martes, julio 06, 2010

En Guayaquil (hasta nuevo aviso)

Salir de casa un martes por la mañana en medio del frío espantoso y la humedad, abordar el taxi que te aleja en medio del smog y el desayuno apurado, el aeropuerto como un hormiguero donde todos salen y entran, hacen colas, se saludan, se despiden, hacen más colas, corren para encontrar la sala de embarque (el Jorge Chávez es un chiste comparado con el aeropuerto de Nueva York), entregas el pasaporte, subes, te sientas, miras por la ventanilla y respiras tranquilo: por fin estar un tiempo lejos de todo. Por fin. Y entonces el avión aterriza, no fueron más de 2 horas, se abre la puerta y... calor. Guayaquil es una de esas ciudades donde el calor determina el humor de la gente (así como el carácter alegre de los Colombianos de Cali o Armenia, siempre con la gracia en los labios, por nombrar algún ejemplo), y ahí nomás la ExpoFeria del Libro, llena de amigos escritores y editores que a uno lo ponen a conversar ni bien pisas el ingreso. Serán días intensos, lo sé, presentaremos un par de libros, habrá un conversatorio, y de seguro (y con suerte) pasearemos a medianoche por el malecón (dicen que es de lo mejor). Por lo pronto (y ya más tranquilo) podré intentar escribir algo, los amigos se encargarán del resto. Hasta pronto entonces, ya estaba harto de Lima, la horrible. Es hora de tentar un nuevo espacio. Y alejarse del frío.
PD: Encontré un texto más que interesante mientras leía algo de José De Piérola, les paso un fragmento y si gustan leer más: click en el enlace.

Los ortodoxos del Lápiz Rojo
Resulta curioso que la paradoja de hablar por escrito nos parezca tan natural. Quizá se deba a que resulta intuitivo reconocer que el diálogo en la narración goza de un status diferente del diálogo en la vida real. Sin embargo, hay algunos escritores que se agobian demasiado en su intento de «capturar» la realidad, sin darse cuenta de que el diálogo en ficción es una creación artificial que sólo puede crear el «efecto de realidad» del que habla Barthes. También mediante el diálogo, el narrador le da la palabra a un personaje, propiciando, cuando hay varias voces, la heteroglosia de la que habla Bajtin. Una rápida lectura de cualquier grupo de libros de ficción revela rápidamente que el diálogo es: 1. Una versión condensada de la realidad; 2. Sugiere más que «representa» la realidad; y 3. Sirve para un fin ulterior al de darle la voz a un personaje.
Para complicar las cosas, las convenciones de la presentación escrita del diálogo son variadas, cambiantes, y dependen de la cultura en que se imprima. De modo que en inglés, por ejemplo, se usan las comillas para «citar» el habla de un personaje. En español se usa el guión largo o raya. Y en el francés se usan indistintamente comillas o guiones largos. Esta variedad revela, entre otras cosas, que la representación del diálogo es enteramente convencional, aunque hay, por supuesto, aquellos que desearían imponer a rajatabla una sola forma de representar el diálogo en la ficción.
En español, la convención moderna de usar el guión largo es una invención relativamente reciente. Lo descubrí cuando trabajaba en mi primera novela. Como necesitaba múltiples niveles de diálogo recurrí a varias fuentes. Ninguno de los señores que ofrecía reglas rígidas para la representación del diálogo me pudo dar una solución que fuera satisfactoria, no sólo desde el punto de vista de la diferenciación del personaje que habla, sino también en la presentación estética del texto. Me negaba a que mi novela pareciera un programa de computadora. Como en otros aspectos técnicos, la respuesta me la dio un viejo maestro. Estaba un día revisando libros en la biblioteca de la universidad cuando me topé con una edición facsimilar del Quijote de 1605. Después de abrir una página al azar, caí en el Capítulo III, que, como recordarán, narra el episodio en que don Quijote le pide a un ventero que lo ordene caballero. El capítulo empieza:... SEGUIR LEYENDO AQUÍ

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