domingo, diciembre 14, 2014

Leer a Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro en Miraflores 1959. 
(Foto: Baldomero Pestana)

Hace algunos meses, el escritor, poeta e investigador Alonso Rabí do Carmo, invitó a un grupo de escritores a responder cuáles cinco cuentos de Julio Ramón Ribeyro les gustaban más. Acepté encantado. Como saben, el 4 de diciembre último se cumplieron 20 años de la partida de Julio Ramón, y era inevitable recordarlo, como se le recuerda siempre, gracias a sus cuentos, novelas, y textos sin definición (como sus famosas "Prosas apátridas"). Alonso ha publicado en la última entrega de Buen Salvaje un texto que él mismo define como una "confesión de parte", donde ha utilizado esa información para darle forma a un artículo que es una delicia, porque las coincidencias son inmensas. Que lo disfruten.

"Este es, sobre todas las cosas, un testimonio de parte. Antes de leer a Julio Ramón Ribeyro yo ya había fatigado –como suele ocurrir con muchos lectores– cientos, miles de páginas en las que desfilaban aventureros de toda laya, batallas épicas, amores infelices, peripecias trágicas, viajes alucinantes por aire, mar, tierra y más allá, exploradores y bandidos o seres que se transformaban mágicamente, entre otros elementos que hacen singular y recordable ese acto inevitablemente ritual que es la iniciación a la lectura. Sin embargo, leer a Ribeyro fue otra cosa. Fue descubrir, por ejemplo, que en el fracaso hay una dimensión de grandeza, que en la derrota se transparenta la dignidad. Que esos personajes pequeños, derrotados, aplastados por una realidad inclemente, tienen una cuota de heroísmo y merecen toda la empatía posible. Fue descubrir que el mundo de la ficción, cuando se lo propone, puede ser tan devastador como los golpes que provienen del mundo real.

Así, por ejemplo, gracias a «Los gallinazos sin plumas» pude atisbar, conmovido, esa otra vida de la cual mi condición de clasemediero me mantenía a buen recaudo: la vida de los márgenes, el patetismo de la pobreza, la mirada desesperanzada de quienes vivían en ella, entre el hambre, la indiferencia y el anonimato.

Leer a Ribeyro significó para mí el encuentro con un escritor que no se permitió encasillarse y mucho menos repetirse en un limitado número de fórmulas narrativas. Así como nos equivocamos en valorarlo principalmente como un clásico (o de manera todavía más oblicua, como «el mejor escritor peruano del siglo XIX») nos quedamos en la antesala de su obra si la juzgáramos solo por su carácter realista o por su tan mentado «clasicismo», calificación que destaca sobre todo por su ambigüedad. En todo caso, quisiera leer en esa condición de clásico lo mismo que Paul Baudry en un reciente ensayo: «una respuesta personal ante el rupturismo, la novolatría y el presentismo que caracterizan las coordenadas del campo literario del siglo XX» .

No olvidemos que, incluso considerando que sus cuentos de corte realista forman desde ya un corpus considerable, es grosero, por decir lo menos, desdeñar aquellos cuentos en los que Ribeyro se inclina por estéticas tan disímiles como lo extraño, lo absurdo, lo fantástico o ciertos relatos, como «Silvio en El Rosedal», cuya prosa deja traslucir un enorme aliento lírico y ofrece al lector una lograda cuota de intimismo, además de una magistral lección sobre los mecanismos del desciframiento y la interpretación. Volviendo a las arenas de esta memoria, Ribeyro fue el primer escritor peruano contemporáneo que leí, digamos, con cierta meticulosidad, con algo de conciencia. Antes de este encuentro simplemente me había dejado arrobar por versos de Chocano, que se recitaban al por mayor en la escuela, o había sentido una profunda extrañeza por las magias de Eguren, o esa cálida ternura que se desprendía de la vallejiana Rita, o una cierta empatía por la voz alta de González Prada. Pero lo de Ribeyro fue una conmoción.

Y de la mano de esa conmoción se abrió para mí una puerta que sigue sin cerrarse, porque Ribeyro me llevó a Vargas Llosa y luego a Loayza y a Salazar Bondy, a Zavaleta, a Congrains, a Reynoso, a la poderosa poesía de los 50, en fin, al conocimiento de una generación como pocas ha habido en nuestra tradición. Durante todos estos años, debo agregar, he seguido leyendo y releyendo a Ribeyro con una admiración y una curiosidad que no decrecen.

Con Ribeyro descubro entonces la literatura peruana a una edad relativamente temprana: 13 o 14 años, en medio del fervor por la eliminatoria a Argentina 78 y esa mítica primera fase que premió al medio campo de la blanquirroja como el mejor de todos. Y ocurrió en Miraflores, en un colegio pequeño, el Alfredo Salazar, lo que me recuerda que tengo una deuda pendiente –y sospecho que impagable– con mi profesor de literatura en ese entonces, Juan Alí Barreto.

Recuerdo ahora que la primera compilación de La palabra del mudo apareció en 1973, bajo el cuidado de Carlos Milla Batres, quien ese mismo año editó también su novela Los geniecillos dominicales (ya sin las terribles erratas que la asolaron antes) y Cambio de guardia (1976), así como también el volumen de ensayos La caza sutil (1976) y Prosas apátridas (1978), entre otros títulos del corpus ribeyriano.

Para 1984 yo era un sufrido estudiante de derecho en San Marcos. Y en algún momento de ese año se había anunciado la presencia de Julio Ramón Ribeyro en el auditorio del Banco Continental, en San Isidro. Ribeyro vivía en París y su vida para muchos constituía un auténtico misterio, de modo que la oportunidad de verlo en carne y hueso no pasaría inadvertida. La cita era a las ocho de la noche. Previsoramente llegué una hora antes, pero me di cuenta de que no era yo el único previsor: ya había una cola de por lo menos 200 personas.

Esa fue una noche inolvidable. Ante más de 700 maravillados asistentes, Ribeyro habló de sus libros, de sus temores mediáticos, de su mitología fumadora. No contento con eso, leyó pasajes de lo que después sería su diario, La tentación del fracaso y regaló a la audiencia un par de cuentos inéditos que luego, muchos años después, reconocería entre los incluidos en Relatos santacrucinos, en el último volumen de La palabra del mudo.

No pude hacerme de un lugarcito entre la muchedumbre que lo acosaría al terminar la charla en busca de un autógrafo, un apretón de manos o la ocasión de decirle cuánto admiraba sus textos. A cambio de eso he tenido muchas veces la oportunidad de escribir sobre él. Y solo pido que esta no sea la última vez".

La relación de escritores y sus cuentos preferidos pueden verla en ESTE ENLACE (hacer click).


jueves, diciembre 11, 2014

Un poema de Jorge Pimentel en un día de cumpleaños.


Este no es un blog de poesía, pero cuando encuentro alguna que me gusta y me mueve el piso entonces la comparto, y no sé por qué razón ando leyendo algo de poesía últimamente, que he retornado al blog; estoy pesando seriamente en abandonar el facebook dentro de unos días, quita tiempo y no me enfoco en las cosas que quisiera realmente hacer. No sabía que el poeta Jorge Pimentel (uno de nuestros grandes poetas peruanos) cumplía años hoy, 11 de diciembre (el mismo día que yo y que, además, es importante por la enorme vuelta de página: como en un cohete que abandona sus fuselajes o módulos mientras va subiendo, a veces temblando, a veces con miedo, a veces seguro, a veces contento, yo abandono la fase 3 llena, repleta de experiencias, a un nuevo destino.
Y no conocía tampoco este poema, que posteó el también poeta y periodista Jerónimo Pimentel (, su hijo y autor de "Al norte de los ríos del futuro" un poemario editado este año que viene cosechando buenos comentarios), en su muro de facebook, Al leerlo, me reconocí en varios versos, como esos fuselajes o módulos que, aunque se van abandonando, quedan siempre en el recuerdo. Entonces lo comparto con ustedes. Espero que lo disfruten.

CAMINO PEDREGOSO
Camino pedregoso que te alzas ante mi vida no sé
qué hacer sin ti eres parte de los deshielos y de los
abismos eres parte de los labios que me hicieron
infeliz, parte de la pesadumbre del mundo, mitad y
fragancia de una pierna estirada en los follajes.
Camino pedregoso qué más da para este invierno
te tengo este poema y una muchacha que se lleva las
calles en su bolso. Y sé que no esperas nada de mí
camino pedregoso. Tocaré la flauta acompañado de
un perro negro como lo único que supe hacer en esta
vida, como todo encantador que sólo lleva en los
bolsillos globos rotos pedazos de alambre y bordes
de agua tiernamente agradecidos. Camino pedregoso
tu desolación es un eterno remolino, un beso del que
meriendan los que van hacia el viento desnudos a
plantar un cardo o una oración para así servirse de la
hierba que en ti no crece y eso nos enluta camino
pedregoso. Eres tan inservible que siempre acudirán a
ti aquellos hombres alabados en el silencio por
grillos, por hormigas, aquellos hombres que
rompieron sus ojos inútilmente aguardando la ola que
los elevara y nunca más los vimos. Camino pedregoso
refugio de los que no tienen un cuarto para acostarse con
una mujer, ni un cesto de campanas, ni lunas que piensen
en ellos, ni nube que los recoja, sólo el olor de fogatas,
de hogueras, de vagabundos que quisieron tu sombra
sin desnudarse, camino pedregoso. Y fueron inútiles tus
esfuerzos de plantar un arbolito, te pedían demasiado al
entrar en la noche. Tú estabas seco cuando nosotros
nacimos. No tuviste tiempo de esconderte de lagartijas,
tus habitantes inauditos, tus más cercanos parientes;
los aborrecidos, los que atisban la lluvia imperturbables,
los que lamen piedras calientes y danzan con luz de
luciérnagas. Camino pedregoso, camino que recorrí,
tú me tejiste una esperanza cuando los hombres se
aniquilaban mostrando tu palidez de almendra, tú
me hiciste hombre abrazando tu sequedad, tus surcos
como manos implorando unas gotas de amor, unos
himnos que se oían lejanos, camino pedregoso me diste
sólo el trébol blanco que exprimió el rocío como única
herencia y me marché hacia lo inaudito,
lo inconmensurable, lo llorado, lo terrible, y comprendí que
estábamos solos tú y yo camino pedregoso tan solos
como la flor que te ama en el silencio de esas hojas
tendidas que quisieron abrazarte y no hubo un viento
que las enlazara. Camino pedregoso, estaré tan unido a
ti a tu pesar muy a tu pesar, seré una premonición del
infortunio, de la pobreza, sin un hijo, sin una casa. Soy
de los que se dejaron tumbar sin comprender. Soy de
los que se dejaron engañar y sólo se hicieron preguntas.
¿Adónde fue a parar tanta tibieza tanta ternura? ¿En
qué túneles nos estará aguardando la mariposa que
tanto quisimos? ¿Cuál de los túneles será el que nos
conducirá finalmente o fatalmente? ¿Cuál de mis
manos penderá como una estatua hacia el final? ¿Cuál
de mis ojos será el lucero que cace el pájaro en su
recorrido hacia ti? Camino pedregoso que te alzas ante
mi vida cuando los ejércitos se aprestan a prenderte
a iluminarte y ése no es el fuego que tú quisiste sino la
luz de un extraño silbido del viento, quisiste
una tenue brisa en un río de retamas, caminos siempre
de moras, de hojas silvestres, de cantos de mujer, de los
solos que brotan cada tarde prendiéndole fuego al agua.
Camino pedregoso no abras cuando toquen voces de
destrucción, no te tuerzas con golpes, ni con gritos
ni con el terror de guerras y matanzas. Sólo así
permaneceremos como hasta ahora camino pedregoso.
Te fallé como trapero, como amanuense, como jilguero,
como payaso, como lo que la vida hizo de mí, mas no
como poeta. Camino pedregoso que te alzas ante mi vida
no sé ya qué manjares servirte.
Vive el tiempo que me queda.
Para siempre será este canto.


martes, diciembre 09, 2014

Una hora con el poeta E. A. Westphalen.

Hace algunos días posteé uno de los poemas que más me gustan del gran poeta Emilio Adolfo Westphalen "He dejado descansar tristemente mi cabeza", y hoy llegó al correo la última entrega del "Proyecto Perú Cultural", que cada vez sorprende más y más con sus "descubrimientos".

En esta larga entrevista, realizada por Carlos Saavedra y Alonso Cueto en 1983, Westphalen habla de su poesía, de algunos amigos poetas (Eguren, Martín Adán, entre otros), de su vida y de sus recuerdos. Parece ser un entrevistado difícil por los tiempos que demora en responder, por los silencios, pero luego los recuerdos iluminan la conversa. Gran entrega esta de "Perú Cultural" (otra entrega memorable es la entrevista a Julio Ramón Ribeyro, por ejemplo).






lunes, diciembre 08, 2014

Un reencuentro con Ana Ajmátova.

Ana Ajmátova

De Ana Ajmátova tengo tres recuerdos imborrables. El primero es una disertación que sobre la poeta rusa diera, la también poeta, Alessandra Tenorio hace algunos años en un evento universitario en Lima, el segundo es la lectura de uno de sus trabajos más memorables, “Requiem”, y el tercero es una emotiva lectura que sobre la vida de Ajmátova escribiera Fernando Ampuero en su libro de crónicas “Viaje de ida” editado por Lápix hace un par de años.  De cada evento (separado por el tiempo y las lecturas) me quedó la imagen de una mujer a quien la vida golpeó brutalmente pero que encontró redención a su dolor a través de la escritura. Hoy encontré un poema suyo revisando unos libros de la mudanza y me quedé pensando en la belleza misma de la palabra, y que siempre hay un espacio y un momento para reconciliarse con la vida a través de ella.

Ajmátova nació en Odessa el 23 de junio de 1889, fue hija de una familia noble de origen tártaro que le dio una educación privilegiada: estudió latín, historia y literatura en Kiev y en San Petersburgo; sin embargo su padre se oponía a que ella se dedicara a la poesía, por lo que Anna utilizó el apellido de su abuela como seudónimo. Su primer esposo, el poeta Nikolái Gumiliov (el más sobresaliente escritor del grupo acmeista, con quien viajó por Italia y Francia y con quien tuvo a su único hijo, Lev), murió fusilado por los bolcheviques; su último esposo, el historiador del arte Nikolái Punin, murió en un campo de concentración. Su hijo fue apresado y ella tuvo que colocarse diariamente frente a la prisión de Leningrado para saber si seguía con vida. La dictadura la llevó a quemar sus cuadernos de poesía para impedir que su hijo fuera fusilado, proscribió su producción literaria, se le acusó de traición y fue deportada. A su retorno a Leningrado en 1944 produjo su obra más importante, "Requiem",  publicada apenas en 1963 (un año después de haber sido nominada al Premio Nobel de Literatura). En 1965 fue nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford. Su última publicación, "El correr del tiempo", es un balance de su trayectoria de 1910 a 1965 y lo pueden encontrar en Internet. Ana Ajmátova falleció en Moscú en 1966.


Retrato de Anna Ajmátova por Nathan Altman, 1914

"En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses
delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me "reconoció".
Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que
naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento
que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos
todas en voz baja):
-¿Y usted puede describir esto?
Y yo dije:
-Puedo.
Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido
su rostro".

Dedicatoria
Un dolor semejante podría mover montañas,
e invertir el curso de las aguas,
pero no puede hacer saltar estos potentes cerrojos
que nos impiden la entrada a las celdas
atestadas de condenados a muerte...
Para algunos puede soplar el viento fresco,
para otros la luz solar se desvanece en el ocio,
pero nosotras, asociadas en nuestro espanto,
sólo escuchamos el chirriar de las llaves
y las pisadas de las recias botas de la soldadesca.
Como si nos levantáramos para misa primera,
día a día recorríamos el desierto,
andando la calle silenciosa y la plaza,
para congregarnos, más muertas que vivas.
El sol había declinado, el Neva se había opacado
y la esperanza cantaba siempre a lo lejos.
¿Que sentencia se dictó?... Ese gemido,
ese repentino fluir de lágrimas femeninas,
señala a una distinguiéndola del resto,
como si la hubieran derribado,
arrancándole el corazón del pecho.
Entonces déjenla ir, trastabillando, a solas.
¿En dónde estarán ahora mis innombrables amigas
de aquellos dos años de estadía en el infierno?
¿Qué espectros se burlan de ellas ahora, en medio
de la furia de las nieves siberianas,
o en el círculo nublado de la luna?
¡A ellas les lloro, Hola y Adiós!


jueves, diciembre 04, 2014

LA MUERTE DEL PADRE (O LA ETERNA ESPERA DEL HIJO)


Renés Llatas Trejo es un literato/blogger egresado de la facultad de Letras de la Universidad Nacional Federico Villarreal, autor además de una novela que disfruté mucho en su momento: "Aftersun", una historia de amor, amistad y aprendizaje en una ciudad tan caótica e intensa como Lima (nuestra Lima oscura, peligrosa y violentamente divertida). René administra el blog Spleen de Lima, y en uno de sus últimos post encontré esta crónica dedicada a uno de sus libros favoritos, pero, sobre todo, a esa culpa de saber que se ha perdido no un libro, sino un ancla a tierra. Con el permiso de René, lo comparto con ustedes, espero que lo disfruten.


"En el mes de enero había vendido el libro innecesariamente. Cuando al día siguiente volví arrepentido a la librería de viejo de mi distrito, mi libro ya no estaba. Me resigné a comprarlo de nuevo, pero entonces elegí el segundo volumen, y durante varios días me olvidé por completo del primero, sumergido enfermizamente en el nuevo.

Luego de terminar la lectura, releer tres veces, repasar a diario varias páginas al azar, necesité, como una dosis de crack, como bien dice Zadie Smith, del primer volumen, aunque ahora necesito ya los cuatro volúmenes restantes; no me sentía completo; había un vacío angustiante, que por más que recordara algunos pasajes y momentos, necesita leer, sobre todo sentir su peso en mis manos. Eso era: tener el libro, leerlo, contemplarlo, cristalizar mi fetiche junto al otro, porque el EPUB o PDF no funciona en este caso; el libro en físico se impone a como dé lugar.

El miércoles 8 de octubre no esperé más e hice mi recorrido por casi todas las librerías de Lima, que son pocas y que en buena hora estaban atendiendo pues era feriado; fui de San Miguel a San Isidro, de Miraflores al centro de Lima, pero fue inútil. Las librerías no servían, no sirven cuando no tienen el libro que buscas ansiosamente, y yo que he sido librero buen tiempo, reconozco los gestos, las expresiones y reacciones de los lectores-clientes decepcionados por llegar a tu puesto esperanzado en que le digas: Sí, lo tenemos. No hay excusa que valga: el stock se agotó en Perú, en México, en Argentina, en España, se está preparando la segunda edición. No sirve: tu librería es una estafa, puro hueso. Con todo, terminé el día con gran amargura, despotricando contra las librerías limeñas una vez más. En casa les envié un mensajea la mayoría de distribuidoras locales y librerías virtuales, consultando por el libro. Solo me respondieron tres de forma negativa a los días. Entonces ya no quise buscar más, alargar el tiempo a la espera del pedido de algunas librerías que prometían escribirme apenas les llegara mi libro, y decidí comprarlo vía Amazon, porque a pesar de las buenas reputaciones de algunos vendedores extranjeros en e-Commerce conocidos –en Perú nadie lo vendía–, no me atrevía a comprar. Hice el pedido sin más y la entrega estimada señaló viernes 31 de octubre de 2014 antes de las 9:00 p. m.

Sin embargo, por aquellos días el sindicato de trabajadores de Serpost había iniciado una huelga que ya llevaba un mes. Pasaron semanas y poco a poco fui perdiendo la esperanza de tener el libro en mis manos, arrepintiéndome por enésima vez de haberlo vendido. Que la huelga se suspendiera a principios de noviembre fue un alivio; pero aún así no recibía nada a mi nombre. Casi dos meses después el libro llegó finalmente, y como si se tratara de oro puro, del Regalo Precioso, salté de felicidad. Como era de esperarse devoré en dos días el libro, y lo sigo devorando…

Hay libros que se irán a la tumba conmigo, es decir que me acompañarán siempre porque necesitaré de ellos en cualquier momento, así deje de releerlos o repasarlos semanas o meses, incluso años. La muerte del padre, de Knausgård, es uno de ellos".

Nota: Esta segunda edición es de setiembre de 2014.


LOS INDEPENDIENTES EN LA FILBO


En la pasada edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Perú fue el país invitado de honor, en razón de ello, la periodista Lina Vargas, de la famosa revista colombiana "Arcadia", entrevistó a varios editores y autores presentes en Lima para lo que sería la gran fiesta del libro latinoamericano. Bogotá se ha convertido en uno de los destinos feriales más importantes de la región (junto a Argentina, en esta parte del sur), y es uno de los mercados libreros más interesantes en tiempos de feria. Una distinción que Perú busca obtener con la nueva directiva este 2015 en la FIl Lima. Los dejo con la nota aparecida en Arcadia.

"Animal de invierno, Madriguera, Polifonía, Casatomada y La travesía son cinco de las más de cien editoriales independientes que existen en Perú. Todas hacen parte del más reciente boom editorial que empezó en el 2000. Entonces, la mayoría de los nuevos editores estudiaba Humanidades en la universidad y había crecido durante la época de la violencia en los años ochenta y noventa cuando la industria del libro no pasaba por su mejor momento. Decidieron, sin embargo, continuar con el oficio y ante la restringida oferta laboral –que básicamente se limitaba a unas cuantas editoriales trasnacionales– se arriesgaron a hacerlo ellos mismos. Y las cosas han salido bien.

“Tienes que tener espíritu de ensoñación y un poco de ir en contra de la corriente”, dice Leonardo Dolores, editor de Animal de invierno. La editorial empezó hace un año y medio y ha publicado siete títulos. Su fuerte es la novela y el cuento latinoamericanos aunque, según Dolores, no descartan publicar poesía. Uno de sus títulos, El fantasma nostálgico, del peruano Carlos Calderón Fajardo, fue finalista del Premio Tusquets de novela en el 2006.

Silvia María González trabajó en varios sellos independientes y en el 2012 creó Madriguera, la editorial que se lanzó al mercado con una antología de nueva narrativa latinoamericana a cargo de Diego Trelles Paz llamada El futuro no es nuestro. Aunque de literatura, Madriguera ha lanzado memorias, un cómic de temática elegebeté, libros para niños y libros de arte. Su regla, dice González, es hacer ediciones para ser amadas.

Ella es también la representante de los Editores Independientes de Perú que congrega dieciséis editoriales. Aunque distintas, todas comparten aspectos como tener tirajes de entre quinientos y mil ejemplares, trabajar desde la casa, casi siempre con dos o tres empleados y prestar servicios de edición. Además, se valen de la recursividad a la hora de la distribución que es quizás el trámite más engorroso en la cadena de edición. Por ejemplo, no solo llevan los libros a librerías sino que organizan lanzamientos en bares, cafés y galerías de arte. A veces pueden vender hasta ciento cincuenta ejemplares en una presentación. Se mueven en círculos de amigos y conocidos y en ocasiones eso les ha servido para llevar sus libros al resto de Latinoamérica. “Alfaguara Perú es solo para Perú o solo para Lima. No trasciende fronteras, dice Gabriel Rimachi, escritor y editor de Casatomada, y Dolores agrega: “Hay autores que prefieren publicar en una editorial independiente porque de esa forma sus libros pueden salir de Perú”.

Casatomada es una de las editoriales independientes más antiguas. Tiene un deslumbrante fondo de ciento cuarenta y ocho libros entre novela, cuento, poesía y literatura infantil y una serie llamada Legión extranjera con la que ha publicado tres autores latinoamericanos. Rimachi explica que a pesar de la rica tradición poética en Perú, publicar poesía continúa siendo difícil. “Es difícil vender poesía –dice–, a veces el editor sabe que el noventa por ciento de sus libros los va a regalar”.

Y hablando de géneros, desde hace tres años y medio, la editorial Polifonía se especializa en libros ilustrados, infantiles y libro-álbum. Sus ediciones son bellísimas. Gabriela Ibáñez, su editora, cuenta que apostaron por un mercado poco conocido en Perú. “Cuando empezamos –dice– trabajábamos con artistas gráficos más que con ilustradores”.

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miércoles, diciembre 03, 2014

EL GUARDIÁN DEL HIELO / Un hermoso poema de José Watanabe

José Watanabe (Laredo, Trujillo, 1946 - Lima, 2007)

El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

           Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardían del hielo.