas al quebrarse los cristales de sus ventanas. Dicen que antes de amanecer siempre es más oscuro, pero aquel año nadie sospechaba que siete horas más tarde, cuando el sol del mediodía anunciaba el pronto inicio del verano, uno de los terremotos más terribles de la historia humana sepultaba en las entrañas de la tierra a casi dos millones de personas. Nosotros aún nos salíamos del estupor provocado por la noticia, a mí llegaban las voces como ecos lejanos, sensaciones de temor, nerviosismo, y yo, temeroso como soy cuando el suelo tiembla, me retorcí en el vientre de mi madre. Nací, según me contaron, tres horas después.
Fue imposible, los primeros dos meses, identificar a los cadáveres. La ayuda que Europa brindó fue inútil; era demasiado para cualquier brigadista experto, caminar sobre millones de cuerpos que al agravio del sol, se pudrían ante la vista del mundo entero. Tres meses después, millones de personas lanzaron el llanto hacia la luna. Aquella noche, mientras mi madre encendía un incienso para sahumar la casa, el olor de la muerte llegó para quedarse en mi nariz, para siempre. Olor a muertos, a millones de cadáveres liberados de pronto de entre las toneladas de escombros. Entonces, con tan sólo cinco meses de nacido, abrí la boca y dije: Mamá. Sus ojos se agrandaron ante la primera palabra pronunciada (yo no lo sabía entonces) a tan temprana edad. Lo peor vino después: al asombro siguió el espanto y me soltó de sus brazos. Caí sobre la cama, rodé hasta cerca de las almohadas, sentí el temblor de los viejos resortes recorrer mi columna vertebral, provocar la misma sensación que tuve dentro del ambiente amniótico hacía tan poco tiempo, reconocer en medio de esos bruscos tumbos cierto placer en mi piel, y estirando desesperadamente las manitas dije: muerte, muerte, muerte...
Voces de personas ingresando en tropel a la habitación siguieron a ese evento. Mi madre yacía desmayada sobre el suelo, una vecina había oído sus gritos y tuvieron que tumbar la puerta con ayuda de un par de policías. Alguien trajo agua de azahar y le colocaron paños sobre su nariz y nuca. Fue el segundo olor del cual tengo memoria. Luego el alcohol.
Mi madre murió horas después en medio de gritos espantosos. Ahora, cuando recuerdo aquellos momentos siento que me odiaba por ser como soy. No me quiso cargar ni darme un beso, yo pasaba de brazo en brazo entre tanta vecina asustada, y cada recibimiento era como otro temblor, una réplica tras otra. Después del entierro me dieron en adopción a unos parientes que vivían en el campo y que jamás llegaron a quererme como hubiera querido que me quisieran, los aterraba la facilidad con que aprendía las palabras y, sobre todo, mi facilidad para interpretar los aullidos de los perros.

(continuará... espero que pronto...)

lunes, febrero 02, 2009

Sólo un par de canciones

Una de hace poco:


Una de antes:


El sentimiento es el mismo, a veces la música provoca la emoción perfecta para poder comunicar algo que no se puede decir en palabras. Empezó febrero, así parece.

domingo, febrero 01, 2009

Un momento kafkiano

A veces me pregunto para qué diablos sirve el arte. Feliz cumpleaños, Samsa. Hoy no estoy con ganas de pensar.

Lilya Nuriatis a mitad del verano

Encuentro esta foto en el blog del Lilya Nuriatis y me quedo mirando el monitor durante varios minutos. No sé si es temor a las imágenes que despiertan, o si tal vez la resaca es demasiado grande. No importa, como todo en la vida, ya pasará. Dense una vuelta por el blog de la siempre hermosa Lilya, descubran su poesía y esa inquietante forma de entender la vida. Recomendable las fotografías que ilustran el blog. Click acá