viernes, enero 29, 2010

URGENTE: Donaciones para los damnificados del Cuzco en Freak Army

Salvar el Cuzco es hoy tarea urgente de todos los peruanos

Cuzco vive una tragedia inédita desde hace 20 años: en tres días llovió el equivalente a un mes implacable. Calca, Pisac, Urubamba, Aguas Calientes, y otras 11 zonas están prácticamente inhabitables. La furia del desborde del río arruinó 9 mil hectáreas de cultivo y el agua se ha llevado a su paso casas, chacras, torres de alta tensión, autos y hasta una central hidroeléctrica. Los damnificados sobrepasan las 10 mil personas. El sector turismo se ha visto seriamente afectado tanto por la destrucción de las vía férreas del ferrocarril Cusco-MachuPicchu -las cuales se estima tomarán dos meses en ser reconstruidas- así como por los daños que las lluvias han causado en la infraestructura hotelera. El hotel San Agustín ubicado en Urubamba tendrá que ser demolido por serios daños en sus cimientos, solo por mencionar algunos datos. Pero ahora la cosa está empeorando. En Puno, las zonas de Yanaoco, Huancané, Melgar, Azángaro, Carabaya, San Antonio de Putina y Lampa es de tal magnitud, que las 6 mil hectáreas de cultivo que se encuentran bajo las aguas, han formado un gigantesco lago que, según los especialistas, se estaría uniendo al Lago Titicaca en los próximos días. Saquen ustedes sus conclusiones.
Los turistas ya fueron evacuados en su mayoría con ayuda de helicópteros de la fuerza aérea, pero es indignante que en medio de la desgracia surjan inescrupulosos que lucran con la desgracia ajena, como buitres por unas monedas. El reportaje en video de más abajo es de hace 3 días. Las lluvias podrán detenerse, pero la desgracia continúa y continuará porque estas zonas del Cuzco tendrán que reconstruirse literalmente desde los cimientos.
Por esto es que se recurre a un llamado a todos los peruanos para que envíen su ayuda consistente en alimentos no perecibles (tenemos amigos socorristas que informan vía facebook de las urgencias inmediatas) para poder ayudar a las miles de personas que se han quedado literalmente con la ropa puesta, durmiendo en carpas a 2 grados de temperatura. Los que más sufren como siempre, son los niños. Se han abierto varios puntos para recoger sus donaciones (platos, cubiertos de plástico, cocinas portátiles, alimentos enlatados y demás no perecibles) uno de ellos, aquí en Lima, es la tienda Freak Army, ubicada en Berlín 325 – Miraflores, el horario es de 9 de la mañana a 9 de la noche desde hoy Viernes, 29 de enero al 10 de febrero . Recuerden que nadie, en estos tiempos de cambios climáticos (recuerden Haití y los últimos sismos de estas dos semanas en toda la región sudamericana incluyendo el Perú hace poco nomás) está libre de una desgracia tan grande.

J.D. Salinger, el escritor entre el centeno

A pesar de que su primera publicación, el cuento Un buen día para el pez banana (1948) lo catapultara a la fama literaria por el inolvidable personaje suicida Seymour Glass, no es sino con El guardián entre el centeno (1951) que J.D. Salinger se convertiría en un referente imprescindible de la nueva narrativa contemporánea norteamericana. Y no es gratuito el aire de malditismo que se creó en torno a esta novela, la persiguen varias leyendas: Mark Chapman, el asesino de John Lennon, declaró a la policía que su defensa se hallaba en las páginas de ese libro, firmado por él mismo durante un arresto sin resistencia. A inicios de la década del 90, un niño acusado de asesinar a sus padres repetía ante el juez que veía el caso un pasaje completo de esta historia. Una antigua leyenda urbana llegó a decir que se rastreaba la pista de aquellos que compraban la novela como prevención de potenciales asesinos. Pero toda esta historia se cuenta mejor en la película Seis Grados de Separación, en la que el personaje que interpreta Will Smith está haciendo una tesis sobre la novela. A pesar de ello, El guardián entre el centeno se ha convertido en un libro de texto en las escuelas de Estados Unidos, y pese a no ser precisamente una novela juvenil, comparte el mismo espectro de lectoría que El señor de las moscas (la violenta novela de Golding donde unos niños se deshumanizan al tener que subsistir en una isla luego de un accidente aéreo) o El señor de los anillos, de J.R. Tolkien. Tres años más tarde, en 1954, publicaría 9 cuentos, colección de relatos donde destacan Un buen día para el pez banana y Para Esmé, con amor y sordidez.


Con la aparición de El guardián… Salinger empieza una vida ermitaña que ayudó a consolidar su imagen de escritor excéntrico para algunos, loco para otros. Alrededor de su casa en un pueblo lejano llamado Cornish, Salinger hizo levantar una palizada para que nadie invadiera su privacidad. No brindaba entrevistas a ningún medio, peleaba para siempre con los amigos que declararan sobre él, rompió lazos con su hija cuando esta publicó una biografía no autorizada donde describía el carácter maniático de su padre, no se dejaba fotografiar, sus contratos editoriales especificaban que ninguna imagen debería ir en la portada, ninguna foto del autor, ninguna reseña o biografía. La novela hablaría por sí misma, caso contrario, una demanda haría que se destruyera el total de las impresiones realizadas. La última imagen que se le tomó fue toda una hazaña para el fotógrafo que la hizo, pues tuvo que esperar durante semanas a que el escritor saliera de su casa a realizar compras en un supermercado: la imagen, que dio la vuelta al mundo, muestra a un iracundo Salinger intentado golpear al avezado gráfico.

Pero Salinger no siempre fue un hombre tan huraño. En 1944, cuando contaba con tan solo 25 años, conoció a Hemingway cuando este, adelantándose al General Leclerc en la liberación de París, tomó el Hotel Ritz y sus bodegas de vino. Durante la celebración, Salinger le confesó a Hemingway que quería ser escritor, y el autor de Por quien doblan las campanas le pidió que le mostrara sus cuentos. Dos años después, Salinger le enviaría una carta desde Nuremberg, en la Alemania ocupada, contándole que se había hecho internar en un hospital buscando encontrar a una enfermera que se pareciera a la protagonista de Adiós a las armas. Desde entonces, la influencia de Hemingway en la narrativa de Salinger sería dominante.

Tal como menciona acertadamente Niño de Guzmán en "Relámpagos sobre el agua", El guardían entre el centeno es “una emotiva novela sobre la pérdida de la inocencia, un vigoroso alegato contra los condicionamientos de la vida moderna y el imperio de la artificialidad. Lo que el muchacho de 16 años se pregunta constantemente es si es posible conservar la integridad de la infancia en un mundo adulto contaminado por la falsedad y la corrupción”. Recordemos algunos pasajes al respecto: Página 2: Mi hermano está en Hollywood prostituyéndose. Página 3: ¡Qué patán tan pretencioso era su padre! Página 9: La gente nunca se da cuenta de nada. Luego, en la página 23 ¿recuerdan a Holden Caulfield, el arquetipo de joven sensible, con su gorra roja de cazador? ¿una gorra para la caza del ciervo? Qué te has creído. Me la quité y la miré con un ojo cerrado, como si estuviera afinando la puntería. Es una gorra para cazar gente. Yo me la pongo para matar gente. Y en la página 99: Preferiría tirar a un tipo por la ventana, o cortarle la cabeza a hachazos, que pegarle un puñetazo en la mandíbula. Me revientan las peleas a puñetazos, lo que más me asusta es ver la cara del otro tipo.

Con todo, la novela de Salinger marcó a toda una generación, y sus desquiciados lectores marcaron a otras. Con su escritura suelta, pero calculada a la vez milimétricamente, Holden Caulfield parecía decirle a los jóvenes lo que esperaban escuchar. "Sé que muchos de mis amigos se van a entristecer o escandalizar con ciertos capítulos. Algunos de mis mejores amigos son chicos. Es más, todos mis mejores amigos son chicos. Y me resulta intolerable que este libro sea puesto en un estante, lejos de su alcance", dijo Salinger.

Mark Chapman, el asesino de Johnn Lennon

J.D. Salinger ha muerto, a los 91 años, el 27 de enero de 2010, y con él se va una leyenda. Ahora sus lectores esperan a que todos los escritos que guardó tan celosamente durante más de medio siglo salgan a la luz. Pero algo es cierto, en el voluminoso libro de Herman Hesse titulado Escritos sobre literatura, figura una reseña a El guardián entre el centeno, de 1953: "Ya se lea esta novela como historia individual de un muchacho difícil, ya se lea como símbolo de toda una nación y un pueblo, el autor nos conduce por el hermoso camino de la extrañeza a la comprensión, del rechazo al amor. En un mundo y en un tiempo problemáticos, la literatura no puede alcanzar nada más elevado". No es mal momento entonces para recordar también las certeras palabras de Norman Mailer, acaso proféticas: “El guardián entre el centeno puede cambiar la vida de la gente”. Amén.

sábado, enero 23, 2010

Seek & Destroy (pequeña crónica de un reventón anunciado)



Cuando las 50 mil almas que ocupábamos el estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos escuchamos los primeros acordes del estupendo The Ecstasy of Golf, supimos que no era un sueño: la legendaria megabanda Metallica estaba en Lima. Estaba tocando en San Marcos. Estaba tocando para nosotros.
Empezó Creeping Death y los edificios del complejo habitacional Mirones temblaban con cada salto de los asistentes. Le tocó el turno a Fuel: el fuego incendió la noche y empezó el mejor pogo de la noche. Cuando estaba en el colegio (hace poco más de 20 años) escuchar a Metallica estaba prohibido, eran satánicos, sus acordes y riff nos llevarían directo a la quinta paila del infierno. Yo dibujaba esqueletos desesperados dentro de una licuadora en mi cuaderno de matemáticas. Los curas ya no sabían cómo meternos en el cerebro que estábamos pactando con Satán cada vez que íbamos a polvos azules a comprar cassettes de metal. Harvesters of Sorrow provocó el inicio de miles de luces de celulares que se movían al ritmo de la canción. Cuatro canciones más y ya en el delirio de la ronquera soltaron One. Los fuegos artificiales fueron el marco ideal para iluminar a 50 mil rockeros, todos de pie, saltando, aplaudiendo, cantando, gritando, pogueando, reventándose la garganta de alegría. A mi lado mi editor maldecía no poder tomarse una cerveza por los antibióticos, pero igual saltaba que daba miedo: Master of puppets fue la locura. De un lado a otro la horda de gente que coreaba la canción se dejaba llevar con cada salto, un mar de manos se elevaban al cielo con la señal de los cuernos, cien mil brazos que se agitaban rasguñando una noche inolvidable. A un lado los bomberos rociaban con agua a los sofocados por el cansancio de la batalla metal, algunas chicas iban directo a la enfermería (en camilla, se entiende). Enter Sandman fue el deshueve, faltaba el aire pero la tierra se cuarteaba con cada grito de James Hetfield. Los que estuvieron acampando durante dos días en la puerta del estadio para conseguir la mejor ubicación sonreían satisfechos. Los polos completamente mojados eran prueba de que la noche estaba siendo complaciente con todos. Antes de despedirse sonó Blackened y una chica de negro soltó unas lágrimas de la emoción. No sé exactamente cuándo empezó mi gusto por el metal, en qué momento de los ochentas, en qué año, con qué detonante. Sólo recuerdo con un cariño infinito que al regresar al escenario, Metallica soltó Seek and Destroy y yo recordé que una tarde hace más de 20 años, saliendo del colegio, encendiendo el walkman y subiendo todo el volumen, caminé hacia mi casa pensando en que la quinta paila del infierno jamás podría ser tan aburrida. Este fue, definitivamente, uno de los mejores conciertos de mi vida.



Fotos: El Comercio, RPP, Andina, Metontour.com

jueves, enero 21, 2010

Un adelanto de la crónica de mañana.

Como aún estoy (al igual que 50 mil personas más) con los estragos musculares por el conciertazo de Metallica, los dejo con un video editado por la gente de Conciertos Perú. Simplemente: espectacular. Mañana posteo la crónica completa.

El país del cholovivo...

¿En qué momento se jodió el Perú? Hace décadas que buscamos la respuesta y siempre terminamos echándole la culpa a quienes nos han gobernado. Y por más que querramos deslindar nuestra responsabilidad por la crisis social que asfixia al Perú, compartimos demasiados habitos que nos hacen muy parecidos a quienes culpamos y criticamos. Es esa "viveza" que alimentamos todos, días tras día, la que no nos deja salir del subdesarrollo. ¿Qué tan vivo eres tú?



Sólo faltó mencionar a los que, sin haber leído un libro, lo critican visceralmente.

lunes, enero 18, 2010

Empezando el 2010: breve balance mental (breve nomás, para empezar bien)



"Empezamos el nuevo año con nuevas ideas y nuevos proyectos". FALSO. Empezamos el año nuevo con el dolor de cabeza que produce la resaca y la violencia de los tiempos que se avecinan. Pero empezamos con la fuerza que nace de las decepciones de todo tipo, empezamos con el empuje que producen las ganas de salir de donde uno se encuentre para sentirse y saberse mejor. Así, por lo menos, empiezo yo. Por lo pronto el asesinato con tres balazos en el rostro al director del Penal Castro Castro en la puerta de su casa, ha puesto sobre el tapete lo que ya todo el mundo sabe pero nadie soluciona: vivimos en medio de la corrupción moral (la peor de las corrupciones). Jaime Bayli quiere ser presidente y lo dice con el desparpajo de quien sabe que los fans de su programa de entrevistas en la tv y de sus libros votarán por él (todo un Machiavello) y esto no es más que un síntoma de la decadencia mental de tannnnnto ocioso que no tiene nada que hacer con su tiempo ni por su país. Empieza la carrera electoral por el mejor sueldo del Perú, es decir, el sillón presidencial y los puestos del congreso de la República, felizmente habrá show y eso alegra el alma (¿recuerdan que en las elecciones anteriores hubo un candidato que, disfrazado de Winnie the Pooh, recolectaba firmas para inscribirse, y que incluso a comienzos del 2000 hubo un grupo que tenía como símbolo el escudo de Batman?). Aparece el cadáver del policía asesinado en Bagua, con claras señales de un ensañamiento brutal y acá la gente se rasga las vestiduras defendiendo lo indefendible, aparece una relación de más de 800 indígenas desaparecidos durante esa matanza (¿será un bluff? quién sabe, yo pongo ahora todo en duda), y acá se inauguran Museos de la Memoria (¿para recordar qué? ¿los recientes muertos por emboscadas en el VRAE? El general le dijo a Alan: dame el permiso y dos aviones caza y les meto napalm a todos esos hijos de puta. Y saltaron los derechos humanos, tan absurdos como siempre, porque hasta los que venden drogas son humanos, qué civilizados somos...) y de pronto, cuando ya teníamos las fiestas encima y las delirantes prohibiciones de cuetecillos y cuetones y mamarratas y rascapiés, suceden 36 incendios más que en anteriores ocasiones y, paradójicamente, Lima explota su cielo en un festival de fuegos artificiales como no se veía en 40 años: impresionante. No cesan los accidentes de tránsito a pesar de la fuerte campaña del gobierno por concientizar a la gente (golpe enseña, algunos sólo aprenden así). Y, ya con el trauma encima luego de ver 2012 en el cine un par de veces, sucede el terremoto de Haití, no solo para demostrarnos que somos humanos, que la naturaleza esto y lo otro y bla bla bla, cosas que son plantillas verbales cada vez que sucede algo así, sino que ocurre algo que nunca se ha visto en vivo y en directo (pero se sabía de oídas, recuerden: es mejor que le suceda a otro ¿no? uno puede mirar a otro lado y no pasa nada, así hemos crecido pues hijo, tú hazte el huevón nomás, pasa piola) y vemos como la pobreza de una sociedad absolutamente corrompida (95% de prostitución a todo nivel en todas las edades) sucumbe, cual Sodoma y Gomorra, a uno de los terremotos más terribles de la historia, no solo porque hasta ahora van muriendo más de 100 mil personas, sino porque ha hecho que todo un país desaparezca. Eso es lo importante un terremoto que destruye, literalmente, un Estado. Señal de los tiempos, dice la plantilla verbal. Despertar de una resaca, dicen otros. Yo por lo pronto, posteo una entrevista que he tomado prestada del blog amigo "déjame tu opinión", pues me parece que, al menos para mí, viene a pelo: empecemos el año entonces con un grande entre todos aquellos desesperanzados: Charles Bukowski. Nos vemos pronto, que este blog ha empezado el año con nuevas ideas y con nuevos proyectos.


La entrevista a Charles Bukowski que se reproduce a continuación, fue realizada por el novelista chileno Poli Délano durante un encuentro que mantuvo con el escritor de los suburbios de Los Ángeles. La misma fue publicada por la revista Crisis (Número 50) en Enero de 1987. La descomposición social, manifestada por el cuentista y poeta a través de un estilo marcadamente despojado y anticonvencional, es quizás el rasgo distintivo de su poética de la perversión. La posibilidad de recuperar la entrevista en la que queda expuesta la personalidad de Bukowski – escéptico hasta el hueso, se leerá en el copete escrito en su publicación original -, permite que el siguiente material sea acompañado por tres poemas seleccionados, como no podría ser de otro modo, arbitrariamente.

“Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad”.

Así se autodefine Charles Bukowski, el escritor de los bajos fondos de Los Ángeles, norteamericano nacido en Alemania en 1920, uno de los mejores cuentistas de cualquier época y de los más fecundos autores contemporáneos, comparado a veces con Hemingway por el rigor de su estilo y su narración directa y desalambicada (ese estilo “casual” con que a ratos parece inclusive superar al maestro), y con Celine y Henry Miller por sus preferencias temáticas.

Rudo, cochino, tierno, despiadado, humano, denunciante, sexual, violento, no figura sin embargo entre los best-sellers de la narrativa de hoy, y es explicable: su literatura duele, nada tiene de complaciente, le dice a mucha gente cosas duras que ésta no quiere oír, prefiere olvidar o prodigarles una olímpica verónica. Sus personajes son reventados física y moralmente: prostitutas baratas en tiempo de descuento, borrachos sin remedio, jugadores delirantes y de suerte pésima, violadores de niñitas inocentes, delincuentes despiadados, tipos todos que sirven para trazar un gran fresco de la descomposición moral de un mundo donde los valores andan volando bajo, por las alcantarillas. “La suya es la voz de los sin trabajo, mujer ni domicilio- sugiere Juan Carlos Kreimer-, de los que se pagan un cuarto por varias noches en una pensión de décima y lo usan para dormir de día las resacas que se agarran de noche”. Por su parte, Carlos Olivares, cuentista chileno de los sesenta y bukowskiano fanático, dice que se trata de un “escritos- droga: si se lee una vez se adquiere el vicio de perseguir sus libros”. Sin embargo, soy más bien de la opinión de que se trata de un escritor que genera reacciones extremas: o gusta a morir, o produce verdaderas náuseas. Hace algún tiempo, antes de conocer a Bukowski personalmente, cuando acababa de descubrirlo y lo incursionaba por primera vez, se me ocurrió empezar a leerle en voz alta uno de los cuentos de La maquina de follar a una escritora que me visitaba en Cuernavaca en México, donde viví algunos años. Antes de dos páginas, mi amiga se levantó, me dijo con cierta indignación que no siguiera y se dirigió al baño, a vomitar. Así es. Sus editores lo presentan como alguien que abandonó durante diez años la literatura para dedicarse exclusivamente a beber. También sostienen que Celine o Miller son dulces monaguillos comparados con Bukowski.
Llegué a casa de los Bukowski en San Pedro (el puerto de Los Angeles) con el poeta David Valjalo, amigo común que había concertado la cita. Eran cerca de las nueve de la noche y nos abrió la linda Linda Lee, su compañera, siglos más jóvenes, risueña, jovial y aficionada a las comidas naturistas. Le entregué las botellas de vino que llevaba y al entrar en el living de la casa, entraba también, desde otro lado, Bukowski, delgado, greñudo, con la camisa afuera, cordial, con algunas copas ya en su haber. Venía de su cuarto de trabajo, una especie de antioasis; dentro de una casa bien tenida, perfectamente clase media, limpia y ordenada, un cuarto donde el escritor reproduce su hábitat de toda la vida: el desorden, puchos apagados y tarros de cerveza vacíos por todo el suelo. “Necesito trabajar en un ambiente así”, asegura Bukowski. “Me estimula”. Pronto nos pusimos manos a la obra con el vino, y la conversación se fue por muchas rutas, perdió a ratos su norte, quedaron cabos sueltos, ideas inconclusas, pero de algún modo las preguntas y las respuestas están ahí. Después de todo, fueron las tres botellas que yo llevé y tres más, y la noche se prolongó hasta la madrugada. En un momento pregunté si a un cuento “Los asesinos” lo había titulado así por un cuento homónimo de Hemingway. Dijo que sí, que por supuesto, aunque consideraba que el suyo era superior al del viejo Ernest. No lo dijo con pedantería, sino más bien con una sonrisa, como si él mismo no creyera lo que estaba diciendo. Y es posible, mirando bien las cosas, que tenga razón: que su texto sea más doloroso, más intenso y hasta más perfecto que aquel magistral relato de los gangsters que van en busca de un boxeador sueco al que tienen que mandar a mejor mundo. Pensando en los autores a quienes alude para bien o para mal en varios cuentos – “G.B. Shaw no me produce más que bostezos… el Hemingway joven era bueno… Gingsberg a veces” – le pregunto por sus lecturas del momento, que autores le gustan, de cuáles abomina. La verdad – contesta- es que hace treinta años que no leo nada.

La respuesta es sorprendente, aunque no inverosímil, si pensamos que Bukowski escribe como un desaforado y bebe todos los días hasta que el alcohol ocupe el escenario central de la cabeza. Cuando deja la pluma, no hay lugar ya para la lectura. Sin embargo, podría tratarse también de una respuesta un tanto publicitaria, porque la verdad es que en cuentos y novelas menciona a escritores y tiene ideas muy definidas acerca de ellos: “Dejando a un lado a Dreiser, Thomas Wolfe es el peor escritor norteamericano, Burroughs es terriblemente aburrido, Faulkner una nulidad. Saroyan sería bueno si no fuera tan optimista.”

-¿Por qué siendo tan bueno – le pregunto sin ironía- tus libros no salen de las editoriales marginales como Black Sparrow o City Lights?

-No me gustan las ediciones millonarias. Pueden dar mucho dinero y uno corre el riesgo de volverse rico. Detesto a los ricos. Y me mantengo leal a Black Sparrow. Cuando yo andaba muerto de hambre, ellos me pagaron cien dólares por una serie de relatos y además los publicaron.

En la conversación, Bukowski va respondiendo preguntas, expresando ideas, manifestando su visión del mundo y de las cosas más íntimas y cotidianas. Lo que dice lo hemos leído y releído en sus cuentos y novelas, antes o después de esta noche cordial; es decir, hay una comunión estrecha y dinámica entre lo que este autor escribe y lo que la vida le va deparando en cada esquina.

-Te han acusado de machista – le digo.

La respuesta que me da podría ser la misma que da el “gran poeta” de su cuento a su joven entrevistador, cuando le pregunta qué piensa sobre la liberación femenina: “en cuanto ellas se dispongan a lavar el auto, a empujar el arado, a perseguir a los dos tipos que acaban de asaltar la tienda de licores o a limpiar alcantarillas, en cuanto a ellas se dispongan a que les vuelen las tetas de un balazo en el ejército, yo estaré listo para quedarme en casa y lavar los platos y aburrirme recogiendo hilachas de la alfombra”.

En su novela Mujeres (tema en el que ha investigado mucho, según me pone en la dedicatoria), el protagonista, Henry Chinaski (autobiográfico, apodado Hank y personaje de otros cuentos y novelas del autor) está sentado, solo, bebiendo en un bar. Llega una dama que se presenta como profesora de literatura, acompañada de una de sus alumnas. Le piden al escritor que le responda algunas preguntas para la clase. La primera de ellas indaga sobre quién es su escritor favorito. Chinaski menciona a John Fante (el propio Bukowski me dijo que Fante era su mayor influencia), autor de Pregúntale al polvo. ¿La razón? “Emoción total. Un hombre muy valiente”. ¿Quién le sigue a Fante? Insiste la profesora. Celine, dice Chinaski. ¿Razones? “Lew sacaron las entrañas y pudo reír y los hizo reír a ellos además. Un hombre muy valiente”. ¿Cree Ud. en la valentía? “Me gusta verla en cualquier parte”, dice el escritor, “en los animales, en las aves, en los reptiles, en los humanos. ¿Razones? “Me hace sentir bien. Es asunto de estilo frente a ninguna oportunidad”. La frase desde luego recuerda el concepto hemingwayano de “gracia bajo la presión” que acaso ha sido mejor traducido como “elegancia en el sufrimiento”. La siguiente pregunta de la maestra cae por su propio peso. ¿Hemingway? “No”, dice Chinaski a secas ¿Razones? “Muy torvo, demasiado serio. Buen escritor, frases magníficas. Pero la vida para él siempre fue una guerra total. Nunca se soltaba, no bailaba nunca.” La maestra y su alumna guardaron sus cuadernos y se esfumaron. Chinaski se lamenta de no haber alcanzado a decirles que sus verdaderas influencias eran Gable, Cagney, Bogart y Errol Flynn. En otro momento de la misma novela, Henry Chinaski se halla en casa de Sara (que por algunos rasgos y situaciones parece corresponder a Linda Lee) cuando llega un joven de barba negra y pelo largo que se presenta como poeta y le pregunta cómo logra un autor publicar sus obras. Se produce el siguiente diálogo, de absoluta elocuencia:

-Se le entrega a los editores.
-Pero yo soy desconocido.
-Todos empezamos desconocidos.
-Doy tres lecturas por semana. Y como soy actor, leo muy bien. Me imagino que si leyera más mis propias cosas, alguien podría querer publicarlas.
-No es imposible.
-El problema es que cuando leo no aparece nadie.
-No sé que decirle.
-Voy a editar mi propio libro,
-Así lo hizo Whitman.
-¿Quiere leer algunos de mis poemas?
-Por ningún motivo.
-¿Por qué no?
-Sólo quiero beber.

Sin comentarios. Mujeres es una novela deliciosa en la que el protagonista narra su vida erótica a partir de los cincuenta años, con un realismo bastante crudo que a ratos podría confundirse con la pornografía. Ágil, divertido, despiadado, va entregando paso a paso una verdadera galería de personajes femeninos que atentan un poco violentamente contra los postulados feministas. “Me acusan mucho por mis personajes favoritos”, me dijo Bukowski aquella noche. “Si pinto a una mujer que es basura, las feministas se me echan encima, mientras que si pinto un hombre que es basura, no me dicen nada”. Injusticia sexual, si se quiere.

Si abrimos cualquiera de las ediciones recientes en Bukowski y leemos las listas de sus obras, no podemos dejar de lanzar una exclamación de sorpresa:¡alrededor de cuarenta títulos! Y eso que empezó a publicar después de los cincuenta años. Cientos de cuentos (reunidos en español bajo los títulos de La máquina de follar, Se busca una mujer, Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones y Escritos de un viejo indecente, varias novelas (Factótum, Cartero, Mujeres y La senda del perdedor), y un sin fin de poemas que han recorrido buena parte de las universidades norteamericanas en los recitales que Bukowski suele dar por el pago de quinientos dólares. Que sepamos, sólo un volumen de su poesía ha aparecido en traducción al español, Soy de la orilla de un vaso que corta, soy sangre, publicado en México. Sus poemas se parecen a sus cuentos; son de clara tendencia narrativa. Comentándolos, el escritor uruguayo Saúl Ibargoyen señaló: “Al igual que en sus relatos, Bukowski atrapa seres marginados, distorsionados, alienados, confusos, declinantes. Quizá por extraña solidaridad o por una ternura inconfesable; o simplemente porque su desgarrada historia de penuria, desempleo, ánimos de escritor tardío, de alcohólico destructivo y de mujeriego fatalista, lo puso en el único rumbo que podía elegir. Aún así, esta poética contiene una fuerza dramática, una intensidad vital y un propósito inclaudicable que obligan a estudiarla con detención y desprejuicio. Tal vez los poetas “puros” que tanto abundan todavía por estos mundos de mero papel, queden horrorizados. Bukowski, sencillamente, se reirá de todos. Nosotros también”.

Maestro indiscutible del cuento, Bukowski ha dado también un campanazo fuerte en la novela, con uno de sus libros más recientes, La senda del perdedor, que muestra una diferencia básica con casi todo el resto de su obra narrativa: se aleja del obsesivo tema sexual que lo persigue para centrarse autobiográficamente en la vida de un niño Chinaski-Bukowski – hijo de un padre brutal, mediocre y violento que lo azota con una correa de cuero- que avanza a través de una adolescencia dura y desolada de la época de la Depresión hasta los primeros años de la juventud. La mirada del autor es oblicuamente compasiva y le otorga una alta dosis de humanidad al personaje, verdadero sobreviviente que vive y se desvive aplicando el ya citado lema hemingwayano de “elegancia en el sufrimiento”. La misma mirada compasiva que enfoca a toda la corte de seres marginales que pueblan su obra y que se pasan la vida jugando a perdedor. Conociendo la infancia y la adolescencia de Henri Chinaski, entendemos mejor las raíces de la violencia bukowskiana que tanto ha incomodado a los sectores más burgueses y puritanos del público lector, que se niegan a ver más allá de sus narices y escudriñar un poco en la basura. Dice Stephen Kessler que Bukowski escribe con un sentido de la verdad típico de quién no tiene nada que perder, y que “el ataque moralista- filosófico de Henry Miller contra las convenciones sociales y literarias, parece trascendentalmente ingenuo frente a la mirada que desde más abajo del bien y el mal ejerce Bukowski”. Sin embargo, apuntamos para terminar, que entre la angustia, el escepticismo que sobrepasa lo cínico, la amargura de residir en un mundo que al parecer no tuviera soluciones, Bukowski es capaz de sacar la sonrisa, cierta dosis de generosidad humana que hace que, después de todo, no se pierdan las esperanzas.