miércoles, febrero 21, 2007

Sin mirar atrás (Bonus Track)



No sé cuándo empezó todo esto. Hace dos años que no consigo trabajo y mi vida se ha ido deteriorando poco a poco, lentamente, sutilmente, hasta convertirme en esto que ahora soy: un triste y pobre remedo de mí mismo.

Silvana sonrió tras el teléfono: te veo en media hora en el McDonald´s, y después... ya sabes.
Ahora tendré que ir a toda prisa por la avenida, atravesar corriendo el Central Park, cruzar rápido a la vista de todos los que mendigan un poco de afecto. Jhonny me mira y sonríe con displicencia (quizá con envidia), corro como un demente entre los árboles, sabe que veré a Silvana y que de ella dependen los dólares para seguir viviendo. La señora Carlson me saluda a duras penas levantando el brazo (¿o pedirá ayuda?); desde ayer sigue tirada entre los arbustos. Los negros de la octava creen que acabo de robar algo, mi velocidad es espeluznante, como el pavor al hambre. Todos están tranquilos. Saben que tengo novia y que además me mantiene porque lo ha gritado en medio de la avenida cuando le pedí unos dólares para cerveza. Saben además que le gusta el sexo que tenemos porque se los he contado con detalles. Les mostré algunas fotos, para qué mentir. Sexo fuerte. Rico. Sin ascos. Sólo sensaciones límite. Polos opuestos, dicen. A veces me pide que la abrace muy fuerte, pero no puedo. La ternura la olvidé en alguna parte y no me interesa recuperarla. El tiempo corre y yo también. Llego a la pileta. Roy y los italianos me hacen señas, pero hoy no quiero ir de putas. Sólo quiero llegar al maldito McDonald´s y devorar una de sus asquerosas ofertas.
Hace cuatro días que no veo a Silvana y hace cuatro días que no como. Bebo cualquier cosa y observo las formas de las nubes. Ayer descubrí un cocodrilo en el cielo. Quisiera ser un cocodrilo para matarla a dentelladas por envilecerme tanto. Pero estoy tan débil que seguro se haría un par de botas y una cartera con mi pellejo. Por eso sigo corriendo, sólo unos metros más.
Frankie me saluda desde el hidrante donde mean los perros, me hace señas con una botella sellada de vodka, hoy tampoco beberé contigo, hermano, sólo quiero comer.
Cruzo la avenida, el parque es enorme. Estoy sudando, me demoré cuatro minutos. El tráfico es endemoniado a esta hora, dos cuadras más y ya, ya la vi. Ahora tendré que oírla gritar por media hora más antes de hincar los dientes.

Grita, grita y grita. Ya sé, ya sé que soy un mantenido, que estás cansada de darme de comer y que te da vergüenza que no tenga ni unos centavos para el pan, pero todo esto va a cambiar, ya te lo he dicho, sabes que cuando me indemnicen del army, todo cambiará, entonces te compraré la maldita cadena McDonald´s para que te la metas por el culo, con todas sus salsas, pero ahora sólo cómprame la oferta, por favor, que tengo hambre.

Pide lo que quieras –dice sonriendo- hoy vendí tres... Ya no la oigo, el hambre es un zumbido que quiebra mis oídos, me siento mareado, veo las pizarras multicolores con comida en letras. Ya sé: quiero... Pero ya pidió por los dos y, como siempre, me toca la peor de todas: llena de pickles, salsa de tomate y tamaño junior. Sabe que odio esa oferta, que me irrita el estómago y me produce gases. Pero ella paga. Igual me la comeré. Comería lo que sea, incluso esa mierda de hamburguesa. Ella comerá un plato especial que de sólo verlo me hará odiarla más. Esta noche te golpearé tan fuerte las nalgas que no podrás sentarte en días, ya verás... y como...

Ella habla y habla. Si el cartón no hiciera daño me comería la caja, y el sorbete y el vaso de tecknopor. Me quedo de hambre. Salimos. Me mira y sonríe. ¿Estás lleno? Sí. Pero sabe que no es cierto. Detiene un taxi y viajamos al hotel. Lo paga con un Roosevelt. Da propina. Entramos al edificio justo cuando el ascensor abre sus hojas y me empuja dentro. Ya me tiene. Me besa con la lengua fuera de control. No quiero ni tocarla. Me vuelve a besar, baja por el cuello, huelo a sudor pero parece no importarle: levanta mis brazos y aspira mis axilas. Muerde una tetilla, aprieto los labios. Sigue besando y lamiendo. Se arrodilla y juega con mi bragueta. La abre mirándome fijamente y cedo. El deseo crece con violencia. Siento su boca y cierro los ojos. El placer inunda mi cuerpo y el ascensor se abre. Ella sale corriendo tomada de mi mano. Estoy en el pasadizo con la pieza fuera. Quiero guardarla pero ella se divierte viendo cómo, poco a poco, con el aire ajeno del corredor, mi moderada vanidad se sonroja y empequeñece, tímida, derrotada.

Busco las llaves y entramos. Me tira al suelo de espaldas, ahora ella tiene el control. ¿Alguna vez lo perdió? (¿Dónde lo perdí?) Nos arrastramos por el suelo sucio, el polvo se adhiere a mi espalda húmeda, se levanta la falda y retirando apenas su trusa con el dedo índice, se sienta sobre mi resucitada virilidad. Comienza a moverse en círculos, me araña el pecho, gime como una loca, cierra los ojos, se estira los pezones con fuerza y tira la cabeza hacia atrás, quiero ponerla boca abajo pero me gana, me ganan las ganas de sentirla y viene, ya viene, no pienso, ya viene, falta poco. De pronto ella se pone de pie. No estuvo mal –dice agotada- ¿Te veo mañana? Se peina frente al espejo. Busca su bolso mientras sigo tirado en el suelo con la pieza al aire y el orgullo frustrado. ¿A la misma hora? pregunta. Me abrocho los pantalones y salimos juntos.
El ascensor baja lentamente, enciende un Lucky, salimos del edificio. Me besa y se va. Corro tras ella. La alcanzo a unos pasos ¿Me regalas cinco dólares? Tuerce la boca y mirándome con desprecio abre su cartera. Busca entre el fajo de billetes. No tengo cambio –dice y se va. No importa, ya le saqué veinte mientras se peinaba. Veo a Frankie que en la acera de enfrente, me hace señas con la botella sellada de vodka. La observo alejarse y detener un taxi. Frankie insiste desde lejos. Cruzo la pista en dirección opuesta a Silvana y avanzo, sin mirar atrás.

El Color del Camaleon (2005)


LA MUERTE NO TIENE PERMISO


-Van a despedir a alguien más.
-¿Cómo sabes?
-Mira la ventana del jefe. Van a despedir a alguien más.
El murmullo se extendió como una ola por sobre nuestras cabezas. Pensé de inmediato en los pagos atrasados al seguro, la cuota de la casa, la luz, el teléfono, los colegios de los chicos, los anticonceptivos de Chaz (tan rica, tan tetona). ¿Qué haría en la calle? ¿Volver a vender tapetes y plumeros casa por casa? ¿Soportar otra vez el sol en la nuca, en los hombros, en los testículos que se sancochan al mediodía en el asfalto? ¿Volver a la angustia de los cincuenta centavos para el pan de todos los días?
Julio se acercó y me pasó la voz, tenía los ojos vidriosos y los párpados hinchados, la boca reseca.
-Vengo de la diálisis –murmuró – si me despiden me muero ¿Ya sabes quiénes se van?
-No. Respondí. En un rato seguro los llamarán pero no te preocupes, no nos botan por la antigüedad. Además las cosas están cada vez peor. Chaz ya no sabe que inventar para el almuerzo, este trabajo es todo lo que tenemos y las ventas de Oriflame, nada más… y digamos que las amigas de Chaz no son de gastar mucho en cremas… ¿Tu estás mejor?
-Algo. Dijo tocándose el bajo vientre. Se palpó. ¿Tú qué crees? Creo que lo mejor sería irme a los Estados Unidos, hacer plata y volver para poner un negocio, una bodeguita, qué-sé-yo. Al menos si un día me muero…
-No digas eso, aun te falta hacer un millón de cosas. Ven a casa el domingo, Chaz preparará estofado, trae a Ximena contigo.
-¿Qué llevo para tomar?
-Nada. Ya debes tener muchos gastos con la diálisis.
-Muchos… suspiró Julio. A veces pienso que debería morir de una vez, al menos así Ximena podría cobrar el dinero del seguro y viviría mejor y los chicos…
-Ya cállate o te golpeo los riñones con la llave inglesa, ok?
-Ok, creo que te llaman.
Era cierto. Desde la ventana del jefe una mano se agitaba invitándome a subir. El mundo se me vino encima. Todos detuvieron sus labores por unos segundos, algunas veces era así: te llamaban para que leyeras una lista con despedidos o para que hagas el trabajo sucio de hacerlo tu mismo e invitar a que pase por caja el desdichado. El pabellón estaba lleno. Algunos fumaban despacio. Una señora vendía café y sánguches de pollo y luego anotaba los nombres del cliente en su libreta. A fin de mes nos esperaba a todos en la puerta con sus hijos. Al que no le pagaba ellos lo acompañaban hasta la esquina. Entre nosotros sabíamos que esos tres habían sido policías. En fin, cada quien se gana la vida como puede.

Las señas continuaban y ya algunos mostraban una incomodidad por mi demora. Pero es que realmente no quería ir. Tenía miedo de perder el trabajo. Quién no le teme a eso. Giré y caminé entre mis compañeros. Hace menos de dos años éramos ochocientos. Hoy apenas quedamos doscientos cincuenta. Las computadoras hacen el mismo trabajo y sin errores, no les pagan sueldo, ni seguro médico ni nada de nada. Tengo ocho años en esta fábrica. Ocho largos años que se han pasado volando… mientras me hago más y más viejo y siento que el calor de las calderas ya me afecta los intestinos.

Al llegar a la oficina del jefe me persigne, ya todo está en tus manos, Señor.
-Señor Becerra, vengo como mandó usté.
-Siéntese por favor, tenemos que conversar.
Tomé asiento
-Mire señor, para mi esta situación es espantosa, cada vez que vengo a trabajar encuentro un memo con alguna orden que un cojudo dicta a su secretaria para que me joda todas las mañanas –destapó un antiácido y lo echó en su vaso con el estampado de una vaca, lo bebió de un sorbo- hoy es un día de esos, ¿me entiende? Acá ustedes me mientan la madre como si yo fuera el responsable de los despidos y no es así. Yo también soy una víctima en este asunto –se llevó un dedo a la nariz y empezó a buscar algo en ella- por eso es que lo llamé. ¿Ve ese sobre?
-Si, señor… El sobre estaba algo grueso, a lo mejor ya tenían lista mi liquidación, un frío de muerte se apoderó de mi nuca.
-Bueno pues, en ese sobre está una carta de despido con la orden de cobro de los días adeudados y del trámite que haga el contador para sus beneficios de ley.
-Entonces… -dije mecánicamente- estoy… despedido?
El jefe me miró directamente a los ojos. Habíamos ingresado al mismo tiempo y éramos parte del grupo de antiguos de la fábrica. Creo que alguna vez almorzamos juntos y mi record de asistencia era impecable. No era justo salir así.
-Por el tiempo que nos conocemos seré franco con usted. Hemos revisado la producción de nuestra fuerza de trabajo y vemos que algunos han reducido terriblemente su record. Como sabe, no podemos hacernos de esos costos que pueden dañar aún más la fábrica. Usted ha bajado mucho su producción… igual que su amigo Julio.
-Puedo esforzarme señor Becerra, le prometo que… sólo no me bote… este trabajo es todo lo que tengo
-Solo entienda que Yo no lo estoy botando… la producción se mide, usted sabe, pero mire: sólo hay una solución. La orden dice “O usted o el señor Julio”.
-…
-Usted decide.
Pensé por un rato que esto era una broma. No podía ser así. Julio era amigo mío desde hacía 23 años, su familia era como mi familia y pasábamos las navidades juntos. Y se estaba muriendo. No podía hacerle eso. ¿Cómo quedarían sus hijos? ¿Y los míos? ¿Qué me diría Chaz cuando llegara a contarle que escogí entre Julio y yo? ¿Acaso entendería?
-Señor Becerra, usté me pone en una situación muy complicada… Julio es mi amigo desde hace muchos años y usté sabe que se está muriendo… no podría decidir algo así, yo también necesito trabajar…
-Lo lamento amigo… pero esas son las órdenes. Tome el sobre y piénselo. Si decide por Julio, dele el sobre a él. Y si no, solo llene sus datos. Tiene hasta la salida para decidir. En verdad lo lamento mucho pero así son las cosas. No depende de mi.

Yo tomé el sobre pero sentía que jamás podría hacerle algo así a Julio. ¿Y mis hijos? ¿Y mi mujer? ¿Y mi vida? Al menos estaba sano pero… y los colegios y las píldoras y si alguien se enferma y si algo sucede y… Por otro lado Julio se estaba muriendo, gastaba más de lo que ganaba en medicinas y esa maldita diálisis, los exámenes… tanto trabajar para no tener nada, carajo, qué decidir… a veces la vida no es ni siquiera como en las películas…

Julio se acercó rápido, estaba preocupado.
-¿Y? ¿Qué te dijo?
-Nada. Respondí. Parece que hoy no hay despidos ni nada, sólo era para entregar estos papeles en una agencia, un mandado.
-Ah… bueno, me voy a trabajar. Ya nos vemos el domingo, no? Hoy salgo temprano porque tengo chequeo.
-Ya. Está bien. El domingo entonces. Temprano. Nos vemos.
-Nos vemos. Gracias por el estofado, me gusta mucho el estofado.
Julio se alejó caminando como en un bailecito de cantinflas. No podía hacerle eso, decidir entre él o yo. Pedirle a la muerte permiso para ejecutar su labor y no tener remordimientos.
En uno de sus bailecitos, Julio se llevó las manos al ombligo, exageró en un movimiento, creo. Sonrió, me hizo una seña y se alejó. No me atreví a decirle nada. Sería demasiado cruel. Pero las computadoras no entienden de emociones, ni los fejes, ni los jefes de los jefes. Quise levantar el brazo para despedirme pero al ver que se iba no pude hacerlo. Nadie se despide de un cadáver que se aleja.

Orquídeas Marchitas (2004)

Orquídeas Marchitas

Lima, invierno del 2002
No importaba nada más. ¿Sabes? Ayer estuve pensando en todas las tardes que pasamos juntos, en los árboles donde grabaste mi nombre, pero de nada valió. La música que no quiero oír, las calles por donde no quiero andar, son cosas de todos los días. Una de estas tardes te llamaré. No deberías estar preocupado. Muchas veces he pensado en que las cosas siempre suceden por algo. Tal vez por eso es que hoy te escribo estas líneas. Desde tu oficina, con ese ventanal que da aquellos enormes jardines, sentirás que la vida es más bonita, solo y lejano. El brillo del sol a veces engaña.
Mientras tanto estoy aquí, sintiendo que te pierdo definitivamente, y que nada de lo que haga puede hacer que regreses. Creo que es lo mejor. No volvería contigo después de lo de ayer. No. Aún no comprendo cómo después de tantos años juntos, de haber vivido tantas cosas, pudiste haberme dejado de la manera en que lo hiciste, sin que nada te importara. Nada, excepto tu libertad y el haberte dado cuenta –según tú- de que lo nuestro no daba para más.
He llorado todos estos días sin que nadie se dé cuenta. Mis amigas creen que estoy resfriada, tengo los ojos hinchados y la nariz roja. Me veo fea, lo sé, pero eso no importa, en realidad me veo triste. Mi mamá me lo dijo esta mañana. Me preguntó si habíamos peleado y le conté que sí, que me dejaste porque estabas cansado de mí y mis tonterías, de que te celaba mucho, pero eso no es cierto, siempre hiciste lo que querías y yo te perdoné muchas cosas feas. Las veces que te fuiste sin decirme nada, las tardes que te esperé como una idiota sentada en el parque, mientras todas las parejas entraban al cine o caminaban despacito y tú, tú nunca llegabas. Mucho trabajo ¿no?, si pues, mucho trabajo. Ahora tienes todo el tiempo libre para trabajar, pero seguro que lo pasarás con tus amigos, lo sé porque ayer en la mañana me contaron que te vieron en el bar del centro bebiendo como un loco, gritando que celebrabas tu libertad. Nunca me quise drogar contigo ¿Es eso malo? ¿Acaso me dejaste de querer por eso? No me gustan esas cosas, pero jamás te pedí que no lo hicieras. Pensé que si no te decía nada dejarías de hacerlo por no hacerme sentir mal. No soy una cucufata, lo sabes, siempre hemos hecho el amor como unos locos, y siempre te he deseado con la misma intensidad de la primera vez, cuando, burro tu, creíste que no dolía nada. Pero si dolió. Y no sé por qué te escribo esto. Tal vez sea un descargo de mi conciencia o de mis sentimientos. Un desahogo que me haga sentir mejor, que me permita gozar del sol como lo haces tú ahora, pero es difícil. Muy difícil. Te extraño muchísimo y estoy confundida. No sé si es la costumbre o el amor, pero cuando llega la tarde espero que aparezcas por esa maldita puerta y me abraces fuerte, y tomemos lonche. Pero ya no es posible. ¿Cuándo fue la última vez que viajaste? Ya recordé: hace dos meses. Mensajitos en el mail que no decían nada. ¿Cómo crees que me siento? Luego llegas, nos vemos cada semana menos y después desapareces. Ya no te quiero, dijiste. Ya no te quiero. Y yo, ¿qué hago con esto que tengo dentro? Se te pasará. ¿Fácil, no? Y los días vuelan, pero tu no das noticias. Ayer te llamé a la oficina en la mañana. Dijiste ¡Aló! ¡Aló!, varias veces. Te habrás dado cuenta que era yo, luego colgaste. Quise contarte muchas cosas, pero no me atreví. Me trataste tan mal la última vez que aún siento aquí dentro cómo se retuerce algo que sé ya no existe. No sé dónde quedó mi amor por ti, mis ganas de sentirte; no sé si odiarte o cómo olvidarte. Apareces en mis sueños como un fantasma que pasa riendo, burlándose de esta tonta sentada en una banca. Como la canción ¿recuerdas? Ya no quiero saber más de ti. Es más, ya ni siquiera deseo escribirte, pero estas líneas tienes que leerlas, serán las últimas, lo sé. Y sabes que no miento. No te buscaré más. Ayer mamá me vio tan desolada que no tuve más remedio que contarle. Tampoco quiere volverte a ver. Mi papá mucho menos. Ya no serás mi pareja de prom. iré sola, o tal vez no vaya (no te molestes). Ya no necesitarás gastar en la orquídea que vimos en la tienda. Ya no me importa. Me dolió mucho, sabes, como nunca antes. Un dolor distinto, más grave.
Las clases acabarán en dos semanas. Espero viajar donde mi abuela, allí no estuvimos nunca (menos mal, no soportaría aceptar que llenaste todos mis espacios). En verano las cosas se ven mejor, iré más seguido a la playa, tendré muchos amigos y nadaré bastante, hasta cansarme y dormir. Dormir mucho oyendo al mar. Nunca te gustó la playa. Eres alérgico al sol.

¿Por qué te quise tanto? Cuatro años. Cuatro años de mi vida los pasé contigo y me dejaste como a una perra. Creo que sí te odio. ¿Por qué lo hiciste? ¿Acaso te enamoraste de alguna de tu oficina? ¿De tu secretaria? ¿De tu jefa? Ya no me importa. Inventaré tu respuesta. No será difícil. Mientras tanto caminaré más, hasta borrar tu último beso de mis labios, tu último calor. Desde ayer no soy la misma. Caminaré a dejarte esta carta en la recepción de tu trabajo. Y volveré a casa. Con mi dolor a cuestas. Y el vientre vacío.

El Cazador de Dinosaurios (Fragmento Nouvelle, 2003)




CAP. 1

La primera vez que fue a comprar un libro –oficialmente- lo buscó con cuidado entre los estantes, leyendo la contratapa de cada uno. Ya sabía de antemano cuál quería, pero de todas formas aquello era parte del rito librero. Encontró la edición que buscaba: por fin un original. Su biblioteca estaba llena de libros piratas, algunos se leían a duras penas, pero era lo que el bolsillo le permitía. No se quedaría burro por culpa del gobierno. Acarició el papel, lo olió. Buscó el precio y casi le da un infarto: la quinta parte de su sueldo de redactor. Qué importaba, caminaría treinta y siete cuadras diarias hasta la próxima quincena con tal de tenerlo.
Llegando a casa se encerró en su habitación y pidió que no lo molesten, sacó su copia pirata y leyó en paralelo. Era otra cosa, cada renglón era distinto, como más lúcido. Las oraciones eran perfectas y si alguna le gustaba, cogía su lapicero rojo y subrayaba sin piedad la edición barata.
No almorzó, tampoco cenó, mucho menos desayunó. Aquel pesado volumen era todo lo que necesitaba para alimentarse. Cuando llegó al final de las quinientas sesenta y dos páginas, leyó en voz alta: “Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo había otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿no, niño?”. Maestro. Susurró. Este tipo es un maestro...

Encendió su computadora y empezó a escribir el último cuento de su segunda publicación. Totalmente influenciado, no dudó en copiar textualmente algunos párrafos, cambiando algunas palabras para que no se notara el plagio. Meses después lo presentó en una reunión que lo satisfizo. Ya para entonces tenía ocho originales. Todos habían sido devorados por enésima vez con la misma emoción que le produjo aquel primer ejemplar. Su biblioteca seguía llenándose de piratas, pero los de su paradigmático autor ocupaban un lugar especial. Recortaba los periódicos donde aparecía y celebraba sus comentarios sobre la situación del país y de la literatura en el mundo. Tenía su fotografía pegada en la pared (mensaje subliminal, pensaba). El método perfecto para escribir así era copiarlo y luego intentar vivir como él. Obviamente sólo intentarlo, porque para hacerlo de verdad necesitaría sacarse la lotería o ganar el Rómulo Gallegos o el Premio Planeta, pero éste último lo había ganado Bryce, así que dejó de interesarle la idea. Enviaba cuentos y más cuentos a todos los concursos de los cuales tenía noticia. En algunos obtenía menciones honrosas, en otros ni siquiera lo leían. En fin, pensaba, gajes del oficio. Con sus dos libros de cuentos a cuestas, era invitado a conversatorios y conferencias, a contar cuentos en centros culturales y a beber algunos tragos con otros colegas.
Ya para entonces la influencia era total. Opinaba como él y tenía la misma visión del mundo y de la creación literaria. Dedicaba horas enteras al análisis de párrafos y oraciones, remarcando, interpretando, leyendo entre líneas.
Paseando por librerías le llamó la atención un afiche bastante elegante. Conferencia Magistral, decía. Mario Vargas Llosa y su Literatura. La emoción le puso la piel de gallina. ¡Mario en Lima! Era su oportunidad. Llamó a un amigo que conducía un programa sobre libros en la televisión y le pidió estar presente en la grabación. Pero era demasiado tarde: el afiche estaba pegado desde hacía una semana, y la locación para la entrevista estaba repleta. Sólo le quedaba el consuelo de verlo por tele y pedirle a su amigo pelucón que le hiciera firmar un libro a su nombre luego de grabar. Una parte de su espíritu quedó satisfecho. Tendría un ejemplar autografiado por el ídolo máximo, el Maradona de la Literatura, el Darth Vader de las letras, (“yo soy... tu padre...”) cierto, era EL hombre, EL escritor. Para qué más. Ya podría colocar aquel ejemplar en una urna de vidrio, pues para cristal no tenía, y verlo cada vez que quisiera y mostrarlo a todo el mundo. Cuando cayó la noche aún seguía de pie frente al afiche, con los ojos abiertos, y un par de efectivos policiales en las proximidades que dudaban de su estado mental.

Dos días después recibió la invitación: Estimado Rimatti, es muy grato para el comité organizador de este magno evento, hacerle extensiva la invitación a la Conferencia Magistral: “Mario Vargas Llosa y su Literatura” que se realizará... Detrás de la invitación, escrito con lapicero azul, decía: Feliz cumpleaños, con afecto, Iván. P.D.: tu libro ya está firmado. ¡Mi cumpleaños!, pensó, es justo el día de mi cumpleaños, qué mejor regalo. Aquella noche no durmió. Y tampoco la siguiente.

Al abrir los ojos toda la familia le cantaba en coro, rodeando su cama: “...porque es un gran escritoor, porque es un gran escritoor, porque es un gran escritoóóóór, y siempre compramos sus libros”. Claro que los tienen que comprar, les dijo, ¿cuándo han visto a una familia que no compre los libros que su hijo escribe? Yo también compré tu libro, dijo la abuela, dos veces, aunque ya sabes que me parecen un adefesio. ¡Feliz cumpleaños! Gritaron los demás, interrumpiendo a la vieja. Todos lo abrazaron. Incómodo por estar en calzoncillo bajo una delgada frazada antialérgica (la única que le permitió adquirir su sueldo de redactor), sonrió complaciente. Estaba feliz. Iba a ser, realmente, un día especial. Mientras salían todos de la pequeña habitación, su abuela observó la pared con curiosidad. Pósters de cuadros famosos, afiches de libros de los colegas, uno que otro poema escrito a lápiz –con el trazo que da la borrachera -, una calata tetona... la foto de un hombre sonriente. Ahí detuvo la mirada. Abrió los ojos en cámara lenta, y comenzó: ¿de cuándo acá tienes pegada en la pared la foto de un maricón? ¡¿Qué?! ¿Acaso no sabes que por su culpa tuvimos fujishock? Es el mejor escrit... Si al menos fuera Rod Hudson, ese sí era alguien, actor, famoso y guapo, Es que no has leído sus libros ¿Libros, escritor? Mamama, el es Mario... ¡Vagos es lo que son, ociosos improductivos como tú, que sueñan, sueñan, sueñan! Mamama, ¿Mamama? ¡Qué Mamama ni qué ocho cuartos, anda busca trabajo! ¡Siete de la mañana, apestando en la cama! Si tu abuelo estuviera vivo... Dios lo tenga en su santa gloria... si estuviera vivo... ¡Lo volvería a matar! Él sonrió. Poeta quería ser, que mira, que estas flores, que te escribí un poemita, que volverán las oscuras golondrinas, menos mal que se casó conmigo y no con otra, porque yo lo puse en orden, ¡A trabajar, carajo, que de amor no comieron sus seis hijos! Allí está tu madre, que te diga. No sé cómo le permites que tenga esta vida, hija. Su madre sonrió. Poetas, escritores, ¡una mujer es lo que te falta! Una mujer PERO DE ESAS, que te ponga en orden, que te obligue a trabajar, Mamama me voy a cambiar, tengo que tomar desayuno, seguro que se ha vuelto hippie, segurito, y tú –dijo señalando a su madre- deberías preocuparte por dónde está este muchacho, ojalá y no se vuelva comunista, porque el hijo de Regina era poeta también, ¡Y se le escapó a los treinta y cinco años! Se le escapó y se volvió comunista y lo mataron o lo desaparecieron, no sé... La vieja tomó un respiro y él bajó la cabeza, estaba cansado de oír la misma perorata cada vez que venía la abuela, siempre era lo mismo. Sintió ganas de llorar y los ojos se le humedecieron. Cuando levantó la mirada, su abuela observó sus ojos tristes, de decepción, de derrota, rojos... ¡Oye! Le gritó a su madre, ¡mira sus ojos rojos! Revísale los bolsillos, seguro que también fuma esa co-chi-na-da, porque estos adefesios se creen diferentes de nosotros –ahora lo miró- como te vea fumando cojo un palo y donde estés, ¡te rompo el hocico, carajo! Ya sabes. Vamos mamá, la tomó del brazo, mira que tu presión... La vieja salió maldiciendo a Dante, Goethe, Navokov, Kawabata, Salinger, Cortázar y un largo etcétera que se perdía en el aire mientras se la llevaban a la sala. Los había leído a todos.

Canto en el Infierno (2001)


2010, de Este a Oeste

Año 2,010 – New York. USA,17:48 pm.


Después de la luz que la cegó por varios minutos, ella acercó una silla y se sentó en medio de la sala. Estaba sola en la Estación. A través de las ventanas sin cristales, las cortinas de un color cenizo se agitaban ondulantes por el viento que ingresaba con indiferencia a los ambientes derruidos. Se frotó los ojos y lanzó un suspiro que se oyó como un gemido lastimero. Sabía que no había nadie más en el mundo: tenía la certeza de que todos los otros seres habían muerto. Vio a su alrededor y descubrió que todo el material de transmisión estaba en ruinas, su cámara fotográfica estaba destrozada, las paredes derruidas, todo. Sin quererlo, quedó atrapada en el silencio, sin tomar en cuenta el tiempo, el avance de las nubes, ni el descenso del sol en el horizonte.
De pronto, algo golpeó la puerta. ¿Quién es? – Preguntó con un repentino brillo en sus ojos cafés.
Se repitió entonces dos veces el temblor de la puerta, no como un golpe físico sino como un sonido retardado que golpea en ondas hasta desaparecer. Abrió la puerta y el sonido la golpeó en todo el cuerpo, penetrando sus poros y haciéndola estremecer.
Al principio no se extrañó y tuvo la sensación de que sus plegarias habían sido oídas; recordó entonces la última vez que había disparado su revólver hacia el horizonte del Este, viendo cómo las dos últimas balas del tambor se perdían en el infinito. Éstas habían dado la vuelta al mundo pues no hallaron a nadie en quien cobijar su mortal calor y, ahora, la puerta se habría para dar paso a su sonido de nacimiento como un parto estruendoso y seco. La mujer vio dos puntos milimétricos creciendo en el horizonte del Oeste, acercándose entre ruinas de edificios y cimientos de casas. Un silbido que se hacía más fuerte le hizo comprender que aquellos puntos de plomo se hallaban cada vez más cerca.
Con el rostro bañado por el sol del atardecer, abrió su blusa y sintió el calor ansiado, ya dentro de sus pechos blancos. Al caer al piso uno de sus brazos chocó contra el tocadiscos, subiendo al máximo el volumen del long play que escuchaba antes de que la luz apareciera.
Cuando sintió que el calor de su pecho le absorbía la vida, cerró los ojos y sonrió.

En el infinito, la voz de Bob Dylan se alzaba como una bandera arrastrada por el viento de la derrota; en la casa, la mujer sólo alcanzó a oír un fragmento de la canción: “...no hemos hecho / más que construir / para destruir...”
Y las cortinas continuaron ondulando al ritmo del viento...



Despertares Nocturnos (2000)


El Espejo


"Me verás volar por la ciudad de la furia,
donde nadie sabe de mí,
y yo soy parte de todos..."
(G. Ceratti)


Podía presenciar en sueños, aún entonces, visiones que no comprendía, que no lograba asimilar a pesar del paso de los años, pero que inevitablemente lo obligaban a seguirlas y a cumplir al pie de la letra con sus mensajes larvados. Tarde se percató de que tenía el don de ver a la Muerte. La vio pasar muchas veces, muchas. Sabía a quien acompañaba en la hora fatal, conocía a quienes iban a partir y la forma en que lo harían. Sus sueños eran entonces terribles asaltos a su carácter, su conciencia y su corazón que, poco a poco, se habían ido minando por el dolor de la desaparición de sus seres queridos primero y de los demás seres después. Y él nada. Él seguía inmune a la Muerte y eso lo entristecía y lo desesperaba. Le aterraba el dolor que sentía cada vez que alguien partía al otro lado del túnel y esa gente pasaba a formar parte de sus murrias y nostalgias. Sólo entonces, una tarde, se dio cuenta de que no eran sólo entelequias. Fue cuando vio a la Muerte acompañar a una mujer a la que confundió con su ya lejana y desaparecida madre. La siguió inquiridor y pronto estuvo tan cerca que quiso tocarla; la señora sonrió mientras leía un aviso pegado en una tienda, se dio vuelta y avanzó por la avenida. Él se sintió nuevamente motivado y alcanzó a estirar su mano para poder tocar a la Muerte. Los dedos de ambos se alcanzaron entre sí por las yemas y se miraron frente a frente por vez primera. Sorpresivamente volteó a mirar a la señora que ya se encontraba muy lejos de aquel lugar. Miró nuevamente a la Muerte, como queriendo escudriñar entre sus pupilas y, en un momento de gran confusión de emociones, le acertó un soberbio puñete en el rostro. Los cristales del gran espejo volaron en mil pedazos, igual que lo que quedaba de su corazón. Supo entonces que el dolor y la nostalgia lo abrumarían para siempre. Pues la Muerte, era él.