lunes, diciembre 08, 2014

Un reencuentro con Ana Ajmátova.

Ana Ajmátova

De Ana Ajmátova tengo tres recuerdos imborrables. El primero es una disertación que sobre la poeta rusa diera, la también poeta, Alessandra Tenorio hace algunos años en un evento universitario en Lima, el segundo es la lectura de uno de sus trabajos más memorables, “Requiem”, y el tercero es una emotiva lectura que sobre la vida de Ajmátova escribiera Fernando Ampuero en su libro de crónicas “Viaje de ida” editado por Lápix hace un par de años.  De cada evento (separado por el tiempo y las lecturas) me quedó la imagen de una mujer a quien la vida golpeó brutalmente pero que encontró redención a su dolor a través de la escritura. Hoy encontré un poema suyo revisando unos libros de la mudanza y me quedé pensando en la belleza misma de la palabra, y que siempre hay un espacio y un momento para reconciliarse con la vida a través de ella.

Ajmátova nació en Odessa el 23 de junio de 1889, fue hija de una familia noble de origen tártaro que le dio una educación privilegiada: estudió latín, historia y literatura en Kiev y en San Petersburgo; sin embargo su padre se oponía a que ella se dedicara a la poesía, por lo que Anna utilizó el apellido de su abuela como seudónimo. Su primer esposo, el poeta Nikolái Gumiliov (el más sobresaliente escritor del grupo acmeista, con quien viajó por Italia y Francia y con quien tuvo a su único hijo, Lev), murió fusilado por los bolcheviques; su último esposo, el historiador del arte Nikolái Punin, murió en un campo de concentración. Su hijo fue apresado y ella tuvo que colocarse diariamente frente a la prisión de Leningrado para saber si seguía con vida. La dictadura la llevó a quemar sus cuadernos de poesía para impedir que su hijo fuera fusilado, proscribió su producción literaria, se le acusó de traición y fue deportada. A su retorno a Leningrado en 1944 produjo su obra más importante, "Requiem",  publicada apenas en 1963 (un año después de haber sido nominada al Premio Nobel de Literatura). En 1965 fue nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford. Su última publicación, "El correr del tiempo", es un balance de su trayectoria de 1910 a 1965 y lo pueden encontrar en Internet. Ana Ajmátova falleció en Moscú en 1966.


Retrato de Anna Ajmátova por Nathan Altman, 1914

"En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses
delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me "reconoció".
Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que
naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento
que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos
todas en voz baja):
-¿Y usted puede describir esto?
Y yo dije:
-Puedo.
Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido
su rostro".

Dedicatoria
Un dolor semejante podría mover montañas,
e invertir el curso de las aguas,
pero no puede hacer saltar estos potentes cerrojos
que nos impiden la entrada a las celdas
atestadas de condenados a muerte...
Para algunos puede soplar el viento fresco,
para otros la luz solar se desvanece en el ocio,
pero nosotras, asociadas en nuestro espanto,
sólo escuchamos el chirriar de las llaves
y las pisadas de las recias botas de la soldadesca.
Como si nos levantáramos para misa primera,
día a día recorríamos el desierto,
andando la calle silenciosa y la plaza,
para congregarnos, más muertas que vivas.
El sol había declinado, el Neva se había opacado
y la esperanza cantaba siempre a lo lejos.
¿Que sentencia se dictó?... Ese gemido,
ese repentino fluir de lágrimas femeninas,
señala a una distinguiéndola del resto,
como si la hubieran derribado,
arrancándole el corazón del pecho.
Entonces déjenla ir, trastabillando, a solas.
¿En dónde estarán ahora mis innombrables amigas
de aquellos dos años de estadía en el infierno?
¿Qué espectros se burlan de ellas ahora, en medio
de la furia de las nieves siberianas,
o en el círculo nublado de la luna?
¡A ellas les lloro, Hola y Adiós!


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