CUENTO INÉDITO: “Elogio de la sirvienta” de Gabriel Rimachi Sialer
Elogio de la
sirvienta
Gabriel Rimachi
Sialer
«Limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma.» Mario Vargas Llosa, “Elogio de la madrastra”.
En el momento en que escribo estas líneas, Alfonso tiene la misma edad que tenía Lucrecia -su madrastra- cuando le escribió la primera carta. Cómo olvidar aquella noche, su promesa de altas notas, de sacar el primer puesto en el colegio, su misteriosa alegría al saber que había alguien nuevo en aquella casa vieja y de que no existiera en él un resquicio de tristeza por la ausencia de doña Eloísa. Ni siquiera la mencionaba en la mesa o antes de dormirse, era como si no hubiera existido nunca, como si no hubiera nacido de ella. A don Rigoberto se le podía entender e incluso perdonar: Lucrecia era la sangre que a su cuerpo seco hacía falta. Sangre roja, furiosa y caliente. Doña Lucrecia vino a llenar de vida la partida de doña Eloísa. Ay, Alfonso, mi Fonchito ¿de qué parte había brotado tanta maldad en tu pequeño cuerpo? ¿Realmente no…
«Limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma.» Mario Vargas Llosa, “Elogio de la madrastra”.
En el momento en que escribo estas líneas, Alfonso tiene la misma edad que tenía Lucrecia -su madrastra- cuando le escribió la primera carta. Cómo olvidar aquella noche, su promesa de altas notas, de sacar el primer puesto en el colegio, su misteriosa alegría al saber que había alguien nuevo en aquella casa vieja y de que no existiera en él un resquicio de tristeza por la ausencia de doña Eloísa. Ni siquiera la mencionaba en la mesa o antes de dormirse, era como si no hubiera existido nunca, como si no hubiera nacido de ella. A don Rigoberto se le podía entender e incluso perdonar: Lucrecia era la sangre que a su cuerpo seco hacía falta. Sangre roja, furiosa y caliente. Doña Lucrecia vino a llenar de vida la partida de doña Eloísa. Ay, Alfonso, mi Fonchito ¿de qué parte había brotado tanta maldad en tu pequeño cuerpo? ¿Realmente no…






