sábado, marzo 07, 2015

Así fue el homenaje a José María Arguedas


Al comenzar el año le planteé a Edwin Cavello, Director de Lima Gris, la idea de organizar un homenaje (merecido homenaje) a José María Arguedas, quien este año hubiera cumplido 104 años y que, en su centenario, pasó casi desapercibido no solo por sus muchos lectores, sino (vaya sorpresa), por las principales entidades culturales del Estado, que ese año (a pesar de los múltiples pedidos de nombrarlo como "Año del Centenario del nacimiento del Amauta José María Arguedas") fue bautizado como "Año del Centenario de Machu Picchu para el Mundo". El homenaje se celebraría el viernes 20 de febrero a las 7.30 pm en el Auditorio de PetroPerú, donde el año pasado realizamos el homenaje a Roberto Bolaño.

Pues bien, puestos sobre la marcha de organizar el homenaje como era debido, buscamos a quienes podían conversar con el público sobre las diversas áreas que Arguedas desarrolló: educación, investigación antropológica, música y literatura. Pero además queríamos ofrecer al público que sigue a Lima Gris algo más, algo que fuera verdaderamente inolvidable. Buscamos entonces a Máximo Damián, uno de los violinistas andinos más importantes no solo del Perú si de América Latina, quien había llevado su arte y a los danzantes de tijeras a distintos puntos del planeta como muestra de la expresión cultural del arte andino. Cuando logramos ubicarlo nos invitó a su casa, un domingo por la mañana. Ese día conversamos sobre su vida y su gran amistad con Arguedas, sobre su lucha contra la diabetes y su pasión por la música. Antes de irnos sacó su viejo violín y nos puso a bailar a todos. Un domingo inolvidable: Don Máximo participaría en el evento junto a su esposa, la cantante Isabel Asto y un grupo de danzantes de tijera.

Una semana antes del evento, la enfermedad de Don Máximo recrudeció. Se pidió ayuda mediante posts, el facebook y llamadas a las instituciones encargadas de velar por la cultura. La respuesta no fue suficiente, y las autoridades encargadas reaccionaron el día que Máximo Damián, olvidado en una sala de emergencias a falta de una cama, moría debido a una neumonía.

La noche del evento entonces se presentaba, además, como la ocasión para recordar y homenajear a Máximo Damián. Y la respuesta del público fue masiva: pocas veces hemos visto tanta pasión en el escenario como aquella noche, en la que una conmovida Isabel Asto (quien se presentó a pesar de tener una semana de luto "porque así le habría gustado a Máximo") cantando con la mirada llena de tristeza, junto al hermano de Máximo Damián, también violinista, y un estupendo arpista. "Es la primera vez que actuamos desde que Máximo murió... de verdad se siente su falta, su alegría... de verdad lo vamos a extrañar mucho..." nos dijo doña Isabel antes de llorar quedito, en los camerinos donde se reunían los artistas luego de presentarse.

Una noche inolvidable, como para un texto más largo. Por ahora los dejo con el video de cómo se vivió aquella noche, y con el video que Lima Gris preparó para proyectar antes de dar el pase al panel de expositores, que estuvo de lujo: Benjamín Loayza, Director de la Escuela Nacional de Folklore; Renato Merino Solari, antropólogo especialista de la cátedra Arguedas de la UNMSM; Luis Fernando Cueto, escritor chimbotano estudioso de la obra literaria de Arguedas; Eloy Jáuregui, cuyo padre (famoso librero) era amigo de Arguedas y a quien Jáuregui conoció cuando adolescente; y Carlos Calderón Fajardo, escritor y amigo de Arguedas a quien hospedó durante quince días en Viena y cuyas anécdotas sorprendieron a todos los asistentes al evento. Al finalizar las danzas del grupo de la Escuela de Folklore José María Arguedas, Lima Gris sorteó entre los asistentes un cuadro del pintor José Salazar Chuquimango, pintado exclusivamente para esa noche.


Arguedas es una fuente inagotable de preguntas, cuyas respuestas tal vez estén en el tiempo y en la manera en que su obra perdure, como está perdurando. Por ahora solo nos queda volver a sus libros, descubrir sus investigaciones antropológicas, rescatar su memoria, asombrarnos con el valioso rescate de la memoria musical de nuestros andes, y volcarla a las nuevas generaciones.

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