Richard Swing es el Perú (incluye lomo saltado y pisco sour)


 4 funciones, 4.

Richard Swing se pasea con la prensa, los maneja, los aleja en nombre de la “distancia social” o no responde nada. Saca su tablet y anuncia “Voy a lanzar un nuevo audio”. Y da Play y no se escucha nada. El volumen es muy bajo. Los colegas se agitan, estiran la oreja y sus micros, piden silencio, entonces alguien grita ¡que lo transcriba! Y Swing, ese payaso de este hermoso país del lomo saltado, el pisco sour y Macchu Picchu, dice: “¡Un momentito que voy a tomar mi agua!”.

Se gira sobre sus talones, los periodistas hacen silencio, saca su botella de agua, bebe con parsimonia mientras escucha que un periodista susurra: “Directo en directo, el señor Richard Swing bebe de su botella de agua mientras esperamos que transcriba el audio que acaba de lanzar en exclusiva…”. Y entonces Swing gira sobre sus tacos, como si una luz del cielo se hubiera encendido en su escenario, mascarilla estirada en ese rostro que parece querer explotar y sentencia: “Silencio que voy a transcribir el audio que estoy lanzando”. Y se pone a escuchar y leer en voz alta lo que ahí se escucha. Esa es su transcripción. Un periodista le grita ¡No se escucha! Swing responde “¡Ay pero qué quieren si no tengo acá la tecnología para eso, entiendan que los he citado acá en mi hogar y no en otro lado porque la coyuntura nos urge por el bien del país!”.

La prensa se agita abajo y todos gritan a la vez -como les enseñaron en el curso universitario “Cómo gritar cuando gritan todos al mismo tiempo al entrevistado y no morir en el intento 1”- y no se entiende nada. Entonces Swing se indigna. “¡Un momentito! ¡Primero que nada me guardan la distancia social! ¡Segundo, yo los he convocado para anunciar los nuevos audios que tengo en mi poder y que voy a hacer públicos el día de hoy! ¡Si quieren más preguntas me escriben a mi whatsapp y les respondo!”. No falta quien le insista por el tema del ministerio de cultura y los 175 mil soles que se levantó en asesorías de coaching al personal del mincul, y Swing grita que se han juntado “la sentenciada y el pedófilo” para atacarlo porque él es una figura pública.

Le preguntan (a gritos) “¡Señor Richard Swing! ¡Señor Richard Swing! ¿Qué…?”. Pero Swing no lo deja terminar y lo fulmina con su mirada “Vacancia 2020”. “Yo me llamo Richard Cisneros, papito, Richard Cis-ne-ros. A Swing lo maté hace dos meses con dos estacas”. Sí, debe tener razón porque no hay otra forma -conocida- de darle muerte a los chupasangre.

Alguien le grita ¡oiiiiiga caballero! Y Swing se retira, enfundado en un abrigo negro, no sin antes gritar su número de Whatsapp para que la prensa (esa que encumbra a personajes como este, babeantes de necesidad de micrófonos) le envíe sus preguntas para que sean absueltas.

La seguridad de Swing (2 tipos macetones de impecable terno negro con corbatas rojas y audífono en la oreja), le hacen campo y Swing entra en su edificio de Miraflores, da 3, 4 pasos hacia el fondo, las voces se van silenciando, se convierten en un rumor de despedida. Entonces gira sobre su eje, como toda una estrella y regresa para reavivar los gritos con su nombre y los aplausos y los periodistas se agolpan nuevamente en la reja de ingreso y vuelven a gritarle cien preguntas pero Swing sonríe y se retira hecho un campeón, quizá creyendo que, en efecto, él es, en este momento, el presente del Perú. Que él es el Perú, con su lomo saltado, su pisco sour y Macchu Picchu. Y sonríe otra vez, satisfecho.

Lo peor de todo es que tiene razón. Toda la razón.


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