lunes, junio 20, 2011

La increíble historia de John Kennedy Toole


La conjura de los necios fue publicada once años después de que su autor, John Kennedy Toole, conectara una manguera desde el tubo de escape a la ventanilla de su auto, en un paraje solitario de Biloxi, Mississippi, en 1969.
La obra aún vive. Se ha convertido en un clásico de culto de la literatura norteamericana. Su protagonista, Ignatius Jacques Reilly, es uno de esos entrañables personajes que, a despecho de la excentricidad, el absurdo y la provocación, termina imponiéndose sobre la realidad. Treintañero adiposo y medievalista obseso, holgazán emérito, masturbador goloso, hipocondríaco crónico, pesimista confeso, renegado católico, zahorí terco y pedorro eximio, Reilly pasa sus horas en compañía de mamá viendo las aventuras del oso Yogui en la televisión, admirando la férrea moral de Batman y escribiendo unas notas dispersas a las que llama “cuadernos Gran Jefe”: una gran invectiva contra el mundo contemporáneo, la democracia norteamericana y “la causa del Clearasil”. Pero un evento desafortunado lo obliga a salir de casa y enfrentar la tragedia más urgente e inevitable del hombre moderno: conseguir trabajo. Una oferta laboral en un diario reclama un “hombre limpio, muy trabajador, de fiar, callado”, a lo que Ignatius vocifera: “¡Santo Dios! ¿Pero qué clase de monstruo quieren?”. En adelante, el mundo de Nueva Orleans cobrará vida a través de los sucesivos intentos de Ignatius por ganarse unos dólares; un mundo donde no se sabe claramente quién es el genio y quién el tonto.
Solo la insistencia de una mamá medio loca y obstinada, convencida de la grandeza de su hijo, permitió que la obra se salvara del completo olvido. Thelma Toole (“la persona más bizarra que jamás he conocido”, según el director de la editorial de la Universidad de Luisiana) acosó a diversos editores hasta lograr que La conjura fuera publicada en 1980, ganando el Premio Pulitzer el año siguiente. Era la segunda novela escrita por Toole (la otra, La Biblia de neón, la escribió cuando tenía dieciséis años).
Rechazadas por distintas editoriales, el autor no llegó a ver ninguna de sus obras en letras de molde. Su intento por publicar La conjura está documentado en la correspondencia que sostuvo entre 1964 y 1966 con Robert Gottlieb, editor de la casa neoyorquina Simon & Schuster: diez cartas son el triste testimonio de un proceso que culminó, a pesar del interés de las partes, con la decisión de Toole de abandonar el proyecto. A partir de entonces cayó en una pendiente de paranoia y melancolía que acabaría con su vida en 1969.
Esta dilatada comunicación epistolar es la historia de un fracaso. En ella el protagonista es derrotado por fuerzas que están más allá de su bien intencionado benefactor. Estas cartas revelan la humanidad conjunta de Gottlieb y Toole en un esfuerzo infecundo por publicar la obra. Son la huella de la génesis y desarrollo del libro, y de la íntima relación entre el autor, el editor y La conjura de los necios.

II
En una carta a su madre, Toole escribió el 11 de junio de 1963 desde Puerto Rico: “¡Vaya civilización espantosa la que existe en esta isla! Ignorante, cruel, maliciosa, egoísta, poco fiable y, a pesar de ello, muy orgullosa”. Fue en esa isla donde comenzó a escribir nuevamente La conjura de los necios. De regreso a Nueva Orleans, ese mismo año, se dedicó a impartir clases de literatura en el Dominican College, un instituto católico para mujeres de la orden de los dominicos, alternando diez horas semanales de clases con la escritura de la novela el resto del tiempo. Por aquella época le confesó a su amigo Sidney Snow, músico de la ciudad, que se sentía aprisionado viviendo en casa con sus padres (aunque solo la abandonaría misteriosamente, sin anunciar su partida, dos meses antes de ser encontrado muerto dentro de su auto), y que trabajaba en el primero de varios libros que planeaba escribir sobre Nueva Orleans.
Toole interrumpió la escritura del libro en noviembre de 1963, tras el asesinato del presidente Kennedy que lo sumió en una profunda depresión, apenas comparable con la que había experimentado tras la muerte de Marilyn Monroe el año anterior (“Sé que suena trillado decir que no podía creer que había muerto, pero así fue. Marilyn Monroe y la muerte son una pareja incompatible… ninguna actriz me hizo nunca tan feliz como ella”, escribió a su madre en 1962). En febrero del 64 retomó el trabajo, lo terminó y lo envió por correo a Simon & Schuster, donde llegaría a manos de Robert Gottlieb.
Simon & Schuster ya se perfilaba como una de las más importantes editoriales del país y Gottlieb, por cuyo escritorio habían pasado las obras de Bruce Jay Friedman, Salman Rushdie, Ray Bradbury, John le Carré, Bob Dylan y John Lennon, era uno de sus editores más prominentes. La comunicación entre ambos comenzó cuatro meses después de la entrega del manuscrito. Algunas de las primeras cartas se perdieron. La correspondencia que se conserva comienza con una nota formal dirigida a Toole por Jean Ann Jollet, asistente de Gottlieb.

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1 comentario:

Mauricio Rozas Valz dijo...

La recomiendo. Creo que con ninguna novela me he reido tanto. Pero dentro de ese humor... hay un drama desgarrador que llega a doler. Produce una sensación extraña de lágrimas acompañadas de sonoras risotadas. La recomiendo. No tiene pierde