jueves, abril 03, 2008

Destino (Un cuentito)

Dentro de las cosas que planeó para sí no figuraba en absoluto dedicarse a la escritura. Era una cuestión de principios heredados de generación en generación, desde que el tío Felipe se suicidó al cumplir veintiocho, perdido entre la bohemia callejera, un amor, la poesía y demasiados papeles nuevos. Tal vez por esto, aquellos violentos impulsos por traducir las ideas que atormentaban su alma, lo obligaban a realizar penosos paseos en busca de un tema sobre el cual desarrollar sus ideas. Así, sin quererlo y casi siendo su propio cómplice, olvidó los cuadernos contables en el ómnibus que lo llevaba a la oficina del banco y como por obra del destino, terminó expectorado del sistema del orden, la puntualidad y la eficiencia para engrosar la inmensa lista de hombres que vagan con sus papeles bajo el brazo buscando alguna cosa que hacer. Quizás así, conseguían olvidar que nacieron negados para los quehaceres mundanos.
Con el paso de las semanas y la cabeza caliente de tanto pensar, asumió que definitivamente las cosas no iban a ser tan sencillas: sin dinero y con la reprobación genealógica por su descabellada decisión de dedicarse a escribir —aunque fuera sólo para espantar las ganas mismas de hacerlo— resultaba poco alentador enfrentarse a una hoja en blanco con las ideas revueltas por el hambre, la desazón, los cuestionamientos de su conducta y la certeza de estar nadando contra la corriente del destino. Pero "¿qué es el destino?", se preguntaba constantemente, esperando hallar una respuesta inteligente, artificiosa y antologable que pudiera ser perennizada "como las frases célebres que aparecían en los diarios". Necesitaba una respuesta de artista, una frase contundente. Investigó en libros de arte, observó pinturas en todas las galerías, descubrió la belleza extraña de las rodillas de Neptuno atrapado en una roca sobre la fuente de la Plaza Central; apreció —a fuerza de intentos continuos— la delicada comezón que produce el aroma de las hortensias en la nariz, sintiéndose un artista realizado y —mientras los transeúntes lo observaban con extrañeza cuando él acariciaba las hojas de algún arbusto— algo incomprendido, "last but not least".
Consideró también morir a los veintiocho años habiendo publicado antes un libro que lo inscribiera en la Historia, e hiciera de él un "maudit", dado que su muerte sería un escándalo y su obra, un relámpago perpetuo en el tiempo. Luego de tres cafés surgió la duda: ¿realmente tenía que morir para ser famoso? Analizó sesudamente la cuestión y llegó a la conclusión de que tal vez, sólo tal vez, existiese la posibilidad, remota aún, de continuar escribiendo textos aún más geniales que los anteriores, superándose constantemente y logrando limar todas las aristas de su diamantino talento para conseguir así, después de haber vivido muchas vidas en una sola, alcanzar el nivel de joya literaria. Entonces, sólo entonces, sentiríase satisfecho de su obra.
Pero para esto tenía que llegar a viejo. Y desde ese momento desterró la idea de morir joven y hermoso, pues ahora creía que sólo era verdaderamente digno de estima el artista a quien el Destino ha concedido el privilegio de crear sus obras en todas las etapas de la vida humana.
Pasadas unas semanas de reflexión, se percató de la necesidad de una base sólida: Disciplina.
En un pliego de cartón dibujó un rectángulo y dividió su interior en días y horas. Una vez logrado esto —lo hizo con témperas y pincel— caviló la forma de crear un horario perfecto para lograr la inspiración, sin perder nada de aquello ni por un segundo, pues requería de toda la vibración interna del impulso creador, de aquel "motus animis continuus" en que consiste, según Cicerón, la raíz de la elocuencia. Los primeros días no tuvo problemas. Se despertaba a las cinco en punto de la mañana y salía a pasear por el parque para despejar el sueño y respirar aire puro. Luego de cuarenta minutos volvía a casa y preparaba el desayuno. Nada pesado como huevos fritos con tocino; tal vez, sí, un poco de pan integral tostado y queso con una taza de café negro.
Luego de seis horas frente a su ruma de papeles, revisaba concienzudamente los textos, haciendo anotaciones y consultando diccionarios de sinónimos y antónimos, hasta encontrar la palabra perfecta, la musicalidad de la oración. Convencido de que la obra iba por buen camino, decidió prescindir de los paseos matutinos, pues la humedad podía, con el tiempo, causarle algún tipo de reuma o artritis que le deformaría —estéticamente— la vida. Luego cambió el desayuno dietético por un desayuno normal y, más tarde, se le dio por almorzar de madrugada, cenar a mediodía y volver a almorzar en las noches.
Mientras tanto, el mundo exterior cambiaba, las flores crecían y morían, la lluvia llegaba y se iba; el sol, como ha hecho desde el principio de los tiempos, salía y se ocultaba. El verano llegó cuatro veces y al llegar el quinto invierno —con la barba espesa, el cabello crecido y los nervios alterados por las exigencias de tamaña creación— decidió ponerle fin a su obra con una frase maestra. Luego vino el problema del título, mas, embebido como estaba de tantos datos reflexivos y analíticos, optó por llamarla La humanidad y un día, pues eso era su obra, el resumen novelado del conocimiento humano, puesto al servicio de su especie.
Cuando hubo puesto el punto final, acarició el grosor de las tres mil setecientas veinticinco páginas escritas, con una devoción tan grande por ver finalmente vencido al demonio de la creación, que las lágrimas surcaron lentamente sus mejillas para luego estallar en carcajadas que solo se apagaron para dejaron exhausto y profundamente dormido sobre la mesa.
Una semana después salió a la calle en busca de una editorial, convencido de que la monumental obra que llevaba bajo el brazo revolucionaría el concepto filosófico del arte en el mundo, pues su contenido no estaba destinado a críticos ni a lectores promedio, sino a la "humanidad". Su obra pasaría a formar parte de los cimientos culturales sobre los cuales descansaba el saber humano, la civilización entera le rendiría culto y él contaría la historia del oficinista que sintió el llamado del arte y del destino para abrazar la literatura como único y verdadero medio de expresión del pensamiento. Contaría también cómo abandonó todo en favor de la especie humana, luchando como un titán contra el desgano inicial de escribir, venciéndolo con cada palabra escrita sobre el papel y coronándose como creador del infinito al ponerle punto final a su Obra; enalteciéndose aun más al saber que había sido capaz de vencer las tentaciones mundanas y carnales, sufriendo como un santo prisionero de la creación suprema, cuestionando a cada momento incluso su propia existencia, su razón de ser; alcanzando el clímax de la creación al perderse entre el tiempo y la abstracción del espacio, siendo uno con la palabra, formando parte del verbo, siendo Dios en su universo. Porque, finalmente ¿qué era escribir? Pues un constante tejer y destejer de vagas sombras sin más sentido que la belleza.
Caminó sin rumbo luego de ser rechazado treinta y tres veces en la misma cantidad de editoriales. Cuando ya asomaba el sentimiento de la derrota, una lo aceptó y le pidieron cortésmente que volviera en quince días para ver los resultados.
Mientras se cumplía el plazo se dedicó a preparar el discurso que daría en la presentación. Estaba seguro que asistiría el Presidente de la República o, tal vez, alguna autoridad eclesiástica que, junto a la pléyade filosófica del mundo, se asombrase ante las profundas reflexiones lógicas y analíticas desplegadas durante tantas estaciones de aislamiento y concentración. Se imaginó rodeado de jóvenes ávidos de oír su voz; de sabios que le consultaban sobre algún problema irresoluto; de científicos que le pedían en ruegos resolver el enigma de las pirámides; de astrónomos que lo llevaban tomado delicadamente del brazo hacia algún lugar descampado donde poder interpretar los misterios del cosmos infinito. Se imaginaba rodeado de mujeres desnudas y lascivas que le suplicaban ser poseídas por su ser sobrenatural; siendo invitado por reyes y reinas; nombrado caballero o noble en ceremonias ancestrales y secretas; elevado a la categoría de profeta en un mundo donde los libros de autoayuda son best-sellers; incluso pensó en cambiar de nombre y barajó la posibilidad de llamarse en griego, para que su busto —esculpido por el más importante artista del planeta y escogido por él— descansara entre Platón y Aristóteles.
Llegó el día tan esperado y marchó con taquicardias rumbo a la editorial. Una señorita lo atendió amablemente y le pidió que pasara a la oficina principal, donde una docena de personas murmuraban sobre el contenido de su monumental obra.
Luego de seis horas y media de discusión le convencieron de que el corrector de estilo le había cercenado mil cuatrocientas quince páginas porque eran completamente innecesarias, a lo que él, viendo desvanecerse lentamente su almuerzo con Estefanía de Mónaco, aceptó a regañadientes para no perder la oportunidad de ver su obra realizada, impresa y distribuida, en todas las librerías del mundo. Le dijeron que la presentación sería en seis semanas más y, pasados unos días, tendría que asistir a una serie de entrevistas en la radio, la televisión, los periódicos y el Internet. Esto último fue lo que le animó —secretamente— a perseverar en la idea de publicar: poco a poco sería conocido, los almuerzos y las ceremonias vendrían después. Nadie se hace famoso de la noche a la mañana y su fama perdura, pensaba. Es parte de un proceso de aprendizaje, como la escritura; de sembrar para cosechar; de crecer para madurar. El libro salió publicado nueve meses más tarde, mientras la campaña publicitaria se desplegaba como una telaraña por los medios.
Durante los meses siguientes, su madre —en estricto secreto— gastó hasta el último centavo del dinero obtenido con la venta de muebles y propiedades por ver a su hijo feliz, pagando el íntegro de la edición y paseándose por cuanta librería existiese, comprando y comprando libros; convenciendo a hermanos, parientes y amigos para que invirtieran en una empresa tan insensata como humanitaria, por realizar el sueño del que abandonó la cordura por dedicarse a escritor.
Totalmente ajeno a esto, él paseaba por las librerías con el mentón en alto, preguntando si vendían La humanidad y un día. Al ser positiva la respuesta, sonreía satisfecho y decía: "yo soy el autor". A lo que la dependienta sonreía complaciente y comentaba: "mucho gusto, señor", y continuaba trabajando. Nada de preguntas metafísicas, ni insinuaciones sexuales, ni coqueteos descarados. Nada. Él murmuraba algo ininteligible y se apartaba del mostrador compadeciéndose de aquella pobre bruta que no era capaz de comprender tanto genio. En la editorial le habían obsequiado cierta cantidad de libros para que los regalara entre sus amistades o a quien quisiera, pero descansaban sobre su repisa esperando ser escogidos por alguna persona notable que entendiera su significado.
Y la barba le creció aun más. La familia entera acumulaba miles y miles de ejemplares abandonados en el desván, los garajes y otras habitaciones, y ante la demanda ficticia de su obra, la editorial vendió los derechos a otra empresa mucho más grande, incluida la traducción a veintitrés idiomas pagada por su madre. Entonces él sintió que el momento había llegado. La tan esperada hora de reyes y sabios, de coronaciones y entrega de medallas, se hallaba a la vuelta de la esquina.
Hace dieciocho años de eso. Hoy lo vi de nuevo leyendo el cartel del cine club. Su barba es impresionante y aún pasea bajo el brazo su primer ejemplar impreso. Descolorida la carátula y doblada hacia fuera la solapa donde con mucho esfuerzo se distingue su fotografía en blanco y negro, todavía espera a que alguien lo reconozca en la calle o que, al menos, le pasen la voz.

No hay comentarios.: