jueves, enero 26, 2012

Diario de un diario / un delicioso ensayo de Juan Gabriel Vásquez



1.

Durante un vuelo entre Madrid y Barcelona comienzo a leer los diarios de Ribeyro, que Ricardo Cayuela me regaló hace ya varios meses. Nada más empezar, debo cerrar el libro. La primera anotación es del 11 de abril de 1950, y dice: «Tengo unas ganas enormes de abandonarlo todo, de perderlo todo». Todavía no ha cumplido los veintiún años y ya está buscando la salida de emergencia.

2.

¿Dónde está Ribeyro? ¿Qué posición ocupa entre nosotros, los lectores, y por qué no ocupa una distinta? De regreso a mi casa en Barcelona, me voy directo a la biblioteca y busco Ehrengard, la novelita corta de Isak Dinesen traducida por Javier Marías. En el prólogo, Marías escribe: «Nacida en 1885, era diez años menor que Mann, cinco menor que Musil, tres menor que Joyce, dos menor que Kafka, uno menor que Broch, tan sólo doce mayor que Faulkner. Es decir, era una estricta escritora contemporánea. Sin embargo, poco o nada tuvo que ver con ellos o con las innovaciones narrativas que tales nombres introdujeron». La frase puede aplicarse a Ribeyro sin cambiar más que los nombres propios. Nacido en 1929, es quince años menor que Cortázar, dos años menor que García Márquez, un año menor que Fuentes, apenas siete años mayor que Vargas Llosa. Es decir, era un estricto escritor del boom latinoamericano. Y sin embargo, poco o nada tuvo que ver con el fenómeno narrativo que estos nombres encabezaron. No se piensa en el boom cuando se piensa en Ribeyro. No se piensa en Ribeyro cuando se piensa en el boom. Ribeyro vive en otra parte, fuera de lo que Carlos Fuentes bautizó, en su momento, como la «nueva novela latinoamericana». Bien mirada, la cosa tiene lógica: Ribeyro era latinoamericano sólo a pesar de sí mismo; pero no se puede decir que fuera novelista, y definitivamente, definitivamente, no era nuevo.



3.

El 27 de agosto de 1954, Ribeyro escribe en su diario: «Hago esfuerzos tenaces para no comenzar una novela». Ha leído Bonjour, tristesse, la novela con la que Françoise Sagan se hizo famosa a los dieciocho años. «Mis taras culturales son gigantescas», continúa Ribeyro. «La novela es un producto social, no individual. Brota del genio colectivo, de la herencia cultural acumulada durante siglos. Françoise Sagan no hace más que recoger el crédito del vasto capital almacenado por el genio narrativo francés en el curso de su historia. Yo, detrás de mí, sólo tengo leyendas, tradiciones y sainetes. Para un sudamericano es más fácil hacer una revolución que escribir una novela».
La protesta de Ribeyro tiene destinatarios muy específicos. Las leyendas son las de Guatemala, que Miguel Ángel Asturias publicó en 1930; las tradiciones son las peruanas, que Ricardo Palma publicó en 1872. Ribeyro no lo sabía, pero no estaba solo: para ese momento de 1954, ya Borges había publicado Ficciones y El aleph, ya Onetti había publicado Un sueño realizado y otros cuentos, ya Rulfo había publicado El llano en llamas. Esos cuatro libros de cuentos fundan de alguna forma una nueva tradición latinoamericana, alejándose de Asturias y de Palma, y adoptando a Stevenson, a Wells, a Faulkner. Más importante: alejándose de la novela como género hegemónico. Pero Ribeyro no sabía en ese momento quién era Borges, no sabía quiénes eran Onetti ni Rulfo. Leía a Benjamin Constant, a Maupassant, a Chéjov, a Flaubert. En su pequeño piso de la rue de l’Harpe, ya se había instalado en la habitación que ocuparía el resto de su vida: el siglo XIX. De alguna manera, ya era lo que sería toda su vida: un anacronismo.

4.

La poética del cuento ribeyrano es la poética de la tragedia clásica francesa. Boileau la dejó sentada en dos versos: Qu’en un jour, qu’en un lieu, un seul fait accompli/ Tienne jusqu’à la fin le théâtre rempli. O bien: «Que en un día, en un lugar, un solo hecho completo/ Tenga hasta el final el teatro repleto». En palabras menos taxativas: unidad de tiempo, de acción y de lugar. Ya se sabe que los cuentistas, de Poe a Piglia, han tenido la curiosa costumbre de teorizar sobre su arte; así que me paso dos días enteros buscando por todo Barcelona –bibliotecas públicas, librerías de viejo, casas de amigos– un ejemplar de Los gallinazos sin plumas, primer libro de Ribeyro, en cuyo prólogo, según he sabido, él expone su teoría personal del cuento. Pero la edición original no existe; las reediciones disponibles, las de los Cuentos completos, por ejemplo, omiten el prólogo. Tengo que llamar a París para hablar con Fernando Carvallo, una especie de mago de Oz peruano que parece saberlo todo y, lo que es peor, tener todo lo que sabe a mano. En unas horas, Carvallo me faxea la página que necesito. Dice Ribeyro: «El cuento me parece que no es un “resumen” sino un “fragmento”. Quiero decir con esto que el cuentista no debe tratar de reducir a cuatro páginas un acontecimiento o una vida humana que podría requerir una novela, sino que debe en este acontecimiento o en esta vida escoger precisamente el momento culminante, recortarlo –como se recorta la escena de una cinta cinematográfica– y presentarlo al lector como un cuerpo independiente y vivo».
La metáfora de la cinta cinematográfica. Ribeyro se anticipa casi diez años a la famosa analogía en que Cortázar compara la novela con el cine y el cuento con la fotografía. Y, sin embargo, el terco realismo de Los gallinazos sin plumas no se encuentra en ninguna parte con los cuentos fantásticos de Bestiario, por decir algo. Y eso que ambos, tanto Ribeyro como Cortázar, eran lectores furibundos de Maupassant y de Chéjov.
A comienzos de 1955, año en que se publica el temido primer libro, Ribeyro lee a Kafka, a Gide, a Camus. Pero su prosa no lo refleja. O tal vez las anotaciones del diario no sean prueba de nada. Después de todo, en las 666 páginas del diario aparecen sólo cuatro menciones a Chéjov, cinco a Maupassant.



5.

Ribeyro y su larga historia de desencuentros con la novela. El 2 de febrero anota: «Me siento desligado de una etapa literaria: la del cuentista.» Y luego: «Me seduce la idea de la novela, ¿pero cómo escribirla?». La seducción de la novela como típica atribulación de los cuentistas natos. (También Chéjov lo intentó varias veces: «Como no estoy acostumbrado a escribir nada largo y me da miedo escribir en exceso, cada página me sale tan compacta como un pequeño cuento».) ¿En qué queda el esfuerzo de Ribeyro? El 9 de mayo escribe: «Ausencia total de ideas. El asunto de mi novela me preocupa». Y el 26 de junio, a la una de la mañana: «Mi novela perece por inanición. He tomado la decisión de interrumpirla. Para escribir la historia de una generación hace falta, además del conocimiento de los hechos, una vasta perspectiva histórica». Para entonces García Márquez había publicado La hojarasca, novela que hunde sus raíces remotas en la guerra civil colombiana de 1899 y narra no una, sino varias generaciones de macondianos; y en tres años Fuentes publicaría La región más transparente, uno de los frescos más ambiciosos jamás escritos sobre la sociedad mexicana. Algo separa las dos formas de entender la literatura.
Un amigo de Ribeyro, Víctor Li, le sugiere que los géneros literarios no nacen de consideraciones formales sino de los rasgos profundos de nuestra personalidad. El género como resultado de ciertas subjetividades. Ribeyro se enfrenta a la idea de que su manera de ver el mundo sea cuentística, de que él, simple e inevitablemente, sea de los que ven el mundo en forma de cuentos. El 20 de agosto, después de pasar por Checoslovaquia y Varsovia, Ribeyro regresa a París. Le parece que ha regresado, desde el mundo colectivo, al mundo del individualismo. El primero le fascina, pero si tuviera que escoger se quedaría con el segundo. «Quizás por inercia», escribe, «por costumbre o por incapacidad para participar en las tareas colectivas. Yo me siento mejor donde se me exige un mínimo de esfuerzo y de responsabilidad. Cobardía, egoísmo, ociosidad». ¿Existe tal cosa como un temperamento de cuentista? ¿Se puede nacer predestinado a un género por encima de otros? Recordar a Frank O’Connor, cuentista chejoviano a más no poder: el cuento es una forma romántica, individualista, intransigente. El cuento se aleja de los grandes movimientos sociales; el cuento es género de solitarios. O’Connor no conocía a Ribeyro. Ribeyro no conocía a O’Connor.

6.

Me doy cuenta de que he comenzado a hablar de Ribeyro cada vez que puedo. Le pregunto a la gente si lo ha leído; les pregunto a mis alumnos norteamericanos si saben quién fue. Uno de ellos, para hacerse una idea de este nuevo personaje desconocido, me pregunta si Ribeyro era un escritor «revolucionario», y me parece que ha encontrado la clave de algo. Es imposible entender el boom latinoamericano al margen de Fidel Castro, de Casa de las Américas en Cuba. Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa colaboran regularmente con la revista de la Casa de las Américas; García Márquez se adhiere desde el principio y de manera (dolorosamente) incondicional a la Revolución. En toda América Latina surgen revistas como Siempre! o Primera Plana que sirven de caja de resonancia a los autores del boom, siempre a cambio de su apoyo al nuevo socialismo caribeño. En todo este panorama, ¿dónde exactamente se ubica Ribeyro? Ya el 11 de mayo de 1956 había escrito: «La ventaja de no tener opiniones es que uno jamás se repite». Y el 30 de julio: «Uno de los problemas que más me inquietan es la imposibilidad en que me encuentro de definir mi posición política». El 1 de enero de 1959 Fidel Castro entra triunfante en La Habana, y el mundo latinoamericano se sacude desde el Río Grande hasta la Patagonia. Pero en el diario de Ribeyro la primera anotación del año es del día 19, y habla de una obra de teatro que acaba de terminar; la segunda, del 26, habla de su úlcera. El nombre de Castro aparece por primera vez el 22 de agosto. Pero de 1960.
No se piense que Ribeyro era un ingenuo político o un habitante de una de esas torres de marfil de las que nos suelen hablar con cierta frecuencia a los escritores latinoamericanos. Ribeyro conservó siempre una conciencia profunda del mundo que lo rodeaba; sólo un empecinado observador social, sólo un crítico intransigente de la fauna peruana, hubiera podido escribir Los gallinazos sin plumas, ya no digamos las Tres historias sublevantes. Los cuentos de Ribeyro coleccionan pequeños momentos de verdad íntima, pequeñas revelaciones o, si se quiere, epifanías. Pero no hay grandes verdades, no hay verdades políticas, porque el autor era incapaz de ellas. El 26 de julio: «Desaliento, mientras redacto el manifiesto sugerido por Vargas Llosa, “Estamos en país ocupado: resistir”, sobre el papel que deben jugar en el Perú los intelectuales. Me doy cuenta de la inutilidad de la palabra». Y concluye a manera de memorando privado: «Tentación de la política, grave escollo de los escritores que se acercan a la madurez. Evitarla».



7.

Ribeyro y la modernidad. En el prólogo a sus Cuentos completos, Bryce Echenique habla de «un narrador excepcional que, a lo largo de cuatro décadas, se ha entregado a la literatura sin aspavientos, alejado de todo tipo de modas y experimentalismos al día». Pero leyendo el diario uno queda con la sensación de que a Ribeyro le hubiera gustado otra cosa. «Lo peor de todo», escribe en alguna parte, «es que no veo dónde recoger los elementos de una nueva técnica narrativa. De los franceses no cabe esperar nada. Menos aún de los españoles y latinoamericanos». Esto dicho en el mundo de «Pierre Menard, autor del Quijote», y en el mismo año de «El perseguidor». A finales de 1960, Ribeyro escribe dolorosamente: «No tengo derecho a vivir en este siglo».
El estilo, dijo alguien, son nuestras limitaciones.

8.

25 de septiembre. Conversación en Madrid, en la terraza del café Gijón, con Santiago Gamboa, que conoció bien a Ribeyro y ha escrito el prólogo para los Diarios. Hablamos de los vicios de Ribeyro: el vino Saint-Émilion, los cigarrillos. Hablamos de «Sólo para fumadores», que para mí es, con distancia, el mejor cuento de Ribeyro y uno de los primeros en una hipotética lista de cuentos latinoamericanos. Pero esta opinión, dice Gamboa, tiene un problema: «Sólo para fumadores» no se parece en nada al resto de la obra de Ribeyro. Su mejor cuento no se parece en nada al resto de sus cuentos. Pienso en posibles razones. «Sólo para fumadores», al contrario que la mayor parte de la obra, no es producto de un momento y una circunstancia, no es producto de una memoria precisa ni una anécdota, sino que Ribeyro lo estuvo escribiendo, tal vez sin saberlo, toda su vida. El narrador del cuento es un hombre que se parece extraordinariamente a Ribeyro: ha vivido en las mismas ciudades, ha trabajado en las mismas agencias de prensa, ha publicado un libro de cuentos con el título Los gallinazos sin plumas. Un buen día, decide contarnos su larga relación con el tabaco. Su registro, su fraseo, es el de las memorias personales, diríamos el de las confesiones.
«Sólo para fumadores» se publicó en 1987. Recordar a Borges en su ensayo sobre la poesía gauchesca: «Es fama que le preguntaron a Whistler cuánto tiempo había requerido para pintar uno de sus Nocturnos, y que respondió: “Toda mi vida”». «Sólo para fumadores» como Nocturnos para Ribeyro. Empiezo a leer el diario en función de este cuento: busco pistas, orígenes, aprendizajes técnicos, lo que sea. No encuentro gran cosa. Pero en el hotel leo la anotación del 13 de enero de 1962: «Cuando tenía doce años me decía: algún día seré grande, fumaré y me pasaré las noches en un escritorio, escribiendo. Ahora ya soy un hombre, estoy fumando, sentado en un escritorio, escribiendo, y me digo: cuando tenía doce años era un perfecto imbécil».



9.

Nuevas exploraciones sobre «Sólo para fumadores». Regreso a 1955, donde Ribeyro, atribulado por las pocas páginas de su novela, escribe: «El peligro, sin embargo, es que ellas se están desarrollando por las vías de la autobiografía. No puedo eludir, como sí lo consigo en el cuento, mis propias experiencias». Regreso aún más, a 1954 y al prólogo de Los gallinazos sin plumas, donde Ribeyro definía el cuento como un fragmento por oposición a un resumen. «Sólo para fumadores» se me presenta, en la obra de Ribeyro, como una gigantesca contradicción, como una defenestración de sus posiciones más arraigadas. Es un resumen, no un fragmento; y es voluntaria, intensa, descaradamente autobiográfico. En el cuento, Ribeyro desecha todas sus lealtades (para con Maupassant, para con Chéjov). ¿Pero cómo llegó a hacerlo?
En mayo de 1967, veinte años antes de publicar el cuento, anota: «Desde hace meses, lo que necesito es sintonizar ese flujo verbal que vive soterradamente en mí, pero que constantemente se pierde o es interferido por ondas parásitas. Se trata de una voz, de un tono fundamental, que es el que dará a todo lo mío su coloración definitiva. Ese tono se acerca un poco a lo subjetivo, lo arbitrario, lo personal». Y luego: «Quizás ésa sea mi verdadera voz. ¡Pero también hay otras! Es como si existiera en mí no uno sino varios escritores que pugnaran por expresarse, que quieren hacerlo todos al mismo tiempo, pero que no logran a la postre más que asomar un brazo, una pierna, la nariz o la oreja, alternativamente, en desorden, abigarrados y un poco grotescos».
Palabras que me interesan: subjetivo, arbitrario, personal. Confrontar con la poética predominante en los demás cuentos: impersonal, rigurosa, radicalmente objetiva.

10.

Ribeyro y el boom. En 1970 escribe: «Creo que en la literatura latinoamericana hay una tendencia a sobrevalorar la técnica narrativa». «La modernidad no reside en los recursos que se emplean para escribir, sino en la forma como se aprehende la realidad. Un escritor que sigue pensando como hace cincuenta años será un escritor caduco aunque eche mano a todos los recursos inventados por Joyce, Faulkner y Robbe-Grillet juntos». Días después, Ribeyro lee las reseñas sobre ciertas novelas que son un fresco de determinada sociedad en determinado momento histórico. Las lee con envidia y nostalgia, porque se siente incapaz de escribir algo así. «Yo he pasado siempre al lado de la Historia y he penetrado en la vida por puertas más pequeñas y disimuladas como pueden ser la aventura privada o la anécdota». No puedo no pensar que en las dos anotaciones, el comentario sobre la técnica y el comentario sobre los frescos históricos, hay una cierta melancolía. En los últimos ocho años se han publicado La muerte de Artemio Cruz, Rayuela, Cien años de soledad, Tres tristes tigres, Conversación en La Catedral. El tren del boom estaba pasando junto a Ribeyro, llegó incluso a detenerse en su estación, pero Ribeyro, de pie en el andén, decidió no subirse. Ribeyro como versión imprecisa de Bartleby, que, ante los grandes macrorrelatos modernistas de sus colegas, se agacha junto a sus pequeños personajes, junto a sus técnicas decimonónicas, y dice: «Preferiría no hacerlo».



11.

1971 y 1972 son años más bien sosos para Ribeyro, por lo menos a juzgar por las poquísimas anotaciones. (Quizás sean todo lo contrario: años tan activos que no tenía ni tiempo de acercarse al diario.)
Pero el 4 de enero de 1973 recibe la noticia de que lo tienen que operar. «El médico me habla de una úlcera subcardial que ha cicatrizado mal y me obstruye el esófago», escribe. Las operaciones se repiten, el dolor y los malestares no cesan a lo largo de los meses siguientes. Ribeyro come mal y vomita lo que come, baja violentamente de peso (en julio del 74, en vísperas de un viaje a Roma, ha llegado a los 46 kilos), ha comenzado a orinar sangre. De vez en cuando escribe. No sólo escribe, sino que algo en su manera de percibir la escritura ha comenzado a cambiar. El 26 de septiembre: «Pasé hoy en limpio mi cuento “El polvo del saber”, el segundo que escribo en el curso del año». Y lo describe así: «Más que cuento, relato autobiográfico, sin intriga, dentro de la línea de “El ropero, los viejos y la muerte”. Cada vez más me oriento por esta vía, cuyos antecedentes son “Los eucaliptos”, “Página de un diario”, “Por las azoteas”. Relatos tal vez demasiado personales, que mis críticos no aprecian, pero que para mí tienen un encanto particular».
Esta entrada, me parece, marca un antes y un después en la cuentística de Ribeyro. Todos los cuentos mencionados tienen un ingrediente en común: algo que se puede llamar nostalgia, o recuperación; algo que comienza a hacer las preguntas que Ribeyro no se ha hecho hasta ahora: quién soy, de dónde vengo, qué he hecho con mi vida. En «El polvo del saber» la angustia del pasado y de su peso sobre nosotros es más que explícita. En el ropero del cuento hay un espejo, y el padre de Ribeyro se mira en el espejo diciendo: «Cuántas veces vi mirarse allí a mi padre, don Julio Ribeyro y Benites». El cuento es un curioso homenaje de Ribeyro a la memoria de su padre y de sus antepasados. En cada página, en cada línea, está el miedo a la muerte, que ahora Ribeyro ha comenzado a sentir en carne propia. El 16 de enero de 1975, su mujer le confiesa que no era de una úlcera de lo que lo operaron dos años antes, sino de un cáncer. De aquí en adelante Ribeyro efectuará un viaje sin regreso al interior de sí mismo.



12.

Y mientras eso sucede, o quizás precisamente como consecuencia de que eso suceda, Ribeyro va descubriendo su lugar en la literatura latinoamericana. «Comprendo ahora con mayor claridad que lo que le resta audiencia y repercusión a mi obra literaria es su carácter antiépico, cuando el grueso de los lectores de narrativa anhelan la epopeya. Todo ello se encuentra en García Márquez, Asturias, Rulfo, Vargas Llosa, Arguedas, etc. Y el mundo de mis libros, hélas, es un mundo más bien sórdido, defectista, donde no ocurre nada grandioso, poblado por pequeños personajes desdichados, sin energía, individualistas y marginados, que viven fuera de la historia, de la naturaleza y la comunidad». ¿Qué hace Ribeyro al descubrir las razones de su estatus? ¿Intenta remediarlas? ¿Terminar una de las varias novelas que tiene empezadas, una de ellas sobre Atusparia, el indio peruano que lideró una revolución hacia 1885? No. Ribeyro escribe «Silvio en El Rosedal», cuento cuyo protagonista se pasa los días buscando el significado de su antiépica vida en una hacienda remota del campo peruano. Cuando lo termina, anota en su diario: «Tendré que dárselo a un lector de plena confianza para que me diga si al fin he logrado expresar, sin recurrir a la confidencia, lo que guardo en mí».
Expresar lo que guardo en mí. Ya Ribeyro ha perdido cualquier reticencia frente a la utilización de la ficción como examen de sí mismo. Estamos lejos, muy lejos, del realismo social. Estamos cerca, cada vez más cerca, de «Sólo para fumadores».

13.

El diario de Ribeyro se interrumpe el 30 de diciembre de 1978. Esos últimos años están marcados por la enfermedad: cada cumpleaños, Ribeyro se pregunta cuánto le queda antes de morir, anota el caso de algún conocido que ya ha muerto de una enfermedad similar, se pregunta si él será la excepción a la regla. En agosto del 77, después de escribirle una carta a Bryce Echenique, comienza a tomar notas para un proyecto distinto a lo que ha hecho hasta ahora: una descripción de su enfermedad, «comenzando por el principio, es decir, por el año 1952». No dudo de que es en este momento que empieza a tomar cuerpo narrativo esa larga descripción, no de una enfermedad sino de un vicio y sus consecuencias, que es «Sólo para fumadores». Pero a pesar de eso, su melancolía es cada vez mayor, es cada vez mayor su derrotismo. «Todos o casi todos los escritores de mi generación han escrito su gran libro narrativo, que condensa su saber, su experiencia, su técnica, su concepción del mundo y de la literatura». Menciona La casa verde de Vargas Llosa, Terra Nostra de Carlos Fuentes, Cien años de soledad de García Márquez. Y luego se fija en sí mismo, como si se mirara al espejo de «El ropero, los viejos y la muerte», y escribe: «Nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes, casi un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer, durar. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Algunos, después, me olvidaron». El tren del boom había pasado de largo, y Ribeyro lo había visto de cerca, tan de cerca que hubiera podido tocarlo. Hoy, sábado 7 de octubre de 2006, he tenido que ir a casa de Pere Sureda para ver las primeras ediciones españolas de las novelas, que ya no se consiguen. Pero los cuentos están vivos, muy vivos. La generosidad en medio del dolor, las pequeñas desgracias íntimas de esos hombres y mujeres, y sobre todo esa voz, esa voz que Ribeyro encontró mediante una mezcla de nostalgia, conciencia de la muerte y profunda honestidad, esa voz, digo, está muy viva. Ribeyro murió el 4 de diciembre de 1994, en el Hospital de Enfermedades Neoplásicas de Lima. No alcanzó a llegar a París; murió un año y medio antes de que yo llegara –persiguiendo el mito latinoamericano de Vargas Llosa y Cortázar y García Márquez, no el de Ribeyro–, así que nunca pude conocerlo. Pero hoy, por la noche, en mi casa de Barcelona, releo el diario y me topo con la frase que le habría dicho a Ribeyro si hubiera podido hablar con él: «Escribir es inventar un autor a la medida de nuestro gusto».





viernes, enero 20, 2012

Análisis psicopatológico de Darth Vader, parte 1


Lo que faltaba. El psiaquiata, escritor, consejero, amigo y onanista a medio tiempo, Carlos Vera Scamarone, acaba de entregar la primera parte de esta interesante (y divertida) investigación. Disfrútenla tanto como yo.

Escribe, Dr. Carlos Vera Scamarone

Darth Vader es el villano mas temible de la historia del cine, quien desata las mas encarnizadas pasiones a la hora de elegir, el peor. Pero Darth Vader es un humano más con una historia más. Darth no es Darth. Darth es Anakin, y Anakin no tiene a su mamá. Su madre no sabe quien es el padre. Tal vez un embarazo no deseado, en un planeta como Tatooine donde la vida no vale nada, posible producto de una violación. Anakin no tiene padre. Su madre es esclava en un planeta donde sirve a un deforme ser, un demonio, una decadente forma de vida. Imagínese usted, estimado lector, que no tiene familia, que no sabe quien es su padre, no tiene tios, abuelos, hermanos, primos. Encima, un Señor Jedi, un extraño, llega a su casa y su madre lo entrega sin pelearlo, sin dudarlo, lo dona, se separa, lo excreta, se deshace del engendro, so excusa que tendrá mejor futuro que un esclavo. En los momentos de crisis esta demostrado que las familias necesitan estar unidas. Las familias que se separan sufren serios trastornos.
La madre de Anakin buscaba deshacerse de él. ¿Que madre permitiría que su hijo se exponga a situaciones mortales, como las carreras de Pods? Y no una vez. Ella admite que "sufre" cuando Watto lo obliga a correr. Y cuando el niño le dice que no se irá con Qui-gon-jinn ella le dice "pero Ani".
Ese es el dilema de Anakin, el pequeño villano. Su madre lo rechaza y el busca un porque. ¿Por qué mi madre se deshizo de mi? ¿No me quería? ¿Fui un error? ¿No debi existir? Son pensamientos que muy seguro existieron en la mente del niño que busca agradar a los demás. Incluso tiene una actitud de rebajamiento y autohumillacion cuando le piden favores. Es capaz de dar para agradar a los demás que lo acompañan. Por ello es difícil su entrenamiento, porque aquellos que se lo llevaron intentan que olvide para el avance. Pero Anakin se niega ha ello. Por esto vuelve a buscar a su madre a Tatooine. No porque la amaba sino para buscar respuestas. He allí que al morir su progenitora la ira rebaza hasta descarriarla en aquellos que le quitaron sus respuestas, no a su madre.
Cuando se enamora de alguien mayor que él, la Reina Padmé Amidala, lo hace con proyecciones materna sobre ella. No ve solo una hermosa mujer. Ve a su madre. Por ello cuando tiene sexo con Padme Amidala lo hace con su madre. Es la culminacion de un edipo, un edipo no resuelto.
Todo niño que sufre un estrés post tarumatico, tiene flashbacks, lo cual atormenta en especial en los sueños vividos que tiene luego de la intimidad (son de madrugada al lado de Padme en el lecho amatorio). Estos flashbacks levan a conductas evitativas y sociopatizacion. Aquellos que le arrebataron a su madre ahora quieren volver a llevarse lo que más ama (y odia a la vez). Ese es el dilema de Anakin. Ama y odia a su madre con fuerza, y Padme simboliza esa madre buena, esa madre que le quieren arrebatar sus temores. Por eso es tan fácil seducirlo al “lado oscuro”.
El emperador, el canciller Palpatine, representa es el dejarse llevar por su ira. Mas impresiona una liberación, el entrar en contacto con sus miedos y usarlos. Ademas los Jedis para Anakin representan sus opresores, aquellos que le quitaron a su madre. Darth Sidious le ofrece la posibilidad de que “mama” no se vuelva a ir. El temor primigenio de Anakin, impulsor de sus desafíos, puede tener un final feliz con la promesa de Sidious. Por ello le es fácil aseinar a sus opresores. Sin embargo sigue un camino que le lleva a seguir su mandato de “no vivas”. Al dejarse llevar por las promesas de sidious, aleja a quien ama. Se establece un destino hamartico, un guion de muerte. Muere Padme y muere Anakin. De allí nace Darth Vader.
La lucha de Vader es contra su destino. Necesita poder para que aquellos que lo aman no se vayan. Necesita amor, pero solo consigue caricias negativas. “Quiere amor” pero no lo obtiene, no sabe pedir. Por ello prefiere unas caricias negativas antes que indiferencia. Su lucha posterior se centra en acercarse a sus hijos, por ello su gran lucha por encontrar a Luke skywalker y a Leia. Sus dos hijos.
Leia es la simbolización del niño rebelde de Anakin. Por ello encarna la Rebelion. El primer encuentro entre Vader y su hija es más una llamada de atención. La encierra en su cuarto (celda) para que recapacite. No la mata. Sus otros encuentros son similares. Con Luke es igual. Quiere ver a su hijo, pero hay alguien que no lo deja: Obi-wan Kenobi, un invitado mas, como un abogado. La lucha entre Obi-Wan y Anakin son como dos padres que creen tener derecho. El metiche asume su rol y se deja morir pues ya no cumple funciones.
La lucha en el episodio V es épica. “Luke yo soy tu padre” es dicho con amor y no con furia. Es el momento en que Darth entra en contacto con su padre nutritivo, su parte sana, y su hijo lo rechaza. Es allí donde Darth reconfirma su mandato y lucha con el: “Ni mi hijo me quiere mejor me mato. Pero como no quiero morir entonces lo mato”. Darth se niega la posibilidad de tener otros hijos, no se le conocen otros afaires. Siendo el amo del universo no se le conoce pareja. Salvo que lo hayan castrado en el episodio III cuando luchan en el planeta minero. Por ello, más oído hacia Obi-wan, un castrador.
Muy posblemente Dath sufra de anorexia nerviosa además de una trastorno disocial de personalidad. Lo que si es seguro es que Darth Vader sufre de un TEPT

miércoles, enero 11, 2012

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

"coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo"

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.
Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.
Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.
Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.
Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.
Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.
No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)


Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.
Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.
Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.
Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.
Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.
¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.
Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.
Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.
Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.


viernes, enero 06, 2012

De la felación y otros demonios


Encuentro en El Malpensante este excelente artículo de Christopher Hitchens, y aunque discrepo del título y el trasfondo del asunto (hacer de los Estados Unidos el Edén del sexo oral), me parece estupenda la historia reunida alrededor de una de las prácticas sexuales más comunes y corrientes (o qué crees que están haciendo en el baño cuando golpeas la puerta y nadie responde ¡es que no pueden hablar!). Disfrútenlo.

Tan gringo como el pie de manzana
Traducción de Patricia Torres para El Malpensante

Existe algo más dramático que la última despedida entre Humbert Humbert y Dolores Haze (su adorada “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”)? Cuando se encuentran en la espantosa casucha donde ella se ha instalado para convertirse en la arruinada máquina de hacer niños de un pobre desgraciado, Lolita no solo le dice a Humbert que nunca va a volver a verlo, sino que lo vuelve loco al describirle las “cosas tan extrañas, sucias y extravagantes” a las cuales la expuso Quilty, el odiado rival de Humbert. “¿Qué cosas exactamente?”, pregunta él con voz serena, de una manera en que la palabra “exactamente” nos permite escuchar el doloroso rugido, casi ahogado, de su desgracia y su rabia: “Cosas locas, cosas sucias. Yo me negué, sencillamente no voy a [ella usó con total despreocupación, en realidad, un desagradable término vulgar que en su traducción literal al francés correspondería a souffler] tus asquerosos chicos...”.
Souffler es la traducción francesa del verbo inglés to blow, que a su vez significa “soplar, hacer viento, hinchar, hacer estallar”1. En participio pasado, puede describir un postre ligero pero delicioso que, bueno, se derrite en la lengua. Con frecuencia se ha dicho, de manera ligeramente sugestiva, que “no se puede hacer que un soufflé se infle dos veces”. Vladimir Nabokov hablaba perfectamente el ruso y el francés antes de convertirse en el maestro absoluto de la prosa en inglés, y su magistral novela Lolita, publicada en 1955, fue considerada el libro más osado jamás publicado. (Es posible que todavía lo sea.) ¿Por qué, entonces, no se atrevió a escribir las palabras “mamar” o “mamada”?
No es que Nabokov fuera un mojigato. Miren, por ejemplo, lo que dice cuando la hijastra de Humbert se encuentra todavía en su poder (y él aún más en poder de ella):

Consciente de la magia y el poder de su delicada boca, ella logró –¡durante todo un año escolar!– elevar la gratificación por un delicioso abrazo hasta tres e incluso cuatro dólares. ¡Ay, Lector! Por favor no te rías al imaginarme, en el culmen mismo del placer, emitiendo sonoramente monedas de diez y veinticinco centavos, y grandes billetes plateados, como si fuera una máquina musical y tintineante, y completamente demente, que escupiera dinero…

“La magia y el poder de su delicada boca...”. Los poetas eróticos la han alabado a lo largo de los siglos, aunque a veces el dueño de dicha boca suele ser del género masculino. El menú de servicios que se ofrecían en los burdeles de la antigua Pompeya, preservado a través del tiempo por capas de ceniza volcánica, la representa en los frescos. Como bien lo sabía el pobre Humbert, se consideraba algo por lo cual valía la pena pagar un dinero. Los grabados de los templos de la India y el Kamasutra la destacan con profusión y Sigmund Freud se preguntaba si un pasaje de las anotaciones de Leonardo da Vinci en sus cuadernos no podría revelar un gusto temprano por aquello que “en la sociedad respetable se considera una repugnante perversión”. Es posible que Da Vinci haya decidido escribir en clave y Nabokov haya elegido disolver el problema escribiéndolo en francés, como solía hacer cuando tocaba temas espinosos, pero la verdad es que la reconocida palabra “felación” viene del verbo latino que significa “mamar, chupar”.
Bueno, ¿cuál de los dos es: soplar o mamar? (Un viejo chiste dice: “No, querida. Chúpalo. Lo de ‘soplar’ solo es un eufemismo”. Imaginen el estrés que dio origen a ese comentario). Más aún, ¿por qué el sexo oral tuvo una existencia doble por tanto tiempo, algunas veces subterránea y otra veces ostentosa, antes de saltar a plena vista como la práctica sexual específicamente norteamericana? Mi amigo David Aaronovitch, un columnista que vive en Londres, escribió sobre la vergüenza que sintió al encontrarse en la misma habitación que su hija pequeña cuando se transmitió por televisión la noticia de que el presidente de Estados Unidos había tenido sexo oral en un vestíbulo del Despacho Oval. Se sintió muchísimo mejor, pero todavía algo inhibido, cuando la niñita le preguntó: “Papi, ¿qué es un vestíbulo?”.

Acey me contó que se encontraba en una fiesta cuando le dijo a un hombre, ¿Qué es lo que los hombres realmente desean de las mujeres?, y él dijo, Que se los Mamen, y ella dijo, Eso lo puedes obtener de un hombre.
[De “Blues del chupapollas”, parte 4 de Submundo, Don DeLillo].

Yo admiro el uso de las mayúsculas ahí, ¿no les parece? Pero creo que Acey (que en la novela también es, de alguna manera, Deecey) proporciona una clave. Durante largo tiempo, el humilde sexo oral fue considerado algo más bien despreciable, especialmente en lo que tiene que ver con quien lo hace, pero también en relación con quien lo recibe. En los dos casos, demasiado pasivo. Demasiado repugnante, sobre todo en épocas anteriores a la higiene dental y otras clases de higiene. Demasiado arriesgado, ¿qué hay de la referencia a la temida vagina dentata (totalmente materializada por la desgarradora escena del mordisco en El mundo según Garp)? Y también demasiado maricón. Los antiguos griegos y romanos sabían cómo era la cosa, sí, pero se dice que solían evitar a los feladores muy entusiastas por temor a recibir aunque fuera su aliento. Y de un hombre en busca de este consuelo se podría sospechar que era… poco viril. El término crucial de “mamada” (blowjob, en inglés) solo entra en el lenguaje corriente de los Estados Unidos hacia los años cuarenta, cuando era (a) parte del submundo homosexual y (b) posiblemente tomado del universo del jazz y su instrumentación oral. Pero nunca ha perdido su supuesto origen victoriano, que fue el término below-job (lo cual traduciría algo así como “tarea o trabajo de o en la parte inferior”, expresión afín, si se quiere, a la frase ahora arcaica de “ir allá abajo”). Esta expresión tomada de los prostíbulos de Londres todavía tiene un ligero tufillo de desprecio. Por otro lado, ciertamente tuvo quien abogara por ella como el prototipo del “polvo ocasional y sin compromisos” (zipless fuck, cuya traducción literal sería algo así como “sexo sin cremalleras”) de Erica Jong: al menos en el sentido de tener una relación sexual rápida, que solo implica desapuntar unos pocos botones. Y luego está la fastidiosa palabra job (tarea, trabajo, quehacer), que parece sugerir la idea de un servicio que se obtiene a cambio de un pago, más que de un exquisito placer para todos los involucrados.
No se vayan, quédense conmigo. He estado haciendo el trabajo difícil por ustedes. La “tarea” (job) de la que hablamos, con sus implicaciones de poder-hacer, también hace que el término blowjob sea especialmente gringo. Tal vez olvidada, mientras que el Londres de Jack el Destripador se perdía en el pasado, la idea de echarse un polvo rápido y por vía oral fue reexportada a Europa y más allá por la llegada masiva de los soldados norteamericanos. Para aquellos chicos campechanos, tal como lo han testificado muchas prostitutas francesas, inglesas, alemanas e italianas, el sexo oral era el ideal del galán. Era una idea sencilla y buena en sí misma y se consideraba –no siempre acertadamente– como un seguro contra la sífilis. Y, esto es especulación mía, ponía en su lugar a la población ocupada y aliada. “Para variar, ¿por qué no haces algo tú, amiga? A mí me costó mucho trabajo llegar hasta aquí”. Durante la Guerra de Vietnam, el corresponsal David Leitch grabó a varios periodistas intercambiando información: “Cuando llegues a Da Nang pregunta por Mickey Mouth (literalmente, Mickey la Boca), ella hace las mejores mamadas en el sureste de Asia”.

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jueves, enero 05, 2012

Las postales calenturientas que se enviaban nuestros bisabuelos


Veo esta entrega de Emma Gomis vía el portal vice.com y no he podido sino casi acariciar la pantalla con algunas de las imágenes. Muy buenas, y algunas además, perturbadoras.
Dice el texto:

"Mi bisabuelo amasó una de las mayores y más importantes colecciones de postales del mundo. Miles de ellas aún se conservan en una habitación, bien clasificadas y fechadas desde finales del siglo XIX (cuando se inventó esto de la postal) en adelante. Recuerdo, de pequeña, pasarme días enteros observando fascinada todas aquellas fotos y partiéndome el pecho con las historias que se contaba la gente en el dorso. El Getty Center de L.A. quiso exponerlas y muchas de ellas han salido recopiladas en varios libros editados en Japón.
Estas Navidades fui a visitar a mis padres y, al volverme a zambullir en la alucinante colección del bisabuelo, me topé con un cuaderno que contenía exclusivamente las postales de temática erótica. Algunas son preciosas, otras dan un poco de asco y la mayoría hacen reír. He decidido compartir unas cuantas con vosotros."

Click ACA para ver el riel fotográfico (muy bueno).


Los Destellos - Onsta la yerbita

miércoles, enero 04, 2012

Apuntes en bicicleta


Para quienes vivimos en Lima, acostumbrados como hemos estado a Fenómenos del Niño que nos dejaron un par de años sin verano, o que extendieron los inviernos más de lo debido, y para quienes caminamos siempre bajo el sempiterno cielo gris de Lima, la horrible (más horrible con la alcaldesa que tenemos ahora), despertar con el sol brillando a través de las ventanas es una de las mayores alegrías del día. Ni hablar. Ayer comprobé una vez más que la gente anda más activa cuando hay sol: las calles están repletas de chiquillos en skates o bicicletas dando saltos o haciendo piruetas; los del club de parapente tienen más gente a la que pasear (aunque estén todos bajo una carpa para que no les de una erisipela brutal), las parejas se pasean por la parte alta de la playa, el sonido de la corneta de los heladeros anuncia que por fin, ahora sí, arrancó el verano; hay más gente en los parques, es época de vacaciones para los escolares que ahora corren tras la pelota o trepan a los árboles, o andan con las noviecitas caminando tímidamente por calles llenas de arbustos y jardines. Termino de comer mi helado de chicha morada (básico al andar en bicicleta con este calor), doy una mirada hasta donde alcanza mi vista: el mar bañado de esas chispas que son el reflejo del sol al atardecer sobre las olas que va y vienen arrastrando manchas triangulares (que son los tablistas vistos desde la parte alta de la playa), las parejas que se abrazan mirando el cielo o qué sé yo, ahí, cerca del borde del acantilado, alguien que se tira sobre el pasto y coloca una polera sobre la bicicleta para que no le de el sol mientras lee algún libro, alguien que pasea un perro que anda tan alegre como medio mundo bajo el sol. Suena alguna canción en los audífonos, ya se terminó el helado, sonrío. Una chica en patines que viene en sentido contrario me sonríe, pasa por mi lado y entorna la mirada, le sonrío también, pienso en dar la vuelta y darle alcance, conversar, pero es hora de volver a casa. Suena "Something" en una versión de McCartney y Clapton en los audífonos. Gira en sus patines, me vuelve a mirar y hace una mueca, tiene linda sonrisa, lindas piernas. La veo alejarse. Definitivamente las cosas buenas no se irán, es uno el que se va.


PD: cómo extraño mi camarita de fotos...