lunes, noviembre 24, 2008

Imitation of life

Una vez leí en alguna novela (creo que fue una de Milan Kundera, no estoy seguro) que la habitación de uno refleja cómo estamos en nuestro interior. Claro, suena a texto de autoayuda pero me parece que tan sólo suena, porque la reflexión es buena y apareció en mi cabeza ahora que estoy armando mis cosas para regresar a casa. Cuando desperté esta mañana y vi las cosas embaladas, rodeado de cajas, libros, papeles, la computadora… me sentí atrapado. No sabía por dónde empezar. La puerta parecía haberse escondido tras un cerro de cartón simétrico. Sólo pensar que iba a tener que cargar todo eso era ya una carga tremenda en la cabeza, pero hay cosas inevitables que se tienen que afrontar, como el hecho de que te suban el alquiler porque el dólar y la bolsa y Obama y el crudo y a mí qué michi si no me pagan en dólares y menos en una bolsa y Obama no es crudo. Así que otra vez a buscar nueva casa y regresar al hogar y guardar todas las cosas de nuevo y, lo que es peor, encontrar en medio de tanto papel, aquellas cartas que uno creyó haber escondido por siempre y para siempre, fotografías de viajes lejanos, de campamentos delirantes, de guitarras trasnochadas en algún lugar del Perú. Me imagino que debe ser como cuando empiezas a guardar las cosas de un difunto, ¿no? Nunca sabes lo que vas a encontrar o cuál será el verdadero significado de cada frase, sólo el que escribió o recibió lo sabe, y tal vez ahí radica el gran valor de los recuerdos: en que tienen la potencia de despertar emociones grabadas en el inconsciente. Al salir del concierto de REM, por ejemplo, tarareando Imitation of life, recordé la tarde que pasé con unos –entonces jóvenes todos- escritores, en una casa de playa en el sur de Lima, conversando sobre qué escribiríamos los siguientes meses, los próximos años, sobre qué editorial queríamos para nosotros y por qué, encontrando varada un ancla que convertimos en lámpara y en cuya pantalla escribimos un cadáver exquisito, llenos de deudas y sin trabajo, pero felices y llenos de sueños. Hoy, diez años después, mientras movía las cajas al camión, recordé aquella tarde, donde el vodka entraba entre risas y sueños, y mientras veo la sala ya vacía y recorro con la mirada por última vez este lugar con balcón y puertas de vidrio, me repito que eso es lo mejor de los recuerdos. Lo malo es tomar el teléfono y saber que muchos de esos amigos, ya no están más acá. Pero cuando los pienso al oír una canción, digamos esta de Imitation of life, sonrío y sólo espero que sean tan felices como lo intento ser yo. Y que sigan escribiendo… y soñando.


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