miércoles, marzo 18, 2009

Los buitres (un cuento perdido de hace mucho tiempo)


Los Buitres

He visto cosas que ustedes nunca podrían creer,
todos esos momentos se perderán en el tiempo,
como las lágrimas en la lluvia.
Hora de morir.

(Roy Batty / Blade Runner)


Nico Morgan tuvo la sensación de que ese día perdería mucho dinero; sintió una punzada en el pecho, un temor repentino. Caminaba, el cielo estaba gris, eran casi las cuatro de la tarde. Cruzó un parque pelado, rodeado de multifamiliares descoloridos. Al llegar al centro del mismo, vio a lo lejos una pareja de hombres que corrían entre las callejuelas huyendo de algo, se metieron por los callejones y desaparecieron. Quedó solo nuevamente, encerrado en sus pensamientos, rodeó el parque en otra dirección y salió a la avenida, cruzó la pista y llegó al puente peatonal. Pensó en cruzarlo, por la autopista era demasiado peligroso, los autos y ómnibus viajaban a toda velocidad, el sonido que hacían al cruzarse, recordaba el silbido fugaz que precedía inevitablemente a la muerte.
Pero el puente estaba en ruinas. Las escaleras, destruidas, sólo permitían subir en fila de a uno y muchas personas hacían cola para cruzar. Nico Morgan ocupó su lugar, pero cuando llegó a la parte superior observó que las barandas estaban carcomidas por el óxido, y que al menor contacto se doblaban o caían, el piso estaba desecho, se podían ver los autos pasar por debajo de uno y esto lo estremeció. Se detuvo en la entrada al puente y la gente comenzó a protestar, lo apuraban insultándolo. Dos escolares pequeños lo empujaron y cruzaron corriendo, saltando los baches y huecos, haciendo con cada salto que el puente vibrara bajo sus pies, liberando un polvillo que se perdía entre los gases que arrojaban los autos al cielo. Una señora gorda y sudorosa lo golpeó con su cuerpo y él retrocedió, descendió entre empujones hasta el inicio de las escaleras y vio cómo la gente cruzaba se exponía de manera mecánica para llegar a la oficina o la fábrica, o para tomar el bus que los esperaba en la otra vía.
Nico Morgan analizó las posibilidades de llegar con vida al otro lado de la autopista, cruzar corriendo no era ciertamente lo más inteligente, cruzarla despacio presentaba también sus problemas, respiró hondo; a su lado, otras personas pensaban lo mismo. Alguien calculó el instante preciso y cruzó. Los demás lo siguieron y antes de que se adelantaran demasiado, él los alcanzó. Llegaron al centro de la autopista, los ómnibus y autos pasaban a su lado como balas. El tráfico disminuyó y cruzaron. Cuando estaba por alcanzar la vereda, un anciano con el rostro desencajado, que había corrido con ellos, le pisó la sandalia de jebe y ésta se le salió, haciéndolo trastabillar. Regresó a la pista para recoger su sandalia. Mientras se la colocaba, un joven lloroso pasó por su costado, tenía la ropa empapada en pintura azul. Nico lo miró y reparó en que el anciano, a unos metros de él, también traía la ropa empapada en pintura azul. Recordó entonces algo que le había contado su abuelo hacía muchos años: que las personas que aparecían pintadas en las calles, eran prófugas. No recordaba muy bien la historia, sabía que a los desertores de la famosa guerra de la liberación se les marcaba con pintura azul, para que la gente los reconociera como vergüenzas nacionales, sin derechos ni respeto, expuestos a los insultos y agresiones de los demás ciudadanos. Pero de eso hacía ya muchos años.
Cuando se hubo colocado finalmente la sandalia, vio que el joven lo miraba con expresión desesperada, se acercó presuroso al anciano y, tomados de la mano, continuaron corriendo.
Varias cuadras más adelante, ambos se detuvieron a descansar. Nico Morgan los seguía por la vereda de la autopista, quería preguntarles qué era lo que ocurría, por qué huían o de qué huían. Al insoportable ruido cotidiano se sumó de pronto un rumor de cientos de voces que crecía a cada segundo. El anciano y el joven estaban sentados recuperando el aliento de la carrera. Cuando vieron que Nico acortaba distancia, se pusieron de pie inmediatamente y de pronto, quedaron paralizados.
Él se sintió extraño, no creía que su presencia pudiera afectar tanto a ese par de raros seres que corrían como locos por la autopista. Los miró con detenimiento y alcanzó a preguntar: ¿Ustedes no eran los que corrían entre los edificios cerca de la cancha de fútbol? Un ruido enloquecedor lo envolvió. Aquel rumor de cientos de voces se transformó en gritos descomunales de una multitud descontrolada que bajaba corriendo por la autopista, sin miedo a los autos ni ómnibus. Vio el rostro del anciano con lágrimas corriendo por sus mejillas arrugadas. Vio al joven que gritaba “corre, abuelo, corre” y tomándolo de la mano, lo jalaba en dirección de la escalera que daba al primer nivel del siguiente puente.
Nico Morgan se quedó de pie, observándolos.
Un hombre de unos cuarenta años, que venía a la cabeza de la multitud, lo tomó fuertemente del brazo y sacudiéndolo le preguntó a gritos:
- ¡¿Por qué no los detuviste?!¿Acaso tú también eres desertor?
- No señor –respondió automáticamente- no lo sabía.
El hombre montado en cólera le dijo:
- Pues entonces ya lo sabes, anda, vamos muchacho, es tu oportunidad.
Y continuó corriendo con la multitud que pasaba sin fijarse en Nico, que estaba como una estatua, adornando la vereda. Alcanzó a ver muchos rostros, muchas expresiones, demasiados brazos en alto elevando palos y cuchillos, piedras y soguillas. Sintió un ardor en el estómago.

Hilvanó entonces los hechos rápidamente, como despertando de un letargo, y comprendió lo que sucedía: el viejo había estado en la guerra y desertó. La ley decía que cuando uno desertaba, se le consideraba muerto. Si alguna vez regresaba al país y alguien lo identificaba, estaba en la obligación moral de proteger a su nación de traidores que formaría de seguro algún grupo reaccionario, dañando la integridad de la sociedad. Por ello era que debían de arrojarles pintura azul al cuerpo, a la ropa, para que sean identificados en las calles, tomados presos por los miembros del orden y trasladados a los cuarteles para ser ejecutados en el acto, en presencia de la prensa, como castigo ejemplar. Pero tal norma no la aceptó el pueblo, pues muchos familiares habían desertado de aquella guerra en la que sólo se derramó sangre pobre, sangre sin valor, sin educación, sin clase social, sangre de barrio, roja, furiosa... y sumisa por alguna maldita carga genética que nunca se quiso corregir. Entonces el gobierno tomó otras medidas en reunión secreta con los ministros: empobrecieron al pueblo, alimentándolo con migajas y acostumbrándolos a la miseria de vivir siempre dependiendo de la voluntad del gobernante. El sueño de Nico Morgan era el de todo muchacho normal: conseguir una chica con la cual casarse e irse a vivir a los departamentos de recién casados que prestaba el gobierno, tener un primer hijo y entregarlo al estado como parte de pago del “departamento para familias constituidas” que se construyeron al otro lado de la ciudad -siendo criado en las agencias de formación militar -y continuar trabajando en la fábrica de recipientes hasta encontrar algo mejor. El país estaba en ruinas, el hambre se convirtió en símbolo nacional, el robo en una actividad un tanto lucrativa, la prostitución en el mejor de los trabajos, la traición en parte de la amistad y la muerte en un hecho que ya no era noticia.

El terreno político era entonces perfecto. El presidente salió a dar un mensaje a la nación que se repitió ininterrumpidamente las veinticuatro horas al día durante tres meses en todos los canales de televisión y los tres periódicos del estado –los únicos que existían- que eran de compra obligatoria en todo el país, asegurando una solución contra la miseria:
“...así como los desertores son culpables de la ruina del estado y del empobrecimiento moral de la nación, así también son culpables de la miseria de nuestra gente. Nuestros hermanos mueren diariamente en los hospitales pues no tienen con qué pagar las operaciones, y los que consiguen el dinero para hacerlo, no encuentran donantes de órganos para poder sobrevivir. (Bebió un sorbo de agua e hizo una pequeña pausa). Es por esto, que así como el desertor es declarado oficialmente muerto, sin derechos ni atribuciones de ningún tipo, así también el cuerpo del desertor le pertenece al pueblo. Señores (nueva pausa), el gobierno autoriza a quien encuentre o denuncie algún desertor, lo entregue vivo o muerto a las dependencias militares o al hospital más cercano para poder extraer los órganos que sirvan, aliviando así la gran tasa de mortandad que azota a nuestra nación, otrora símbolo de riqueza y opulencia. El Banco de Organos pagará en efectivo el precio que establezca el gobierno por cada órgano que se entregue. Para facilitar la labor patriótica, se ha dispuesto el equipamiento estratégico de Puestos de Entrega Gratuita de Frascos Esterilizados –PEFES- para la perfecta conservación de los órganos durante las dos horas posteriores al deceso del infeliz. Además, recibirá un certificado del gobierno por su colaboración con la recuperación de nuestra nación y de sus valores. Este certificado vendrá acompañado de cierta cantidad de tickets –aún por establecer- para su canje por productos de primera necesidad. Es mi deber, como Presidente de la República y gobernante máximo y supremo, velar por el derecho a la vida de nuestros compatriotas, que luchan diariamente contra la aguda crisis que atravesamos, demostrando su...”
Ahí empezó todo.
Ese capítulo de la historia que los abuelos tapaban vergonzosos, que los padres no contaban y que los jóvenes- como Nico Morgan- no creían. La gente se transformó entonces en buitres al acecho, buscando desesperadamente carroña humana. Y como los buitres, se juntaban para comer apenas aparecía la presa, hambrientos de carne y menudencias: riñones, estómago, hígado, médula, córneas, uñas, tejidos, huesos para fabricar artesanías, monturas de anteojos o cualquier otro artefacto decorativo. El que obtuviera lo mejor, obtendría el mejor precio.

Mientras Nico Morgan recordaba esto a una velocidad vertiginosa, vio cómo la gente lograba interrumpir el tránsito ocupando ambas vías de la autopista. De los autos y ómnibus bajaba la gente a unirse a aquella horda frenética. La pareja de hombres pintados de azul, continuaba corriendo, cada vez más lento, víctimas del cansancio. El viejo se detuvo en seco y el joven no pudo moverlo más, estaba exhausto. Ambos miraron hacia todos lados buscando un lugar por dónde escapar, de pronto sus miradas se cruzaron con las de Nico Morgan, que se había acercado un poco más de donde inicialmente quedó. La imagen de aquellas miradas no la pudo borrar de su mente por mucho tiempo: sus rostros estaban invadidos por una expresión que –estaba seguro- debió ser espanto. Luego el grito de ambos se ahogó ante el rugir de la masa.
Manchas rojas salpicaban como lluvia de pétalos de rosa que tiran en cámara lenta sobre las cabezas de la gente, que se empujan y golpean por alcanzar la mejor porción de las presas; todo poseía un valor monetario pero, al igual que ocurre en los mercados, existía la porción más cara: el corazón, que además gozaba de un bono económico extra, ya que era un órgano que funcionaba como motor de un cuerpo inservible a la causa y por ende, inservible al cerebro: tejido rudimentario al que la masa no valoraba.
Mientras pensaba en ello, la sangre salpicaba en las caras rabiosas de la multitud, los puños en alto desaparecían mientras más se agolpaba la gente alrededor de ambos, cuyos cuerpos saltaban según la fuerza y dirección de la masa. Hacia arriba, hacia un lado, hacia abajo, luego se transformaron en partes de cuerpos, unidos apenas por los retazos de la ropa que traían puesta. Un brazo rodó a los pies de Nico Morgan y la sangre le manchó la basta del pantalón y las sandalias. Lo pateó como un acto reflejo y continuó observando cómo esa pareja de hombres se hacían cada vez más y más pequeños mientras la gente los destajaba a su antojo, entre risas e insultos, bañados en sangre, felices.

Cuando se hubo repartido todo, la masa se dispersó tranquilamente, como si nada hubiera pasado y el tráfico se reordenó, volviendo los autos a silbar como balas.

En el piso quedaron regados trozos de vidrio, cuchillos y bisturíes, nadando en charcos rojos que llegaban a la autopista y desaparecían entre las rendijas de los canales de desagüe. Las ropas eran solo harapos desperdigados, la carne sobrante yacía en la vereda y el asfalto, los cráneos vacíos descansaban a un lado de la berma, como pelotas reventadas con las que nadie quiere jugar. El brazo que Nico pateara, reposaba entre las ropas del viejo; los zapatos de ambos tenían los pies dentro, pero estaban demasiado lejos como para que alguien hubiera conseguido el par completo. La carnicería fue completa, sólo lo que no servía quedó en la calle.

Los que obtuvieron algo pasaban contentos abrazando sus frascos para que no se los roben y corrían para llegar rápido al Banco de Organos más cercano. Nico Morgan los miraba pasar, estaba absorto ante la escena, no comprendía qué sensación era la que lo invadía en ese momento.
Durante todo el tiempo que estuvo de pie, las uñas de sus puños fuertemente cerrados le habían lastimado las palmas de las manos. Las miró, pero no sintió dolor. Antes de continuar su camino, vio cómo los perros bajaban por los jardines y se acercaban corriendo a comer lo que quedaba de las presas; aquellos filosos y hambrientos caninos, terminaron con lo poco que había quedado del viejo y su nieto. Aquella escena no se diferenciaba mucho de la anterior, pero extrañamente lo hizo estremecer de los pies a la cabeza.
Subió por la escalera del puente, lo cruzó sin miedo y llegó a la avenida principal, se metió entre calles y pasajes, encendió un cigarrillo y continuó pensando “Cómo es posible que esto ocurra. No entiendo, no entiendo. Las pantallas de cine que están en las calles también lo recuerdan a cada instante y yo... cómo pude olvidar el maldito frasco... se me pasó la oportunidad, maldita sea, y sigo sin dinero, la gente debe estar cobrando ahora en el banco... pero ¿Por qué mataron al joven? No entiendo... si sólo el viejo pudo haber estado en la guerra...”.

Cuando llegó al edificio donde vivía, el portero le preguntó si sabía algo de lo que había ocurrido en la autopista. Él pensó en contarle lo que vio, pero seguro que el portero se burlaría por haberse olvidado el frasco de vidrio en casa, así que no dijo nada y subió a su departamento. Cuando encendió la radio, escuchó las noticias de la tarde. Luego se sirvió un vaso con agua y encendió el televisor.
En la pantalla, el conductor presentaba las noticias del día. Su terno oscuro y cerrado hasta la papada lo hacían ver como un cerdo encorcetado y sudoroso; la barba de pera ocultaba levemente sus labios delgados y mezquinos, tenía el cabello corto y ondulado y las patillas gruesas y largas, que no ocultaban sus maneras modosas al hablar y sus gestos afeminados.
Haciendo una mueca de satisfacción por lo que leía en sus notas, se rascó la barba y sonrió.
Empezó a leer un flash de último minuto, acompañado de un fondo musical donde las trompetas tapaban su propia voz; miró hacia otro lado de las cámaras haciendo señas sobre el problema del audio. Cuando se hubo apagado la música, prosiguió leyendo el comunicado oficial, afirmando satisfactoriamente con la cabeza mientras continuaba “...felicitando a los miembros de esta gran nación por ayudar diariamente a limpiar el país de sujetos que sólo contaminan nuestro libre pensamiento con ideas enfermas. Por ello y en vista de la gran muestra de patriotismo demostrada hoy en autopista cuarenta y tres, se hace de conocimiento a la ciudadanía que el castigo establecido desde hace tres décadas a los desertores y traidores de nuestra patria, se hace extensivo a los hijos y nietos de los mismos. A los bisnietos no porque, estamos seguros, no llegarán a tenerlos. Compatriota: con tu ayuda, lo lograremos...”

Nico Morgan suspiró entonces, al menos tendría otra oportunidad. Abrió la nevera y sacó una jarra con refresco. Antes de cerrarla, observó tres frascos esterilizados con sus bisturíes adheridos a los lados; un cuarto frasco estaba lleno de algo que tenía que entregar en treinta minutos. Se fue a bañar y luego salió deprisa rumbo al Banco de Órganos. Necesitaba quitarse la sensación de que ese día había perdido mucho dinero.
Imagen: Muestra de cadáveres plastificados. Madrid. "Bodies".

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Busque tu nombre y te encontre, mis ojos son prisioneros de tu escribir.
No hay llamadas ni atencion a clientes, toda mi atencion esta puesta en ti.
Eres el mejor y siempre lo seras.

Anónimo dijo...

Deberías borrar el comment 2. Malogra tu blog. Simple no aceptes ese tipo de comentarios, que no merecen tiempo de ser contestados.

Gabriel Rimachi Sialer dijo...

tienes razón, a veces la bronca hace que actuemos intempestivamente. Hecho el cambio, gracias por tus palabras y por visitar el blog.
Saludos!!!