El Cazador de Dinosaurios (Fragmento Nouvelle, 2003)




CAP. 1

La primera vez que fue a comprar un libro –oficialmente- lo buscó con cuidado entre los estantes, leyendo la contratapa de cada uno. Ya sabía de antemano cuál quería, pero de todas formas aquello era parte del rito librero. Encontró la edición que buscaba: por fin un original. Su biblioteca estaba llena de libros piratas, algunos se leían a duras penas, pero era lo que el bolsillo le permitía. No se quedaría burro por culpa del gobierno. Acarició el papel, lo olió. Buscó el precio y casi le da un infarto: la quinta parte de su sueldo de redactor. Qué importaba, caminaría treinta y siete cuadras diarias hasta la próxima quincena con tal de tenerlo.
Llegando a casa se encerró en su habitación y pidió que no lo molesten, sacó su copia pirata y leyó en paralelo. Era otra cosa, cada renglón era distinto, como más lúcido. Las oraciones eran perfectas y si alguna le gustaba, cogía su lapicero rojo y subrayaba sin piedad la edición barata.
No almorzó, tampoco cenó, mucho menos desayunó. Aquel pesado volumen era todo lo que necesitaba para alimentarse. Cuando llegó al final de las quinientas sesenta y dos páginas, leyó en voz alta: “Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo había otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿no, niño?”. Maestro. Susurró. Este tipo es un maestro...

Encendió su computadora y empezó a escribir el último cuento de su segunda publicación. Totalmente influenciado, no dudó en copiar textualmente algunos párrafos, cambiando algunas palabras para que no se notara el plagio. Meses después lo presentó en una reunión que lo satisfizo. Ya para entonces tenía ocho originales. Todos habían sido devorados por enésima vez con la misma emoción que le produjo aquel primer ejemplar. Su biblioteca seguía llenándose de piratas, pero los de su paradigmático autor ocupaban un lugar especial. Recortaba los periódicos donde aparecía y celebraba sus comentarios sobre la situación del país y de la literatura en el mundo. Tenía su fotografía pegada en la pared (mensaje subliminal, pensaba). El método perfecto para escribir así era copiarlo y luego intentar vivir como él. Obviamente sólo intentarlo, porque para hacerlo de verdad necesitaría sacarse la lotería o ganar el Rómulo Gallegos o el Premio Planeta, pero éste último lo había ganado Bryce, así que dejó de interesarle la idea. Enviaba cuentos y más cuentos a todos los concursos de los cuales tenía noticia. En algunos obtenía menciones honrosas, en otros ni siquiera lo leían. En fin, pensaba, gajes del oficio. Con sus dos libros de cuentos a cuestas, era invitado a conversatorios y conferencias, a contar cuentos en centros culturales y a beber algunos tragos con otros colegas.
Ya para entonces la influencia era total. Opinaba como él y tenía la misma visión del mundo y de la creación literaria. Dedicaba horas enteras al análisis de párrafos y oraciones, remarcando, interpretando, leyendo entre líneas.
Paseando por librerías le llamó la atención un afiche bastante elegante. Conferencia Magistral, decía. Mario Vargas Llosa y su Literatura. La emoción le puso la piel de gallina. ¡Mario en Lima! Era su oportunidad. Llamó a un amigo que conducía un programa sobre libros en la televisión y le pidió estar presente en la grabación. Pero era demasiado tarde: el afiche estaba pegado desde hacía una semana, y la locación para la entrevista estaba repleta. Sólo le quedaba el consuelo de verlo por tele y pedirle a su amigo pelucón que le hiciera firmar un libro a su nombre luego de grabar. Una parte de su espíritu quedó satisfecho. Tendría un ejemplar autografiado por el ídolo máximo, el Maradona de la Literatura, el Darth Vader de las letras, (“yo soy... tu padre...”) cierto, era EL hombre, EL escritor. Para qué más. Ya podría colocar aquel ejemplar en una urna de vidrio, pues para cristal no tenía, y verlo cada vez que quisiera y mostrarlo a todo el mundo. Cuando cayó la noche aún seguía de pie frente al afiche, con los ojos abiertos, y un par de efectivos policiales en las proximidades que dudaban de su estado mental.

Dos días después recibió la invitación: Estimado Rimatti, es muy grato para el comité organizador de este magno evento, hacerle extensiva la invitación a la Conferencia Magistral: “Mario Vargas Llosa y su Literatura” que se realizará... Detrás de la invitación, escrito con lapicero azul, decía: Feliz cumpleaños, con afecto, Iván. P.D.: tu libro ya está firmado. ¡Mi cumpleaños!, pensó, es justo el día de mi cumpleaños, qué mejor regalo. Aquella noche no durmió. Y tampoco la siguiente.

Al abrir los ojos toda la familia le cantaba en coro, rodeando su cama: “...porque es un gran escritoor, porque es un gran escritoor, porque es un gran escritoóóóór, y siempre compramos sus libros”. Claro que los tienen que comprar, les dijo, ¿cuándo han visto a una familia que no compre los libros que su hijo escribe? Yo también compré tu libro, dijo la abuela, dos veces, aunque ya sabes que me parecen un adefesio. ¡Feliz cumpleaños! Gritaron los demás, interrumpiendo a la vieja. Todos lo abrazaron. Incómodo por estar en calzoncillo bajo una delgada frazada antialérgica (la única que le permitió adquirir su sueldo de redactor), sonrió complaciente. Estaba feliz. Iba a ser, realmente, un día especial. Mientras salían todos de la pequeña habitación, su abuela observó la pared con curiosidad. Pósters de cuadros famosos, afiches de libros de los colegas, uno que otro poema escrito a lápiz –con el trazo que da la borrachera -, una calata tetona... la foto de un hombre sonriente. Ahí detuvo la mirada. Abrió los ojos en cámara lenta, y comenzó: ¿de cuándo acá tienes pegada en la pared la foto de un maricón? ¡¿Qué?! ¿Acaso no sabes que por su culpa tuvimos fujishock? Es el mejor escrit... Si al menos fuera Rod Hudson, ese sí era alguien, actor, famoso y guapo, Es que no has leído sus libros ¿Libros, escritor? Mamama, el es Mario... ¡Vagos es lo que son, ociosos improductivos como tú, que sueñan, sueñan, sueñan! Mamama, ¿Mamama? ¡Qué Mamama ni qué ocho cuartos, anda busca trabajo! ¡Siete de la mañana, apestando en la cama! Si tu abuelo estuviera vivo... Dios lo tenga en su santa gloria... si estuviera vivo... ¡Lo volvería a matar! Él sonrió. Poeta quería ser, que mira, que estas flores, que te escribí un poemita, que volverán las oscuras golondrinas, menos mal que se casó conmigo y no con otra, porque yo lo puse en orden, ¡A trabajar, carajo, que de amor no comieron sus seis hijos! Allí está tu madre, que te diga. No sé cómo le permites que tenga esta vida, hija. Su madre sonrió. Poetas, escritores, ¡una mujer es lo que te falta! Una mujer PERO DE ESAS, que te ponga en orden, que te obligue a trabajar, Mamama me voy a cambiar, tengo que tomar desayuno, seguro que se ha vuelto hippie, segurito, y tú –dijo señalando a su madre- deberías preocuparte por dónde está este muchacho, ojalá y no se vuelva comunista, porque el hijo de Regina era poeta también, ¡Y se le escapó a los treinta y cinco años! Se le escapó y se volvió comunista y lo mataron o lo desaparecieron, no sé... La vieja tomó un respiro y él bajó la cabeza, estaba cansado de oír la misma perorata cada vez que venía la abuela, siempre era lo mismo. Sintió ganas de llorar y los ojos se le humedecieron. Cuando levantó la mirada, su abuela observó sus ojos tristes, de decepción, de derrota, rojos... ¡Oye! Le gritó a su madre, ¡mira sus ojos rojos! Revísale los bolsillos, seguro que también fuma esa co-chi-na-da, porque estos adefesios se creen diferentes de nosotros –ahora lo miró- como te vea fumando cojo un palo y donde estés, ¡te rompo el hocico, carajo! Ya sabes. Vamos mamá, la tomó del brazo, mira que tu presión... La vieja salió maldiciendo a Dante, Goethe, Navokov, Kawabata, Salinger, Cortázar y un largo etcétera que se perdía en el aire mientras se la llevaban a la sala. Los había leído a todos.

Comentarios

gustavo H dijo…
Yo leí el cazador de dinosurios...

que gran deseo de conocer al dinosaurio Vargas Llosa...y parecia tan real que cuando te lo pregunte no había sido así como lo cuentas....Un amigo crítico poco conocido me dijo que incluyes muchos recursos del cine...

y también que puede ser llevado a un cortometraje.... ahora el guìón ya no lo puede hacer...watanabe...

te saludo por tu narrativa...
Anónimo dijo…
Hola, acá pasando revisando lo nuevo en la literatura peruana. Interesante narración. Un par de notas:
el actor es Rock Hudson
y el autor es Nabokov.
Saludos
Hola! tienes razón, corregí lo de Nabokov en la edición impresa del último libro que me editaron hace un mes, y lo de Rock, no, es Rod, tal como figura en los catálogos de cine (aunque ya me despertaste la duda... seguiré buscando) en todo caso muchas gracias por leer mi texto y te invito a seguir visitando el blog.
Saludos!!!!
Joel Huaccho dijo…
Mi apreciación del libro:

http://librociudadperdida.blogspot.com/2012/06/el-cazador-de-dinosaurios-gabriel.html

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