domingo, marzo 30, 2008

Conversando con Guillermo Thorndike

El jueves que pasó nos dimos cita en el pub El Sindicato en Miraflores, Martín Carranza y yo para entrevistar en público a Guillermo Thorndike, ante una nutrida asistencia, que contó además con la presencia de los ya legendarios Manuel Jesús Orbegoso y Carlos "el chino" Domínguez. Una noche donde conversamos sobre su obra literaria, su vida de alumno de letras en San Marcos, su ingreso al periodismo y las mil anécdotas que la vida de periodista le otorga quien se entrega con pasión al oficio de escribir. La entrevista será publicada próximamente por Eduardo Deza. Esperamos tenerla por acá en unos días. Hasta entonces.
*En la fotografía: Martín Carranza, Gabriel Rimachi Sialer, Guillermo Thorndike. (foto de Guillermo Ayllón)

lunes, marzo 24, 2008

Pronta entrega (por favor) - Virus

Recordando tu expresion, vuelvo a desear / esas noches de calor, llenas de ansiedad, / sofocado por el sueño y la presión, / busco un cuerpo para amar, / la distancia va perdiendo su espesor, / pronta entrega por favor! / me puedo estimular, con musica y alcohol, / pero me excito más... Cuando es con vos! / siento todo irreal, / cuando es con vos! / siento todo irreal...

viernes, marzo 21, 2008

Un cuento de Rocìo Santillana



Luchar como el Che. Guapear como Kaká

Una gota salada resbaló por la frente de Charleston, cruzó su boca reseca y se evaporó al contacto con el óxido caliente del manillar de su bicitaxi. ¡Pinga, si hubiera sido una gotica de Mayabe bien fría! U-na-pe-da-la-da-más... vamos, que el ejercicio me pone papi y ya falta poco... Sí, poco para morir en la lucha diaria de subir la cuesta consumido por el sofocón y por este dolor que un día lo va a dejar impotente, estéril y con cáncer de próstata. ¡Cojones! A duras penas Charleston llegó a la cima, donde una pareja de turistas enrojecidos por el sol alzó la mano pidiendo sus servicios. Una carrera al menos, que alcance en mi casa para el plato fuerte de hoy. Pero a pocos pasos de las resplandecientes Nike de los yumas el cordón de la zapatilla rota de Charleston se enredó en el pedal y ésta se soltó de su pie y rodó Rampa abajo. Brincando como los muñecones de carnaval, la zapatilla se precipitó arrollando las esperanzas de Charleston hasta chocar contra el malecón, allá al fondo, después de que un taxi oficial la aplastara y terminara de romper. ¡Pinga, cojones! No, si yo sé que soy un tipo sin suerte. Charleston vio cómo una ola del Atlántico, que él tantas veces había soñado cruzar, rebasó el malecón y empapó su zapatilla. Luego encogió bruscamente el pie al sentir el asfalto quemándole la planta desnuda y cuando volteó para tratar de excusarse con los turistas en un inglés que sólo él mismo era capaz de entender, estos ya trepaban a un cocotaxi amarillo. La fruta motorizada los llevaría a la Bodeguita más rápido que el bici oxidado, que Charleston ya no podía ni pedalear, y además era mucho más tropical. El conductor del coco, un mulato flaco y con mucha guapería como que santiaguera, ni miró a Charleston. Se limitó a truquear su taxímetro y se llevó a los yumas cobijados a la sombra del techito del cocotaxi mientras estos señalaban el parasol rasgado del bici. ¡Coño, viejo, seguro que eres palestino! Instintivamente Charleston buscó un cigarro en un bolsillo de su pantalón azul, unos bermudas percudidos que usaba igual para trabajar en el bici, que para jugar pelota en cualquier calle desierta de Centro Habana, para bañarse y de paso pescar langostas en Bacuranao, para vender esas langostas a la paladar ilegal de la esquina, pasando antes, claro, por la policía para dejar una coima y percudiendo así aún más su pantaloncito, que usaba para todo, menos para ir a la universidad o a la discoteca. Eso no, porque una cosa es ser como el Che y otra no querer vestir como Kaká. Una cosa es querer y otra, poder. Y eso… asere, no es fácil. Charleston comprobó que no le quedaba ni un Popular ni dinero para comprárselo. Lo único que encontró fue la imagen de un chiquillo desolado en las lunas tintadas de un Mercedes blanco nieve que subió La Rampa chillando goma y se paró frente a él. Vio la mugre de su pantalón, el sudor de su pecho sin camiseta, su pie descalzo, su mala suerte incrustada como piojo en su pelo enroscado de jabao capirro. ¡Fiñe, menos mal que tu novia no te puede dejar, porque eres tan salao que ni tienes novia! El pensamiento se le interrumpió cuando vio salir de aquella máquina imponente que hacía aún más desgraciadito su bicitaxi, a un prieto con pinta de miky, botas vaqueras punta pa’arriba, jeans D&G y camisa merengue de cuello alzado, como las que guapea el mismo Kaká. El negro olía a CK ONE, iba fumando un Marlboro Light y le tendió otro a Charleston. Qué bolá, miherma, cierra esa quijada, que así no se puede fumar. ¡Coñññó, puro, de dónde tú sacaste esa clase de animal! Resolviendo, fiñe, como dicen Los Aldeanos: Copperfield al lado de un cubano es un simple aficionado. Charleston se arrebató dándole un beso en el cuello y un abrazo manoteado. ¡Deja esa bobería, hoy no estoy pa mariconadas de besuqueos, hoy yo ando bonitillo! Y alegra esa cara. ¡Qué va, muchacho, este día de pinga ni el Viejo Lázaro me lo arregla! Charleston aspiró su Marlboro con cara de yuma en pleno orgasmo. Aunque este humito ayuda, tenkiu, negro, pero estoy sin un kilo. No he levantado un yuma en tol día. Nada más que guajiros y encima mi zapatilla se fue rodando rampa abajo. ¡Esa zapatilla zarrapastrosa que acabo de ver en el malecón era tuya! Olvídate de ella. Es el único par que tengo, miherma y ahora cómo voy a trabajar en el bici. El prieto sacó su billetera y le plantó a Charleston 100 pesos convertibles en la mano. Toma, compay. ¡Ñññó, puro, tú sí estás escapao! Pa que te compres unas nike o unas punta parriba como las mías para guapear en la disco o en la universidad con las mikis que están very pritis. Charleston volvió a sobetear a su amigo, que se zafó de nuevo con chulería. Asere, llévame al malecón a recoger mi zapatilla. Tú no te subes con esa mugre arriba de mi animal. Y pa qué tú quieres esa zapatilla. Ya tú sabes, Copperfield al lado de un cubano… La voy a arreglar y con tu guaniquiqui me compro las puntaparriba. El negro sonrió y subió a su Mercedes. Las lunas tintadas no lograron oscurecer la felicidad de Charleston, que pedaleó cuesta abajo con una sola pierna, sentado sobre su pie descalzo, fumando entre orgasmos yumas, en busca de su zapatilla rota. Hoy sí le iba a alcanzar para el plato fuerte del día y para una Mayabe bien helada.



Por Rocío Santillana.
Rocío Santillana trabaja como guionista de series de TV en Madrid, donde cofundó un grupo de trabajo sobre género y comunicación. En Lima, ciudad donde nació, promueve en la actualidad su poemario Mi otra lengua, y escribe su primera novela.

lunes, marzo 17, 2008

Autor de Editorial Casatomada en Proyecto Quipu


SOBRE EL PROYECTO

Para la primera edición quincenal de esta nueva etapa de Quipu, se recibieron seis decenas de textos de jóvenes autores (no todos llegaron a ser revisados, muchos de ellos se juntarán con otros cincuenta textos llegados en los últimos quince días). Los jurados encargados de esta primera selección fueron Javier Gárvich y Ernesto Carlín, quienes eligieron de común acuerdo los dos cuentos enviados por Julio Meza, subrayando sobre todo uno de ellos, “El árbol”.

SOBRE EL AUTOR

Julio Meza (Lima) tiene veintisiete años, es un abogado graduado en la PUCP que ahora se dispone a estudiar literatura en esa misma universidad. Ha publicado un libro de cuentos, Tres giros mortales, en la editorial Casatomada. Administra un blog de crítica de rock llamado Atrapa la Luz (http://www.atrapalaluz.blogspot.com/). No está de más decir que Julio Meza también apareció en la antología de literatura bizarra, Abofeteando a un cadáver (Bizarro ediciones, 2007) con el cuento Libertad violada.

EL CUENTO GANADOR

EL ÁRBOL

Al este de un cielo de nubes blanquecinas, el sol se levantaba con su característico vigor matutino (parecía un hombre luminoso que se despereza exhibiendo una panza abultada) y, con su fuerza natural, lanzaba sus rayos amarillos que producían iridiscencias en las rocas de los cerros imponentes. Varios metros más abajo, en el pueblo, las tejas rojizas y las ventanas de las fachadas brillaban por el emerger de la mañana, y estos pequeños resplandores formaban raras constelaciones que podían verse desde las lejanías. En la plaza, la iglesia mayor proyectaba una sombra alargada, que aumentaba de tamaño hasta atravesar el asfalto, ingresar al jardín central y refrescar la banca de madera que acogía a un mendigo. A una cuadra, en la calle que conducía al río de aguas tranquilas, se encontraban las casas de las personas más pudientes, y, por ello mismo, el sector más cuidado y agradable de todo el valle. Una de esas construcciones, que se ubicaba en una esquina concurrida, era la del señor, un hombre de edad avanzada, pero con un cuerpo tan recio que daba la idea que los años, en vez de afectarle, le habían dado una fibra invencible. Frente a su puerta principal, por donde recibía las visitas de sus pares, se ubicaba el resultado de las décadas completas que había llevado en ese lugar: un árbol de raíces profundas, tronco grueso y firme, y ramas y hojas de una gran abundancia.-¡Cuánto se demora este bruto! -dijo el señor, saliendo a la vereda para buscar al jardinero.A una centena de metros, el jardinero venía caminando lentamente, como si reflexionara con paciencia antes de dar cada paso. Sobre su espalda encorvada, y en una bolsa de rafia, llevaba sus herramientas de trabajo, algunas ropas y un frasco con gasolina. “Pero qué rico”, pensó, luego de sentir el calor del ambiente en su cuerpo, y se puso a silbar. La melodía que brotaba de sus labios era en apariencia alegre, pero tenía una corriente subterránea que la tornaba melancólica y, en algunos momentos, hasta vertiginosamente triste. Por más que se esforzó (puso un dedo en su boca y junto los dientes), no logró evitar el aire oscuro de su música. “Parece que mi interior me manda un mala señal”, caviló, y, sin embargo, continuó soplando con ritmo. Luego de pasar por una bocacalle, vio al señor, que exhibía un rostro de exasperación, y recién avanzó con rapidez, pues entendió que estaba llegando tarde. “Uy, el señor está amargo, creo”, pensó.Ya delante de su patrón, bajó sus cosas y saludó con verdadero cariño: - Señorcito, buenos días. ¿Cómo se encuentra hoy? -A ti qué te importa cómo estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora. -Sí, señorcito -dijo el jardinero, bajando la cabeza-. Pero no se moleste. Al fin y al cabo, he llegado ya, ¿no?… Dígame, ¿para qué soy bueno? -Primero, la próxima preséntate más temprano -manifestó el señor-, porque de lo contrario no te daré ningún encargo -y, relajando su mal carácter, señaló el árbol-. Bueno, ¿ves a ese? -Sí.-Deseo que lo hagas caer. -Pero… -dijo el jardinero, mirando el árbol por un momento- ese está sano y fuerte. ¿Por qué quiere que lo baje? -¡A ti qué te interesan mis razones! -el señor volvió a encolerizarse-. ¡Sólo córtalo! -Como desee, entonces -aceptó el mandado el jardinero -. Lo haré lo más pronto que pueda. -Espera -agregó el señor, rascándose la cabeza-. Si te lo cuento, tal vez trabajes con más ganas. -A ver, señorcito. -Mira, sucede que mi mujer está muy enferma -se explicó el señor-. Ella cree que va a morirse. Pero considera que eso no sucederá hasta que cante un ave de mal agüero. Y en el único lugar en que se puede colocar dicho animal es en ese árbol. Por lo tanto, mientras no exista esa planta fregada, ningún pájaro se hará escuchar. -Entiendo, señorcito -dijo el jardinero, respetuosamente. -Bueno, ahora me voy -finalizó el señor-. Tú ya sabes cuál es tu trabajo. Mientras se retiraba el señor, el jardinero se paró delante del árbol y lo observó con atención: bajo el sol intenso, tenía un aire majestuoso y superior, como de alguien importante. “Además”, pensó él, “parece de ánimo duro y voluntad terca, igual que un señorón de esos”. De inmediato, el jardinero se acobardó, y contrajo el cuerpo hasta juntar la quijada con el pecho. Su meditación le indicaba que debía mostrar respeto, pues no estaba tratando con un igual. Pero, luego de unos segundos, cuando se dio cuenta que estaba frente a un árbol, se irguió por completo, se colocó en posición de pelea, y dijo en tono desafiante: -No me vencerá ni con su porte de señor ni con nada… ¡Y, por último, no permitiré que le haga daño a la señora!Desde la perspectiva del jardinero, el árbol pareció responder a sus palabras: se agitó ligeramente, como si se estuviera riendo ante su amenaza.

***

-Ha llegado su fin, señor árbol -se animó el jardinero, levantando la tijera de podar-. Ahora sabrá de mi oficio. Con una minuciosidad de artista, y sobre su escalera de tablas, empezó cortando las ramas más pequeñas. Para alguien no avisado, daba la sensación de estar realizando una labor de peluquería, pero trasuntada a los oficios que requieren las plantas. Luego de varios minutos, cuando terminó con su tarea, y dejó al árbol sólo con su enramado grueso, tomó el machete y, con golpes secos, acabó por tirar abajo esos brazos marrones y tortuosos. Ya con la cara y el pecho manchados de tierra, descendió al suelo, y procedió a alistarse para el trabajo más arduo: quebrar el tronco. Empuñando el hacha con ambas manos, taló una y otra vez, deteniéndose a ratos para secarse la frente o beber agua de una botella de vidrio. Media hora después, cuando estuvo a punto de concluir (sólo faltaban tres o cuatro hachazos), cogió la soga y, con mucha precisión, la envolvió a un lado del tronco. A continuación, tiró con potencia, hasta que, tras el grito “¡cuidado abajo!”, el árbol cayó vencido, desplomándose en su integridad. -Le dije que acabaría con usted -soltó el jardinero, dibujando una media sonrisa-. Ahora, pues, le verá el señor. Mientras tanto, el sol seguía gobernando con ímpetu, lanzando sus rayos como si estuviera dando su bendición a todos los seres existentes. En respuesta, las flores abrían sus pétalos de colores, invitando a que cayera en su interior un poco de la energía dorada que se desperdigaba por el campo; y los animales, con una alegría que manifestaba éxtasis, jugaban desplazándose de un lugar a otro y produciendo una bulla disonante pero feliz. Más allá, sin embargo, un conjunto de nubes albas, que poco a poco se volvían de un gris espectral, acechaban como fantasmas, y expandían su sombra tensa por algunos bastos territorios. A su vez, el viento, al que parecía fastidiarle la claridad del día, exhalaba hacia el este, ora con suavidad, ora con una potencia desgarradora, y, lentamente, desplazaba a los copos blancos del cielo a su encuentro con el astro rey. Avanzando sin apuro, el jardinero se acercó a la casa y tocó la puerta. De inmediato, el señor se asomó y preguntó qué deseaba. -Ya he acabado, señorcito -dijo el jardinero, con tono alegre-. Puede decirle a su señora que esté tranquila. Nada le va a pasar. -Oye, ¿pero tú estás bruto? -se molestó el señor y, estirando un dedo, indicó-. ¡El árbol sigue allí! -¿Qué? -se impresionó el jardinero, volviéndose-. Pero si hace un rato… -¡Cumple con tu tarea, so vago! -concluyó el señor, y lanzó la puerta. Estupefacto, el jardinero le puso los ojos al árbol con una cólera ardiente: este se hallaba con su tronco intacto, sin ninguna rama quebrada y con su mechón de hojas llenas de una vida arrogante. -No me la va a hacer -reventó el jardinero, colérico-. ¡A mí no me la va a hacer!

***

En las alturas, el viento, que había soplado con una fuerza liberada, empujó las nubes a lo largo de varios de kilómetros y, habiendo logrado su propósito inicial, oscureció el ambiente de tal forma que todo se tiñó de una coloración ceniza. Las nubes, con su naturaleza ahora abultada y negra, expedían relámpagos incesantes y provocaban la sensación que, de un momento a otro, iban a explotar definitivamente. El sol, del que ya sólo se podía observar cierto resplandor y algunas de sus lanzas brillantes, moría sin luchar y estático, como si le hubiera sido suficiente su breve reinado. -Con que sí, ¿no? -dijo el jardinero, destilando amargura. Con movimientos presurosos, se sacó la chompa y el polo, y se amarró una faja de cuero alrededor de la cintura. Sin esperar un instante, cogió su hacha y, furiosamente, golpeó el árbol en su base. Repitió este acto numerosas veces, sin descanso ni para tomar un suspiro, hasta que logró dejar al aire libre el centro mismo del tronco. “Tendrá que derrumbarse”, pensó el jardinero, dirigiéndose al árbol. “A las buenas o a las malas”. Prosiguió con rabia cada vez más intensa, como si, en un arranque de locura, estuviera asestándole cuchillazos homicidas a una víctima que estuviera a punto de fenecer. Luego de uno minutos, con su entorno lleno de astillas de madera, el árbol empezó a inclinarse hacia la izquierda. Dejando la cuerda que uso anteriormente a un lado, lanzó terribles puntapiés contra la corteza pelada, y, rechinando estremecedoramente, el árbol se derrumbó. -¡Le dije que no podría conmigo! -se exaltó el jardinero-. ¡Se lo dije! Para que no haya duda de su logro, siguió asestándole tajos al árbol caído. Con el rostro y la espalda húmedos de sudor caliente, le dio duro a las ramas, casi sin distinguir las que eran pequeñas de aquellas de mayor tamaño. En quince minutos, y exhibiendo unos dedos encallecidos, tuvo a sus pies un enorme montículo verde y castaño. A continuación, aprehendió otro instrumento (una sierra), y prosiguió con el tronco desnudo. Sin conmoverse por la savia que se derramaba a manera de sangre, hirió progresivamente el cuerpo tendido, hasta sacar la primera rodaja de madera. Tres cuartos de hora después, no existía tronco, sino una docena de trozos circulares. “Aquí no acaba la cosa”, le dijo al árbol, mentalmente, mientras jadeaba de cansancio. “Sólo ha comenzado lo bueno”. Con el hacha, y ya gastando las últimas energías que le restaban, destrozó las mencionadas piezas y, como si fuera a prender una fogata, acumuló leña en grandes cantidades. -¿Quién es el señor, pues? -dijo el jardinero, completamente cansado, pero orgulloso-. ¡Ahora dime quién es el señor! -A quién le hablas, loco de mierda -gritó el señor, desde el interior de su casa. El jardinero se volteó y, dirigiéndose al señor con un tono triunfante, le anunció: -¡Ya terminé! ¡Venga usted a ver cómo quedó!El señor abrió la puerta y quedó callado, como si estuviera pensando la manera más punzante de responder un insulto. -¡Tarado! -soltó por fin, y agregó, con la mirada ardiente: -¡Pero si allí esta el árbol! ¡Acaso tratas de reírte de mí! Estupefacto, el jardinero dirigió su cabeza hacia atrás y, con las articulaciones temblorosas, se encontró con el árbol íntegro, tan igual como lo había visto a su llegada. -¡Carajo, termina de una buena vez o ya no querré más tus servicios! -indicó el señor, y se marchó golpeando la puerta. El jardinero, jalándose de las crenchas, gritó: -¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No le dejaré vencer! ¡No!

***

Explotando por un frenesí agresivo que le enfermaba la cabeza, el jardinero no reflexionó un momento, sólo se dejó llevar por el mero arranque del impulso, y empezó a empapar el árbol con la gasolina que tenía en una botella. Mojó la parte más expuesta, desde las zonas visibles de las raíces, hasta el tronco que se perdía por las ramas entreveradas. Como su pulso era descontrolado (no aguantaba la irritación que le producía haber sido derrotado dos veces por el árbol), manchaba el suelo y sus propios pies calzados con sandalias. Finalmente, empapó un trapo y, llevado por un afán piromaniaco, lo encendió con fósforos y lo arrojó al árbol. Este ardió como una antorcha gigante y crepitó sin cesar, expulsando densas humaredas negras. -¡Le derroté! -saltó de alegría el jardinero-. ¡Ahora sí le derroté! -y se puso a reír con carcajadas enajenadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju! El sol había desaparecido por completo, sin dejar siquiera un modesto rastro de su presencia. Las nubes, que eran las nuevas gobernantes del cielo, lucían un negro intenso y, además de reventar en fragorosos espasmos de luz, echaban rayos como si fueran brujos vengativos. El viento, perdiendo toda coordinación, soplaba a mansalva, entreverándose en desorden y careciendo de un sentido claro. De un momento a otro, se escuchó un tronar más fuerte que todos lo anteriores, y, por un instante, se vivió una atmósfera paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido en una fotografía. Y, con violencia, llovió. -¡No! -chilló el jardinero-. ¡No se liberará de esta!Las llamas del árbol, que habían crecido considerablemente, empezaron a apagarse, y el humo brotó en espirales como una serpiente encantada de su canasta. El jardinero, sin esperar un segundo, y con movimientos torpes por la desesperación, echó más gasolina, y, por casualidad, se empapó el pecho y las piernas.¡No le dejaré ganar! ¡No! -aulló, y, sin ninguna razón, volvió a lanzar risotadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!En seguida, prendió fuego. El árbol se envolvió en llamas, pero no con el mismo brío de antes. Con los ojos desorbitados, el jardinero se puso a silbar, como lo hizo al principio del día. Pero ahora, acompañado de su música, también bailó, dejando huellas largas sobre el barro. Su tonada era exaltada, y hacía referencia a un triunfo supremo y una alegría espiritual. Era una melodía propia de fiestas carnavalescas, pues estaba compuesta de partes jubilosas y de un ánimo lujurioso. Pero, en lo profundo, tenía un aire lúgubre, que indicaba la melancolía que produce la proximidad de la muerte. Sonaba como el anuncio festivo y resignado de alguien que, pese a sus esfuerzos sobrehumanos, fallecerá.El jardinero bajó mecánicamente la cabeza y, sin sorprenderse, descubrió que tenía la bota de su pantalón encendida. Ya sin cordura, se bañó con lo que restaba de gasolina, mientras expedía a grandes aullidos:- ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!Y, con el cuerpo en fuego a lo bonzo, gritó-: ¡Así usted morirá! ¡Morirá!Y corrió a abrazarse al tronco del árbol: fuego y fuego se unieron y, hasta consumirse, no se apagaron.

***

No pasó mucho (de dos a tres horas) para que las nubes se desgastaran en su trance líquido, pues, a medida que evacuaban agua, se consumían al igual que cuerpos afectados por la hambruna. En un momento dado, desaparecieron del horizonte, y se presentó, con un aura renovada, quien gobernaba en un principio: el sol. Este, despidiendo su luz brillante, impartió una vida nueva a la atmósfera, que se mostró caliente y acogedora como una madre. El viento, por su lado, se relajó por completo, y únicamente se hacía sentir a manera de una brisa fresca que relaja los rostros y mueve con sutileza las cosas dóciles.El señor salió de su casa y se encontró con una escena pavorosa: desperdigadas por el piso, había un hacha, una sierra, una soga, un recipiente y una tijera de podar; más allá, un cuerpo calcinado, que sólo mostraba como piezas intactas sus dientes blancos, se exhibía con un gesto furioso y tenso; y, al lado, el árbol se levantaba íntegro y con la vida lozana del que ha renacido. -Pero… -se dijo el señor, sorprendido-. ¿Pero qué ha pasado?De pronto, un ave negra se posó sobre una de las ramas gruesas del árbol. El señor, que la había visto llegar, cogió algunas piedras e intentó espantarla. -¡Fuera! -decía-. ¡Fuera, monstruo! Sin hacerle caso al señor, el ave negra abrió el pico y, haciendo primero unos gorgoritos, cantó con una sencillez sublime. Luego, esquivando uno de los proyectiles que le lanzaron, se marchó. -¡Maldita! -le gritó el señor, alzando los puños-. ¡Maldita ave de mal agüero!

***

En la noche, bajo una luna colmada de reflejos, la esposa del señor murió luego de un vómito de sangre.

Entrevista a Javier Cercas

Leo en Página 12, una estupenda entrevista a Javier Cercas, autor del exitoso "Soldados de Salamina"(vendió más de un millón de ejemplares), donde habla sobre su nueva novela "La velocidad de la luz" y las implicancias del éxito en su literatura. Los dejo con la incisiva entrevista de la periodista argentina Silvina Friera.

A diferencia de quienes piensan que la novela está agotada como género, Javier Cercas profesa su fe novelesca en su nuevo y esperado libro La velocidad de la luz (Tusquets). Esperado porque hace cuatro años, cuando publicó Soldados de Salamina –construida a partir del fallido fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores del Partido Falangista–, el escritor conoció el vértigo del éxito: de vender un promedio de 3000 ejemplares pasó en pocos meses, y sin anestesia, al millón, comenzó a ser traducido a veinte idiomas y recibió elogios de Mario Vargas Llosa, Susan Sontag, Doris Lessing y J. M. Coetzee. La voz de Cercas suena acompasada por el cansancio y el calor, que por estos días aletarga a los españoles. Disfruta del éxito, palabra que para muchos resulta sospechosa –como si la condición sine que non del oficio fuera el culto al “fracaso”–, y dice que todo es cuestión del azar. “Hay que tomárselo con sentido del humor, que es lo más sano que existe”, señala en la entrevista telefónica con Página/12. La velocidad de la luz es una novela que explora las paradojas de la condición humana, los dilemas morales, de un modo similar a El lector, del alemán Bernhard Schlink. La novela de Cercas empieza en 1987, cuando un joven español, aspirante a escritor, viaja a la Universidad de Urbana (en Estados Unidos) y conoce a su par norteamericano, Rodney Falk, un ex veterano de la guerra de Vietnam, con quien comparte el despacho. Rodney resulta un ser enigmático, huraño y afable, violento y tierno, que sólo conserva un encendedor Zippo de “esa guerra de mierda”, pero que irá revelando las secuelas que lo atormentan a través de una serie de cartas que le escribió a su padre mientras estuvo en la guerra. Rodney deja la universidad sin avisar, pero el profesor español, fascinado con el ex combatiente, tratará de reconstruir las piezas sueltas de una historia que pronto descubre que desea escribir: la de Rodney. Claro que antes regresará a España, publicará un par de novelas sin demasiada trascendencia hasta que el éxito golpeará la puerta de su casa, se reencontrará con Rodney –ahora ambos casados y con hijos–, y los dos cargarán con sus propias culpas que, aunque admiten un paralelismo, son de naturalezas opuestas.“Al crear un personaje que se me parece, con algunos elementos anecdóticos de mi biografía, el lector puede pensar que estoy hablando de mí, pero eso es falso, porque entre otras cosas escribir consiste en construirse una identidad. El personaje de las películas de Woody Allen no es Woody Allen ¿verdad? –compara Cercas–, pero tendemos a imaginar que sí. Los escritores partimos de nuestras experiencias personales, de nuestras pesadillas, de nuestros sueños y de aquello que imaginamos para convertir esa experiencia personal en algo universal. Persona significa máscara en griego, y la máscara es lo que nos oculta, pero también lo que nos revela.” Y Cercas no omite mencionar cuáles son esos elementos anecdóticos de su biografía: él estuvo en la Universidad de Illinois dos años, entre 1987 y 1989, y Rodney Falk se parece mucho al ex combatiente de Vietnam que Cercas conoció en esa universidad. “En realidad toda la novela surgió porque un día lo encontré en un banco, mirando jugar a unos niños, y me quedé mucho observándolo, escena que aparece en la novela”, cuenta el escritor. Las novelas de Cercas casi siempre “enseñan” sus mecanismos de escritura, porque hacen que el propio arte de contar forme parte de la narración. “Escribo novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. No hay por qué ocultarle al lector esas cosas, ¿por qué no hacerlo partícipe de la aventura que es para ti escribir la novela?”, plantea.
¿Cómo se lleva con el éxito después del fenómeno que generó Soldados de Salamina?
Lo viví muy bien, creo haberlo disfrutado porque es maravilloso tener lectores, es lo que cualquier escritor pretende, y por otro lado es tranquilizador tener una cuenta corriente saneada. Cuando a Samuel Beckett lo llamaron para decirle que le habían concedido el Premio Nobel, su primer comentario fue: “Dios mío, qué catástrofe” (risas). Pero hay muchos escritores aniquilados por el éxito, porque es inevitable que un escritor de éxito, si tiene dos dedos de frente, acabe viéndose a sí mismo como un farsante, un tipo que va por ahí, sale en la tele, que da charlas, que la gente va a verlo. El problema es que te conviertes en un viajante de ti mismo, pero hay que tomárselo con sentido del humor, que es lo más sano que existe. El éxito, entendido en términos de difusión y repercusión pública, es obra siempre del azar, no depende del mérito. La tentación de quien tiene éxito es creer que el suyo no es obra del azar sino del mérito. Y ahí es cuando la chingamos, ese es uno de los efectos narcóticos y letales del éxito.
¿Y cómo lo trata la crítica ahora que forma parte del selecto club de los exitosos?
No sólo los críticos, todos, por motivos complejos, tendemos a pensar que todo éxito está contaminado de indignidad, y hasta yo lo he pensado en algún momento: “Oye, has vendido un millón de ejemplares, algo has hecho mal” (risas). Hay gente que dice “Cercas era bueno cuando vendía 3000 ejemplares, pero ahora que ha vendido un millón es malo”. Todos funcionamos a partir de tópicos y clichés. Mi editor quería que esta novela se titulase: “Te están esperando con toda la artillería”, porque sabía que me iban a venir a destrozar. Yo, sinceramente, estaba preparado para que me convirtiesen en hamburguesas, pero no..., este libro ha tenido mejores críticas en España que cualquier otro mío. Pero apliquemos el sentido común: los libros buenos no son ni los que se venden mucho ni los que se venden poco, son los libros buenos. ¿El Quijote es un libro malo porque fue un best-seller en su época? El tópico de la modernidad dice que para ser muy bueno hay que ser un escritor secreto, eso me parece una tontería absoluta.
¿Por qué en sus últimos dos libros aparecen como telón de fondo la guerra civil española y la de Vietnam?
No hay lector al que no le interese el tema, porque en el principio estuvo la guerra, desde Homero, y a mí siempre me ha interesado la épica. Uno de los grandes problemas de la narrativa de nuestro tiempo es que ha renunciado a la épica. Yo sentía una cierta fascinación por ese compañero de despacho de la universidad, la fascinación que siente el narrador por ese ex combatiente, que podría ser él, que es su semejante, su hermano, y que literalmente lo tiene encandilado.
¿Qué encuentra en las guerras?
A mí me interesa cómo las guerras pasan por los hombres, qué efectos tienen en los seres humanos. A mí me preocupan los conflictos morales que generan las guerras, sobre todo las paradojas, porque los seres humanos somos brutalmente contradictorios y la novela como género tiene una capacidad extraordinaria de análisis, mucho más, en mi opinión, que la poesía o el teatro. La guerra coloca una lupa sobre la condición humana, sobre los hombres; muestra el costado más espantoso, la bestia que llevamos dentro, pero también puede mostrar la capacidad de abnegación, generosidad y heroísmo de los hombres, en la guerra el ser humano está sometido a la máxima tensión posible.
Esa tensión se pone de manifiesto en una de las cartas que el ex combatiente le escribe a su padre, en la que se refiere a “la alegría de matar”.
Adorno hablaba de la espantosa belleza del mal. En realidad, la novela habla de que el mal está dentro de nosotros. Si eliges ignorarlo, pasas a ser víctima de él. Es mejor saber que está, poder controlarlo, pero saber que somos así. Cualquier visión angélica de lo humano es pura ilusión del espíritu. Yo soy razonablemente cobarde como persona, pero creo que un escritor no puede ser cobarde frente al ordenador, hay que salir a la plaza a matar.
¿Cómo relaciona lo que usted plantea con la polémica que suscitó la película La caída?
Sería estupendo que Adolf Hitler hubiera sido un extraterrestre, pero el problema es que era un tipo de carne y hueso, era también uno de los nuestros. Y los alemanes que se enfervorizaron con él también eran seres humanos, y no eran distintos de nosotros. Sería tranquilizador afirmar lo contrario, pero no es la realidad, y a la realidad es mejor mirarla a la cara.
¿Por qué genera tanto rechazo mostrar la “humanidad” de Hitler?
Por muchos motivos, porque la gente no sabe distinguir el plano moral del político. La política y la moral no siempre están separadas, pero a veces es posible separarlas. Dicho de otra manera: es un hecho que hubo nazis limpios de corazón, puros, precisamente ése es el problema porque tanto el fascismo como el nazismo fueron una forma de idealismo, un intento de traer el cielo a la tierra, lo cual generó naturalmente infiernos. Pero hay otro error peor y es no entender que una cosa es comprender y otra justificar. Necesitamos comprender a Hitler o a Rodney, un personaje como el de mi novela, esa es mi obligación como novelista, yo necesito comprenderlo, saber cómo era, cómo piensa y que el lector se ponga en su piel, que diga este tipo ha sido un asesino, pero lo siento próximo, es una persona como yo. La literatura –y el arte– sirve para eso, para hacerse cargo de la experiencia humana, incluso la más extrema, la más abyecta. Ahora que yo lo comprenda no quiere decir que lo justifique, al contrario, la única manera de que un Hitler o un Sánchez Mazas no vuelvan a aparecer es meternos en su piel. La única manera de que una locura colectiva como la de la Alemania nazi no se vuelva a repetir es entender por qué la gente se enfervorizaba con un auténtico asesino. Hay que meterse en esos laberintos, que son peligrosos para quien los escribe y para quien los lee, pero nada valioso será gratis.
Tomado del diario Página 12

sábado, marzo 15, 2008

Profesores peruanos: hasta las patas


Sólo 151 profesores, ¡el 0.8 por ciento!, de 183 mil 118 obtuvieron la nota aprobatoria de 14 en el último Concurso Público de Contratación de Docentes convocado por el Ejecutivo, informó el ministro de Educación José Antonio Chang, cifra por demás desalentadora y que demuestra el bajísimo nivel académico en el que se encuentran nuestros profesores en el Perú.
En conferencia de prensa convocada para informar sobre los resultados de la evaluación a los docentes, el titular de Educación dijo que otros 8 mil 593 maestros obtuvieron una nota de 11 o más, cifra que equivale al 4.69 por ciento de los docentes que rindieron el examen.“Estos resultados demuestran que los docentes no tuvieron conocimiento de la prueba antes de producirse la evaluación, tal como lo señalaban algunas denuncias. Demuestra con claridad la transparencia y las seguridades que se tomaron y que esta prueba no fue parte de una mafia como así lo han querido hacer ver”, señaló al tiempo de indicar que quienes obtuvieron la calificación de 11 o más pasarán a la etapa de contrato mientras que los que calificaron con 14 pasarán a la etapa de nombramiento. El ministro no sólo destacó que en comparación a evaluaciones realizadas en los últimos años, ahora se registró un porcentaje más elevado de maestros con nota aprobatoria sino también reconoció el esfuerzo de los docentes, quienes se prepararon para rendir el examen. Sin embargo, dijo que los resultados revelan que aún como política de gobierno es necesario e indispensable exigir más a los futuros maestros para que las nuevas generaciones logren la estabilidad educativa que tanto necesitan. El ministro Chang agregó además que las regiones que mejor rendimiento han tenido con nota igual o mayor a 14 son Lima Metropolitana y Callao con 76 docentes, Loreto con 38, Lima provincia con 16 , La Libertad con 7 , Piura con 6, Ayacucho con 4 y Cusco con 4. El más alto puntaje fue de 15.8. De otro lado, instó a los profesores a seguir esforzándose a fin de evitar la selección de maestros por amenazas y chantajes de dirigencias sindicales. “No busquemos satisfacer los intereses políticos de gremios que buscan sus propias motivaciones e intereses”, puntualizó.



Noticia tomada de Expreso on line: pero la verguenza es la misma... por estamos hasta el perno. Y encima, tienen el cuajo de hacer huelgas... QUÉ TAL RAZA!!!!! PÓNGANSE A ESTUDIAR!!!!!!

jueves, marzo 13, 2008

50 años de periodismo - GUILLERMO THORNDIKE


Haz click! en la imagen para ver el contenido. Los esperamos.

Pocas veces tenemos la oportunidad de conversar con un periodista y escritor de la talla de Guillermo Thorndike. Más de medio siglo de experiencias y trajines estarán a tiro de piedra en una tertulia en la que participarán además, Martín Carranza (editor del diario La Primera), y Gabriel Rimachi Sialer, escritor y director de Editorial Casatomada. Una reunión alejada de los acartonamientos escolásticos y que promete seducir a más de uno. Dezapress los espera.

sábado, marzo 08, 2008

Fahrenheit 451... temperatura a la que se enciende el papel, y arde...


Era un placer quemar.

Era un placer especial ver las cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas. Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón que escupía kerosene venenoso sobre el mundo, sintió que la sangre le golpeaba las sienes, y que las manos, como las de un sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia. Con el simbólico casco numerado -451- sobre la estólida cabeza, y los ojos encendidos en una sola llama anaranjada ante el pensamiento de lo que vendría después, abrió la llave, y la casa dio un salto envuelta en un fuego devorador que incendió el cielo del atardecer y lo ennegreció. Avanzó rodeado por una nube de luciérnagas. Hubiese deseado, sobre todo, como en otro tiempo, meter en el horno, con la ayuda de una vara, una pastilla de malvavisco, mientras los libros, que aleteaban como palomas, morían en el porche y el jardín de la casa. Mientras los libros se elevaban en chispeantes torbellinos y se dispersaban en un viento oscurecido por la quemazón...

Así empieza la maravillosa novela de Ray Bradbury, traducida ya a casi todos los idiomas y que fue presentada en Francia por Jean Paul Sartre en la mítica revista Les temps modernes. Este libro es conocido en todo el mundo como uno de los libros más hermosos y crueles de nuestra época. Cuenta la historia de Guy Montag, bombero, que en un futuro fácilmente previsible tiene como oficio principal el de quemar libros. Montag, rebelde, eleva su voz como un grito de protesta contra toda censura del pensamiento; una llamado, una voz de alarma ante la globalización que ya domina nuestras vidas. Como si al escribirlo, Bradbury profetizara los tiempos que actualmente se viven, donde la intolerancia y el campeo de la autolimitación cultural, definiera un estilo de vida aceptado y -peor aún- compartido por todos. Léanlo.

viernes, marzo 07, 2008

Hallan manuscrito original de García Lorca

El manuscrito original de la obra de teatro La dama boba, del poeta español Federico García Lorca, fue localizado en el Archivo General de la Administración, informó el Ministerio de Cultura de España el pasado miércoles 20 de febrero.
Este original, que lleva la firma del autor en cada uno de los tres actos, fue enviado a las autoridades por el propio García Lorca en 1935 para solicitar el permiso gubernamental para representar la obra, puesta en escena ese mismo año.
La institución conserva el reportaje fotográfico de esa obra en unas instantáneas en las que se aprecia una gran afluencia de personas, un público mucho más numeroso que el que solía acudir a las representaciones de La Barraca, con las que Lorca y su compañía recorrían España durante el verano.
El Ministerio ha emprendido una amplia campaña de descripción y digitalización de fondos documentales con el fin de que los ciudadanos puedan acceder a los archivos a través del Portal de Archivos Españoles.
Uno de los objetivos de esta iniciativa es poner a disposición pública los fondos de la Censura Literaria, que alcanzan unos 600.000 registros informáticos a los que se agregarán archivos de imágenes de los expedientes y obras prohibidas años atrás en el país.
Fuente: Reuters

martes, marzo 04, 2008

Marzo o el mes del terror

Hace unos días, mientras recorría el mercado central en busca de unos diccionarios chinos, me vi envuelto en un mar humano de madres desesperadas que pugnaban por completar a como de lugar la lista de útiles que cada año parece crecer más y ser utilizada menos. Imagino que algunos profesores armarán sus listas personales para sus cursos en alguna universidad (si es que estudian algo, claro, porque así como va el nivel académico de algunas universidades sería necesario patentar como himno nacional el “Vale la pena soñar”). En fin, que en esas estaba yo, perdido en ese mar peligroso que son las madres en estos meses, cuando reconocí a una amiga que creí perdida hace tiempo (en realidad se extravió, eso decían las malas lenguas, pero ahora estaba hecha una modelo de Micaela Bastidas armada con tubo de vinifán ¡jai! Para romperle la cabeza a la primera que osara quitarle el papel crepé). Conversamos unos pocos minutos, sus gemelas me miraban curiosas, una de ellas me jalaba la barba mientras me llamaba tío Gabo (horror de horrores la maldad de los infantes), y me preguntó si tenía hijos. La respuesta fue atropelladamente veloz: ¡no! Pero su retruque fue demoledor: Entonces no tenemos más de qué conversar, porque ahora estoy en otra vida... “en otro planeta” pensé, pero me dejó pasmado, y aún ahora, que regreso cargado de vinifán ¡jai! y cuadernos que a fin de año veré quemarse en año nuevo, me he quedado con la curiosidad de saber qué tanto altera a los padres el inicio del año escolar. Yo solo recuerdo lo mucho que me encantaba jugar con la plastilina, y lo genial que era saber que por fin las chicas tendrían una excusa para esperarnos a la salida de sus colegios. Qué tiempos aquellos... en verdad, ya estoy tío...