jueves, julio 12, 2012

Un cuento clásico de Akutagawa

Rashomon

Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa1 o nobles con el momiebosh2, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.
En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.
Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.
Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.
Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.
Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.
La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.
"Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..."
Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".
Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.
Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.
El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.
Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?
Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.
Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.
Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.
El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.
Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.
Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.
A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.
Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.
Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.
-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.
La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:
-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.
Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:
-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.
La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:
-Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas...
Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:
-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.
Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.
-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.
De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:
-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.
Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.
Abajo, sólo la noche negra y muda.
Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.
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1. Sombrero antiguo para dama, de paja o tela laqueada, según la clase social. Designa a la dama que emplea dicho sombrero.
2. Antiguo gorro empleado por los nobles y samurais. Designa a los nobles o samurais que llevan dicho gorro.

miércoles, junio 20, 2012

Capa, hijo de Caissa



Por: Guillermo Cabrera Infante

«¿A dónde vas tan de prisa?»
«Al café de Flore, Echan una partida Céline y Henry Miller»
«¡Bah! Escritores menores»
«Pero es que juegan contra Capablanca»
«¿A qué esperamos?»



La primera vez que vi a Capablanca fue la última.
Mi madre me llevó a verlo. Mi madre, tengo que decirlo, no tenía idea de lo que era el ajedrez pero sí sabía quién era Capablanca. Una tarde casi a primera noche nos arrastró a mi hermano y a mí a ver a Capablanca. Salimos después de comer y llegamos a nuestro destino, el Capitolio Nacional, cuando casi era de noche. El enorme edificio blanco estaba iluminado para una fiesta, a la que íbamos. Subimos la alta, ancha escalinata de granito hasta el salón de los Pasos Perdidos (buen nombre, lástima. que fuera prestado) y allí en medio estaba Capablanca en su posición de eminente jugador de ajedrez que ha sufrido un jaque mate. Cuando nos acercamos, con reverencia, pude ver todo lo que se podía ver de Capablanca: sólo su rostro. Estaba terriblemente pálido, gris más bien y en la nariz y en los oídos tenía torpes tapones de algodón. Capablanca se veía inmóvil y sin edad: estaba muerto, era evidente, aunque era un inmortal.
El catafalco, palabra nueva, quedaba justo encima del diamante en el centro del enorme salón donde se perdían nuestros pasos. En medio del medio, central, estaba el diamante, protegido por un grueso cristal que aseguraba su posesión y al mismo tiempo aumentaba su tamaño y su valor. El diamante aparecía como muchas mujeres, a la vez atractivo e inaccesible. Era, lo han adivinado, una versión cubana del colosal Kohinoor que Raffles, sus manos de seda nunca sobre la piedra trunca, soñó con robar. El diamante, además, no sólo era una piedra preciosa sino un mojón miliar: marcaba el kilómetro cero de la carretera central, por orden del general Gerardo Machado, tirano de turno. Ahora, joya sobre joya, el ataúd en que descansaba Capablanca, su estuche, se posaba, pesado, con su carga preciosa sobre el duro diamante popular y la acumulación de riquezas era casi insoportable para un niño que trataba de comprender qué significaba tanta veneración. Mi madre, una loca por la cultura, dijo definitiva: «Es una gloria de Cuba». No dijo fue sino es. Capablanca es.
La vida de Capablanca comienza donde empieza el ajedrez.
Su juego es su vida.
Jugadores de ajedrez, ¡apártense!
José Raúl Capablanca y Graupera nació en La Habana el 18 de noviembre de 1888, hijo de un militar español y de una dama catalana. Acaban de cumplirse pues cien años de su nacimiento. Como dijo el gran Golombek: «Todo en Capablanca fue legendario, excepto que por supuesto se sabe que nació». Según cuenta la leyenda, a los cuatro años Capa (su apodo favorito) se burló de su padre que jugaba al ajedrez porque hizo uso ilegal de un caballo. No se refería Capita a un «animal solípedo que se domestica con facilidad y es útil al hombre» (y a veces a la mujer también, aunque el Real Diccionario de la Real Academia no lo especifica), sino a la pieza de ajedrez que se llama caballero (knight) en inglés y saltarín (Springer) en alemán. Nunca nadie dio lecciones de ajedrez al precoz jugador.
La versión de Capablanca: «No tenía cinco años todavía cuando, por accidente, entré a la oficina de mi padre y lo encontré jugando con otra persona. No había visto nunca un juego de ajedrez: las piezas me interesaron y al día siguiente volví a verlos jugar. Al tercer día, mientras miraba, mi padre, muy pobre en las aperturas, movió un caballo de un escaque blanco a otro del mismo color. Aparentemente su oponente, que no era mejor, no se dio cuenta. Mi padre ganó y yo le dije que era un tramposo y me reí de él. Después de un regaño casi me sacó de la habitación, 'pero le pude mostrar lo que había hecho. Mi padre me preguntó qué sabía yo de ajedrez. Le contesté que lo suficiente para derrotado: me dijo que era imposible, considerando que ni siquiera sabía colocar las piezas. Probamos con las conclusiones y yo gané. Así empecé».
Capablanca, padre, entre otros, se quedó mudo de asombro y luego clamoroso de entusiasmo. Pepito, así lo llamaba su madre, derrotó a su padre, primero, a los amigos de su padre después y, aunque se le prohibió que jugara en público, a los once años derrotó al futuro campeón de Cuba, Juan Corzo, que en un curso es recurso aparece en todas las historias de ajedrez sin haber ganado sino perdido. «Capa bate a Corzo» es, en efecto, una de las partidas más memorables completadas por un niño prodigio y los dos, como Napoleón y Wellington, hicieron historia al ganar y al ser derrotados.

Capa blanca fue un sobreviviente desde niño: otro hermano murió muy joven. La trama que quiere que el ajedrez tenga una motivación edípica (advenedizo mata al rey) queda aquí coja. Fue el hermano mayor muerto el que debió retar al padre. Capablanca deviene un Edipolipo.
La teoría freudiana que explica el ajedrez en términos del complejo de Edipo (que no es, Edipo Rey, más que una obra de teatro griega con poco público) siempre me ha parecido freudulenta. Sin embargo es cierto que Capablanca aprendió solo a jugar ajedrez sólo para vencer a su padre -y lo ha conseguido. El verdadero Capablanca, el viejo, ha sido obliterado hasta el olvido. Cuando se dice Capablanca todos pensamos en el jugador al que se conocía como la «máquina de jugar ajedrez».
Cuatro meses después de derrotar a Corzo, que era ahora campeón nacional, Capablanca participa en el primer campeonato cubano y queda en cuarto lugar. Corzo alienta a Capa para que se haga jugador profesional, pero papá dice que no. Corzo sin embargo vive lo suficiente para ver a Capablanca coronado campeón internacional del juego de los reyes y los peones, y muere sólo cuatro años antes que Capa. Un industrial cubano (ya en Cuba republicana) se ofrece a costear la educación del joven maestro. Capablanca se enrola en la Universidad de Columbia que queda, afortunadamente para él, en Nueva York, donde también está el Club de Ajedrez de Manhattan. Allí pasa Capa el tiempo que le dejan libre las muchachas de Manhattan.
En el Club de Ajedrez es donde el prodigio que se hizo amateur en Nueva York fue profesional: Capablanca from Havana. Aquí fue donde Capablanca se llamó Capa, nombre que le divertía porque era más corto que el propio y lo hacía, como jugador, el igual del personaje de Chaucer que sonreía pero llevaba una daga bajo la capa. Capa tenía debajo un alfil o su pieza preferida, el peón envenenado. Aquí jugó cientos de juegos con los principales jugadores de Nueva York. Fue aquí donde jugó también contra Lasker, Mr. Emanuel, el campeón mundial de origen alemán, de origen judío y a quien muchos señalan como el mejor jugador de todos los tiempos –un poco por debajo" de Capablanca. El trío del terror está compuesto de hecho por Capablanca, Lasker y Paul Morphy (1837-1884), el sureño que temía tener sangre negra: una tragedia americana.
Fischer pudo haber completado la tríada, pero su brillante triunfo sobre Boris Spassky en Reikiavik en 1972 quedó borrado por su demencia juvenil de la que nunca sanó.
Fischer, fanático anticomunista, es curioso, no padecía del complejo de Edipo: jugaba, literalmente, contra su madre que era tan comunista que la llamaban la ReinaRoja.

En el Club de Ajedrez de Manhattan, Capablanca intimó con uno de los grandes jugadores americanos, Frank Marshall, a quien derrotaría decisivamente en 1909. Capablanca tenía veintiún años, Marshall treinta y tres. Marshall relata la ocasión en que un muy aburrido Capablanca, jugando en su contra, cabeceó más de una vez. Con un sentido del humor muchas veces ausente del tablero, contó Marshall: «Cometí el peor movimiento del juego: desperté a Capablanca». Capa ejecutó un jaque mate fulminante.
Capablanca se hizo un maestro del zugzwang que es mejor que maestro del zen. El zugzwang indica en alemán la posición en que el jugador obtiene un resultado peor (Pace Marshall) si le toca mover una pieza que si no le toca. Capa, el bien parecido, el elegante, el urbano se sonreía observando la cara de su contrincante cuando producía lo que parecía un zigzag y era un zugzwang.
Hubo un jugador llamado Johann Hermann Zukertort que se enfurecía cuando le traducían su apellido.
Todos le llamaban Torta de Azúcar. Capa no se molestaba cuando en Nueva York, cosas de colegiales, lo llamaban White Cloak. Era, claro, el disfraz del lobo cuando visitaba a Caperucita en invierno. Pero cuando empezaba a funcionar el mudo motor de sus células grises, lo comparaban con la eficiencia silente de un Rolls Royce en marcha.
En sus días de estudiante (no de ajedrez, que nació "'sabiéndolo: por eso le llamaron el «Mozart del ajedrez») Capablanca jugaría más de una vez con Lasker. Ninguno de los dos sabía que Capablanca arrebataría a Lasker la reina y la corona. En el ajedrez no se intuye sino se sabe, como en una ciencia exacta, qué va a ocurrir muchas movidas más tarde. El ajedrez es un juego autista. Lo saben los espectadores sentados frente a la doble muralla invisible. Lo saben los jugadores encastillados en la defensa y la ofensa. Círculos concéntricos del ejercicio mental hecho juego, muchas veces la partida termina en el jaque de la locura. Al juego de Bobby Fischer, el único candidato a la corona eterna de Capablanca, lo han llamado «maniobras lunáticas». Fischer nunca estuvo loco, ni siquiera ahora en que se ha convertido en la Greta Garbo del juego. Pero hay casos de genuina locura.
Como la paranoia patética de Paul Morphy, que fue el primer campeón moderno, cuyos paseos solitarios y sombríos tenían por escenario la vieja Nueva Orleáns que lo vio nacer. Morphy fue un apestado social en Inglaterra y celebrado en Francia. En París le ganó al duque de Brunswick jugando junto con el conde Vauvenargues en el palco del duque en la ópera, en el intermedio de la puesta en escena de El barbero de Sevilla. Fígaro aquí, Fígaro allá.

José Capablanca, a los 10 años, en 1898,
realizando una sesión de simultánea en el Club de ajedrez de La Habana.


Capablanca jugaba con tal velocidad que en el famoso torneo por el campeonato, celebrado en La Habana, Lasker, su oponente, se quejó de que el reloj Timer de Capablanca había sido arreglado por los cubanos para que corriera más lento. Pero durante el torneo Capablanca perdió siete kilos. Capablanca solía decir: «Hubo un momento en mi vida en que estuve muy cerca de creer que no podía perder un juego». Lasker, siempre generoso, cuando Capablanca entró en el torneo de Nueva York de 1924, declaró: «Capablanca podía descansar en un récord que nadie había conseguido nunca ni nadie igualará después. En diez años había jugado noventa y nueve torneos y juegos decisivos y ¡perdido sólo un juego!» Como los apaches según Miguel Inclán, Capablanca era un hombre orgulloso. Cuando estaba a punto de perder un juego contra Marshall en La Habana en 1913, partida sin importancia, hizo que el alcalde de la ciudad en que nació vaciara el salón de juego antes de admitir la derrota. Sin embargo, cuando perdió tan extraña y sorpresivamente contra Alejin en Buenos Aires en 1927, se asegura que la noche del juego decisivo estuvo bailando tango tras tango con una belleza local. (A Capablanca, como a Borges, le gustaban las argentinas.) Dice Alexander Coburn, comentarista inglés: «Uno de los aspectos más interesantes de la personalidad de Capablanca es que, como a ningún maestro antes, le interesaban mucho las mujeres».

Es verdad. Capa, hijo de Caissa (Caissa es la diosa del ajedrez y su musa no sumisa), estaba más interesado en el juego con las mujeres que en el ajedrez. En un torneo celebrado en Londres, antes de perder el campeonato, fue convidado con Alejin, que entonces posaba de ser su mejor amigo, al music hall que adornaban las famosas Bluebell Girls (todas altas, todas rubias, todas piernas) y todo el tiempo que duró el espectáculo, Alejin no dejó de consultar su ajedrez de bolsillo, mientras Capablanca era todo ojos al escenario. ¡Cuidado con la dama! Es la pieza más peligrosa del juego.
Al ser preguntado por el sexo, propio o ajeno, Bobby Fischer respondió: «Prefiero jugar al ajedrez». A Alejin, por su parte, no le interesaba más que estudiar a Capablanca, su juego, su rejuego. Estuvo, según confesión propia, trece años estudiando al campeón de cerca. Esa noche en Londres lo estudiaba todavía y anotó críptico en su diario: «It takes two to tango».
Capa permaneció en los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, jugando, y se escribía sobre asuntos de ajedrez (¿de qué otra cosa?) con el campeón Lasker, ciudadano alemán y judío patriota. Un día de 1918 vinieron a visitado dos discretos caballeros de Washington. Eran del servicio de contrainteligencia que investigaban su correspondencia extranjera, llena de extraños símbolos: 1OBXe7 Qxe7 110-0 NXC3 12RXC3 e5. «¿Qué clave es ésta?» Muy serio, Capablanca respondió: «Son símbolos para una maniobra de liberación». «¿Cómo?», dijeron los dos agentes al unísono. Capa a carcajadas escapa: «Son signos del ajedrez, una convención internacional». Después de explicaciones y ejemplos con el auxilio de un tablero y varias fichas, los policías comprendieron. «¡Ah, es como las damas!» «¡Efectivamente –dijo Capa–, como las damas pero con caballeros!» Capablanca se dio cuenta de que la contrainteligencia es lo contrario de la inteligencia. Y sin embargo, sin embargo: Emanuel Lasker había ya inventado un tanque de guerra para el enemigo que era todavía su amigo.
Morphy, que se llamaba Morfeo pero no podía dormir, antes de entrar al primer círculo de la espiral de la locura, laberinto sin Dédalo, estuvo en 1864 en La Habana, «que ya era centro del ajedrez», para dar varias exhibiciones con los ojos vendados. El resto fue el ensordecedor silencio de la mente del jugador en una partida que no cesa.
Capablanca, que jamás imaginó la presión social sobre su sanidad mental que sufrió Morphy, se comportó siempre por encima de los pares y los nones que lo creían un aristócrata español. En Londres lo tenían por un hombre frío cuando sólo era calmo: cool not cold*.
Según Gerald Abraham en La mente del ajedrez, Capablanca «poseía un juicio calculado para prevenirle de perder el control mental». Dice George Steiner en su ensayo White Knights of Reykjavik, sobre el combate Bobby Fischer-Boris Spassky: «Más que ningún otro maestro (Capablanca) pudo ver la armazón exacta de la pura lógica».
Parecía tener, añade, «la apretada dirección que tienen las computadoras que juegan al ajedrez». Capablanca, según Steiner, todavía «tenía la monotonía de la perfección».

* En una ocasión el campeón, nonchalant, se apareció a reanudar una partida interrumpida ¡vestido para jugar al tenis y con una raqueta en la mano! Era que había hecho cita con una damita de sociedad adicta al juego de la pelota.

Capablanca, Steiner dixit, ganó una famosa partida al eterno Lasker «con impecable rigor» y en cincuenta y una calladas movidas consiguió que «un peón avance hasta la fila final para ser coronado reina», en el más peligroso travesti del juego: para el peón es morir después de reinar.
Capablanca, ahora, pareció por un momento lamentar que su viejo amigo Lasker perdiera una partida que tenía ya ganada y no se movió de su asiento sobre el tablero ni cuando retumbaron los aplausos. Su actitud durante el juego, después del juego, era bien diferente a la de Bobby Fischer. Así describe el International Herald Tribune a Fischer, jugando por el campeonato mundial de Reikiavik, Islandia, en julio de 1972: «Fischer no se está nunca quieto y continuamente da vueltas en redondo sobre su silla giratoria especial (que le costó $470). Mientras Spassky se sume en una meditación profunda sobre el siguiente movimiento, Fischer se come las uñas, se saca los mocos y se limpia los oídos entre movida y movida».
Fischer, que con su estatura, sus excentricidades y su adicción a los cómics fue el Howard Hughes del juego ciencia más que de la ciencia del juego, no jugaba ajedrez sino que practicaba continuos ejercicios de anulación de la personalidad del contrincante. Capablanca era la gentileza, la seguridad y la absoluta convicción de que el juego era suyo: el ajedrez se había inventado para él. Caissa lo hizo. Sin embargo, más que con aquel indeciso de Morphy (en su cara se veía siempre la sombra de una duda por más que se afeitase), demente, delirante, se compara a menudo a Capablanca con Fischer. Sería el caso de dos hermanos gemelos unidos por un tablero, pero, como las piezas, uno blanco y otro negro.

Como final analogía de contrarios, se ha imaginado una partida única para resolver (palabra clave en el juego) el último problema de ajedrez. ¿Podría Fischer haber derrotado a Capablanca? Fischer buscó siempre demoler a su oponente, física y mentalmente. La única manera en que Fischer habría podido acabar con Capablanca sería que aprovechara cuando Capa apretara el botón de su Tlffier para hacer desfilar a espaldas de Fischer coristas, modelos y stripteasers con que distraer el ojo desnudo del cubano.
Capablanca podría, en revancha, recordarle a Fischer a su madre, la bestia negra que era, para su hijo, roja como la plaza donde están las altas torres del Kremlin.
Capablanca fue acusado muchas veces de fácil porque el juego le era tan fácil como a Mozart la música.
Era una suerte de respiración. También lo llamaron haragán otras veces, como a Rossini. Cuando el joven Gioacchino, que siempre componía en la cama por miedo al frío (como Capablanca, Rossini padecía de frío incoercible), de donde se levantaba tarde o no se levantaba, vio caer al suelo una de las hojas, de su Barbero, no se molestó en bajar de la cama ni a perturbar las otras páginas, sino que la escribió de nuevo. Ésta es la mejor parte de su «Obertura». Capablanca, por su arte, no estudió una apertura en su vida.
Dijeron que Capa era un incurable mujeriego como si padeciera una enfermedad venérea. «Como cubano al fin», dijo Alejin, que se había casado cuatro veces, les pegaba a sus mujeres y bebía hasta aparecerse borracho a jugar en un torneo importante. Ese hábito que no hace un monje le costó el campeonato mundial en 1935. Antisemita hasta el punto de escribir artículos difamando a los judíos en el ajedrez, publicados en la prensa nazi durante la ocupación de Francia, padecía agudos ataques de violencia, como cuando, al perder una partida fácil, destruyó los muebles de su habitación de hotel en Pskov.
Pero Alejin fue el primer gran jugador de ajedrez ruso sin las trampas soviéticas de Stalin. Hoy tiene un torneo en su nombre en la Unión Soviética y las autoridades rusas han intentado varias veces llevarse a Moscú sus restos que descansan (si es que pueden) en el cementerio de Pere Lachaise en París. Sobre su tumba hay un busto idealizado del jugador, abajo hay un tablero de ajedrez y en el medio una inscripción en bronce que exalta la memoria de un gran jugador que fue también un miserable.
Alejin fue el Salieri de Capablanca. Después de la inesperada, increíble derrota del cubano de manos del ruso blanco en Buenos Aires en 1927, Alejin se negó sistemáticamente a conceder a Capablanca la revancha por el campeonato mundial (entonces las reglas del juego eran diferentes) y aunque prometió hacerlo muchas veces, nunca cumplió.
Como ironía y jaque mate, Alejin perdió e! campeonato mundial a manos del soso y serio Max Euwe. En 1937, sin embargo, Euwe, holandés cabal, le dio a Alejin una lección de caballerosidad (por demás inútil) y le concedió una revancha ancha. El torneo no le sirvió de nada a Euwe que fue derrotado de mala manera. Como dice de Alejin Richard Eales en The History of a Game: «El contraste de su comportamiento con Capablanca fue francamente obvio».
Las relaciones entre Capablanca y Alejin llegaron a ser tan malas que Capablanca se negaba a participar en torneos internacionales si tenía que jugar con Alejin. Capa tenía en las blancas su nombre, pero Alejin decidió jugar con las negras hasta el final. En 1940, viviendo en la Francia ocupada, Alejin (a quien mi madre llamaba «un verdadero villano») pidió permiso para emigrar a Cuba y prometió que, si lo admitían en la isla, jugaría contra Capablanca por el campeonato mundial. Batista, gran amigo de la Unión Soviética entonces, era el presidente de Cuba y le negó el permiso. Ironías del tablero, poco después de su muerte, Stalin decidió considerar a Alejin una gloria rusa.
La carta de renuncia de Capablanca a Alejin es uno de los documentos más elocuentes de la historia del ajedrez. «Cher Monsieur Alekhine», escribió Capablanca en francés y hay un borrón donde debió de haber una e que convertía el cher en chere: Alejin era una mujer. O Capa tenía poca práctica en renunciar o demasiada maña en conquistar mujeres. Sigue la carta: «J' abandonne la partie» y por un momento leí «la patrie». Capa renuncia a continuar jugando y pierde la partida y el campeonato mundial de ajedrez. Todavía tiene saludos «pour Madame». La carta está fechada en noviembre 29 de 1927 y el lugar en que fue escrita es Buenos Aires, Argentina. Era el fin de un campeón y de una era del ajedrez moderno.
A esa edad Mozart había compuesto su Réquiem.



Alejin, que nunca se sintió culpable por no haber dado la revancha a Capablanca y mantuvo el título hasta su muerte, contaba un cuento, ya al final de su vida, como Casanova pero sin tener la generosidad con las mujeres que tuvo Casa en sus memorias. Enfermo y firme, relata lo que le ocurrió jugando con Capablanca en Petersburgo en 1914. Una noche, en pleno torneo, y como en «La reina de espadas de Pushkin, tocaron a su puerta. Abrió y se encontró con un viejo campesino ruso en harapos que le pidió entrar porque había encontrado un secreto de suma importancia para el ajedrez. El hombre era insistente y Alejin lo dejó entrar pero no lo invitó a sentarse. «¡He encontrado la manera de que las blancas den jaque mate en doce jugadas!» Alejin se dio cuenta de que tenía en su cuarto de hotel a un loco y trató de echado de la mejor manera. Pero el viejo visitante insistía. «Se lo voy a demostrar», decía. Para acabar con el enojoso asunto Alejin dispuso e! tablero y las fichas. Doce jugadas más tarde el campeón ruso y futuro rey del ajedrez deponía su rey de madera. Pálido y como de yeso Alejin casi suplicó: «Repita sus jugadas, por favor. El viejo repitió su performance y volvió a derrotar a Alejin otra vez y otra vez más. Alejin cogió al viejo jugador por un brazo, salió al pasillo y al cuarto de Capablanca. Como de costumbre, el cubano no dormía sino que tocaba la balalaika para que una cimbreante gitana bailara una salmonela o como se llame ese baile ruso, rudo. Con gran trabajo Alejin hizo que Capablanca dejara de hacer música o lo que estaba haciendo para atender al viejo patán. Que procedió a derrotar al campeón sin corona de! ajedrez una vez y otra y otra, siempre en doce jugadas. «¡Doce fatídicas jugadas!» Aquí Alejin pareció dar por terminada la historia.
«Pero», quería saber el impaciente interlocutor, «¿qué pasó?» «¿Qué pasó?», preguntó retóricamente Alejin. «Pues que Capablanca y yo matamos al viejo. Ahí mismo en su cuarto y luego lo echamos al Neva. Eso fue lo que pasó. De no haberlo hecho ni Capablanca ni yo habríamos sido campeones de ajedrez del mundo. ¡Del mundo! Yo todavía lo soy», aseguró Alejin en su cama en medio del blanco cuarto, luchando una vez más por quitarse como un Houdini ruso su camisa de fuerza, al tiempo que miraba a su alienista con ojos en que se reflejaba un tablero de ajedrez.
Este cuento incompleto apareció en The Complete Chess Addict y lo reproduzco aquí porque revela el carácter del jugador de ajedrez y la personalidad de Alejin, hombre capaz de llegar al asesinato por ganar una partida o el campeonato del mundo. Es lo mismo. Por otra parte asegura el doctor Félix Martí Ibáñez: «Darle jaque mate al rey opuesto en ajedrez equivale a castrado y devorarlo, haciéndose los dos uno solo en un ritual de homosexualismo simbólico y comunión canibalística, respondiendo así a los remanentes del complejo de Edipo infantil». Escrito en 1960 esta sarta de infelices frases freudianas no es menos fantástica que la historia de Alejin y el jaque mate en doce jugadas, juegan las blancas. La fábula puede haber sido cocinada por lord Dunsany, uno de los maestros del cuento fantástico y el doctor Ibáñez bien puede estar emparentado con Blasco Ibáñez. Capa, por su parte, hizo tablas con lord Dunsany, que era un aficionado de cuidado.
Más tarde en San Petersburgo las noches blancas de un peón negro. El director soviético Vsevolod Pudovkin hizo en 1925 una peliculita titulada El jugador de ajedrez y su protagonista era, ni más ni menos, Capablanca.
Ahí se juega con su nombre y con la blanca nieve. El film comenzó como un documental sobre e! Torneo de Moscú en 1925, cuando Capablanca era todavía campeón del mundo. Capa, en medio de una sinfonía de tableros y una tocata de fichas, aparece envuelto en un asunto romántico con la bella heroína rusa. Todo el mundo parece presa de la fiebre del ajedrez (que es el título alterno) pero una pregunta detiene el tránsito: «¿Tal vez el amor es más poderoso que el ajedrez?» Capablanca va aún más lejos al decir: «Cuando veo una mujer bella, también empiezo a odiar al ajedrez». Pero carga con la heroína, al torneo. Al final, devuelta la novia rusa a su novio ruso, Capa con capa y sobre la nieve parece decir adiós. En ese momento cae sobre la blanca acera un peón negro. Koniesh filma.
Capa siempre sintió una vaga antipatía por los que no saben jugar al ajedrez. «Es tan melancólico», afirmaba, «como un hombre que nunca haya tenido relaciones con una mujer que no sea su madre». En una palabra, no comprendía al soltero empedernido ni al ignorante que no sabe cómo se manipula el peón, esa pieza que se parece extrañamente a un clítoris que se mueve inexorable hacia la reina opuesta. Capablanca propuso una vez que se extendiera el tablero al añadir dos peones extra a cada lado y dos nuevas piezas. Capa pensaba que las posibilidades del juego se habían agotado ya. Algunos dicen que nuestro hombre en la dama concibió esta variante del juego si no del espacio del juego (que significaba a la vez una alteración de las reglas del juego) porque estaba harto del número de partidas que terminaban en tablas, sobre todo en torneos internacionales y en campeonatos. Otros, más personales, dicen que Capablanca encontraba el juego tan fácil que se aburría y las nuevas piezas y el nuevo espacio del juego serían como meter otra mujer en la cama.
Capablanca, que era un gran cocinero y presumía de gourmet, rara vez se levantaba antes del almuerzo y de los postres y el café (Capa, cuyo nombre es esencial al cigarro, no fumaba ni bebía) y se iba a jugar siempre impaciente por terminar la partida, musitando: «A la cena, a la cena», haciendo un juego de palabras por preferir el juego abierto. Al clásico Capablanca se le acusó de ser el primer jugador narcisista, que es un mal romántico.
Capablanca fue derrotado, en el tablero, por una mujer, Mary Bain, que lo venció en simultáneas. Miss Bain tiene el récord del jugador de simultáneas que más rápido derrotara a Capablanca. Mary no sólo era joven sino bonita y existe la sospecha entre los viejos ajedrecistas de que Capa se dejó ganar. La derrota, la concesión, lo que fuera, ocurrió en sólo once movimientos. «El ajedrez», dijo sir Richard Burton, jugador de ajedrez y traductor del Kama Sutra, código de amor hindú concebido por los inventores del ajedrez, «es un juego erótico: todo consiste en poner horizontal a la reina». Para los que creen en la importancia de ser serio, Capablanca adelantó una teoría: «El ajedrez es una ciencia que parece un juego».
Una anécdota revela a un Capablanca compasivo, casi sentimental. Jugaba con Lasker en Moscú en 1914 y Capablanca notó cómo el entonces campeón Lasker se puso pálido, ceniza casi, al darse cuenta de que había cometido un error tan grave que tal vez le costaría el juego.
La mano de Lasker temblaba tanto que casi no podía asir la pieza que quería mover. Capablanca supo en ese momento que muy pronto sería el campeón mundial. Pero, declaró, no podía evitar sentir una gran piedad al ver el efecto paralizante que la inminente derrota tenía en Lasker. «Había esgrimido el cetro del ajedrez durante veinte años», escribe Capablanca, «y en ese instante supo que había llegado a su fin». La ironía del momento es que no había llegado el fin para Lasker todavía. El campeón se las arregló para hacer tablas y ganar el torneo. Capablanca, llamado Capa," era lo que no era Alejin, por ejemplo, o Bobby Fischer: un jugador placable, nada implacable.
Capablanca, sin embargo, rara vez perdonaba a una mujer: era un Donjuán capaz de convidar al Comendador a una partida de piedra y entre jugada y jugada acostarse con Inés, con Ana y con su hermana. Para él un ménage a trois no era una partida extraña. Capa, además, era un atleta experto: las tablas de baloncesto le eran tan familiares como las del ajedrez, practicaba esgrima con la idea de que el ajedrez era otro duelo y había estudiado más libros de cocina que de ajedrez. Nunca jugaba al ajedrez más que en torneos y competencias. Tenía una segura posición social (que los envidiosos llamaban sinecura) convertido en propagandista de Cuba a sueldo del Gobierno cubano, no muy diferente a la posición de los jugadores soviéticos, amateurs sólo de nombre. Lasker dejó escrito que Capablanca era, por encima de todo, un hombre modesto. «Tenía la modestia fundamental que es la marca de la verdadera inteligencia.» Quería, sí, ganar siempre en todo, pero no tenía ese impulso asesino ni contra sus contrincantes ni con sus amantes que tenían Lord Byron o Hemingway. Como Mozart, era un clásico que se hacía romántico en su juego.
¿ Era todo eso lo que estaba dentro de la caja lujosa en el túmulo en medio del Salón de los Pasos Perdidos?
En 1913 Capablanca fue nombrado una especie de embajador cultural de Cuba. Los gobiernos de la isla, a pesar del sol, nunca fueron muy iluminados. Pero ahora comprendían que Capablanca era un valor publicitario (la propaganda no se había asentado todavía sobre La Habana) y que su nombre valía tanto como cualquier marca local. Digamos La Corona, Partagás o Por Larrañaga. Capablanca era una suerte de Montecristo que no fuma. Sus colegas, en Cuba y en el mundo del ajedrez, objetaron a lo que llamaban una sinecura sine die. Sólo Lasker, siempre apremiado, comprendió que Capablanca era un hombre con la suerte de tener a su país detrás. Los rusos, al hacerse soviéticos, harían otro tanto.
Capablanca se hizo un jugador tan invulnerable que cogió fama de invencible y ganó el mote de la «máquina de jugar ajedrez», con todas sus implicaciones: el autómata del Maelzel, las investigaciones de Poe, las astucias del doctor Mabuse llamado Der Spieler, el tahúr. Un nuevo desafío del joven maestro al viejo matrero de Lasker sólo obtuvo que Lasker renunciara a su título en favor de Capablanca. Pero como dice Procol Harum, «la muchedumbre quería más». Quería, en efecto, un torneo de madera en que las lanzas se trocaran por peones, las mazas por alfiles, los caballos por caballos y enrocar en esas distantes torres que son el Morro y la Cabaña a la entrada de la bahía de La Habana. La bolsa era como para tentar a un monje en retiro: 25.000 pesos en una época en que el peso cubano valía más que el dólar: era la era de las vacas gordas. Jugando como e! gran maestro que era, Capablanca ganó la victoria más decisiva jamás lograda por un desafiante al campeonato mundial. Capa quedó tan extático que cometió el primer error de su vida con las mujeres: se casó. Su novia de blanco para colmo se llamaba Gloria.
Capablanca siguió su carrera en ascenso. De las 158 partidas y juegos de torneo desde 1914 había perdido sólo cuatro juegos. Conocido por multitudes que sabían que ajedrez se escribía sin hache pero no con zeta, Capablanca se hizo la primera estrella del ajedrez. Tal vez sea, a pesar de Alejin, a pesar de Fischer, la más grande, la mayor.
Capablanca no sólo era el campeón del mundo sino el campeón de simultáneas de su tiempo. Por lo que Petronio habría llamada elegantiae, Capablanca se negó siempre a jugar con los ojos vendados. Ahora se echó hacia atrás, arrojó a un lado el último cigarrillo que no había encendido y dijo resuelto al teniente del ejército español de ocupación que se parecía tanto a su padre: «¡No quiero la venda!» Con excepción de Lasker, Capablanca no era muy apreciado por los jugadores de su tiempo. Lo encontraban remoto pero era un terremoto: una fuerza destructiva natural que sacudía el tablero y derribaba las piezas, sobre todo al rey y a la reina. Pero, peor, había un jugador que lo halagaba, lo alababa siempre: Aleksander Alejin. «¡El malvado y miserable!», como me enseñó mi madre a mis diez años, haciéndome un espectador prodigio. (Creo que fui la última persona que vio a Capablanca muerto.) Mi madre lo llamaba Alekine. Para mi madre, Alekine era de lo peorcito: un ruso blanco. Alejin, el diablo más a mano, tentó a Capablanca como si él fuera Capanegra, un mal Mefisto: ¡Alejin, aléjate! Pero Capablanca aceptó el reto y Alejin, sombra y asombro, derrotó a Capablanca para siempre. Declaró Alejin con falsa modestia que era sin embargo dato cierto: «No creo que yo fuera superior a Capablanca. Tal vez la razón por la que le gané fue que se sobrestimaba y no me estimaba». Eran las razones del diablo: Dios nunca me quiso, Mefisto. Metafísicas aparte, la verdad verdadera es que Alejin se hizo campeón del mundo y se hizo con el campeonato por logro y por truco. Hasta su muerte. Sólo Dios sabe lo que le dijo al diablo.
A partir de su inesperada derrota, Capablanca comenzó a venirse abajo, como una torre de nieve: las blancas hacen enroque y pierden, las negras ganan y se van. Su matrimonio se hizo divorcio, pero siguió jugando: ganó algunas y perdió algunas. En 1987 su viuda, Olga Capablanca de Clark, vendió el manuscrito inédito de una partida Capablanca-Tartakower en $10.000. Todavía era endiosado en el mundo del ajedrez y en el mundo: Capablanca era una cerveza, un helado de chocolate y vainilla, un cóctel de ron con crema batida... En Rusia, que ahora se llamaba la Unión Soviética, era más popular que nunca lo fue en tiempos de los zares: el ajedrez era rey y Capablanca su príncipe consorte. Capablanca se casó con una rusa, de París, que conoció en 1934. La boda ocurrió en 1938 en París, pero tuvo su peor repercusión en La Habana. La familia de su primera mujer consiguió algo más que Alejin: Capablanca dejó de ser embajador at large de Cuba y lo degradaron a agregado. Pero Capablanca no dejó de jugar y ganar: Caissa lo hizo.
Mozart podía, vuelto de espaldas al piano, decir el número y nombre de las notas de un acorde que tocara otra persona: de preferencia una mujer. Capablanca, de sólo echar una mirada al tablero, veía todas las piezas y su disposición y sabía exactamente cuáles eran las posibilidades del juego. Desdeñoso de las aperturas (nunca, según él, estudió una sola) mostró siempre una habilidad pasmosa para los fines de partida. Tal vez influyera que aprendiera a jugar cuando ya las fichas estaban sobre el tablero y el juego había comenzado.


Su adversario de siempre, Luzbel extraordinario, Alejin, decía que no había visto otro jugador con su «rapidez para la comprensión» que era su aprensión. Un condiscípulo, jugador fuerte, declaró que Capablanca «nunca aprendió a aprender». Es que para Capa el ajedrez era un juego y no por gusto se le declaró el playboy del ajedrez occidental, en oposición a la emergente escuela rusa encabezada por Alejin, que era todo estudio, esfuerzo y mala fe.
La palabra playboy sugiere a un Porfirio Rubirosa, tenientillo que se abrió paso en la isla de Trujillo y en el mundo a golpes de pene y olvido. Rubirosa era un chulo compensado, Capablanca era exactamente lo contrario.
Todavía se cree que Capablanca pertenecía a la alta sociedad criolla. Nada más erróneo. Capablanca padre no era más que un teniente del ejército español en la siempre fiel isla de Cuba. Su madre era un ama de casa. Los dos no tenían más que sus nombres memorables y un hijo formidable. Incluso el patrón cubano que le pagaba los estudios en Estados Unidos concluyó que Capablanca empleaba su tiempo más en jugar (al ajedrez pero también al baseball y al basketball) que en estudiar y le retiró el estupendo estipendio. Ese mismo año la universidad lo suspendió de manera ominosa. Fue entonces cuando Caissa vino a rescatar a Capa de la ignominia: Frank Marshall acordó jugar contra Capablanca calculando que sería comida de bobo. Capablanca lo derrotó decisivamente. Hazaña sin precedentes que un mero aficionado derrotara a un cuajado campeón.
Marshall, impresionado por su derrota (es decir por la victoria de Capablanca), hizo que lo invitaran al torneo de San Sebastián en 1911. Capablanca ganó un torneo mayor en su primer intento, lo que era la hazaña sin precedentes.
El resto es historia: la del ajedrez precisamente.
Una tarde de 1942 (era marzo y nevaba) Capablanca entró como tantas veces al Club de Ajedrez de Manhattan, que había sido su refugio favorito de joven estudiante y después de aspirante a cualquier torneo y aún más tarde de gran maestro del juego real y campeón del mundo finalmente. Capa, friolento pero no lento, se dirigió rápido a la sala de juego sin siquiera quitarse su sobretodo. A pesar de los años pasados en Nueva York y en Europa, a pesar de la nieve rusa, Capa siempre tenía frío.
Excepto, por supuesto, cuando jugaba, con alguna mujer en la nieve. El portero, la girl del guardarropa y hasta los miembros del club estaban acostumbrados a ver a Capablanca de negro gabán hasta el tobillo moviéndose de tablero en tablero, en silenciosas simultáneas: mirando observando y captando de un solo golpe de ojo el estado de cada escaque y el conjunto de piezas derramadas en orden sobre el tablero. Para él todo era un todo, el juego. Ahora vio que no había un solo jugador de su edad. Eran todos muy jóvenes o viejos: eran tiempos de guerra no de juego o del juego de la guerra. Sobre otro tablero y por encima de un jugador joven vio de un vistazo que el otro, un viejo, tenía la partida perdida. El jugador joven quiso iniciar una jugada decisiva, lo pensó sin pensado, se arrepintió y no fue más allá. Pero había tocado su dama y según las reglas del juego cuando se roza una pieza propia hay que moverla adelante. El otro jugador, el viejo, ensimismado en la derrota, no había advertido el leve movimiento del otro y el jugador joven hizo como si no hubiera pasado nada. Tal vez Capablanca recordara la primera vez que notó, hacía más de medio siglo, una jugada para anotar un fraude.
Ahora no dijo nada, por supuesto: era todavía un caballero. Pero levantó los brazos de manera extraña, se llevó las manos enguantadas al cuello y pidió casi con un grito:
«¡Ayúdenme con la capa!» en español. Ésa fue su frase final. No dijo más y cayó al suelo, muerto. Había sufrido, según la autopsia, un derrame cerebral masivo. El patólogo dijo que no se mostraba nada sobrenatural («específico» fue lo que dijo) en el cerebro de Capablanca, que era particularmente normal. Es obvio que el ajedrez y las muchas mujeres no se ven en el cerebro. ¿Era eso todo lo que había en su cabeza embalsamada?


En: Vidas para leerlas
Editorial Alfaguara
Noviembre de 1988


lunes, abril 23, 2012

Feliz día del libro (a los que saben lo que es, claro está)


Llegamos al mes de abril sin fin del mundo ni terremoto aparente, y por eso mismo qué mejor forma de celebrar el día del libro, que leyendo. Esperamos que disfruten esta joyita del cuento peruano, que compartimos a manera de regalo entre todos los lectores que nos visitan, y, parafraseando a Oquendo de Amat: lea como quien pela una fruta...






García Márquez y yo
Jorge Ninapayta

Extraños fueron los caminos que me llevaron hacia la gloria. Ahora que repaso mi vida puedo apreciarlo con claridad. El día que yo cumplía veintitrés años, en un bar del Callao, una gitana circunspecta y de carnes enjutas me leyó la suerte en las cartas. Luego, con tono solemne, me dijo que yo haría algo muy importante en la vida; “algo grandioso”, fueron sus palabras.
La verdad, no fue una gran sorpresa para mí, porque siempre estuve convencido de ello. Aunque pensaba que no era necesario ejecutar algo desmesurado; un aporte a la Historia, por pequeño que sea, es un logro notable. Y mientras llegaba el momento esperado, me desempeñaba como corrector de textos en una editorial de libros de teología.
Cuatro años después, partí del Callao en un barco carguero que me llevó por varios puertos de Sudamérica. Así inicié un periplo que duró más de diez años. Me ganaba la vida corrigiendo textos. Lugar a donde llegaba, averiguaba sobre las editoriales o los diarios más conocidos y allá iba a ofrecer mis servicios.
La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste. En este trabajo hay que dominar no sólo la ortografía, la gramática, la sinonimia; también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces, incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir. La experiencia brinda destreza al buen corrector; con los años, basta una rápida ojeada a las primeras frases de un texto para medir la calidad de su autor, para saber si estamos ante un profesional de la pluma o ante un pelmazo que ensarta palabras.
El año más importante de mi vida fue 1967, que me halló viviendo en Buenos Aires. Trabajaba corrigiendo libros técnicos, boletines, algunos volúmenes de cuentos, en una editorial de cierta importancia, luego de haberme rebajado a fungir de ayudante de cocina en un restaurante japonés. No pasaba nada especial en mi vida, y ya empezaba a dudar de mí mismo. Hasta que cuatro meses y medio después de haber entrado a esa editorial, llegó a mis manos un texto grueso en un sobre manila. Era una novela, me dijeron, a la cual debía hacerle la corrección. "Apúrate, el editor quiere entrar a imprenta dentro de una semana".
Es lo usual en todas partes: los editores siempre andan apurados y quieren que uno también se apresure a último momento, cuando ellos han perdido tiempo valioso sacando cuentas sobre costos de producción y esas banalidades.
Hojeé sin ganas las páginas, esperando encontrarme con algún farragoso texto de estilo regionalista y temática sollozante, de los que aún sobrevivían por esos años. Pero sucedió algo inesperado; desde las primeras páginas de esa novela quedé sacudido. Yo había leído antes algo de ese autor, unos cuentos, creo; pero esa novela, que en la primera página anunciaba Cien años de soledad, era, definitivamente, una obra notable y original.
Me entretuve más de la cuenta repasando con delectación cada capítulo, cada párrafo, cada línea. Cada frase llamaba a la siguiente con naturalidad, engarzándose como en una gran joya de finos arabescos, y la historia avanzaba envolviéndome en su universo de maravilla. No le hallaba error de ninguna clase, ni siquiera alguna mácula ortográfica.
Mi labor, esa vez, se redujo sólo a cotejar el original con el texto que iría a imprenta, a identificar las faltas de la digitadora. Sin embargo, parecía que hasta ella, una gorda mendocina que solía resollar mientras aporreaba las teclas, se había contagiado de esta voluntad de perfección y había olvidado sus frecuentes errores. Y mientras realizaba mi labor, pensaba que algo así, precisamente así, me hubiera gustado escribir. Y me acordé de lo que me dijera la gitana.
Yo avanzaba la lectura de la novela sin hallar ninguna falta. Cada hoja revisada la ponía sobre una bandeja, de donde era llevada por un empleado al editor. Hasta que, un poco después de la mitad, hallé algo que me sobresaltó: un vocativo sin su coma. En un diálogo, el coronel Aureliano Buendía era llamado por uno de sus lugartenientes, y el nombre aparecía sin la coma de rigor. Pensé que debía ser descuido de la digitadora, no podía haber otra razón. Pero cuando revisé el original, fue mayúscula mi sorpresa al comprobar que allí tampoco aparecía la necesaria virgulilla. El autor, el maestro, se había equivocado. ¿Era posible? Quizá de tanto revisar y rehacer las frases. A veces sucede.
Que Dios me perdone, pero confieso que me alegré de esa circunstancia, pues para entonces estaba convencido de que esa novela haría historia. Claramente sentí en ese instante que una voz me llamaba desde arriba y, con tono exhortativo, me indicaba que había llegado el momento. Mi momento.
Volví a mirar el vocativo, que parecía como abandonado, inerme, sin su coma. Y, entonces, ya no me quedaba más que cumplir con mi labor, hacer mi aporte. Así es que tomé mi gruesa pluma de tinta líquida, tratando de sortear un temblor que al inicio amenazó con debilitar mi mano, inspiré larga y lentamente, calculé la distancia, la presión necesaria, y esta vez con mano segura y pulso firme puse la coma: un punto grueso con una colita hacia abajo, como mandan los cánones, tanto en la versión de la digitadora como en la del autor. Eso fue todo. Eso fue suficiente.
El resto es historia. La novela prácticamente instauró una nueva manera de narrar, se realizaron varias ediciones de ella y se vendieron millones de ejemplares. Yo permanecí en Buenos Aires sólo hasta la tercera edición. Volví al Callao, donde ingresé como corrector en una dependencia del Ministerio de Educación. Me casé, tuve tres hijos, fui feliz: ya nada importante. Años más tarde me jubilé.
Mi vida después ha consistido en mantenerme atento al derrotero editorial de la obra. En cuanto una nueva edición llegaba a librerías, corría a conseguir un ejemplar, un poco para hacerle honor a la novela, pero sobre todo para verificar la presencia de mi coma, si es que continuaba allí. Y, por supuesto, allí estaba, bien afincada, cumpliendo su función cabal, y hasta me parecía que resaltaba más que los otros signos cercanos.
Ahora que mi modesta pensión de jubilado no me permite comprar las nuevas ediciones –algunas notablemente lujosas–, solamente puedo dedicarme a admirarlas. Entro en esos elegantes recintos de libros del centro, sorteo al vendedor que me mira con gesto despreciativo, ubico la nueva edición, llego hasta la página indicada –que varía según la editorial y las picas– y veo mi coma. Y cuando leo el párrafo pertinente y recuerdo todo el reconocimiento que ha obtenido la obra, que ha contribuido a ganar el Nobel para su autor, yo también siento orgullo y se me hincha el pecho de emoción. En esos instantes percibo claramente cómo el aliento de la gloria me roza la cara y revuelve mis cabellos canos, y me siento orgulloso –muy orgulloso– por esa novela que hace mucho, en un tiempo ya lejano, escribimos García Márquez y yo.

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Jorge Ninapayta de la Rosa | Nasca, 1957 | Ha realizado estudios de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Sus cuentos, aparecidos en revistas y antologías, han merecido diversas distinciones: Premio Juan Rulfo, París 1998; Primer Puesto en El Cuento de las 1000 Palabras 1994, de la revista Caretas; Premio Julio Ramón Ribeyro 1998; Premio Juegos Florales 1992 de la Pontificia Universidad Católica del Perú; Premio Jorge Luis Borges 1987. Es autor del libro de cuentos Muñequita linda. En la actualidad reside en Nueva York.

PUCCINI - MADAME BUTTERFLY

domingo, abril 15, 2012

Problemas cotidianos



Cada vez que me acerco al word y veo la virtual página en blanco entiendo el terror al que se referían los grandes (y bloqueados) escritores de antaño. A mí me pasa que, dado mi trabajo leyendo y corrigiendo textos que no son míos, termino no sólo cansado de dicha labor sino que la vista y el alma no me dan para ponerme a escribir las mil cosas que se me ocurren a diario (bueno, casi a diario, a veces ando en piloto automático y, aunque amo lo que hago, el estar 10 horas leyendo, corrigiendo, volteando, sugiriendo, entendiendo y volviendo a leer no me dejan más ganas que enchufarme al tele, ir al cine o simplemente conectar el walkman –o el mp3, como quieran –y salir a dar vueltas en bicicleta, pero leer, manan. Lo mismo me ocurre con el facebook, maldición 2.0 del fisgoneo y el egocentrismo). Hace algunos años anotaba las cosas que se me ocurrían en una libreta que llevaba en el bolsillo (recuerdo que el cuento “El cazador de dinosaurios” los escribí íntegro y de un tirón en la combi que me llevaba de mi casa a mi trabajo en una editorial, ya desaparecida, que quedaba en La Molina), y así, si bien no siempre fue el caso, anotaba ideas por decenas que algunas veces llegaban a convertirse en textos con intención, pues una idea es sólo eso, una historia es otra cosa. Y así, por ejemplo, anoté la idea de una mujer que recibía una descarga eléctrica mientras podaba su jardín, y de pronto se veía convertida en un robot. Sí, suena idiota, pero en la ficción nada lo es si está bien contado (y aquí precisamente es donde entra la mano del escritor, el talento y la destreza: la magia); otra vez vi a una mujer discutiendo con un vendedor de pescado y la imaginé llegando a casa murmurando mil maldiciones para con el vendedor y que al llegar, oh! Maldición gitana! encontraba al esposo encamado con otra mujer. Las ideas brotan entonces de donde uno menos lo espera, pero son solo eso: ideas. Argumentarlas (desarrollarlas), requiere no solo disciplina y mucho trabajo, sino un combate frontal contra uno mismo y sus múltiples universos. Dar vida de verdad a un personaje requiere, además de una voz y una actitud frente a tal o cual situación, un espíritu, que solo con un buen trabajo de corrección y relecturas se puede conseguir.
Pero vencer a la página en blanco también se logra ejercitando la escritura misma, es decir, calentando la mano a diario (el hábito, la costumbre, el carácter. En ese orden). Y aunque no siempre uno anda con ganas de escribir porque no siempre lo que se escribe en interesante (aunque hay varios que creen que todo lo que escriben son genialidades dignas de ser labradas en roca viva por el rayo de Zeus), hay que intentar hacerlo así muramos de sueño. O tal vez hacer como ahora hago, escribir estas líneas para “calentar la mano” e intentar decir algo medianamente interesante, porque el lector merece respeto y que el escritor no lo subestime porque entonces estará perdido.
Sí, breve pero contundente. Aunque no siempre se logre. Tal vez como con estas líneas.



viernes, marzo 16, 2012

Diarios de bicicleta


Hay una mujer sosteniendo a una niña pequeña entre sus brazos, está sentada en la banca que da frente al acantilado. A pocos metros pero sobre el césped, una pareja se provee de abrazos y caricias desesperadas. Ese es todo el panorama esta mañana, gente que se quiere y gente abandonada en esta Lima que cada vez es más impersonal. Como siempre, paso por el acantilado con la bicicleta, pedaleo ida y vuelta desde mi casa en Miraflores hasta Jesús María, mi barrio de siempre, mi querido barrio. Cada mañana es distinta, esta vez está nublado (felizmente, no soportaría otro martes de sol abrasador y sin un sol en el bolsillo para comprar un helado de chicha morada de la D´Onofrio, con lo ricos que son), las chicas en patines pasan a mi lado sonrientes, y no, no es por mí, es porque seguro conversan con alguien en el celular o porque están cantando alguna canción. En mis audífonos suena The Who, alguna canción antigua, seguramente. La primera vez que cambié de ruta estaba escuchando a Billy Idol, recuerdo claramente la escena porque estaba a toda velocidad sintiendo el viento en la cara y entre los cabellos cuando salió de la nada una pequeña de unos 3 años delante de mí. Grité lo más que pude, el padre, tremendo huevón, la dejó en la vía de ciclistas mientras descargaba algo del coche. Estaba frente al parque María Reiche, entonces le grité, grité dos, tres veces en pocos segundos pero la niña no se movió. La madre me vio y seguramente habrá entendido mi cara de desesperación porque venía a todo cuete y bajó corriendo del carro justo cuando yo torcía el timón y me iba de cabeza 4 metros abajo con la bicicleta encima. Nada le pasó a la niña, obvio, pero yo me saqué la putamadre. Tendido sobre el pasto y escuchando música celestial, pensé que había muerto, Miraflores es el único distrito en que sus parques tienen música clásica, pajita. Entonces la señora lo puteó al esposo mientras cargaba a la nena y bajaba en mi auxilio, pues alcancé a gritar ¡ayuda! antes de desmayarme. Cuando desperté, que fue a los segundos, estaba ya sobre la acera del malecón, la señora lloraba y me agradecía por no haber atropellado a la nena (pobre, seguro la habría pasado fatal, pero es increíble lo que uno puede pensar en fracciones de segundos: cuando tomé la decisión de sacarme la mierda cayendo al desnivel antes que llevarme de encuentro a la nena, pensé en Joaquín y lo vi bailando sus pasitos de Michael Jackson y corriendo a abrazarme cada vez que viene a verme, gritando ¡Tío Gabo! Y pensé que ya qué diablos, esta nena recién empieza y un golpe de bicicleta a toda velocidad te puede fregar no solo la cabeza, sino la vida. Y entonces viré.
Aquella mañana soñé con M, fue un sueño extraño pues no suelo soñar con ella, la ensueño, que no es lo mismo, y en ese delirio onírico ella sonreía a mi lado, pero estaba dormida. Yo caminaba hacia un teléfono público para llamar a mi madre y ella seguía a mi lado pero dormida, entonces yo me sentaba sobre una gran piedra plana y le conversaba, pero ella sólo sonreía y yo no alcanzaba a entender por qué sucedía eso, mas era conciente que se trataba de un sueño y entonces había que aprovechar la situación, pero el panorama cambió a un atardecer de esos que aparecen en el colomural de la escena donde Al Pacino mata al policía corrupto en Caracortada, y aparecieron una serie de personajes que no recordaba de hacía mucho tiempo. Desperté cuando sonó el timbre, y era un policía que venía a “sugerirme, honorable vecino” que por favor le bajara el volumen a la música, que los vecinos del segundo piso se estaban quejando de la bulla. Italianos de mierda, nada les costaba bajar un piso y pedirme que bajara la bulla, que alta estaba, y listo, pero no, tuvieron que llamar a la policía. Entonces el agente me miró bien a los ojos y sacó su línea, porque tontos no son, que llevaba varias copas dentro, asomó su cabeza por la puerta y vio que no estaba solo, y que sobre la mesa descansaban, muertas ya, algunas botellas de Ginebra. Le sugiero, me repitió, que le baje el volumen, Miraflores es un distrito con una campaña fuerte sobre el respeto al descanso y hemos eliminado los ruidos molestos, y aunque me gustan tanto los Rolling Stones como a usted, honorable vecino, pues a las 3 de la mañana no le suena bien a nadie, y todos tienen que trabajar ¿a qué se dedica usted?, soy escritor, no pues, me refiero en qué trabaja. Soy escritor. No, no me entiende, le pregunto que de qué vive. Vivo de escribir, le dije, de eso vivo. Me miró, creo que con cierta lástima, y se retiró. Se apellidaba Vega, lo leí en la plaquita que llevan sobre el bolsillo de la camisa. Regresé adentro cuando mis amigos ya le habían bajado la música y descorchaban un Malbec helado. Cambiamos el CD de los Rolling por uno de Sabina y entonces empezamos a conversar. Me gusta conversar y conocer, Isabel contaba de sus viajes por no sé dónde, Viviana contaba de sus viajes a provincia (donde todo es más bonito, más tranquilo y más relajado) y Gonzalo peleaba con Carlos por quién había escrito la mejor novela. Hace unos días perdí el celular y con él se fue mi agenda de contactos, por tanto, no tenía aquellos números que suelo marcar cuando estoy ebrio porque siento de repente que me hacen falta. Y sí. Me hacen falta. Entonces pido una canción en el karaoke y cuando está sonando, la llamo. Y canto. Y le pongo pasión y todos se emocionan y se me va la vida pidiéndole que me quiera tal como soy, con mis noches y mis días, con mi manera de amar, con mis penas y alegrías, etc. y cuando se acaba la canción y todos aplauden, me siento como Lavoe en El cantante, porque nadie pregunta si sufro si lloro, si llevo una pena, que hiere muy hondo, y etc. y salgo a la calle a fumar y ya son las cuatro de la mañana y ella me dice que deje de beber y que vaya a mi casa. Pero tú no estarás, le digo, y ella me dice, un día, Gabriel, un día. Pero sé que ese día no llegará y sus palabras solo son un placebo y entonces pienso en que me he vuelto un tremendo cojudo por andar pensando en tonterías en lugar de enfocarme en lo único que pide la gente: hacer dinero. Pero no me interesa mucho, en realidad, esas noches son impagables y la vida que he vivido, si bien no ha sido perfecta ha tenido sus premios y sus placeres, desde despertar bien abrazado hasta estar solo sobre el gras del malecón, al lado de mi bicicleta y con Edmundo Dantés, mi perro y amigo fiel, a mi lado, fumando un Lucky rojo viendo el mar, o leyendo alguna de Santiago Gamboa, o simplemente pensando en nada. Porque la nada ya es algo y porque todo esto salió de una mañana en que casi atropellé a una niña y que incluso fui a la tienda a cotejar mi Tinka para ver si me había ganado los 11 millones de soles con los que le compraría una casa enorme a mi viejita, allá frente a la playa y porque desde que me he dedicado a editar no he escrito una línea porque termino cansado de leer tanto y de estar frente al computador lee y lee para llegar a fin de mes y poder ir al cine tres veces por semana, como cada semana desde que tengo 28 años, en que por fin me liberé de aquella mujer y de aquel mal amor y empecé a vivir medianamente bien, pero al menos libre para moverme sin cadenas ni presiones y etc. (hoy ando muy etcétera) y empecé a querer más y mejor y cuando viré el timón de la bicicleta y antes de caer al piso y romperme una costilla (que me duele cada vez que respiro y, créanme, respiro a cada rato), pensé en todo esto y en la violencia con la que necesito, esta tarde, escribir y contar cosas y pienso más rápido de lo que tecleo y recuerdo el rostro de la niña y se me encoje el corazón de saber que pude haberla lastimado, pobrecita. Mejor no. Uno escoge, uno decide. ¿Qué es lo que hace hombre a un hombre? Fácil: sus decisiones. Y aunque me equivoque la más de las veces, sé que siempre se puede aprender (ya me puse autoayuda), en fin, que necesitaba volcar esto sobre el papel, y no sé si lo postee o no, la verdad que lo único que importa es saber si acaso alguna vez podremos ser felices (suena Bob Dylan en la radio y la enfermera me ha traido sopa caliente, qué rico) y listo. Me voy a tomar mi sopa de pollo mientras veo alguna serie en Fox. Ahí vamos… 

miércoles, febrero 29, 2012

Elton Honores sobre “La cartografía y las burlas literarias” (2012) de Gustavo Rodríguez


En la conferencia “La cartografía y las burlas literarias” (2012) presentada ayer en el CCE por Gustavo Rodríguez, el autor propuso una nueva cartografía de la literatura peruana*. Una cartografía es un modo de organizar la realidad (en este caso, literaria) en términos espaciales desde un punto de vista subjetivo e ideológico, pues es también un instrumento de poder. La cartografía de Rodríguez (cuya clasificación fue hecha en colaboración con Javier Ágreda) plantea tres grandes espacios territoriales (en donde hay escritores que se ubican en el límite o frontera):

a. LA ACADEMIA (Fernando Iwasaki, Jorge E. Benavides, Mario Bellatin, Iván Thays, Rocío Silva Santisteban Patricia de Souza, José Donayre, Selenco Vega, Marco García Falcón, Santiago del Prado. Gustavo Faverón, Luis Hernán Castañeda, Carlos Gallardo, Johann Page, Sandro Bossio, Lucía Charún, Claudia Ulloa, Susanne Noltenius,… ).

b. EL REALISMO URBANO (Jaime Bayly, Oscar Malca, Javier Arévalo, Sergio Galarza, Raúl Tola, Carlos Torres Rotondo, Rilo, Julio César Vega, Gabriel Rimachi Sialer, Juan José Sandoval,…).

c. CULTURA MEDIÁTICA (Enrique Planas, Beto Ortiz, Santiago Roncagliolo, Gustavo Rodríguez, Katya Adaui,…).

Nótese que los espacios territoriales literarios están pensados desde el espacio urbano. Evidentemente es necesario completar el esquema con la narrativa andina, que tiene en José María Arguedas a su principal representante. Ahora bien, ya en “Hipótesis sobre la narrativa peruana última” (1979), Antonio Cornejo Polar planteaba tres líneas dominantes en la narrativa peruana de los años 50’ vigentes el día de hoy:

a. NARRATIVA FANTÁSTICA
b. REALISMO URBANO (que debía consolidar una narrativa popular)
c. NEOINDIGENISMO (O lo que podríamos denominar hoy como narrativa andina).

Claramente, podemos traspasar –en términos generales– la llamada “Academia” con ciertas formas de lo “Fantástico”, toda vez que como señaló el autor, entiende por academia a aquellos que tienen formación en Literatura. De otro lado, el aporte de Rodríguez al planteamiento de los espacios radica en la llamada “cultura mediática” (que no tiene que ver con el tema en sí sino con la presencia “en” los medios. Queda claro que la “academia” y el “realismo urbano” se “mueven” en otros espacios), casi ausente en el contexto de Cornejo Polar y muy presente desde los mediados años 90 en adelante y más aún el día de hoy (al igual que Internet que configura un nuevo campo). Si bien Rodríguez se centra en autores que borden los 30 y 50 años, pensando estos territorios como “capitales” –e integrando la línea ya anotada de lo andino- tendríamos cuatro espacios y cuatro figuras pilares:

A. Narrativa Fantástica (La academia): Clemente Palma.
B. Realismo Urbano: Mario Vargas Llosa.
C. Narrativa andina: José María Arguedas.
D. Cultura mediática: Jaime Bayly.

Llama mi atención que si bien los cuatro modelos son vigentes, el más antiguo es din duda Clemente Palma (y por extensión la línea de narrativa fantástica) Evidentemente el problema radica cuando el lector/crítico concentra toda su atención solo en “su” territorio (que puede ser andino, realismo urbano, fantástico o mediático), pues hace que los otros territorios queden fuera de su campo visual, cuando lo importante es tener una mirada omnisciente (desde arriba) que nos permita entender estos cuatro espacios (incluso el espacio de las literaturas amazónicas) como la “totalidad contradictoria” que planteaba Cornejo Polar, acaso como una nueva reconfiguración del panorama narrativo peruano, en el que todos los autores forman parte de nuestra nación y todos son parte de nuestro patrimonio literario. Rodríguez añadió en la ronda de preguntas la necesidad de “replantear la idea idílica de lo andino”, toda vez que el espacio urbano/limeño ha sido desbordado por los migrantes, en suma, Lima es más mestiza y menos “limeña” de lo que aún se cree.

Elton Honores
Universidad San Ignacio de Loyola

* Previamente habló Rodríguez de cuatro territorios de la cultura: Horrorland, Freakland, Talentoland y Pendejoland. Buen ejercicio mental sería pensar estos territorios (sobre todo el de Talentoland) a la literatura peruana actual, para revalorar a autores que ameritan una relectura.

TOMADO DEL BLOG ILUMINACIONES CLICK AQUI