domingo, septiembre 20, 2009

Un domingo con Caicedo

Leyendo recientemente el blog del escritor Max Palacios disfruté de algunos post dedicados a Andrés Caicedo (Cali 1951 - 1977) y noto cierta emoción en el blogger al hacerlo; no es gratuito: Caicedo posee cierta magia envolvente con sus lectores, los influye, los seduce y luego los devora en ese infierno personal que son sus escritos. Hace algún tiempo escribí un artículo sobre Andrés (pueden leerlo AQUI) y lo hice bajo la emoción inmediata de haber conocido de cerca algunos de los lugares que frecuentaba y de haber devorado, cuando tenía 21 o 23 años, y gracias a una sugerencia de la poeta Carmen Ollé, el libro "Angelitos empantanados". Este libro, que me acompañó durante varias semanas a mis clases en San Marcos, dejó una huella profunda por la forma en que Caicedo destruye el alma de sus personajes (tal vez de la misma forma en que se fue destruyendo él mismo la vida).
Hoy que terminaba de dar mi paseo diario por los blogs que me interesan, volví al ejemplar marcado, subrayado, ajado y cuarteado, que no se perdió en aquellas sanmarquinas noches perdidas. Hoy que releo "El cuento de mi vida. Memorias inéditas de Andrés Caicedo", me doy cuenta que el destino se lo va construyendo uno mismo, a veces rasguñando el tiempo, a veces arañando la suerte, a veces simplemente dejándose llevar, a veces convenciéndose que "vivir más de 24 años es una completa insensatez"... Los dejo con un par de fragmentos extraidos de su diario íntimo, donde se puede percibir lo que era el corazón del escritor en ese momento. Alguna vez todos nos hemos sentido así.

"...Hoy he amanecido con una gran tristeza. Es el domingo, pero también haber estado medio de rumba con alguna gente aquí en la casa, casi ninguno buscado, casi ninguno deseado, y saber que hoy el sótano huele a cigarrillo (el olor que más detesto) y que hay mosquitos de esos de la basura dulce, mosquitos tontos que también se pegan a los frascos de shampoo untados; es también haber estado anteanoche allí sí de rumba, de lleno, y sobre todo haber sentido cosas muy horribles acerca de la pelada que me gustaba esa noche, haberla rechazado de plano y lograr por todas formas que no se me acercara, y haber recibido anoche una señal de una pelada de pelo negro que no conozco, yo abrí la puerta y le dije: Qué tal" y ella “No, pues pensarlo cantidades”, y yo “¿verdad?” y ella, abriendo los brazos, como si quisiera abarcar el sentimiento que de lo grande, no podía: “Tanto, tanto”…
...Va llegando el momento en el que ese desorden no deja que uno se concentre sino en uno, qué hacer en el momento en que nada importe más y saber que se es villano, que en cada acto del día se piensa que ese acto podría haber quedado mejor hecho, o peor: que no era preciso ese sino otro, radicalmente distinto. Me siento con el atroz temor de la terminada a medio camino, entre la confusión de no haber hecho lo que era mi deber, lo que sé que es. No quiero coger por estos lados tan de pronto, no quiero empezar con las melancolías, al menos no con las preguntas y respuestas, pues no voy ni por media página”…
Son todos pensamientos que podrían, en caso de golpearme más duro de lo que ahora hacen, ayudarme a decidir, por puro espíritu de conservación, en lo mal que estoy, en lo alejado que me he puesto yo de mi propio corazón. Mi corazón ya no sabe cómo responder a estímulos, alegrías, aceleres, depresiones, que son completa, perversamente nuevas, que no están en mí, pero actúa el corazón y no me deja morir todavía, actúa pero regaña y traquea, y yo siento que la sangre que me manda a cada uno de los extremos de mi cuerpo es sangre hecha odio y remordimiento, y por eso es que me canso tanto, por eso es que sudo esa agua café en los mediodías y en el trabajo: mi corazón ya no me reconoce, y se avergüenza de él...".

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