martes, marzo 24, 2015

Lunes trágico en Huarmey

Zona de la tragedia, a pocas horas del accidente. (Foto: Manuel Huacchillo)

En verano de 1993 iba en un bus de la 87, del Rímac a San Marcos, acompañado de una amiga. Ella iba sentada para el lado de la ventana y yo del pasadizo. El bus terminó Alcázar y dobló a Prolongación Tacna, y aceleró. Delante de nosotros iba una combi y, a lo lejos, casi en la esquina de La Capilla, alguien estiró el brazo para parar el carro. La combi aceleró, pero el chofer de la 87 quiso levantar a ese pasajero y ganarle a la combi. Se abrió entonces a la izquierda, a toda velocidad, sobrepasó a la combi y la cerró entrando a la derecha, a tal velocidad, que recuerdo el sonido del chasis temblando como gelatina, la imagen de la pista delante de mí cambiando de perspectiva. El bus ladeándose sobre su lado izquierdo hasta caer en la pista, el grito de la gente y los escolares, los vidrios estallando hacia dentro como en una película en cámara lenta, el tiempo que demoró el bus en deslizarse sobre la pista hasta que se detuvo y alguien se puso de pie a preguntar si estábamos bien. 

Junto con un par de muchachos y un señor, empezamos a cargar a las señoras que no estaban desmayadas, los escolares lloraban; un grupo de curiosos se había acercado y entraba al bus "¡ayuda!", pensé. No, entraban a robarle a la gente que no podía ponerse de pie, a rebuscar las carteras y los bolsillos y las mochilas y maletines. La chica con la que viajaba se había cubierto el rostro para protegerse de los vidrios y antes de estrellarse el bus la jalé de la cintura contra mi cuerpo, pero no pudo evitar que su codo se raspara contra el asfalto el tiempo que duró el carro en detenerse.

Cuando logramos salir y ayudar a quienes podíamos, ella se puso de pie y empezó a temblar: de su brazo salía un chorro de sangre, como una manguera: no tenía esa parte del codo, la pista se lo había llevado. Le saqué el pañuelo que llevaba en la cola de caballo y le até el brazo (benditos Boy Scouts que todo aprenden) y junto con algunos heridos fuimos casi corriendo al hospital de la Republicana. No tenían gasa, no tenían hilo para coser, no tenían anestesia, no tenían nada... una enfermera vio que éramos muchos y llamó a alguien y vinieron las ambulancias y nos llevaron al Cayetano Heredia, donde recuerdo clarito a Mónica Chang entrando a toda velocidad con su micrófono y la cámara de Canal 2, a preguntarnos si nos dolía la pierna rota, el brazo fracturado, la cabeza suturada, los moretones en el cuerpo, los cortes en la piel. Había un tipo, lo recuerdo bien, al que (no sé cómo) se le había metido en la ingle el mango del asiento en el que iba sentado rumbo al trabajo. Recuerdo todo esto y soy consciente que la culpa del accidente la tuvo el chofer del bus en el que íbamos. Y lo recuerdo porque ante la desgracia del accidente de ayer en la Panamericana Norte (con 37 muertos y 84 heridos, hasta ahora), no termino de comprender cómo puede haber gente que, viendo los cuerpos mutilados, oyendo los gritos de los heridos, sabiendo que el frío de la madrugada puede terminar de matar a personas que necesitan ayuda, se pongan a robar sus pertenencias, a rebuscar entre las ropas de los muertos, a sacar las maletas de los depósitos. La tragedia de ayer, además, pone de manifiesto (otra vez) esa tremenda hipocresía de algunas personas que gritan "tolerancia" pero minimizan (¡!) la muerte de estas personas porque eran "Testigos de Jehová", o se burlan preguntando "dónde estaba Dios". 

Para que tengan una idea de la magnitud del accidente, les cuento: el chofer del bus "Murga Serrano" se quedó dormido unos segundos y se fue hacia la izquierda, saliéndose de la pista, entrando y saliendo de la cuneta central y volcándose en la vía paralela. En ese instante es que el bus "Erick El Rojo" lo impacta en sentido contrario, partiéndolo en dos. La gente que queda viva, desesperada, intenta salir por las ventanas. A pocos metros otro bus de la empresa "Challenger", ve la tragedia y frena, pero detrás suyo venía un camión frigorífico que se estrella con tal fuerza que empuja al "Challenger", que termina por partir en 4 el bus de "Murga Serrano", matando a los que salían por las ventanas. Si eso les parece gracioso, entonces estamos francamente mal en otro plano, mal a nivel espiritual. Mis condolencias para los familiares de todas las víctimas, las imágenes son por demás desgarradoras.

sábado, marzo 07, 2015

Así fue el homenaje a José María Arguedas


Al comenzar el año le planteé a Edwin Cavello, Director de Lima Gris, la idea de organizar un homenaje (merecido homenaje) a José María Arguedas, quien este año hubiera cumplido 104 años y que, en su centenario, pasó casi desapercibido no solo por sus muchos lectores, sino (vaya sorpresa), por las principales entidades culturales del Estado, que ese año (a pesar de los múltiples pedidos de nombrarlo como "Año del Centenario del nacimiento del Amauta José María Arguedas") fue bautizado como "Año del Centenario de Machu Picchu para el Mundo". El homenaje se celebraría el viernes 20 de febrero a las 7.30 pm en el Auditorio de PetroPerú, donde el año pasado realizamos el homenaje a Roberto Bolaño.

Pues bien, puestos sobre la marcha de organizar el homenaje como era debido, buscamos a quienes podían conversar con el público sobre las diversas áreas que Arguedas desarrolló: educación, investigación antropológica, música y literatura. Pero además queríamos ofrecer al público que sigue a Lima Gris algo más, algo que fuera verdaderamente inolvidable. Buscamos entonces a Máximo Damián, uno de los violinistas andinos más importantes no solo del Perú si de América Latina, quien había llevado su arte y a los danzantes de tijeras a distintos puntos del planeta como muestra de la expresión cultural del arte andino. Cuando logramos ubicarlo nos invitó a su casa, un domingo por la mañana. Ese día conversamos sobre su vida y su gran amistad con Arguedas, sobre su lucha contra la diabetes y su pasión por la música. Antes de irnos sacó su viejo violín y nos puso a bailar a todos. Un domingo inolvidable: Don Máximo participaría en el evento junto a su esposa, la cantante Isabel Asto y un grupo de danzantes de tijera.

Una semana antes del evento, la enfermedad de Don Máximo recrudeció. Se pidió ayuda mediante posts, el facebook y llamadas a las instituciones encargadas de velar por la cultura. La respuesta no fue suficiente, y las autoridades encargadas reaccionaron el día que Máximo Damián, olvidado en una sala de emergencias a falta de una cama, moría debido a una neumonía.

La noche del evento entonces se presentaba, además, como la ocasión para recordar y homenajear a Máximo Damián. Y la respuesta del público fue masiva: pocas veces hemos visto tanta pasión en el escenario como aquella noche, en la que una conmovida Isabel Asto (quien se presentó a pesar de tener una semana de luto "porque así le habría gustado a Máximo") cantando con la mirada llena de tristeza, junto al hermano de Máximo Damián, también violinista, y un estupendo arpista. "Es la primera vez que actuamos desde que Máximo murió... de verdad se siente su falta, su alegría... de verdad lo vamos a extrañar mucho..." nos dijo doña Isabel antes de llorar quedito, en los camerinos donde se reunían los artistas luego de presentarse.

Una noche inolvidable, como para un texto más largo. Por ahora los dejo con el video de cómo se vivió aquella noche, y con el video que Lima Gris preparó para proyectar antes de dar el pase al panel de expositores, que estuvo de lujo: Benjamín Loayza, Director de la Escuela Nacional de Folklore; Renato Merino Solari, antropólogo especialista de la cátedra Arguedas de la UNMSM; Luis Fernando Cueto, escritor chimbotano estudioso de la obra literaria de Arguedas; Eloy Jáuregui, cuyo padre (famoso librero) era amigo de Arguedas y a quien Jáuregui conoció cuando adolescente; y Carlos Calderón Fajardo, escritor y amigo de Arguedas a quien hospedó durante quince días en Viena y cuyas anécdotas sorprendieron a todos los asistentes al evento. Al finalizar las danzas del grupo de la Escuela de Folklore José María Arguedas, Lima Gris sorteó entre los asistentes un cuadro del pintor José Salazar Chuquimango, pintado exclusivamente para esa noche.


Arguedas es una fuente inagotable de preguntas, cuyas respuestas tal vez estén en el tiempo y en la manera en que su obra perdure, como está perdurando. Por ahora solo nos queda volver a sus libros, descubrir sus investigaciones antropológicas, rescatar su memoria, asombrarnos con el valioso rescate de la memoria musical de nuestros andes, y volcarla a las nuevas generaciones.